Para darte mi vida
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Unas semanas después…
Camilo notaba bastante callada a Carolina. Desde el incidente, solo hablaba con él temas triviales, nada profundo. Le hacía reír y se encargaba de cuidarlo. Pero sabía que ella estaba preocupada por su estado de salud.
Se despertó a media noche y la vio durmiendo a su lado. Se le notaba cansada. Probablemente hacía mucho que no dormía, porque era consciente de que se quedaba atenta a cada movimiento de él, pero ese día la había vencido el sueño.
Acarició su rostro pálido y se deslizó uno poco más para que ella ocupara cómodamente el lado de la cama.
Tenía ganas de levantarse, pero aún le costaba. De todas formas lo hizo y se dirigió a la cocina. Como pudo, preparó dos tazas de café y dos sándwich.
Cuando volvió, ella seguía dormida.
No quería despertarla, pero lo hizo. Seguramente no había comido nada.
―Caro… ―susurró sin resultado.
Volvió a intentarlo y ella abrió los ojos.
―Oh, me quedé dormida. ―Se incorporó y luego lo miró extrañada―. ¿Qué haces levantado? ¿Y con esa bandeja…?
―Debes comer, Caro. Yo estoy bien pero al parecer tú no has comido ni descansado.
Carolina aceptó la cena improvisada y Camilo se ubicó a su lado para también comer.
―Te quiero invitar a pasear mañana ―comentó Camilo mordiendo el pan.
―¿Estás loco? Aún necesitas descansar.
Era cierto. Solo un par de días más debía esperar y le daban el alta.
―Entonces en cuanto me autoricen, quiero que salgamos a pasear.
Iremos a almorzar.
Carolina solo sonrió y asintió con la cabeza.
Se lo debían. A pesar de estar los dos solos en la cabaña, no habían tenido muchos momentos de intimidad porque tanto la familia de él como de ella iban a visitarlo.
Al día siguiente, recibieron la visita de Norma. Ella se había portado muy bien con ambos.
Era increíble cómo había cambiado con ellos. Pero no fue fácil. En su mente se debatía su conveniencia y su corazón. Era una lucha difícil, ella estaba acostumbrada a actuar de otra manera. Se interesaba por todo aquello que le otorgara beneficios y se olvidaba muchas veces de sentir.
Allí, frente a ella estaba el hombre que hacía feliz a su hija. El mismo que le había protegido la vida. ¡Estuvo a tan poco de perderla y él la salvó!
Aún recordaba lo que le había dicho a Álvaro en cuanto despertó:
«Si no es por ese muchacho, ella hubiese muerto. La arriesgaste, Álvaro. Casi una bala me la arrebata, y es algo que jamás te voy a justificar».
Eso fue lo único que su orgullo le permitió decir. Había sido una conversación privada, pero lo suficientemente importante como para que ella pudiera ver con claridad. ¿De qué le valían los viajes? ¿De qué le valía el dinero si en un segundo estuvo a punto de perder lo irreparable?
―¿Cómo sigues, Camilo? ―Él la miraba receloso.
―Mejor, pero ella no me deja levantar.
Se quedó una hora más conversando. Por primera vez lograba ver a su hija tan feliz al lado de un hombre, y ella no pudo hacer más que sonreír antes de partir.
Margarita y Sofía, también los visitaron uno de esos días. Sofía se sentía muy avergonzada, sin embargo Carolina le dio un apretón de manos y con aquel gesto le quiso trasmitir tranquilidad. Al fin y al cabo, todo se había solucionado y Camilo pudo cumplir su sueño de estudiar lo que le gustaba.
No habían tocado el tema de por qué se habían distanciado. Ya llegaría el momento.
Y ese momento llegó. Tal como Camilo propuso, al día siguiente que le dieron el alta, se fueron en el auto de Carolina a almorzar a un lugar bastante campestre que les recomendó Paola.
Era un lugar tranquilo y de poca concurrencia. Se tomaron todo el tiempo del mundo para comer y luego caminaron por el borde de una quebrada.
A lo lejos, podían observarse algunos animales que eran alimentados por gente del recinto.
Habían estado conversando de diversas cosas, de la zona en la cual se encontraban, del color que tomaban los árboles en otoño. De la familia, de Esperanza y lo cariñosa y mimada que estaba con ellos, de los preparativos de la boda de Antonia y Joaquín, de la probabilidad de dejar la boda para más adelante cuando Álvaro terminara de cumplir condena, de todo. Hablaron de todo excepto un tema.
Ninguno de los dos se atrevía a tocarlo y cuando se produjo un silencio luego de una risa por una travesura que había hecho Esperanza, entonces Camilo habló.
―Lo siento. Lo siento mucho.
Carolina detuvo el andar y a la vez que guardaba sus manos en los bolsillos de su abrigo, miró a Camilo.
―¿Por qué? ―No entendía el cambio de conversación. O quizás sí.
―Me dolió tanto que te fueras así. ―Él paseó su vista desde los árboles hasta los ojos de Carolina―. Me dolió haberte echado, haber causado el dolor que vi en tu mirada. ―Levantó su mano y acarició la mejilla de aquella mujer a la que amaba. Ella inclinó la cabeza y la descansó sobre su palma.
―Me lastimó mucho que me echaras después de todo lo que ocurrió esa noche ―confesó Carolina―. Dos años esperando el milagro de volver a verte. De decirte tantas cosas que no te pude decir… De amarte una vez más.
Carolina aún guardaba el recuerdo de esa vez. Eran tantos sentimientos encontrados. Aún se le aceleraba el corazón con solo recordar cómo habían hecho el amor. Y aunque no quisiera, aún se le partía el alma al recordar esa mirada, esas palabras, pocos minutos antes de que le solicitara que se fuera.
―¡Ay, Carolina! ―Se ubicó delante de ella, unió sus frentes y con una mano le sostuvo el cuello―. ¿Podrás perdonarme? Yo… ―Tragó
saliva y con su pulgar delineó los labios de la mujer―. Yo solo tenía que alejarte… El caso se estaba volviendo peligroso y no quería arriesgarte.
¿Me entiendes? Di que me entiendes, por favor.
¿Cómo no entenderlo? Si ella también lo había echado, quizás no de la cabaña pero sí de su vida. ¿Eso era peor, no?
Carolina cerró los ojos, asintió y dijo:
―Yo también te hice daño. También me desesperó verte tan mal luego de ese último café. Y te mentí, te hice creer que Álvaro y yo…
―Si no fue por Álvaro, ¿qué fue eso que te hizo desistir de lo nuestro? ―Esa era una pregunta que llevaba tanto tiempo formulándosela que no podía creer que por fin tendría una respuesta.
―Tú. Tú y tu futuro. ―No se habían apartado. Seguían frente a frente y él continuaba reteniéndola con una suave caricia en el cuello.
―Finalmente te enteraste… ―concluyó Camilo, alejándose un poco, pero no demasiado.
―A casi una semana de que tuvieras que aceptar, Sofía me fue a visitar. ―Carolina notó la presión leve que su mano ejerció sobre el cuello―. Tranquilo…
―Ella no debió haber dicho nada ―comentó desilusionado.
―Ella hizo lo que creyó mejor para ti, Camilo. Ni siquiera me lo contaste para que buscáramos una solución juntos. No me diste la opción de apoyarte. No te ibas a ir y esa oportunidad no podías dejarla pasar.
En el fondo, Camilo sabía que lo correcto hubiese sido confiar en ella desde el principio y haberse ido, quizás juntos… Pero Antonia había quedado embarazada y no la iba a hacer elegir entre su nieta y él.
―No me dejaste otra alternativa, Camilo. ―Se justificó―. Tú ya habías decidido rechazarla y yo no estaba dispuesta a que dejaras pasar tu futuro por nuestra relación. Era muy egoísta de mi parte quedarme de brazos cruzados.
―Tampoco me lo dijiste… Fuiste arbitraria en la decisión.
Camilo la miró a los ojos y ella le correspondió la mirada.
―Los dos nos fallamos ―sostuvo para finalizar los diálogos que los inculpaban.
―Con la investigación descubrí dos cosas.
―¿Cuáles? ―Quiso saber y Camilo evaluó qué decir primero.
―Él fue quien envió a desmantelar tu oficina.
Bajó la vista decepcionada. No era necesario ahondar más en el tema del robo… Se repuso y le pidió que continuara con lo otro que había descubierto.
―Y además, que fue Álvaro quien gestionó esa beca. ―Carolina alzó las cejas. Ya poco y nada le sorprendía de su ex marido―. Yo soy parte de esa lista que se manipuló para enviar a gente al extranjero. Él esperaba que yo me fuera y te dejara… Nunca supo que yo no me iba a ir y que fuiste tú quien prefirió dejarme.
―Fue por tu futuro, Camilo… No lo olvides, por favor.
―Gracias. ―Tomó una de las manos de Carolina y agradeció sincero. La acercó un poco más y le entregó uno de los besos más dulces que se hubiesen dado.
Ambos sabían que esa palabra venía para cerrar el tema.
«Gracias y perdón», por amarse tanto que por cuidarse se hicieron daños colaterales. Pero allí estaban; ahora eran libres. No había mentiras, no había prejuicios, no había llantos. Se darían la oportunidad. La vida puede tener mil formas de terminar con algo y lo habían aprendido de la peor forma. Ella, que siempre pensó que sería la primera en partir, estuvo a punto de perderlo. Vivirían el presente, porque eso era lo único que tenían.
Esa tarde llegaron a la cabaña y encontraron a la madre de Camilo y a Sofía esperando a que llegaran.
―Hola, no las esperábamos ―dijo sonriente Carolina.
Camilo miró a su hermana y una pequeña presión en su mano, producida por la de Carolina, hizo que la saludara de forma normal.
―Esta niña quería ver a su hermano. ¿Cómo te has sentido, hijo?
―preguntó la madre con extremo cariño.
―Bien, muy bien. Ya cada vez duele menos. ―Besó la mejilla de su madre y abrazó a Sofía.
Compartieron unos cafés hablando de todo un poco. Camilo de vez en cuando miraba a su hermana, la notaba nerviosa. Tal vez sospecharía que él ya sabía la verdad.
―¿Qué tal te fue con tus estudios, Sofía? ―preguntó Camilo, muy concentrado en sus gestos.
―Bien, ahora estoy de vacaciones y dentro de unos meses tengo que volver. Logré ser la mejor de la promoción este año ―comentó
orgullosa, intentando volver a ver el brillo de admiración que antes le dedicaba su hermano.
Y por algunos segundos lo logró. La conversación se hizo ligera y la tensión poco a poco disminuía.
Ese día, Sofía llegó a la cabaña dispuesta a hablar con su hermano.
Esperó el momento en que su madre y Carolina conversaban en la cocina, para acercarse hasta el dormitorio en el cual Camilo descansaba.
―¿Se puede? ―preguntó dejando ver solo su cabeza.
―Claro, pasa. ―Su hermano le hizo un gesto para que se sentara a su lado.
Sofía inhaló profundo antes de dar el primer paso hacia su hermano, que la miraba atento.
Se sentó escondiéndole la mirada y revolviendo sus manos.
―Yo… ―No encontraba las palabras para decirle todo lo que había hecho―. Yo… creo que pude ser la responsable porque Carolina te dejara antes de que te fueras.
El impasible gesto de Camilo le llamó la atención.
―¿No me preguntarás por qué?
―Dímelo tú, te escucho. ―La voz de Camilo no sonaba igual, podía notar un grado de falsa calma, tras la cual se ocultaba la impaciencia.
―Es que… ¿te acuerdas el día que recibiste esa citación y nos dijiste que no te irías?
¿Cómo olvidarlo? Solo asintió con la cabeza y no emitió ninguna palabra. ¿Qué sentido tenía reclamarle si ya el daño estaba hecho?
―Bueno… luego de pensarlo mucho, fui a ver a Carolina. ―Sofía no levantaba la vista de sus manos. No quería mirarlo a los ojos, no se atrevía―. Le mostré la carta en la que decían que te habías ganado esa Beca.
Por primera vez sintió que su hermano respiraba. Giró la cabeza y lo vio cruzado de brazos, observándola como si fuese una niña que cometió una travesura.
―Dime algo, por favor, Camilo ―imploró al ver su gesto.
―No deberías haber hecho nada. Era mi decisión. ¿Sabes cuánto sufrí cuando ella me dejó? ¿Sabes cómo fueron esos años sin poder tenerla?
―No te costó mucho decidir irte en todo caso ―susurró intentando justificarse.
―Si me hubiese quedado, me hubiese vuelto loco sabiendo que la tenía en esta misma ciudad y no podía tocarla. Me aseguró que había vuelto con su marido… ―Tan solo con recordar aquella mañana que la besó con rabia fuera de su casa, su vista se nubló―. No, no tienes ni la menor idea de lo que causaste.
―Era tu futuro, Camilo. Era lo que habías querido siempre y en ese momento intenté de alguna forma hacerte ver que ella no merecía tanto sacrificio.
―Y no lograste nada… Ella está conmigo, le duela a quien le duela.
Es mi mujer. ―Ocupó su índice derecho para golpearse el pecho.
―Logré que hoy estés con ella y que también tengas el título que querías.
Se mantuvieron la mirada. Allí se concentraban los reproches, las justificaciones y las culpas. Unos segundos le bastaron a Camilo para detener la tortura que habían iniciado.
―Ven acá. ―La abrazó con fuerzas y Sofía le lloró el perdón en su hombro.
―No pensé en todo lo que podía causar. Quería tu bien. ―Continuó diciendo entre hipidos.
―Shh… Ya pasó. Ya pasó.
Ambos entendían que había consecuencias irrevocables, y era por ello que los actos debían ser meditados con calma, bajo ningún tipo de emoción que alterara el razonamiento. Ni la alegría profunda, ni la tristeza más aguda. Todo acto debía contar con el respaldo de prever las consecuencias para no lamentarse.
Sofía, en su momento no pensó completamente en la felicidad de su hermano.
Y Camilo y Carolina no pensaron en cuánto se dañaban al ocultarse información, al no visualizar juntos el futuro, sin necesidad de postergarse por el otro.
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