Para darte mi vida
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Los meses pasaron rápido y pronto se confirmó el sexo del bebé.
―Va a ser niñita, papá.
Antonia ya tenía una barriga pronunciada. Sus padres, gracias al bebé que venía en camino, habían dejado las discusiones de lado y disfrutaban del crecimiento de su nieta.
―Recuerdo que cuando nos dijeron tu sexo, primero serías hombre.
¿Te acuerdas, Carolina?
Carolina sonrió y asintió.
―¿En serio, mamá? ―preguntó Antonia mientras tomaba un vaso de leche.
―Debimos comprar todo de nuevo una vez que naciste. Fue muy gracioso.
Se respiraba armonía, y Camilo decidió mantenerse al margen del momento familiar.
―Nunca me habían contado ―comentó Antonia―. Nos toca ecografía la próxima semana. ¿Quieren ir?
―¡Claro! ―Tanto Carolina como Álvaro respondieron entusiastas.
Se miraron y sonrieron.
―Bueno, yo los dejo para que desayunen tranquilos. Camilo está por llegar. ―Si bien había armonía, Álvaro se removió inquieto. Lo detestaba, y ahora que sabía que Carolina estaba con la guardia baja, tenía planeado quitarlo del camino. Carolina era su mujer y aún le brillaban los ojos cuando él la miraba. O por lo menos eso creía él.
Carolina estaba feliz, otra vez en los brazos de Camilo, olvidándose del mundo.
―Mi amor, tengo pensado que viajemos al Sur la próxima semana
―propuso Camilo mientras le acariciaba el cabello―. Tengo un evento de
la radio.
―¡Genial! ¿Qué día?
―Es toda la semana. ―Comenzó a besarla lentamente, haciendo que Carolina no prestara mucha atención.
―Perfecto ―susurró entre jadeos.
Y otra vez le hizo el amor. En la alfombra, en la cama y en la ducha.
―Me vas a terminar matando. ―Carolina recorría el torso de Camilo con pequeños besos desde el ombligo hasta su boca―. Me encanta como besas… ―comentó Camilo y ella se dedicó exclusivamente a su boca.
El día viernes de esa semana, Camilo recibió un mail que en primera instancia lo alegró. Una beca en el extranjero gracias a un programa especial dependiente de la Gobernación de la ciudad, era todo cuanto había soñado. Pero pensó en Carolina y la alegría se esfumó. No se iría. No la dejaría porque su felicidad absoluta era junto a ella. Tenía exactamente dos semanas para responder.
Llamó a Joaquín y le explicó que no podría cumplir al cien por ciento.
Regresaría el jueves en la mañana, reuniría los documentos que le habían solicitado y rechazaría una beca que cualquiera aceptaría. Cualquiera menos él, que su futuro era Carolina.
Cuando llegó el día de viajar, Carolina le suspendió el viaje.
―Lo siento, Camilo. Olvidé que acompañaría a Antonia a su ecografía. ―Carolina estaba acostada en su cama con teléfono en mano.
Se hizo un silencio. Camilo había organizado todo, pero ahora, Carolina lo cancelaba.
―Ah… Okey, no te preocupes. De todas maneras yo tengo que viajar pero llego el jueves de mañana. Me hubiese encantado que me acompañaras. ―La iba a extrañar. Desde que comenzaron la relación, se veían a diario.
―Lo sé, Camilo. Te llamaré para contarte cómo sigue creciendo Esperanza.
―¿Se llamará así? ―preguntó Camilo.
―Sí, Esperanza. Es bonito, me gusta. ¿Cuándo viajas?
―En una hora, te llamaba para pasarte a buscar, pero…
―Me acordaré de ti todos los días, mi amor. ―Esas palabras lo dejaban tranquilo. Álvaro seguía siendo una mala sombra y a él le preocupaba.
―Y tú no sabes cuánto te extrañaré yo. ¿Puedo ir a despedirme?
―Pensé que ya venías en camino… ―contestó Carolina mientras reía.
―Pensé que ya estabas abriendo la puerta, estoy abajo. ―Carolina se levantó más que rápido, abrió la ventana y al mirar hacia la entrada, ahí lo vio. Saludó con la mano y bajó corriendo.
―Entra despacio, están durmiendo.
Ambos sonrieron y se dieron un fugaz beso. Subieron con cuidado la escalera y se encerraron en la habitación de Carolina.
―No sentí la moto llegar ―comentó mientras le quitaba la chaqueta y le entregaba besos tiernos que poco a poco se fueron encendiendo.
―La dejé a una cuadra. ―Intentaba contestar Camilo, que incursionaba dentro de la bata que llevaba Carolina.
Cayeron sobre la cama, envueltos en caricias para que ninguno de los dos olvidara el calor del otro.
Cuando Camilo se marchó, Carolina se angustió, no sabía por qué, pero había notado un pequeño destello de tristeza en los ojos de su amor.
Por su parte, Camilo ya tenía la decisión tomada. Lo había hablado con su madre y aunque no estuvo de acuerdo, respetó su decisión. El problema, sería que si Sofía se enteraba, pegaría el grito en el cielo. Pidió discreción y su madre, se la aseguró. Ante eso, se fue tranquilo a trabajar rumbo al Sur de Chile.
―Álvaro, en una hora estoy lista. Si gustas me pasas a buscar a la oficina y vamos a la Clínica.
Con Álvaro la relación había cambiado notoriamente. Ni una sola palabra negativa contra ella o Camilo. Su madre se mantenía al margen y la vida parecía tranquila. ¡Por fin!
―Está bien. ¿Tú cómo estás? ―Álvaro no había cambiado, lo que cambió fue su estrategia―. Te noto cansada.
―Lo estoy. Ha sido un mes agotador. He asumido nuevas empresas para auditar. Me encanta, pero estoy hecha trizas.
―Cariño… Sabes que no es necesario.
―Para mí sí lo es. ―Pasó por alto el «cariño» que le había dedicado.
―Bueno, entonces nos vemos en una hora.
―Hasta pronto, Álvaro.
Colgó y siguió trabajando. Estaba tan concentrada que no advirtió la presencia de Sofía. Solo cuando vio dos manos apoyadas sobre su escritorio, levantó la vista.
―Sofía, hola. ―Sonrió pero su cuñada no le devolvió ni media sonrisa.
―¿Me puedo sentar? ―preguntó mirando el asiento que estaba frente al escritorio.
―Claro, claro. ¿Quieres algo para beber? ―Carolina se levantó y se acercó al pequeño sitio en el cual tenía café, agua mineral y jugo.
―Agua, por favor. ―Sofía venía con un objetivo y no se iría de ahí hasta conseguirlo.
―Toma. ―Le acercó un vaso y luego preguntó―: ¿En qué te puedo ayudar, Sofía?
Carolina estaba preocupada. De seguro le venía a reprochar la relación con su hermano.
―Mira… ―Sofía dejó sobre el escritorio una carta.
A medida que Carolina iba leyendo, se iba alegrando.
―¡Tiene una beca! ¡Lo voy a llamar para contarle! ¿No pudiste contactarte con él? ―Esa noticia era fantástica. Comenzó a sacar de su cartera su celular―. Deja que me comunique con él. Estará feliz.
―Él se enteró el viernes, Carolina. ―Sofía estaba seria y poco a poco Carolina adoptó su misma expresión.
―Es miércoles… ¿Por qué no me lo dijo? ―preguntó confundida.
―Porque no la aceptará ―respondió.
―¿Por qué? ―Carolina temía la respuesta.
―Por ti… Mi hermano está dejando todo por ti.
Le dolía. Le dolía ver que ella no le hacía bien. Estaba tan ciego por lo que sentía que se estaba olvidando de él. Eso no era sano ni sensato. Ya lo había experimentado con la cabaña y la ayuda que le dio con el robo a su oficina. Esta vez no lo permitiría.
―Sofía… Tu hermano no está haciendo lo correcto. No tiene que rechazarla. Si me hubiese contado…
―No te lo iba a contar porque de seguro no estarías de acuerdo. Mira Carolina, no te voy a negar que no me gusta la relación entre ustedes dos, pero esto es inaceptable. Es el sueño de Camilo desde que tengo uso de razón. Te ruego que lo dejes. Si tanto dices amarlo, déjalo. ―Dejarlo…
¿Cómo dejar al amor de su vida? Veía desesperación en los ojos de Sofía y
ese brillo era el mismo que había visto en los de Camilo la última vez que estuvo ante él.
―Yo… ¡Dios mío! Son dos años con beca completa… Jamás tendrá una oportunidad igual. Hablaré con él… tiene que entrar en razón.
―No se va a ir, Carolina. No te va a dejar aquí… Eres tú quien tiene que dejarlo.
Sofía se levantó. La miró suplicando y se fue.
Carolina volvió a releer la carta. Era una beca de Gobierno. Le podría preguntar a Álvaro si se la podían prorrogar. ¿Y si intentaba convencer a Camilo? No quería dejarlo. ¿Qué le diría? Se le partiría el alma.
Necesitaba tiempo para despedirse. ¿Cómo lo haría?
Álvaro la encontró en silencio, con un documento en la mano.
Documento que conocía muy bien.
« Ya lo sabe», se dijo y caminó para quedar frente a ella.
―¿Todo bien? ―Carolina asintió y se levantó, guardando muy bien el sobre que contenía su futuro… ¡Cómo odiaba la palabra futuro! No se equivocaba cuando decía que el futuro no existía. Que todo dependía del ahora.
―Vamos…
Subió al auto de Álvaro y no emitió palabra durante el transcurso.
―Estás muy callada…
―Álvaro… Las Becas de Gobierno para el extranjero, ¿se pueden prorrogar? ―Carolina tenía la cabeza a mil. Estaba ideando alguna estrategia para no terminar con Camilo. Para que él se fuera bajo su voluntad y no presionado por una separación para recomponer las piezas de su corazón roto. Le partiría el corazón, estaba segura.
―Al extranjero, no. En realidad ninguna. Lo que puede hacer la persona que ha salido beneficiario es postular nuevamente. El tema es que año a año aumenta el número de postulantes y es mucho más difícil. ¿Qué imbécil rechazaría tal beneficio? ―Álvaro sabía cada movimiento. El bastardo iba a aceptar y dejaría a Carolina envuelta en su dolor. Y entonces ahí estaría él para lamerle las heridas.
―Tienes razón… ―No emitió más comentario. Camilo tenía un futuro asegurado y por estar ella en medio, lo estaba dejando escapar. No se lo perdonaría nunca. Prefería arriesgar su felicidad y quizás… en unos años más él la perdonaría y volverían a estar juntos. Quizás… solo era una pausa, un silencio entre ellos.
Suspiró doble y dejó escapar el aire como quien deja escapar el último respiro de su vida. Lentamente para disfrutarlo segundo a segundo.
Así lo haría con Camilo, se despediría, pero disfrutaría de una última vez en sus brazos.
Solo con pensarlo, la angustia la recorrió por completo y una lágrima se le escapó. La retuvo a tiempo para que Álvaro no lo notara.
Al llegar a la clínica, se encontró con su hija feliz de la mano de Joaquín. Ella utilizó la sonrisa que usaba siempre para ocultar sus preocupaciones y pasaron a la sala en la cual le realizarían la ecografía.
―Tienen suerte de que sea amigo de Álvaro, tanta audiencia no es permitida ―dijo el médico al salir todos contentos.
Carolina había disfrutado de sentir los latidos del corazón de su nieta.
Álvaro la sostenía por un brazo, emocionado y recordando lo vivido con Antonia y con Bastián. Se miraron y ambos sabían que el recuerdo había sido inevitable.
Carolina abrazó efusiva a su hija y a su yerno. Y para no ser menos, también abrazó a Álvaro.
―Felicidades, abuelo. ―Cualquiera que los viera, pensaría que estaban intentando salvar su matrimonio, entonces Carolina, encontró la excusa para apartar de su vida a Camilo.
¿Y si no resultaba? ¿Y si el daño que causaría lo haría desistir de igual forma a la beca? Se moría de miedo, pero tenía que intentarlo.
Conocía cómo era Camilo. No renunciaría a lo que sentía, por lo tanto quien debía renunciar era ella.
Cuando iban por el pasillo, se encontró con Ricardo, su médico.
―¡Hola, Carolina! ―La saludó efusivo, pero frunció levemente el ceño, fue casi imperceptible, pero Carolina lo notó. Al verla con Álvaro, éste se molestó.
―Hola, Ricardo. ¿Estás de turno acá? ―preguntó saludándolo de un beso en la mejilla.
―Sí, casi siempre si no estoy en la consulta estoy acá. Aprovechando que estás aquí, necesito hablar contigo. ¿Me acompañas? ―Carolina miró a su hija, luego a Álvaro y finalmente asintió mirando a Ricardo.
―Claro. ¿Me dan un momento?
―Claro, mami… Te esperamos en la cafetería porque estoy muerta de hambre ―dijo Antonia mientras se tocaba la barriga.
―Por cierto, está muy grande ―añadió el doctor, quien le tocó la panza y caminó junto a Carolina a su oficina.
―Dime qué ocurre, me estás asustando ―expresó al sentarse Carolina.
―Necesito que te repitas los exámenes ―señaló mirándola y enfatizando―, pronto. Hay probabilidades de que tengas cáncer ovárico.
Fue como sentir un balde de agua fría recorriéndola desde la punta del pelo hasta la punta de los pies. Se tomó algunos minutos y luego reaccionó.
―No sé qué decirte, Ricardo… ¿Me estás diciendo que tengo cáncer?
―vaciló y miró a los ojos a su médico. Necesitaba que su expresión le mostrara que todo estaba bien.
―¡No! Debo comprobarlo. Con ese examen en mano, podemos hacer los correspondientes para aclarar todo. Y si es efectivo, comprobar en qué estadio se encuentra.
―¿Cuándo me los tengo que hacer? ―preguntó Carolina, exhalando tanto como podía.
―Mañana jueves, ¿puedes?
Al día siguiente se vería con Camilo.
Esta noticia era un empujón más para dejarlo libre. Él no merecía estar con una mujer que tenía fecha de caducidad.
Poco a poco sus ojos se humedecieron. No por la enfermedad, sino porque sabía que la separación con Camilo cada vez se hacía más real.
Había acabado el sueño.
―No, no puedo esta semana. ¿El lunes sin falta? ―Limpió sus mejillas y sonrió sin ganas.
―Por favor, Carolina. No dejemos pasar más tiempo. ―Ricardo le tomó la mano y luego de unos minutos más, se despidieron.
Salió de la oficina de Ricardo cabizbaja, sus familiares la notaron un poco distraída.
―¿Qué te dijo Ricardo? ―preguntó Antonia.
―Nada, otros chequeos de rutina. Le pago una fortuna para que me restrinja un montón de alimentos. Ya le dije, si no adelgazo como quiero, no le pago más. ―Rio de forma forzada. Y como siempre, creyeron que todo estaba bien.
Lloró toda la noche. Al día siguiente se reuniría con Camilo en la cabañita que los había cobijado tanto tiempo. Estaba decidido, allí lo amaría por última vez.
Carolina estaba nerviosa. Había llegado el día de despedir a Camilo de su vida.
―Te extrañé tanto, Carolina. ―Bajó de la moto y se encaminó hasta ella, llenando su carita de besos.
―Y yo a ti, mi amor. ―Disfrutó del aroma de Camilo, de las caricias cariñosas y de cada roce y mirada que él le dirigía. Necesitaba retenerlo absolutamente todo en su memoria.
Al entrar a la cabaña, se amaron lento, como a ella le gustaba.
Gimieron y llegaron a la gloria juntos una y otra vez, pero Carolina, disfrutó cada una como si fuese la última.
Finalmente, cayó rendida en su hombro, llorando a mares y todavía temblando de pies a cabeza.
―¿Por qué lloras, vida? ―consultó Camilo, más dulce que nunca.
―De felicidad…
Cerró los ojos y dejó que las lágrimas siguieran cayendo. No, no era de felicidad. Sabía que esa era la última vez que estaría en los brazos de Camilo y eso le desgarraba el alma. No quería dejarlo, pero tenía que hacerlo.
Besó el hombro que se empapaba de su llanto y se aferró un poco más para retener en su memoria el calor que desprendía el cuerpo de Camilo. Éste subió y bajó por su columna. La colmó de besos y respondió el abrazo que Carolina le regalaba.
―Yo también soy muy feliz contigo, mi amor. ―Estaba seguro que la decisión de no irse al extranjero era la mejor.
Con Carolina era feliz, ambos eran felices y una relación como la de ellos no tenía cabida en el ajetreado mundo universitario, menos a varios países de distancia. Ella era su morada y todo sin Carolina perdía sentido.
El viernes siguiente le tocaba confirmar si se iría o no, una sola semana, ni más ni menos.
Estaba seguro, se quedaría y para evitar discusiones, jamás se lo contaría. Esa beca había salido de la nada y de la misma nada, se iría.
Seguiría con su plan de ahorro y si todo marchaba como lo esperado, en dos años estaría entrando a estudiar a una Universidad de la misma región, sin necesidad de separarse de Carolina.
―¿En qué piensas? ―le preguntó ella mientras arremolinaba su cabello, un poco más calmada.
―En lo felices que somos. Sé que te dije que no hablaría del tema, pero… quiero dar un paso más. ―Carolina no contuvo las lágrimas y volvió a llorar en su hombro―. Uhh… ¿Tan feo es dar un paso más?
―Abrázame y deja de hablar. Estoy muy sensible, eso es todo… La edad empezó a hacer efectos. ―Sonrió tratando de ocultar su real pena. Y
se quedó quieta en sus brazos.
Ese día era el último día que compartiría con Camilo antes de dejarlo. Lo disfrutaron al máximo como siempre, pero Carolina sabía que no se repetiría esa sensación de tener la felicidad en sus manos. Desde ese día, comenzaría un calvario silencioso.
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