Para darte mi vida
« 6 »
―En algo raro anda mamá ―comentó Antonia aún con el pecho agitado.
―¿Tienes que meter a tu vieja justo cuando me acabo de ir?
―Joaquín resopló mientras retiraba el condón que acababan de usar.
―Perdón… Es que anda rara, muy rara. El otro día la escuché cantando mientras cocinaba.
―¿Y qué tiene? Está feliz, tal vez. ―Se removió inquieto. Él sabía muy bien a qué se debía tanta felicidad. Su amigo se comportaba igual.
―¿Crees que pueda estar saliendo con alguien? Digo… Escuchaste a papá en la playa. Él piensa que está saliendo con un chico mucho menor, casi de nuestra edad, Joaquín.
Joaquín se levantó y le dio la espalda. Luego de calzarse su bóxer, dijo:
―Antonia, y si fuera así… ¿Qué tiene de malo?
―No lo sé… No me la imagino con otro hombre y mucho menos con alguien que podría ser su hijo.
―Déjala que se reconstruya. ¿Cuánto lleva separada?
―Poco más de un año. Mira, yo apoyo a mi mamá. Admiro todo lo que ha hecho para mantener la casa sin recibir ni un solo peso de papá...
―Entonces, no le des la espalda si ella te ha tendido sus brazos. Mi amor, tu madre merece ser feliz también. Y a la persona que la haga feliz, no la elige ni tu padre, ni tu abuela, ni tú… Es ella, así como tú decidiste estar hoy conmigo.
Antonia se levantó de la cama y se acercó hasta donde estaba Joaquín, lo abrazó por la espalda y se la besó.
―Te amo tanto, Joaquín. ―Éste giró con cuidado y tomó entre sus manos el rostro de su amada. Besó su frente, su nariz y sus labios.
―Vamos, es hora de dormir; mañana quiero que me acompañes a la radio.
Por su parte, Camilo se dio vueltas y vueltas en la cama.
―¡Ay, Carolina! ―Suspiró―. No imaginas cuánto me gustas.
Tomó su celular y quiso escuchar su voz antes de dormir. El solo pensarlo, despertó su erección.
Estaba mirando la pantalla del celular cuando entró la llamada de Ximena, una amiga con derecho a roce que tenía hacía poco menos de un año.
―Ximena… ―contestó.
―¡Camilo! Estoy en casa, mis padres se fueron de viaje, ¿quieres venir? ―preguntó con voz juguetona.
―No, Xime, hoy no ―aseguró tajante.
―¿Entonces cuándo? Cami… llevas desaparecido semanas, evades mis llamados, todo… ¿Pasó algo? ¿Todo bien con tu mamá?
―Claro que todo bien. ¿Te parece si nos reunimos? Necesito hablar contigo.
―¿Qué sucede? Tengo libre el próximo sábado. ¿En mi casa?
―En un café, Ximena. A la vuelta de tu casa hay un café. Ahí nos juntamos.
―Perfecto.
Colgó y desistió de la idea de llamar a Carolina.
« Debe estar durmiendo», pensó y decidió hacer lo mismo.
Llegó el día viernes. Camilo intentó comunicarse con Carolina, pero no obtuvo resultados, solo una grabación que decía que por trabajo, no podía atender.
―Camilo, recuerda que hoy es el día.
―¿De qué? ―preguntó a Sofía, que luego de tomar un vaso de leche, salió corriendo hacia la calle.
―¡Salgo una hora anteeeeeees! Te espero.
Entonces recordó el compromiso que había asumido el día anterior.
Camilo había estado lanzando una moneda al aire, apoyado en un muro, hasta que se acercó a espantar a unos chicos que rodeaban a su
"morenita", la Honda color negro que tanto sacrificio le había costado
―A ver, a ver, niños... ¡Vayan a sus casas y déjenme a la morenita tranquila!
Los muchachos salieron corriendo, excepto uno.
―¿Así se llama? ¿Morenita? ―dijo un chico rubio que tropezaba con sus cordones desabrochados, a la vez que examinaba curioso la moto.
―Sí, es mi Morenita. ―Golpeó un par de veces su moto con orgullo y continuó conversando.
Por su parte, cuando Carolina salía con un maletín de la oficina de contabilidad del Colegio Santa María, no podía creer lo que veía. ¿Qué estaba haciendo Camilo allí?
Disminuyó la velocidad para observarlo más detenidamente. Ahí estaba él, con la sonrisa marcada en el rostro y mostrando su moto a un niño. ¿Serían hermanos? Imposible, ya le había dicho que tenía solo una hermana menor. Siguió observando y vio cómo el chiquillo se despidió e inició su camino solo, calle abajo.
El joven revisó su celular, golpeó con él su palma y luego, mirando a la entrada del colegio, volvió a guardarlo en su chaqueta de cuero. Carolina alcanzó a esquivar su mirada y se ocultó en una columna de concreto.
A las carreras apareció una chica por el pasillo, de uniforme escolar y con una mochila colgando de uno de sus hombros.
Cuando la joven salió del colegio, se escuchó un grito:
―¡Camiiiiiiiiiiiilooo! Qué bueno que viniste. ―Se abalanzó para quedar colgada a su cuello y luego de un par de besos... ¿Dónde? No alcanzó a ver. En fin, luego de un par de besos donde quiera que sea, se montó en la moto.
―Vamos, nos esperan. ―Le guiñó el ojo y le hizo compañía en la moto. Ella lo abrazó por la cintura y se fueron por el sentido contrario al que se había marchado el niño.
«Su novia. ¡Qué ilusa! Ahora la amante resulté ser yo».
Carolina sacaba sus propias conclusiones de la escena que acababa de presenciar.
Si esa niña no hubiese aparecido, lo más probable es que se hubiese acercado a él, quizás lo saludaría y le invitaría a un café.
Horas después, su teléfono se llenaba de mensajes y llamadas perdidas de Camilo. No contestó ni una sola. Se dedicó a presupuestar todo
para una nueva idea que tenía en mente. En eso estaba, cuando Liliana la llamó.
―¡Caro! Amiga, voy a hacer una cena en casa, te llamo para que vengas. Pao ya me confirmó.
―Hola, Lili.
―Perdón, siempre se me olvida saludar. Hola ―Sonrió.
―Me pillas en este preciso momento revisando unas cotizaciones.
―¿De algún cliente? ―preguntó la amiga.
―No, mías. Quiero montar una oficina de contabilidad. Quiero algo mío.
―¡Bien! Más motivos para celebrar.
―¿Más? ¿Hay algo que yo no sé?
―Ricardo me invitó a salir mañana ―cuchicheó―. ¿Te das cuenta?
El doctorcito finalmente caerá en mis redes. ―Ambas rieron y Carolina acotó algo más.
―Tal vez quien termine cayendo en sus redes seas tú. Ricardo es un hombre fantástico, me alegra mucho que salgan. ¿Estará hoy? Mira que el jueves debí pasar a la consulta y no fui. No quiero que se ponga a sermonearme en plena cena.
―No, tranquila. No viene. De igual forma, por favor anda a controlarte.
―Yo me siento regia. A parte, cada vez que veo a Ricardo, salgo de la consulta con una infinidad de restricciones para comer.
―Te cuida, Caro.
―Es su trabajo, para eso le pago… para que me haga pasar hambre.
¡Qué terrible!
―Pero tranquila, Carolina. Hoy no pasas hambre, de eso seguro.
―Estaré ahí, tengo algo que contarles…
Cenaron tranquilamente, Paola hablando de su amigo del bar, Liliana de la cita que tendría al siguiente día y Carolina en silencio.
―Dale, Caro… ¿Qué sucede? No has dicho nada en toda la noche
―reclamó Paola.
―Lo besé. ―Paola abrió muy grandes los ojos, y Liliana, en cuanto escuchó, preguntó:
―¿A quién? ¡¿Volviste a besar a Álvaro?! ¡Pero Carolina!
Liliana hacía gestos con sus manos, mientras que Paola observaba todo desde un rincón de la sala. Carolina, por su parte, recién asimilaba que a Liliana no le había dicho nada.
―Lili… Hay algo que tú no sabes…
Relató encuentro tras encuentro, hasta que nombró a Joaquín y Liliana se desesperó.
―¿Estás saliendo con Camilo? Por el amor de Dios, Carolina… Ese es un chiquillo. ―La afectada se removió nerviosa en su asiento.
―Bueno, pero ambos son mayores de edad. No están haciendo nada malo ―defendió Paola.
―Paola, tú porque no lo conoces. ¡Es un niño! Le vieras la cara…
¡Podría ser Joaquín, Carolina! ―Se quedaron las tres en silencio, hasta que Liliana se acercó hasta el sillón en el cual reposaba Carolina―. A ver, dime. ¿Te sientes sola? ¿Es eso? Quizás extrañas a Álvaro y... ―Que nombrara a su ex marido fue la chispa que encendió la furia de Carolina.
―¿Tú también? Lili, no lo busqué, no fue algo que necesitara precisamente. Apareció, llegó sin que lo imaginara.
La voz se le quebró y se levantó para refugiarse tras un ventanal. Se tomó unos segundos y mientras era observada atentamente por sus amigas, continuó:
―Él es fantástico, dulce, alegre y me hace sonreír como ninguno. Se preocupa por mí y a pesar de su corta edad, puede comprender una mirada como un experto. Me respeta y lo que más me aterra… ―Dirigió la mirada a sus amigas―…es que me gusta que sea así. Deseo su llamado, sus mensajes y aunque me resista, me alegra ver un centenar de llamadas perdidas, porque sé que un centenar de veces estuvo pensando en mí. Me asusta saber que si sigue conmigo quien sufrirá será él, porque no tengo nada para darle, su futuro no está conmigo. Me da pánico que ante eso, él pueda buscar otros brazos cuando se dé cuenta que esto no va para ningún lado. Y lo que más me estremece, es que si no lo aparto ahora, después me moriré de dolor.
No limpió sus lágrimas, dejó que corrieran mientras sus amigas miraban al suelo. Luego de llenar aire en sus pulmones, dijo:
―Quizás ahora que lo he visto con otra mujer, sea fácil dejarlo ir.
―Lo besaste, te besó, pasaron una velada increíble ¿y tiene a otra?
―preguntó Paola.
―Lo vi con una mujer joven. Debe estar en último año de colegio.
―Debe ser Sofía, la hermana… ―agregó Liliana.
Carolina, al escucharla, alzó las cejas. Era una opción.
―No lo sé. Pero es cierto lo que les digo, chicas. Por más que me guste, esto no va a ningún lado. Es mejor que lo corte ahora. ―Se hizo un nuevo silencio, pero Carolina cambió abruptamente de tema―. Bueno, bueno, sin embargo sí tengo algo que contarles, es sobre… mi oficina de contabilidad.
―¿Oficina? ―preguntó Liliana. Paola que ya algo había escuchado sobre eso, no emitió comentario y Carolina asintió con la cabeza y se sentó al lado de ambas.
―Revisé mis finanzas. Puedo armar una en el centro, amoblada.
Además, en dos meses más, si sigo como voy, puedo adquirir un auto. No será nuevo, pero me servirá para movilizarme. ¡Estoy contenta! La idea se me ocurrió hace unos días, revisé un poco y… ¡puedo hacerlo! ―Abrió sus brazos, mostró su sonrisa sincera y las amigas la abrazaron.
―¡Te felicito, Caro! ―Paola era la más entusiasta.
―Igual, si prefieres, vemos otros locales en el centro para que compares precios… Podrías esperar un poco, afirmarte más y luego abrir la oficina. ―Liliana intentaba aterrizar a Carolina, que con el entusiasmo se olvidaba que el cielo es tan alto que la caída puede ser mortal. Pero a Carolina, no le gustaba que la frenaran. Ella se lanzaba y si había que hacer aterrizaje de emergencia, entonces recién ahí ponía los pies sobre la tierra.
―¡Vamos, Lili! Estoy feliz, no me lo arruines. Empezaré de a poco, pero quiero tener mi lugar.
―Sabes que estoy contigo, pero soy tu amiga y tengo que decirte lo que puede pasar.
―Lo sé… Pero por favor, no me bajes de la nube ahora. No hoy
―suplicó y abrazó a su amiga.
Estaban en ese abrazo cuando Joaquín, cargado con unos amplificadores, entraba a la sala junto a Camilo.
―¡Qué lindas se ven! ―dijo Joaquín, dejando en el suelo todo y caminando hasta donde estaban las tres mujeres.
Camilo la vio, se quedó mudo y una sonrisa se le escapó. Antonia venía tras él, y como le obstruía el paso, dijo a viva voz:
―Córrete, cabezón. ―Se hizo a un lado y miró a los ojos de Carolina.
―¡Mamita! Qué lindo verte acá. ―La madre extendió los brazos a su hija, pero no dejó de mirar en ningún minuto al muchacho que la observaba tímido desde un rincón―. ¿Te vas a la casa?
Paola que se había dado cuenta de la tensión entre ambos y salió al rescate.
―No, no, Antonia. Tu madre se va conmigo a festejar. ―Guiñó un ojo a su amiga y Camilo.
―Mamá, él es Camilo, trabaja en la radio.
El joven se acercó seguro, estiró su mano y Carolina, con miedo, dejó caer suavemente su palma en la de él. Éste la besó como lo hacían los antiguos caballeros y Carolina, soltó lentamente el aire retenido. Sonrió delicada y con una mirada profunda, le dijo todo lo que no le podía decir delante de su hija. Él le respondió igual, y con sus ojos risueños, le acarició no solo su rostro, sino que también el alma. Así era Camilo, con su sola presencia, templaba la voluntad de Carolina.
―Mucho gusto. ―Ella dijo en un murmullo. Él tan solo hizo un movimiento de cabeza.
Ninguno en aquella habitación podía dimensionar lo que ambos estaban sintiendo. Ninguno escuchaba los latidos hambrientos de esos dos corazones que necesitaban latir juntos y al mismo son.
―Mamá, me voy a casa de Joaquín. ―Fue escucharla y cortar el contacto para dirigirse a su hija.
―Otra vez, Anto. Joaquín, me vas a disculpar, pero esta niñita no ha llegado en toda la semana a la casa.
―Lo sé, Carolina. Disculpa. ―Giró para mirar a su novia―. Mi amor, tu mamá tiene razón… Mejor ve a casa.
―¿Para qué si tú no vas a estar, mamá? ―preguntó cruzándose de brazos.
―Antonia, por favor. La abuela…
―La abuela se enoja contigo y me joroba a mí. No me metan en medio. ―Antonia gesticulaba mientras que su madre le imploraba con la mirada para que se comportara ante los asistentes.
Cuando Antonia se quedó callada, Liliana habló para cortar el mal momento.
―Bueno, bueno… deja que los chicos se vayan tranquilos y nosotras salimos. ―Le hizo un gesto a Carolina para que entendiera que la intención era que tanto ella como Camilo, quedaran solos y pudieran hablar.
―Vamos, amor. ―Joaquín besó la coronilla de su novia y tomó de su mano.
―Camilo, ¿quieres que te vayamos a dejar? ―consultó Antonia, preocupada.
―No, vayan tranquilos. Yo termino de descargar la camioneta y me voy en ella.
―Perfecto, besos.
Se despidieron de todos y cuando se cerró la puerta, las dos amigas miraban alternadamente a Carolina y Camilo.
―Liliana, yo… ―intentó decir Camilo.
―Nada, Camilo. Ustedes dos ya saben qué hacer y qué no. ―Camilo frunció el ceño y miró a Carolina, que ocultó su mirada perdiéndola en sus manos.
―Paola y yo iremos a dar una vuelta, quedan en su casa.
Quedaron solos. Camilo fue el primero en acercarse y estrecharla en un abrazo. La necesitaba sentir cerca. Carolina se dejó abrazar, necesitaba sus brazos envolviéndola.
―Te extrañé, ¿por qué no contestaste?
―Estoy viendo un proyecto nuevo que quiero iniciar.
―Cuéntame. ―Le tomó la mano y la llevó hasta un sillón en el cual se sentaron ambos. Se miraron a los ojos, atentos a los movimientos y gestos del otro.
―Mi idea es ubicar en el centro una oficina de contabilidad. Tener mi espacio, sin depender de los horarios de los clientes para trabajar. ―Sonrió y sacó su celular―. ¿Quieres ver las fotos?
―¡Claro! Muéstrame. ―Tomó en sus manos el celular, pasó foto por foto y exclamó―: ¡Es amplia! ¿Cuándo comenzamos a armarla?
―¿Comenzamos? ―preguntó extrañada.
―Claro, te quiero ayudar.
Ella se levantó lentamente mientras apoyaba ambas manos en sus rodillas para tomar impulso.
―Camilo… ¿No crees que vamos muy rápido? ―Usó sus manos para expresarse―. No sé, me encanta tu compañía, pero no tapemos el sol con un dedo. Ambos sabemos que esto no tiene futuro.
Camilo dejó el celular a un lado, apoyó ambos codos en sus rodillas y unió sus manos para sostener con ellas su barbilla.
―Caro, tú a mí me gustas y mucho. ¿Le temes al qué dirán?
―Yo puedo con lo que hable la gente, pero no puedo con la decepción. Ya me dejaron una vez… ―Giró para mirarlo y se vio reflejada en sus ojos.
―A ver… ―Camilo se levantó para atrapar ambas manos de la mujer, quien las movía nerviosa―. Me gustas, lo sabes. A mí no me interesa que entre tú y yo haya una diferencia de quince años.
―Ahora, Camilo. Ahora no interesa. Pero cuando tu entusiasmo se pase, yo seré desechable.
―¿Tan mal piensas de mí?
―No, es lo lógico. Querrás una mujer que te dé vida, que te dé futuro. Vas a querer hijos, vas a querer salir a divertirte y sabes que el tiempo lo dividiré con mi hija. No puedo pensar en futuro contigo si no te lo puedo dar.
―Te gusto, me gustas… Si quieres ver cómo se nos va dando, perfecto. Pero no nos tires a la basura sin intentarlo.
Las manos de Camilo rodearon las mejillas de Carolina, quien quería darse una oportunidad, pero que estaba segura que si eso no resultaba, no podría recomponerse. Él se acercó despacio. Buscó los ojos de la mujer que lo volvía loco con solo respirar. También tenía miedo. Le preocupaba la forma arrasadora con la cual había irrumpido en su monótona vida. Sin embargo, se arriesgaría.
Aquel beso que se dieron, fue el punto de partida de una relación que tenía muchas más contras que pros. Se estaban arriesgando a perder el corazón, pero lo harían con la intención de seguir viviendo lo que los tenía con una sonrisa, con el brillo en los ojos y los latidos a mil por hora cada vez que los pensamientos eran dirigidos al otro.
OceanofPDF.com