Para darte mi vida
« 4 »
―La lluvia no para y no hay ni un solo taxi. ―Consultó la hora, chasqueó la lengua y dijo―: Es tardísimo.
―Dame un segundo. ―Camilo se alejó unos pasos y le pidió ayuda a su mejor amigo.
―Está bien, pero te advierto que si es para tus aventuras, en tres horas más yo llego. ―Después de la venia de Joaquín, Camilo sonrió.
―Listo, acompáñame.
―¿A dónde?
―A dos cuadras tengo un lugar para que nos refugiemos mientras pasa la lluvia.
―Es muy tarde…
―Te puedes quedar, prometo comportarme.
Lo miró de soslayo pero finalmente accedió. ¿Quién la extrañaría en casa? Antonia estaba con su novio y su madre debía estar durmiendo plácidamente. A parte, era una locura esperar a que pasara la tormenta, de seguro no lo haría durante toda la noche.
Corrieron bajo la lluvia, tomados de la mano y amparándose bajo algunos diminutos techos que sobresalían.
Al llegar a uno de los pocos edificios con departamentos de la ciudad, Carolina se acomodó un poco el cabello, el cual ya se encontraba mojado y quitándole movilidad a sus ondas. Y solo ese gesto, robó toda la atención de Camilo.
Abrió las estupendas puertas dobles que había a la entrada de la residencia y saludó al recepcionista:
―Buenas noches, Jorge. ―Camilo le guiñó el ojo y estiró su mano para recibir las llaves que le darían acceso al departamento. Era el único autorizado, junto con Antonia, para entrar allí sin identificación.
Una vez que salieron del ascensor, entre miradas y sonrisas complacientes, Carolina abrió la boca por primera vez desde que había decidido irse con él.
―¿Y esto es tuyo? ―preguntó entrando al departamento. Se encontró con una sala amplia y sillones cómodos.
―No, de un amigo pero de vez en cuando me permite quedarme aquí.
Él lo usa poco. ―Carolina asintió con la cabeza y volvió a preguntar.
―¿Y tu moto? ¿Ya no la tienes?
―Sí, pero hoy como anunciaron lluvia, la dejé en casa. ―Camilo desapareció unos segundos y luego volvió a entrar a la sala con una toalla entre sus manos, la cual alcanzó hasta su invitada―. ¿Quieres beber algo?
―preguntó acercándose a la cocina.
―Gracias. ―Secó lentamente su pelo a la vez que contestaba―: Creo que el café que no nos tomamos. ―Dejó escapar una pequeña carcajada que hizo que la vista de Camilo se dirigiera hacia el lugar en el cual se había producido tan linda melodía.
Sonrió y comenzó a prepararlo.
Esa madrugada, ella siguió relatando detalles de su vida, entre medio se contaban chistes, en otras oportunidades el tema se volvía serio, como por ejemplo cuando sin saber el motivo, le contó cada uno de sus miedos y lo que sintió cuando supo que su esposo le había sido infiel por primera vez.
―Fue horrible, Camilo. Incluso pensé que era yo quien no había salvado el matrimonio. El cuerpo que ves hoy, es la mitad o cuarta parte de lo que fui. Yo no me preocupé de mí.
―No digas eso… Tú eres hermosa, Carolina. Si él no supo ver lo que tenía en frente, mejor para mí.
―¿Para ti? ―Entrecerró los ojos.
―No estarías aquí, conmigo, ahora; sino durmiendo con él.
―Carolina alzó las cejas, dándole la razón.
―Y hablando de dormir…
―Ven, tendremos que dormir juntos porque la otra habitación es de mi amigo y hoy la ocupa, pero si te incomoda…
―Es esa, supongo. ―Apuntó la habitación más alejada.
―Sí, esa. ¿Ya quieres dormir? ―preguntó tomando ambas tazas de café vacías y llevándolas al lavaplatos.
―La verdad es que sí.
En cuanto entraron a la habitación, se produjo un silencio incómodo.
Camilo no quería faltarle el respeto. Eran adultos y quizás con otras mujeres ya podría haber estado desnudo sobre aquella pequeña cama. Sin embargo, algo lo frenaba, quizás la barrera del miedo que Carolina había levantado.
¿Qué la atemorizaba?
―Me voy a la sala. Espero te sientas cómoda.
Carolina asintió y él desapareció por la puerta.
Se acercó hasta la ventana que había a un costado de la cama y vio cómo dos gotas parecían competir mientras descendían por el vidrio. Y se imaginó por un segundo que esas gotas reflejaban la lucha interior por intentar superar el pasado y dejarse sorprender por el presente. Sonrió por su absurda cavilación y se recostó sobre la cama.
Camilo se revolvía inquieto. No estaba cómodo sabiendo que Carolina estaba a solo unos pasos y no podía siquiera mirarla.
Se levantó al baño y en cuanto salió de él, en vez de volver al sillón, abrió la puerta que lo dejaría ver a Carolina con la cabeza inclinada hacia la ventana.
―¿Puedo pasar? ―preguntó en un susurro. Ella no dijo nada, simplemente pestañeó y asintió con la cabeza.
El joven, con cuidado, se recostó a su lado. Le tomó la mano y ella se dejó acariciar. El suave roce la hizo dormir sin darse cuenta. En cambio Camilo, tardó en entregarse al sueño. No quería perderse la expresión de Carolina mientras descansaba. Sus pestañas que acariciaban sus mejillas y el suave ritmo al respirar le robaban toda la atención.
Cuando Carolina despertó, lo vio durmiendo a su lado. Con una mano y con mucho cuidado, acarició sus cabellos. Eran dóciles y castaños. Luego, fijó su mirada en sus labios perfectamente delineados, color salmón y de aparente suavidad. Quiso rozarlos con uno de sus nudillos, pero se arrepintió en el acto.
Se levantó sin hacer ruido y miró por la ventana. Un nuevo día comenzaba.
En un solo día la hicieron sentir la mejor de todas. Camilo con su juventud, energía e inexperiencia, había encontrado en ella, lo que ni ella había mirado. Fue una aventura loca de una noche. No lo conocía pero le confió sus más íntimos pensamientos. ¿Qué había hecho él para que ella cediera tanto? Quizás la soledad de tantos años por fin tuvo descanso. Fue
vulnerable, de eso estaba segura. Era la primera vez que dormía lejos de su casa y con otro hombre. Pero lo que más le preocupaba era que el sexo no fue lo que la retuvo, sino un hombre que buscaba rescatar su sonrisa perdida.
Salió de la habitación para dirigirse al baño y a lo lejos, en la cocina, divisó a su hija. Cerró inmediatamente la puerta antes de que ésta la viera e intentó despertar a Camilo.
―Camilo… Camilo despierta. ―Él se removió inquieto, sin escuchar lo que Carolina le decía en tono desesperado―. Camilo, por favor.
Comenzó a moverlo. Finalmente éste levantó la cabeza y con voz somnolienta, preguntó:
―¿Qué ocurre?
―Mi hija… Está ahí fuera.
―¿Eres la mamá de Antonia? ―Se incorporó rápidamente y al escucharlo, Carolina preguntó compungida.
―¿La conoces? ―Cubrió su cara y empezó a pensar cómo saldría de allí.
―Okey, no te desesperes. Ya vengo.
Camilo se acomodó el pelo con las manos y salió.
―Hola, Anto. ―Sonrió, tomó un vaso y lo llenó de agua―. ¿Dónde está Joaquín?
―En la habitación. ¿Te preparo desayuno? Estoy haciendo huevos revueltos.
―No, gracias. ― «Mierda, está en plan de quedarse», pensó.
Cuando llegó hasta donde estaba Joaquín, cerró la puerta. Lo vio medio desnudo pero no le dio importancia.
―¿No te enseñaron a tocar? ―regañó mientras se tapaba.
―Mi mamá te diría que tapes tus vergüenzas, pero yo te digo que me da igual, necesito que saques a Antonia de aquí.
―¿Estás loco? ¿Qué te tomaste anoche? ―Frunció el ceño.
―La mamá de Antonia está en la otra habitación ―susurró.
―¿Te tiraste a mi suegra? ¿Y en mi departamento? ―Joaquín se levantó sin importar que se encontraba desnudo frente a su mejor amigo. Se abalanzó sobre Camilo y lo tomó por la camiseta que llevaba―. ¿Qué tienes en la cabeza, Camilo?
―No me la tiré, solo conversamos. Aunque te parezca una mentira, te juro que es así. Ayúdame, está desesperada.
―¿Y pretendes que me crea eso con el historial que tienes?
―De verdad, hombre.
―Me debes una, Camilo ―señaló con su dedo índice, aun sosteniéndolo con una de sus manos―. Pero no la voy a echar, entretendré a Anto.
―Lo que quieras, pero ¡ya!
Camilo volvió a la habitación, en donde encontró a Carolina con sus ojos empapados en lágrimas.
―¿Qué pasa?
―Yo debería estar en mi casa.
―Vamos, te voy a dejar. Joaquín está con Anto.
―No, yo me voy sola. ¡Con qué cara lo voy a mirar! ¿Qué va a pensar de mí?
―Pensará que tienes un amigo. ¿Eso somos, verdad?
―Me voy. Gracias por la compañía.
Secó sus lágrimas, besó la mejilla del joven que tenía en frente y antes de salir de la habitación, se cercioró de que estuviera todo despejado.
Caminó de puntillas hasta que cerró la puerta de entrada.
―¡Ya parezco adolescente!
Si bien conocía desde chiquito a Joaquín, nunca se interesó por saber cuál era su departamento. Siempre lo veía en casa de Liliana, aunque sí sabía que tenía un inmueble a su nombre.
Llegó a su casa. Eran las diez de la mañana y su madre parecía aún estar dormida.
Luego de una ducha, recibió una llamada.
―¡Hola, mamá! ― «Antonia», pensó nerviosa.
―Hija, ¿qué tal? ―preguntó delante del espejo y tocando las arrugas que llevaba cerca de los ojos. Frunció el ceño y tocó la piel plegada que se formaba entre las cejas.
―Bien, anoche no llegué a dormir…
―Me di cuenta. ¿Le avisaste a la abuela? ―Sostuvo con el hombro el teléfono y comenzó a esparcir crema sobre su rostro.
―Sí… Tú tampoco llegaste. ―Detuvo sus manos y tomó el teléfono que se resbaló y cayó al piso―. ¿Mamá?
―¿Cómo lo sabes? ―dijo una vez recuperándolo.
―Porque cuando llamé de madrugada para avisar que no llegaba, la abuela me lo dijo. Aún estaba despierta.
―Vaya…
―¿Con quién estuviste? ¿Es con el chico que dijo papá? ¿Cuántos años tiene?
―Son muchas preguntas. ¿Vienes a almorzar?
―Sí, voy con Joaquín. ― «Oh, por Dios».
―¿Joaquín? ―La voz fue casi inaudible.
―Sí, mamá. Llegamos dentro de dos horas, nosotros llevamos la comida.
―Perfecto ―aseguró nerviosa.
―Suerte con la abuela, mamá.
―Hija… La abuela tiene que entender que yo ya estoy grande. ―Y
ella también debía entender que era mayor que Camilo y que aquella complicidad entre ambos era peligrosa.
―Anoche te pasaste de la raya. No llegar a dormir…
―¿Pero tú si puedes? ―No iba a dejar que Antonia también controlara su vida.
―Yo estaba con Joaquín. ¿Y tú?
―No encontré taxi, la lluvia no cesaba y me fui a casa de Paola que quedaba cerca de donde estaba. ¿Cuál es el problema? ―Mentira número uno.
―¿Con Paola? ―preguntó dudosa. A su madre la notaba rara hace algunos días. Su padre probablemente tenía razón y estaba saliendo con alguien.
―Sí, con Paola.
―Bueno, mamá. Sabes que te adoro y si estuvieras saliendo con alguien…
―Antonia… ¿No crees que esta charla debería ser al revés? ¿O por lo menos personalmente?
―Está bien… No quiero incomodarte pero… quiero que sepas que te quiero mucho y no me gustaría que cometieras una locura y te apresuraras…
―Deja de insinuar cosas que no son, Antonia. Besos y hasta más tarde.
Cuando bajó a la sala, encontró a su madre hablando por teléfono.
―Lola, te tengo que cortar. Tengo una conversación pendiente con mi hija y acaba de aparecer. ―Dejó a un lado el teléfono y observó a su hija
que esquivaba su mirada y se paseaba por la sala hacia la cocina―. ¿Ni siquiera me saludarás?
―Buenos días, mamá. ―Se asomó por la puerta de la cocina, sonrió y volvió a entrar. No quería discutir con su madre, y el no haber llegado a dormir, era discusión segura.
―Te convertiste en una libertina. Me parece increíble que todo el tiempo que estuviste casada te mostraras una mujer de casa, virtuosa y respetable. Ahora que Alvarito no está, decidiste hacer todo lo que en tu adolescencia no hiciste. ¡La madre y la hija durmiendo fuera! De tu hija ya no me preocupo más porque con el ejemplo que le das, poca cara me queda de reprenderla. Pero usted, señorita, se está pasando ―dijo todo gesticulando y paseándose por la sala, frente a la cocina.
―¿Ya terminaste, mamá?
―No. No he terminado. Invité a Álvaro a almorzar; ya es hora de que él ponga orden, tanto contigo como con Antonia. ―¡Lo que le faltaba! Miró al techo y dejó de preparar su taza de café para dirigirse a su madre.
―Mamá… Álvaro ya no está casado conmigo, no vive acá y si tiene algo que hablar con Antonia lo puede hacer fuera de estas paredes. Es mi casa, es mi vida y yo sé lo que hago con ella. Si tanto te gusta Álvaro, dile que te lleve a vivir con él y con su amante, a ver si te recibe. ―Tomó su taza, esquivó el cuerpo de Norma y se sentó en uno de los sillones de la sala, con una pierna sobre otra y sin levantar la vista de su café.
―Si no está casado contigo es porque lo dejaste de atender y por lo mismo ahora vive con su amante. Yo no me voy a ir a meter en medio de su vida… ¿Cómo se te ocurre tamaña barbaridad? Alvarito tiene muchas cosas de las cuales ocuparse como para que también le sume mi presencia porque tú no me quieres aquí contigo. Lo que pasa es que como ya no me necesitas, te estorbo. ―Carolina bebió el primer sorbo de café lentamente, disfrutó del sabor y dejó la taza en la mesa de centro.
―La barbaridad es que te metas en mi vida, metas a Álvaro y sigas pretendiendo que le rinda cuentas a él. Ayer había lluvia, no encontré taxi y Paola me tendió una mano. Me vine temprano y ya estoy aquí. ―Se apuntó con ambas manos y sonrió de forma forzada.
―Tu hija tampoco llegó a dormir.
―Y vendrá a almorzar con Joaquín dentro de una hora. ―Suavizó la voz y se levantó para llegar a su madre, tomarle las manos y decir―:
¿Podrías una vez en tu vida dejar de ver todo lo malo? Mamita… Yo soy
medianamente joven y tengo derecho a volver a vivir. Álvaro no es un mal hombre ni mal padre, pero asume de una vez que no fue un buen esposo.
―Norma iba a decir algo pero Carolina movió la cabeza―. Álvaro y yo tuvimos la culpa por igual. No fue solo mi culpa. Asume de una vez que lo de nosotros se acabó y no volverá a ser nada como antes. Sé que ahora no tenemos la vida relajada que tuvimos, pero es lo que te puedo ofrecer. Me esfuerzo por trabajar más y poder cubrir los gastos de esta casa. ¿Podrías mirar un poquito ese esfuerzo?
―Si estuvieras con Álvaro… ―refunfuñó.
―Pero ya no estoy con él, mamá. Entiéndelo, por favor. ―Le soltó las manos y caminó por la sala a paso lento.
―Pero él te quiere ayudar. Él dice que volvería contigo.
―Pero yo no. ―Se giró para mirar a su madre a los ojos―. Yo ya no quiero volver a lo que viví con él. Referente a lo de Anto… Ella ya es mayor de edad y está comenzando a rehacer su vida. Ella nació en otro tiempo, mamá. Y entiendo que para ti sea inconcebible ver cómo sin estar casada duerma en la casa de su novio, pero ella nació con una libertad que antes no poseíamos.
―No confundas libertad con libertinaje… Eso que hace Antonia es libertinaje y no me convencerás de otra cosa.
―Bueno, mamá. Deja que se equivoque, que viva… Yo viví siendo la hija perfecta, la mamá perfecta y traté de ser la esposa perfecta que solo aceptaba y no reclamaba nada. Ya no más. Y que te quede claro que no voy a dejar de salir con mis amigas, de trabajar y de vestir como se me plazca por el solo hecho de que a ti o a « Alvarito» les moleste. Mamá… yo hace mucho dejé de ser la mujer a quien manipulabas.
―No me digas eso. No sabes lo difícil que ha sido vivir este proceso sin Álvaro y sin Roberto. No sabes lo que es…
―¿Lo que es haber querido ser lo que yo hoy soy y que no pudiste ser? ―En cuanto lo dijo, se arrepintió y Norma reaccionó volteándole la cara con una bofetada.
―No te atrevas a ensuciar mi comportamiento comparándolo con el tuyo.
―¿Fuiste feliz siendo así, mamá? ¿Eres feliz recriminando el actuar de todo el mundo? ―preguntó sin esperar respuesta, a la vez que sobaba su mejilla―. No vuelvas a hacerlo. No tienes derecho.
―Ni tú de cuestionar mi felicidad. Yo fui muy feliz con tu padre, fui una esposa ejemplar y pensé que había criado a una hija íntegra para que atendiera a su marido como lo merecía. Me equivoqué y que hayas dormido fuera es prueba de ello.
Carolina la traspasó con la mirada y caminó hasta la cocina dejándola atrás. Cuando pensó que Norma no diría nada más, ésta agregó:
―No estuviste con Paola ni con Liliana porque las llamé. No sabían nada de ti. No hace falta que mientas, Carolina. Solo espero que no sea lo que estoy pensando.
―No lo es. ―Fue lo único que dijo antes de cerrar la puerta de la cocina.
―¡Buenas tardes! ¿Qué te pasa, Lela? ¿Estuviste llorando? ―Cuando Carolina oyó a su hija decir aquello, entornó los ojos y volvió a la sala.
Llegó justo para cuando su madre encogió los hombros y apuntó el lugar de donde ella recién salía.
―Buenas tardes, chicos. ―Y en cuanto vio a Joaquín, se ruborizó.
―Buenas tardes, suegra. ―Joaquín la abrazó y sin que se notara, dijo―: No se preocupe.
―Gracias ―susurró ella.
Durante el almuerzo, todo estuvo tranquilo entre Carolina y Norma.
Un par de miradas, temas neutros y algunas risas provocadas por las ocurrencias de Antonia. Iban a comenzar a tomar el café, cuando el timbre sonó.
―Yo voy. ―Joaquín se levantó y dejó a las tres mujeres hablando de forma relajada.
Cuando abrió, se encontró con su suegro.
―Álvaro…
―Joaquín… ―dijo mirando la mano extendida que éste le ofrecía, pero pasó de largo.
―Bueno, por lo menos están todos. ―Irrumpió en la sala y se sentó como si aún fuera el amo y señor de la casa.
―Lástima que yo ya me tengo que ir a la oficina.
Carolina se levantó y se despidió con un beso en la mejilla de su yerno, madre e hija. Caminó unos pasos y quedó frente a Álvaro que se había levantado y tenía ambas manos en los bolsillos. Pensó si seguir de largo luego del incidente vivido en el bar, pero prefirió darle paso a la cortesía:
―Que tengas un buen fin de semana, Álvaro. ―Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y lo rodeó para salir.
―No te vayas aún. Vengo para hablar unos temitas que te involucran.
―Álvaro no aceptaba verla tan campante y que no lo extrañara. No soportaba darse cuenta que ya no lo necesitaba. Y consideraba inadmisible saber que salía y no llegaba a su casa a dormir.
―Tú no tienes nada que decir que me involucre, Álvaro. Hace un año, a Dios gracias, tenemos vidas separadas. Yo no me preocupo de la tuya, no te preocupes de la mía. ―Giró y lamentó tener esa conversación delante de tanta audiencia.
―Carolina…
―Álvaro, estoy atrasada. En otro momento y en otro lugar, te sigo explicando que el « nosotros» ya no existe y que en tu vocabulario solo debo estar para hablar de Antonia. Me voy a la oficina.
Tomó su cartera y salió sin mirar atrás. ¡Oficina había dicho! ¿Qué oficina? Si todo lo veía desde su casa.
Caminó una cuadra, hasta que escuchó que la llamaban. Se dio vuelta, era Álvaro.
« Este hombre no entiende».
―¿No te quedó claro?
―Carolina… ¿Qué te hicieron? No eres la mujer de quien me enamoré.
―No me interesa serlo. Por cierto, hasta que estuve contigo sí lo fui, aun así me engañaste.
―¿De eso se trata?, ¿de despecho? ―Carolina se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
―No, Álvaro. Se trata de que me cansé de aguantar tus infidelidades, que sabrá Dios cuántas fueron. Me cansé de ser la mujer condescendiente que aguantó tus insultos, esos que aún llevo como cicatrices. Esa mujer que fui, te la perdiste… Te esmeraste en hacerme sentir inferior. Pero no te preocupes que la culpa no es solo tuya, en gran parte fue mía por soportarlo tanto tiempo. Quizás hasta las gracias debo darte o darle a Isabel por abrirme los ojos y así comprender que entre tú y yo no quedaba ni pizca de amor.
Hizo una pausa, suspiró y continuó:
―Traté de justificarte tantas veces… y hoy me doy cuenta que con esa actitud, solo logré encadenar mi tiempo a un hombre que prefería estar
en brazos de otra mujer en vez de acompañarme a vivir. Ahora sigo mi camino, sola, y no por eso menos feliz.
Álvaro no daba crédito a todo lo que escuchaba. Esa no podía ser su mujer hablando. Su mujer jamás le hubiese dicho eso, su mujer estaba para servirlo, atenderlo, complacerlo.
―¿Pretendes que te crea? ―Tomó con fuerza uno de sus brazos para retenerla―. Tú aún me amas y por eso hablas desde el despecho. ―La acercó y le obligó a besarlo.
―¡Suéltame! ―Logró decir luego de morder su labio inferior―. No te atrevas a besarme nunca más.
Mientras Carolina se limpiaba los labios, Álvaro se pasaba una y otra vez la mano por la cabeza.
―Es que simplemente no me lo creo… ¿Por qué no llegaste anoche a dormir? ¿Con quién estabas? ¿Otra vez con ese nenito?
―Ni por asomo se te ocurra que te voy a responder algo que ¡no te incumbe! Álvaro, no te lo voy a volver a aclarar. Nos une Antonia, pero ella ya es mayor de edad como para comunicarse directamente contigo sin intermediarios. Sigue tu vida, como yo seguí la mía.
Lo miró unos instantes y aprovechó que un taxi se detuvo para subir en él y desaparecer.
Camilo en cuanto la vio salir del departamento esa mañana, quiso ir tras ella. ¿Cuánto tiempo más pasaría hasta verla? Le envió un mensaje:
« Gracias por la noche»
No obtuvo respuesta. ¿Estaba molesta con él? Tal vez estaba ocupada.
¡Cómo lo deslumbraba esa mujer! Tenía un andar delicado, su suave voz lo hipnotizaba y el olor a rosas que desprendía su cabello le nublaba la razón… tanto que llegaba a pensar que solo con verla se sentía vivo.
―¿Y vas a desayunar? ―dijo Antonia mientras él miraba la puerta cerrada.
―No, gracias. ―Se apartó a su habitación, se calzó y se despidió de los dos ocupantes del departamento.
Cuando llegó a su casa, Sofía lo estaba esperando.
―¡Qué bueno que llegaste! Necesito que me hagas un favor.
Respiró hondo y se sentó en un pequeño sillón.
―A ver… ¿Qué está tramando esa cabeza?
―Necesito permiso… ―Levantó las cejas y sonrió―. Quiero ir a estudiar a Santiago.
―¿Estás loca? Ya este año casi se acaba…
―Camilo, por favor. ¡Quiero salir de este pueblucho!
―Sofía, eres una niña. ¿Qué quieres estudiar?
―No sé. Pero quiero irme de acá.
―Irte a vivir fuera sería un gasto extra. Los ahorros solo nos cubren los estudios… ¿Por qué no buscas un instituto acá? O en una ciudad más cercana, tal vez.
―Odio conformarme con lo que nos tocó…
―Aprende a hacerlo, porque mientras no te pongas a trabajar, no tenemos otra forma de surgir.
―¿Para eso trabajas? ―preguntó refunfuñando.
―Claro, porque si me quiero ir a estudiar fuera, tengo que aumentar los ahorros. Trabaja un tiempo y luego te vas a Santiago. ¿Te parece?
―¿Y dónde quieres que trabaje?
―Déjame hablar con Joaquín por si tiene algo en la radio. No te prometo nada, así que aprovecha tus tardes y ve a buscar trabajo a tiempo parcial.
―Bueno… pero el favor que te quería pedir era otro. ―Se sentó y apretó sus manos de forma nerviosa.
―¿Otro? ―Frunció el ceño.
―En realidad son dos… Uno es si puedes hablar con mamá para que me deje mudarme a Santiago cuando ya haya ahorrado lo suficiente…
―Dalo por hecho. ―Se levantó y sacó de su jeans su celular.
Necesitaba comprobar que ella hubiese respondido su mensaje.
―El otro es que el viernes me lleves a casa de Isidora, mi amiga.
―Olvídalo. ―Levantó la vista y la vio de hombros caídos y haciendo morritos.
―Pero… ¿Por qué?
―Porque ese día trabajo y la casa de Isidora queda a dos horas de acá… Y supongo que tendré que ir a buscarte después. ―Sofía asintió y con una enorme sonrisa rogó una vez más.
―Por favor, Camilo.
―Lo vemos el jueves, Sofía. ¿Mamá dónde está? ―curioseó, enviando otro mensaje.
«¿Está todo bien?»
―Con la vecina. ¿Dónde te quedaste anoche?
―Con Joaquín ―respondió seco, sin apartar la vista de su celular.
Nada de Carolina.
―¿Y a quién le mensajeas? ―indagó al tiempo que se ponía de puntillas y miraba la pantalla del celular. Camilo guardó rápidamente el aparato y entornando los ojos, respondió.
―A Joaquín. ¿Estás de interrogatorio hoy? ―Caminó hasta su habitación y cerró la puerta sin esperar respuesta.
Llamó a Carolina una y otra vez, pero ésta no le contestó. Dejó mensajes de voz y al no dar con ella, decidió darse un baño antes de seguir insistiendo.
Sonaba y sonaba el teléfono pero no tenía ganas de hablar con nadie.
Dio la dirección del lugar al que recurría siempre que se sentía agobiada. Nadie más que ella y sus amigas, sabía que esa era su guarida.
―Al cementerio, por favor.
¿Por qué ese era su refugio? Porque allí estaba aquel al que había perdido años atrás. Ese que había desatado todo el problema con su marido.
Cuando llegó hasta el lugar en el cual descansaba el pequeño, lo saludó como siempre.
―Hola, hijo. ―Se sentó en el prado y arregló las flores.
Respiró hondo y escuchó el cantar de las aves, el sonido de las hojas de los árboles al moverse con el viento y la risa de un niño a lo lejos.
Había asumido la muerte de su pequeño hacía mucho. Se había perdonado y también había perdonado a su marido.
Cuando éste falleció, solo tenía un mes de nacido y una bacteria que no pudieron controlar, atacó sus pulmones, llevándolo a un triste final.
El teléfono de Carolina no dejaba de sonar, tanto que decidió apagarlo. Quizás eran sus amigas, más tarde pasaría por casa de Paola y le contaría las novedades.
Y así lo hizo. Llegó a casa de su amiga en taxi y tocó el timbre.
―¡Caro! ¿Cómo es…? ―Y la pregunta quedó en el aire porque la cara de Carolina le dio la respuesta―. ¿Qué te hizo Álvaro ahora?
La tomó de la mano y la guio hasta el living de la casa.
―No solo es Álvaro, es todo. ―Se desplomó en uno de los sillones de la sala.
―A ver… Cuando fuimos al bar, de pronto desapareciste, ¿qué ocurrió realmente? Porque eso de que te dolía la cabeza, no me lo creí.
―Había dado esa tonta excusa cuando le habían preguntado.
―Me fui a la barra y me encontré con…―dudó si continuar o no.
Ocultó su rostro entre sus manos.
―¿Con quién? ―preguntó alcanzándole una taza de café.
―En la clínica, me encontré con un joven… casi un niño. Hizo una entrada graciosa, me miró un buen rato y se fue. Pero cuando salí a fumar para esperar a que Ricardo me atendiera, vi cómo pasó lentamente con su moto cerca de mí, sin quitarme la vista de encima y luego desapareció como un rayo.
―¿Y qué tiene que ver eso con el bar? ―Cada vez Paola entendía menos.
―Allí, sentado en el bar, me lo encontré.
―¿Te gustó el chiquillo? ―preguntó entusiasmada y risueña―. ¿Te fuiste con él?
Carolina asintió con la cabeza.
―Sí… ―dijo casi en un gemido.
―¿Sí te gustó o sí te fuiste con él?
―Hablamos un poco, me invitó a bailar y acepté ―continuó sin responder. ¿Le gustaba Camilo?―. Pero Álvaro estaba allí y me hizo una escenita de aquellas por estar bailando con alguien menor que yo.
―Ese hombre no se cansa…
―Le contó a mi madre, le contó a Antonia… En fin. Decidí irme a casa y Camilo, el joven con el que bailé, se ofreció a llevarme y se lo permití. Hacía frío y me dio su chaqueta. Cuando nos despedimos, no dejó que se la entregara y aún la tengo en casa.
―Bueno, supongo que le pediste el número y ya se la devolverás. Fue una licencia que te diste esa noche y listo. No es nada grave. Aunque yo me hubiese ido a su casa, me pegaba un revolcón y si te he visto no me acuerdo. ¿Hace cuánto no estás con un hombre?
―¡Paola!
―Bueno… ¿Qué ocurrió después?
―Quedamos de tomarnos un café al día siguiente para devolverle su chaqueta…
―La excusa perfecta… la chaqueta. ¿Segura es un niño? ¿Cuántos años tiene?
―Veintiocho ―dijo con vergüenza y con sus mejillas encendidas.
―¡Dios mío! ―Paola se llevó la mano a la frente y su expresión pasó de la excitación a la preocupación―. Bueno, por lo menos ya es mayor de edad.
―Paola, él es muy dulce… y un caballero.
―Es decir… te gusta. ¿Qué tal estuvo ese café? ¿Cómo te aguantaste una semana sin decirme nada? ¡Vaya novedad que tenías!
―No hubo café… no ese domingo por lo menos. ―Paola de verdad que ya se sentía confundida. Se levantó y sacó de un pequeño bar una botella.
―Esto no se puede hablar café mediante, esto es más fuerte.
Luego de servir dos pequeñas copas del licor, dejó que su amiga continuara con el relato.
―Ese domingo me fui con Antonia de paseo y me olvidé de Camilo.
Luego, cuando encendí el celular, me di cuenta de las mil llamadas perdidas. Sin embargo, no me atreví a llamarlo. No fue necesario, en minutos recibí una llamada de él. Estaba preocupado porque no lo atendía.
Acordamos dejar para otro día el famoso café. Nos mensajeamos toda la semana. Nos deseábamos buen día, buena noche… pero no concretamos ningún encuentro. Y de pronto, en medio de la lluvia torrencial de ayer, nos encontramos por casualidad en un café.
―¡Qué romántico!
―Terminamos refugiándonos en la casa de… un amigo.
―¡Entonces te diste el revolcón! ―Paola abrió de par en par sus ojos.
Bebió de un trago su licor y con un gesto de la mano la invitó a proseguir.
―No hubo revolcón, Paola.
―Ya. Un hombre, una mujer, lluvia… una casa solo para ellos y me dices que no pasó nada… ¡Guauuuu! ¿Estás perdiendo el training? ¡No me digas! ¿Era gay? ¡Qué lástima! ―Paola gesticulaba exageradamente, lo que hacía sonreír a Carolina.
―Te pasas más películas que en el cine. Nada de nada, Paola y por cómo me mira… ―concluyó avergonzada―…No es gay. Hablamos de todo cuanto te puedas imaginar. De su vida, de la mía. De cómo me sentí cuando sucedió lo de Álvaro… De todo. Pero terminamos sobre una cama, vestidos. Me quedé dormida por el roce de su mano sobre la mía, nada más que eso.
―¡¿Cómo es?! ¿De verdad existe un hombre así?
―Es muy dulce, atento, con una voz muy seductora a pesar de ser casi un niño. Tiene muchas ambiciones y convicciones en su vida. Vive con su madre y con su hermana menor. Es un poco más alto que yo, delgado pero se le nota que tiene un cuerpo tonificado. Trabaja en una radio.
―¿Cómo Joaquín? ―Y en cuanto lo dijo, Carolina cubrió su rostro.
―Cuando desperté esta mañana, me encontré con que Anto estaba en la cocina del departamento en el cual me había quedado.
―¡Jó – de – me! ―Carolina negó con la cabeza.
―Joaquín y Camilo son amigos… Me muero de la vergüenza. Nunca imaginé que su departamento quedaba justo en ese edificio.
―¿Lili lo sabe? ¿Cómo saliste de ahí?
―No, no lo sabe y no se lo digas, te lo ruego. Cerré la puerta de la habitación tan rápido como pude y me acerqué a Camilo, lo desperté y él habló con Joaquín.
―Y además… te cuida.
―Así es. ―Asintió―. Quedó preocupado. Me ha llamado toda la tarde pero no he querido contestar. Y aparte de todo… discutí con mi madre que me sermoneó, luego con Álvaro… En conclusión, hasta Antonia me dijo que me pasé de la raya por no llegar a dormir. ¿Puedes creer?
―¡Ah! Por eso tu madre me preguntó por ti anoche muy tarde.
Perdón. Si tan solo hubiese sabido…
―No te preocupes, no te avisé. Llegué y dije que estuve contigo pero no pude advertirte nada.
―¿Qué es lo que más te angustia? ―Paola suspiró y se acercó para tomarle las manos.
―Todo Paola. Si no es con Camilo, será con quien venga que no podré rehacer mi vida tranquila. Álvaro estará a la sombra. Estos últimos días se aparece en casa cuando quiere y pide explicaciones como si aún fuera mi marido.
―No se las des.
―Por otro lado mi madre, que ya sabes cómo es.
―Envíala de viaje.
―No tengo un peso, Pao. Ando en taxi para arriba y para abajo.
Quizás en dos meses más… con los ahorros que tengo, pueda comprar un auto.
―Mira, tu vida profesional la tienes armada. Tienes buenos clientes y te ganaste un lugar reconocido entre todos.
―Es cierto… ―Asintió y se sacó la chaqueta que llevaba puesta.
―Tu madre, algún día se cansará y Antonia muy pronto estará viviendo su propia vida. Es hora de que empieces a rehacer tu vida personal también, Caro.
―Quiero arrendar una oficina para hacer la contabilidad de manera más formal. ―De pronto la idea había llegado a su cabeza, cambiando el rumbo de la conversación.
―Me parece una buena manera de tener tu propio espacio, más independencia. Pero eso es a plano profesional, ¿qué hay del plano personal?
―No lo sé. Con Camilo nos llevamos bien, pero eso no quiere decir que vayamos a tener algo, Pao. Somos ¿amigos? ―Se tomó unos segundos y luego aseguró―: Sí, eso somos.
―Ya… ―lo dijo sin creerse ni una palabra de su amiga―. ¿Le contaste lo de Bastián? ―Al escuchar ese nombre, se tensó.
―No… es algo muy privado. No me dio para tanto.
―¿Vienes de allá, verdad? ―Carolina asintió con la cabeza y se levantó.
―Bueno, creo que me voy. Quiero descansar. ¿Sabes algo de Liliana?
―Me llamó después de tu madre, para decirme que a se habían comunicado con ella preguntando por ti y que si sabía dónde andabas.
―No se lo digas.
―¿Joaquín qué dijo?
―Hoy fue almorzar y me pidió que no me preocupara. Supongo que eso quiere decir que Antonia ni Liliana se enterarán por su boca.
―Es un buen chico, no lo hará.
―Espero que así sea. Muchas gracias por la charla. ―Besó la mejilla de su amiga y se fue.
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