Para darte mi vida
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Carolina no soportó ver cómo Camilo bailaba con Ximena. Se excusó con Álvaro diciendo que se sentía incómoda con su ropa. Caminó hasta su dormitorio y allí comenzó a desvestirse.
Estaba en ropa interior buscando algo más informal, cuando la puerta se abrió.
―¡Sal de aquí! ―exigió antes de que Camilo la tomara por los codos y la elevara a centímetros de su boca.
―Dígame, señora… dígame que no lo quiere.
―Suéltame, Camilo… o…
―¿O qué? ―La extrañaba y no sabía por qué la enfrentaba en vez de tomar su boca por asalto.
―O voy a gritar… Suéltame, me estás haciendo daño. ―Carolina se removió inquieta y consiguió que él la soltara―. ¿Qué tienes en la cabeza? Primero no me quieres hablar y ahora entras a mi dormitorio sin siquiera ser invitado.
Internamente Carolina agradecía la cercanía, pero no entendía la actitud de Camilo. Y Camilo tampoco lo entendía, se suponía que debería alejarse de ella, mas no lo conseguía.
Al ver cómo la piel de Carolina se erizaba, probablemente por la excitación de la proximidad que habían experimentado, Camilo se acercó sin tocarla y quedando a unos centímetros de su boca, le aseguró:
―Usted aún me ama.
Dicho lo anterior, salió de la habitación temblando, sin embargo, Carolina no lo hizo mejor. Necesitó sentarse y palpar sus labios, que anhelaban besarlo una vez más.
En los días siguientes Carolina paso por varios estados, pero el que más la atacaba era la ira.
―¡Que se vaya a la mierda!
―¡Carolina! ¿Desde cuándo esa boquita? ―reprendió Liliana.
―Desde que al amigo de tu hijo se le ocurrió llamarme señora, ignorarme para luego entrar a mi habitación como si nada, y después pasearse con Ximena de lo más feliz. Aparte, me los encuentro en todos lados. ¡No puedo tener más mala suerte!
―¿Qué es lo que te altera? ¿Que te diga «señora», que te ignore, que te busque o que haya vuelto con Ximena?
―¡Todo! ―Cayó rendida en un sillón―. El extranjero lo volvió un hombre que no es. Camilo no es así…
―Han pasado dos años... Las nuevas experiencias y relaciones con otras personas nos hacen ver las cosas de otra manera ―intentó explicar Paola.
Ya más calmada, Carolina negó con la cabeza y suavizó su voz.
―No… Está resentido. Está dolido y lo peor es que con justa razón.
―Ahí te equivocas, Carolina. No tiene razón. Si tan solo supiera el real motivo por el que lo dejaste… ―comentó Paola.
―¡Shh! ―dijo mirando hacia todos lados―. Está en la cocina con Antonia y Joaquín. No quiero que por casualidad escuchen algo. ―Todo lo dijo en voz baja.
―¡Pero si te has gritado la vida, mujer! ¿Qué cuidado pones ahora?
―Liliana sonrió y Carolina le regaló una sonrisa forzada.
―Bueno, entonces nos vamos de acá porque no soporto un minuto más con él bajo el mismo techo.
―Sí, seguro… ―pronunció en un murmullo Paola.
―Te escuché, Pao… Te escuché.
Salieron de la casa hacia un bar en el cual pudieron hablar abiertamente de todo.
Camilo estaba en la cocina de la casa de Carolina contándoles a sus amigos sobre la experiencia de vivir en el extranjero. De pronto solicitó el baño y a la pasada escuchó a Carolina hablando de lo molesto que le resultaba el trato de «señora». Pues Camilo no veía el motivo de su disgusto. Era una señora casada. Punto.
¡Cómo le gustaría volver a besarla!
Pero se lo tenía que negar. No le convenía, en eso Carolina había tenido razón. Entregó el corazón y se lo rechazaron, esta vez no lo volvería
a entregar.
Muchas noches se preguntó si era normal tanto dolor, luego comprendió que aquel dolor sería siempre parte de él. Carolina ya no estaba en su vida y jamás lo estaría. Visitar a Antonia con la excusa de ver a Esperanza, era su única “esperanza”. Así era cómo sabía de ella, de sus estados de ánimo y comprobaba que ya no sonreía como hacía dos años atrás.
Pronto, Carolina estaría de cumpleaños. Moría de ganas por prepararle algo especial, pero su orgullo se lo impedía. Hacía casi tres años la había conocido, le hubiese encantado que ella lo hubiese elegido, pero no fue así.
―¿Qué hace aquí otra vez? ―irrumpió en la cocina la abuela de Antonia.
―Nona, Camilo es nuestro amigo y el padrino de Esperanza. ¿No pensarás que no lo voy a dejar pasar?
―Mire… ―Norma obvió el comentario de su nieta y se dirigió a Camilo―. Mi hija está feliz con Alvarito…
«Confirmado, está con él», pensó Camilo y el gesto se volvió más serio.
―No se preocupe, señora. Mis intereses han variado. ―Era falso.
No habían variado ni los intereses, ni los sentimientos, pero no iba a revelar lo que le gritaba el pecho cada vez que Carolina respiraba, para que le hicieran daño otra vez. Bastante sufrió a la distancia.
Con el orgullo herido y corazón sangrando por confirmar de la boca de esa arpía que Carolina, su Caro, estaba con Álvaro, Camilo montó su moto y anduvo sin rumbo un par de horas. No sabía hasta dónde se dirigía hasta que se encontró frente a su nidito.
No había entrado desde hacía dos años atrás cuando ella lloró en su hombro producto de la felicidad. ¿Había sido felicidad?
Se había cuestionado cada noche que estuvo ausente, si de verdad era felicidad o ya había planeado dejarlo. Esa había sido la última vez que sintió el calor de Carolina.
Cuando se acercó a él en el bautizo, creyó que la razón se le iría a los pies al sentir ese olor a rosas que tanto había añorado. Pero no iba a ceder, no sería vulnerable. Le enrostró su decisión, le dijo que sobraba. No sobraba, le faltaba y le dolía la ausencia de Carolina en su vida. Y entonces, después, poseído por una fuerza desconocida, necesitó escuchar de su boca
que no quería a Álvaro, que lo amaba a él. La vio tan frágil y descubrió que en sus ojos se reflejaba la misma tristeza que en los propios. Fue en ese instante, que decidió salir de la habitación.
Ella lo había alejado de su lado y aún no entendía el motivo. No creía en el amor entre Álvaro y ella. La creía inteligente y durante el bautizo, solo vio rechazo hacia las caricias que le otorgaba su ex marido. O
eso era nada más que una pantalla social o él estaba negándose a creer que su querida Carolina había vuelto a los brazos de su ex.
Era tarde y decidió dormir ahí, en medio de los recuerdos, de las sábanas que aún guardaban el olor a rosas y un par de fotos que tenía en su celular con su amor sonriendo.
« ¿Qué voy a hacer contigo, Carolina?», se preguntó antes de dormir.
Ella, mientras tanto, hablaba con sus amigas.
―Bueno, voy a seguir como estaba. No me voy a calentar la cabeza por su indiferencia ―concluyó bebiendo el último sorbo de café―. Me tengo que ir chicas, tengo cena con Álvaro.
―¿Otra vez Álvaro?
Sus amigas no estaban de acuerdo con esa cercanía.
Para Paola, el hombre no asumía que Carolina ahora era una mujer independiente y quería ser indispensable para ella.
Para Liliana, el motivo era que como Isabel ahora lo había dejado por alguien mucho más joven, pretendía calmar su ego herido conquistando a su ex mujer.
Y Carolina, pensaba que de verdad estaba arrepentido. No le huía pero tampoco le entusiasmaba. Le daba el beneficio de la duda, nada más.
Lo cierto era que las tres estaban equivocadas. Álvaro buscaba un equilibrio social. Buscaba audiencia. Buscaba que sus más cercanos supieran que él seguía siendo un hombre de familia.
―Sí, otra vez. Pero no se confundan. Nos llevamos bien, eso es todo. A parte, tienen que reconocer que ha cambiado.
―Que se haga el "aquí no ha pasado nada" no significa que haya cambiado, Carolina ―aseguró Paola.
―No soy tonta, Pao. Me respeta, tenemos una relación de padres y abuelos de Antonia y Esperanza. No voy a cenar para compartir una velada amorosa. Yo no vuelvo atrás y lo saben.
―¿O sea que Camilo tampoco es candidato a una velada romántica?
―dijo Liliana entrecerrando los ojos.
―Camilo es otra cosa... ―asumió―. Él me amó como nadie y permitió que viera en mí lo que no vi. Nunca disfruté tanto de sonreír como cuando él me miraba y me decía lo feliz que le hacía ver mi sonrisa.
―Sonrió, suspiró, añoró.
―¿Qué sentiste al verlo?
―Me despertó la memoria. Fue verlo, sentir su aroma, escucharlo y pude retroceder en el tiempo. Me da mucha pena que tenga esa actitud.
Tenía la esperanza de que podríamos por lo menos ser amigos cuando nos viéramos nuevamente.
―Sabes que eso es imposible, Caro... ¿Por qué te engañas?
―Liliana tomó la mano de su amiga.
―Porque por algo había que empezar. ―Negó con la cabeza―. No me hagan caso. Ya me voy. Gracias por el café.
Álvaro le abrió la puerta del taxi y le estrechó una mano para ayudarla a descender de él.
―Te dije que me avisaras para ir a buscarte, cariño.
―No me digas « cariño» ―Lo miró y luego agregó―. No te avisé porque puedo llegar sola, Álvaro.
―Está bien, ¿vamos? ―Carolina aceptó el brazo que la guiaba por el salón principal del fino restaurante.
Álvaro había reservado en el más elegante y concurrido lugar de la ciudad. La mesa que había solicitado, era una muy cerca del sector en el cual se encontraban grandes empresarios y políticos.
Al sentarse, Carolina observó:
―¿Es idea mía o pediste la mesa de forma estratégica? ―Se daba cuenta que todos miraban de reojo. Durante el trayecto de la entrada a hasta donde estaba, había saludado a un montón de gente del círculo que antes frecuentaba cuando acompañaba a su ex marido a las ceremonias públicas y eventos privados.
―¿Por qué lo dices? ―Álvaro se removió incómodo y le apartó la vista. Levantó una mano y solicitó al camarero que se acercara.
―Es cosa de mirar alrededor… ¿Es un evento privado? Están todos tus «amigos» ―dijo en forma discreta, pero enfatizando con las manos.
―El lugar es así, ya hemos venido antes. Despreocúpate.
Carolina no dijo más, porque el camarero se acercó para tomarles el pedido.
―Para la dama, Pato a la Naranja y para mí, Pollo al Coñac, por favor.
―¿Vino? ―preguntó el camarero mirando de reojo mientras anotaba lo solicitado.
―El mejor. ―Cerró la carta, esperó que el muchacho los dejara solos y dijo―: Te pedí tu plato favorito.
« No tienes idea, Álvaro». Su favorito era la Reineta al horno. Cerró los ojos y casi podía olfatear el aroma que desprendió cuando Camilo había cocinado para ella. A lo sumo, se hubiese comido el Pollo al Coñac… pero detestaba el pato y la naranja. No dijo nada. Solo sonrió levemente.
―Y bueno… tú me dirás para qué me llamaste. ¿Pasó algo con el pago del banquete del bautizo? Si faltó, solo dime y te extiendo un cheque… ―Se giró para buscar en su cartera la chequera, pero Álvaro le tocó el brazo para que se volviera.
―Me da gusto verte así... tan resuelta. ―Sonrió y luego continuó―: Te cité para… conversar de la vida, de nosotros, no sé… ―Se encogió de hombros y delineó con sus ojos los labios de su ex mujer.
Si bien la necesitaba cerca para reunir votos, también estaba arrepentido de todo lo que la había hecho sufrir. Ahora que había vivido en carne propia lo que era ser abandonado, admiraba en silencio la fuerza que tuvo ella para levantarse.
―¿Nosotros, Álvaro? ―preguntó discreta, con una voz apenas legible.
―Yo… ―vaciló y luego lo dijo―: Yo te he extrañado mucho. Y lo siento tanto. Tú, podrías… algún día… ―Carolina no daba crédito a lo que escuchaba. Álvaro, su ex marido, no era de las personas que reconocían sus errores. Tomó la copa, bebió un poco de agua y lo dejó continuar sin decir una palabra―. ¿Me perdonarías, cariño?
―Yo no tengo nada que perdonarte, Álvaro. Y sé para dónde quieres llevar esta conversación y la respuesta es: No, gracias. No me interesa ser el adorno que quieres que sea.
―¡No quiero que seas un adorno, Caro!
―¿No? ¿Y qué significa que hayas elegido el restaurante más exclusivo, reservando la mesa céntrica en la cual nos pueden ver todos los demás comensales, que para asombro mío, son personas del partido
político, empresas y otros «amigos» de la alta sociedad? ―Golpeó cada palabra.
―Baja la voz, nos oirán ―dijo Álvaro entre dientes.
―¿Ves? Ahí tienes. ―Carolina se levantó en el mismo instante en que el camarero llegaba con la cena. Ésta lo miró y luego llevó sus ojos al rostro descompuesto de Álvaro―. Y además… El pato y la naranja no son de mi agrado. Jamás lo han sido.
Tomó su cartera y se retiró.
―¡Carolina! ―llamó alzando un poco la voz, lo que hizo que quienes lo rodeaban, miraran en su dirección. Al notarlo, Álvaro les sonrió y dijo―: Cosas de mujeres…
Todos giraron la cabeza y él, dejó el efectivo para pagar la cena y salió tras su ex mujer.
―Vamos, Caro. Yo te llevo.
―No. ―Siguió caminando mientras Álvaro la seguía.
―Carolina… ―El nombre salió de su garganta como si fuera un gruñido. Se detuvo de inmediato. Algo en ella recordaba la autoridad de esa voz. Por un segundo quedó inmóvil y hasta que Álvaro no estuvo junto a ella, no levantó la cabeza―. Ven, vamos a casa.
De un momento a otro recuperó la cordura y al ver un taxi pasar, le hizo señas.
―Vamos, Caro. No te vayas. Ya sé, me equivoqué… no debí traerte aquí.
―Yo no debí venir. Tus intenciones son muy alejadas a las mías. Y
la verdad, es que no me interesa en lo más mínimo volver el tiempo atrás.
La única relación que nos une, es la de padres de Antonia y abuelos de Esperanza. Nada más.
Subió al taxi y desde la ventanilla abierta, Carolina volvió a hablar:
―Y pide a tus amigos periodistas que dejen de sacar fotos. El beso que pactaste para que saliéramos en los diarios como la pareja feliz que no somos, no te lo voy a dar.
Dicho lo anterior, Carolina se marchó.
Y tenía razón. Álvaro había invitado a Carolina con la intención de que volvieran a verlos juntos. Y los del diario estaban al pendiente de cualquier gesto de la pareja. Necesitaban encontrar algo comprometedor para reafirmar las declaraciones que el Gobernador y postulante a Consejero Regional había otorgado horas antes en una entrevista.
Los periódicos afirmaban que el político «creía en la reconstrucción de los establecimientos afectados por el terremoto, como creía en la reparación de su matrimonio. Era fiel testigo que solo con perseverancia, podía lograr grandes cosas».
Necesitaba esa portada con el beso en los titulares. No quería desmentir lo que había dicho: « Nos estamos reconciliando».
Cuando Carolina llegó a la casa de Liliana y le contó lo que había sucedido, ella no tardó en dar su opinión:
―Ese hombre no cambiará nunca. ―Movió la cabeza en forma reprobatoria y le extendió un café.
―Me molesta que me siga usando aún divorciados. ¿Qué creía?
―Te dije que fueras con cuidado. ¿Qué piensas que harán los diarios? ¿Publicarán la peleíta que sostuvieron fuera del restaurante?
―preguntó Liliana.
―Álvaro puede hacer desaparecer la imprenta con todo el dinero que tiene. Te apuesto que mañana saldrá algo totalmente distinto, y del incidente, nadie mencionará nada.
―Me imagino que con esto, se acabaron las cenas y salidas con él.
Carolina no respondió. Estaba claro que Álvaro no había cambiado en nada.
―Buenas noches. ―Ricardo entró a la sala en la que estaban, saludó a su esposa y luego a Carolina.
―Hola, Ricardo. Disculpen, he sido una imprudente. Me voy a casa.
―No, tranquila. ¿Todo bien? ―preguntó abrazando a Liliana.
Se habían casado hacía un año. Eran felices, muy felices y Ricardo, luego de insistir a Carolina de que lo disculpase por las veces que confundió su relación paciente-doctor, ambos se trataba con más familiaridad.
―Sí, todo bien. La verdad es que es bastante tarde y ya quiero irme a descansar. ―Sonrió y miró a Liliana―. Muchas gracias. Por cierto, Antonia me pidió que te dijera que mañana nos esperan a almorzar. No sé qué se traen esos dos.
Dicho lo anterior, salió y se acercó a un paradero de taxi.
Hacía unos días había decidido vender su camioneta para cambiarla por un auto más familiar. Sin embargo, aún no se decidía por cuál. Pudo haber caminado, pero estaba cansada y ya era muy tarde.
Camilo despertó cerca del medio día como si un camión le hubiese pasado por encima.
Caminó hasta la cocina, se sirvió café y salió a la terraza de la pequeña cabaña en el instante en que un niño se acercaba en bicicleta.
―Bue… Buenos días, señor.
El chico de no más de diez años, dejó caer sus piernas a cada lado de su medio de transporte y las usó para frenar.
―Buen día… ―Camilo alzó las cejas y la taza de café en señal de saludo.
―U… ¿Usted vive acá? ―preguntó a las carreras el inquieto chiquillo.
Camilo frunció sus labios y asintió. El chicuelo dejó la bicicleta en el suelo, levantando un poco de polvo. Se sacudió las manos y de la mochila que traía colgando, sacó un periódico enrollado.
―Tome… ―Le extendió.
Camilo lo abrió y en primera plana, salía su pesadilla sonriendo frente a su amor y una frase titular que le removía las entrañas, el alma y el corazón.
« Nos estamos reconciliando».
―Yo no estoy suscrito al diario. ¿Quién lo envía?
El chico se encogió de hombros y con rapidez levantó su medio de transporte para desaparecer por las callecitas.
Camilo estaba furioso. Estaba seguro que era una forma de recordarle el abandono. Él había perdido, y Álvaro se lo enrostraba como mejor sabía.
Leyó la nota completa. Mezclaba política con su supuesta vida color de rosas. Y lo peor, es que la gente le creía. En cinco años no había hecho nada para que las casas que habían resultado destruidas por el terremoto del 2010, se repararan. Tampoco había apoyado para adquirir nuevos terrenos que permitieran a las familias afectadas trasladarse y construir con material seguro sus nuevos hogares.
Su familia había sido una de las tantas que terminó endeudándose para subsanar lo que el gobierno no fue capaz de hacer.
Pero eso ya era pasado, al igual que lo era Carolina.
Lanzó con rabia el periódico contra la mesa.
―No, Carolina jamás será pasado.
Sin embargo, viendo que ella había iniciado otro camino, lejos de él, tomó una decisión.
Álvaro se paseaba con una copa de merlot en la mano por la oficina del jefe de prensa del diario. No era diario de gobierno, pero la estrecha relación, le permitía algunos beneficios al publicar. Ni señas de la discusión que había mantenido con Carolina en las afueras del restaurante. Para todo el resto de la gente, ellos se estaban reconciliando.
―A esta hora, ya debe haber recibido el diario. Dos pájaros muertos de un tiro. ―Sonrió con aire superado.
Por su parte, cuando Carolina vio los titulares regionales, quiso matar a Álvaro. Tomó su teléfono, lo llamó y le dejó muy en claro que ella ya no era un adorno.
Su ex marido, se excusó diciendo que lo habían sacado de contexto, cosa que Carolina por supuesto no creyó.
Durante la tarde, se volvieron a ver en el almuerzo que Antonia y Joaquín habían preparado para comunicarles su intención de casarse.
Norma, expresó que demasiado se habían tardado.
Álvaro, extendió un cheque sustancioso para todo lo que requirieran.
Carolina permaneció en silencio jugando con su nieta y Liliana, los felicitó.
―¿Qué ocurre, mamá? ―preguntó muy bajito su hija.
―Estás tan grande. ―Carolina acarició el cabello de su Antonia.
Muy internamente, sabía que se estaba quedando sola. Que el tiempo corría de prisa y que a ella se le estaba escapando algo… El amor.
Antonia abrazó a su madre y ésta, entre sollozos, le dijo:
―Te felicito, mi amor. Sé que serán muy felices. Respétense, como siempre. Y confíen. ―Besó las mejillas de su hija y con una sonrisa, la volvió a abrazar.
Al salir del departamento de los novios, Álvaro y Carolina compartieron ascensor.
―Que bien que se decidieron ―comentó el hombre con las manos en los bolsillos. Carolina miró el techo y no le dirigió palabra―. ¿No me vas a hablar? Caro, yo no tengo la culpa de que los periodistas escriban lo que vende.
―Pero te conviene, ¿no? No me veas la cara de tonta, Álvaro. Y si no quieres que yo misma hable con ellos y les dé mi versión, no me
involucres más en tus asuntos.
―No serías capaz...
―Pruébame. ―Lo miró muy segura y en cuanto las puertas se abrieron, ella salió dejándolo atrás.
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