Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 7 de 26

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Para darte mi vida

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Llegó a su casa y no encontró a nadie. Siguió hacia la cocina y en el refrigerador, pegado con un imán, había un papel.

« Papá nos llevó a pasear con la abuela y Joaquín, llegamos mañana.

Intenté llamarte al celular, pero está apagado. Besos. Anto.»

¡Era cierto! El celular. Lo sacó de su cartera y lo encendió.

Lo dejó sobre la mesa mientras bajaban los miles de mensajes, tanto de voz como de llamadas perdidas y se fue hacia su dormitorio.

Se deshizo de todas las ropas y se metió a la tina. Cuando ya estuvo envuelta en la toalla, bajó hacia la cocina y tomó el celular.

―¡Qué insistente!

Comprobó tres llamadas de Antonia, dos de Paola, una de Liliana, cinco de su madre, seis de Álvaro y cuarenta y tres de Camilo. Suspiró.

Leyó dos mensajes del mismo remitente. En uno le agradecía por la noche que habían pasado « juntos» y en el otro le preguntaba si estaba todo bien.

Observó la intermitente luz que indicaba que tenía mensajes de voz y marcó a la operadora para escucharlos. Eran dos.

Mensaje 1

«Hola, Caro. ¿Estás molesta? Perdón, no sabía que Antonia era tu hija y que conocías a Joaquín. De haberlo sabido jamás te hubiese expuesto como lo hice. Fue el entusiasmo de retenerte unas horas más conmigo».

Suspiró y dijo en voz baja:

―No seas tonto, Camilo. No tenías cómo saberlo.

Luego de que le indicaran que había otro mensaje, accionó el botón

#2 para escucharlo.

Mensaje 2:

«Te he llamado bastante. Estoy preocupado. Si no quieres que te vuelva a llamar, solo dilo, pero hazme saber que estás bien. Un beso».

Volvió a la habitación con el teléfono en la mano. Encendió la radio de la habitación de Antonia y caminó a la suya para vestirse.

De pronto, la voz de Camilo retumbaba por todo el segundo piso.

―Y con esta canción, despedimos el programa de hoy. « Qué será de ti» de Roberto Carlos.

Carolina dejó a un lado sus prendas y se acercó hasta la puerta del dormitorio de su hija. Se quedó parada ahí, escuchando atentamente la letra.

«Qué será de ti,

Necesito saber hoy de tu vida,

Alguien que me cuente sobre tus días,

Anocheció y necesito saber…»

Retrocedió hasta su habitación y se sentó en el borde de su cama.

Tomó el teléfono y, sin pensarlo, marcó el número de la emisora cuando acabó la canción.

―Bueno amigos, esto ha sido todo. Que mañana sea un buen domingo y nos vemos el Lunes, a la misma hora y… ―Desde los controles, uno de los asistentes le hacía señas―. A ver… al parecer tenemos una nueva llamada. La última porque el programa ya está finalizando. ¿Hola?

―Hola… ―Cuando escuchó la voz de Carolina, pidió al de controles sacarlos del aire y que se retirara.

―Dame un segundo. ―Tomó el teléfono fijo y preguntó―:

¿Escuchaste la canción?

―Ajá. Estoy bien, Camilo. Tuve un día difícil, nada más. No te culpes, no tenías cómo saber que conocía a Joaquín y que mi hija era su novia.

―No quise exponerte así, ni que salieras como una delincuente.

―Ya te dije, no te preocupes.

―¿Puedo verte? ―Se le escapó sin pensar.

―¡Ay, Camilo! ¿Sabes que esto no va a ninguna parte, verdad?

―Dime dónde estás y estoy allí.

―En mi casa. ―Carolina se levantó en seguida y corrió a buscar una camisola y una bata.

―¿Está tu hija? ¡Perdón! Qué imprudente soy.

―No, no hay nadie hasta mañana. ―Paola tenía razón. Podía pasarlo bien. ¿Qué de malo había en eso? Era una mujer libre.

―Entonces… ¿Puedo ir? ―Camilo se golpeó la cabeza en cuanto lo dijo. ¡Qué tonto! Carolina sonrió y volvió a repetirle.

―Sí, Camilo. Estás cordialmente invitado a mi casa. Te mando la dirección por privado.

La premura con que Camilo se dirigió en su moto a la casa de Carolina fue proporcional a la que utilizó Carolina para elegir lencería que estuvo mucho tiempo dormida, tal cual lo estaba ella en lo que se relacionaba al amor y los deseos.

Cuando el timbre sonó. El nerviosismo se apoderó de ella.

―Hola… ―dijo sonriendo.

―Hola… ―respondió Camilo mientras sacaba el casco de su cabeza.

―Pasa… ¿Un café? ―Camilo se quedó mirando la delgada figura de Carolina. Lucía un vestido simple, pero ella se veía fantástica.

Luego de mucho pensarlo, Carolina eligió vestir algo sencillo, y la lencería, aunque la llevaba puesta, no pensaba estrenarla aún… Era una locura.

―¿Y bueno, un café? ―Él asintió.

―Tienes una casa muy linda.

―Muchas gracias. ―Sonrió―. Pasemos a la cocina.

Camilo se sentó en un pequeño taburete.

―Perdón por… ―dijo mirando la espalda de la mujer, quien se movía con seguridad.

―No es nada. No tenías cómo saberlo, Camilo ―respondió encogiéndose de hombros.

―¿Así que estás sola? ―preguntó nervioso―. Gracias. ―Recibió el café que le extendía.

―Sí, mi ex marido salió con mi hija y mi madre…

―Ah… y con Joaquín. Me comentó que se iba a la playa. ―Carolina alzó las cejas, suspiró y asintió.

―Sí, y con Joaquín.

―¿Es un poco raro, no? ―Sonrió Camilo.

―¿Un poco? Bastante. Me recuerda lo vieja que soy. Tú podrías ser el novio de mi hija o… mi hijo.

―¿Te complica tu edad?

―No es eso… Lo que sucede es que yo voy de vuelta y tú tienes tanto por vivir aún. ―Respiró profundamente y se sentó frente a él―.

¿Cómo va eso de estudiar en la Universidad?

―Estoy ahorrando. En la radio me va muy bien así que espero dentro de un año comenzar a estudiar…

―Bien, me parece bien. Antonia quiere estudiar eso también. ¿A qué Universidad pretendes ir?

―Aún no lo tengo claro. Quiero una estatal porque económicamente solo cuento con una pequeña herencia de mi padre, pero me falta un poquito más y podría costear la carrera completa.

―Te irá bien, ya verás. ―Carolina estiró su mano y presionó la de Camilo. El contacto a ambos les produjo un cosquilleo―. ¿Tienes hambre?

Aún no he cenado.

―Te tengo una invitación, Carolina. ―Dio vueltas a su café y la contempló con dulzura.

―¿A mí? ―Echó un vistazo a su reloj. Ocho y media de la noche―.

Es tardísimo.

―Es temprano aún. Vamos, te invito al cine y a algún centro comercial cercano en donde cenar. Pero no será un gran restaurante.

Comida rápida, pop corn y una peli. ¿Te parece?

Carolina se miró el vestido… Quizás si usaba Jeans y una chaqueta del mismo material, luciría más joven. Quizás si…

―¡No te lo pienses tanto! ―Camilo se levantó de la silla y le estiró la mano―. ¿Vamos?

―Dame diez minutos ―aceptó entusiasmada y subió las escaleras corriendo.

En una hora estaban entrando a un centro comercial que tenía de todo.

Supermercado, cine y restaurantes de comida rápida.

―¿Qué quieres comer? ―preguntó mientras la ayudaba a bajarse.

Rozó con delicadeza la cadera que se notaba más prominente en esos jeans ajustados.

―Una pizza.

―Listo, vamos porque tengo entradas para la última función que es dentro de una hora.

―¿Qué película es? ―Sonrió―. ¿Y si no me gusta?

―Te va a gustar, ven. ―Tiró de su mano y se sentaron en un restaurante italiano.

Rieron de cosas sin sentido, comieron a gusto y cuando estaban a punto de levantarse, Camilo preguntó:

―¿Aún lo quieres? ―La pregunta pilló desprevenida a Carolina. No entendió en un principio.

―¿A qué te…? ¡Ahhh! Ya comprendo. No, Camilo. ―Tomó su vaso de jugo natural y lo bebió lentamente.

Camilo paseó sus ojos entre la boca de Carolina y el ceño que a ratos se fruncía mientras ella debatía si hablar o no de ese tema con él.

―Álvaro, mi ex esposo, tiene otra vida aparte de la que construí con él. Y aunque estuviera soltero, jamás volvería a su lado. Pasaron muchas cosas que desgastaron la relación, y no te hablo solo de su infidelidad, sino que también del ritmo de vida que él tenía con su trabajo y… ―No siguió hablando, bajó la mirada que de pronto se volvió triste.

―Disculpa, no debí… Ven, vamos que se nos hace tarde.

Pagó la cuenta y volvió a tomar de su mano, pero esta vez se tomó el tiempo de entrelazar los dedos. Carolina sonrió mientras el viento le hacía bailar el cabello, desprendiendo ese olor a rosas que le encantaba, que lo encendía y que le hacía sentir en el lugar correcto.

―¡Mira! ―Carolina dirigió su mirada hacia todos lados y no vio nada fuera de lo común: un par de carros de supermercados. No supo cómo, pero Camilo la tomó en brazos y la dejó dentro de uno de ellos.

―¿¡Qué haces, loco!? ―exclamó mientras se carcajeaba, y eso a Camilo lo llenaba de aire. Y a ella, ese brillo que Camilo le dirigía con su mirada, la llenaba de vida.

―¡Divertirnos!

Corrió con ella entre los estacionamientos. Recorrió varios metros con ella sobre el carro de supermercado mientras ésta abría los brazos sintiendo el viento que le otorgaba libertad. Sí, se sentía libre. Camilo le cambió su rutina, pero la hacía sentir libre, jovial y ese revoloteo en el estómago producto de las miradas y atenciones de aquel muchacho, no lo había sentido hacía más de veinte años.

Llegaron a la fila del cine riendo y tomados de la mano. Cuando Carolina vio el título de la película, se frenó.

«20 años no importan»

Miró a Camilo y éste sonrió para luego agregar:

―No importan, Carolina. A mí no me importan. ―Le sostuvo la mirada, pero la fuerza con la cual esos ojos lo miraron, hizo que la desviara luego de algunos segundos. Y no porque le ocultara algo, sino por el miedo que sintió al darse cuenta de que aquella mujer podía acceder a rincones internos de los cuales estaba seguro, nunca se iría. Miedo a que se volviese imprescindible, tal como lo es el aire para respirar.

―No me digas eso… ―suplicó con pena, pasando el peso de su cuerpo de una pierna a otra y resoplando―. Por favor, no lo digas…

Camilo se acercó despacio, volvió a mirarla sin apartar a vista de sus labios, y con ambas manos tomó sus mejillas. Sentía la resistencia de ella.

―¿A qué le temes, Carolina? ―susurró a centímetros de su boca.

―Es una locura, Camilo…

―Seamos locura, entonces. ―Se acercó aún más. Ahora sí podía rozarla y el temblor de su labio izquierdo lo incitó a más. Contuvo un gruñido y dejó que sus labios se hundieran en los de ella. Succionó con maestría y Carolina se dejó llevar. «Es un hombre que sabe besar», pensó y aferró sus manos a la camisa de Camilo.

El beso se prolongó. La besó con dulzura una, dos, tres veces y luego él se apartó, despacio y temblando.

Carolina no podía explicar el fuego que se había encendido con solo haber rozado sus labios. Camilo no lograba comprender la necesidad de volver a fusionar sus lenguas, estrecharla entre sus brazos y sentirla temblar como si fuera una adolescente.

La tomó de la mano, con un poco más de confianza por la intimidad ya compartida y la guio hasta la sala de cine.

Al volver a casa de Carolina, ella dudó si dejarlo pasar o finalizar la velada. El dar tantos pasos hacia adelante, le hacía temer por el retroceso al cual se podría enfrentar. « Lo que rápido empieza, rápido termina», recordó.

―Dame un segundo ―requirió Carolina.

Entró a la casa mientras el hombre que la había besado tan apasionadamente, la aguardaba afuera.

Volvió y le dijo:

―Toma… Ya no hay excusas. ―Le entregó la chaqueta que días atrás le había pasado. Él recibió la prenda, la dejó sobre la moto y le respondió.

―Te equivocas. ―Se acercó a ella con delicadeza y la volvió a besar, pero esta vez con más urgencia. Al separarse, le dijo―: Tengo la excusa de buscar tus labios. Nos vemos, Carolina.

La besó una vez más y luego de guiñarle el ojo, se subió a la moto y desapareció con la promesa en el aire de volver.

Ella, entró y se apoyó en la puerta con los ojos cerrados. Inhaló y exhaló de forma acompasada hasta que su madre la sobresaltó.

―Sigue, Carolina… Sigue ensuciando nuestra reputación. ―Dio un respingo y abrió los ojos.

―¿No estaban en la playa con Álvaro? ―preguntó obviando el agrio comentario.

―Claro, por eso se te ocurre llegar a las tantas… ¿Pensabas dejarlo entrar a esta casa de bien? ¡Deberías tener vergüenza!

―¿Por qué he de tenerla, mamá? Soy una mujer adulta, hace mucho dejé de dar explicaciones y no voy a volver a darlas por el simple hecho de que ahora esté divorciada.

―No es de una dama estar hasta tarde en la calle con un hombre…

¡Qué digo hombre, es un niño!

―¿Antonia dónde está? ―preguntó cruzándose de brazos.

―Esa es otra que anda descarriada ―refunfuñó Norma acomodando su bata de dormir―. Se fue con Joaquín, por más que Alvarito le dijo que no lo hiciera… Tiene a quién salir, también.

Besó la mejilla de su madre y sin mirar atrás se encerró en su habitación para recordar la velada.

Muy avanzada la madrugada, se durmió entre ilusiones, culpas e inseguridades. ¿Cómo sentir algo dentro de su pecho sabiendo que para todo aquello había un final inevitable? Quince años de diferencia se sentían, quince años que a él le faltaban por vivir, quince años en los que ella ya había hecho todo lo que él aún no hacía.

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