Para darte mi vida

Valeria Caceres B · Capítulo 9 de 26

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Para darte mi vida

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Llegó el día en que Camilo se reuniría con Ximena.

Él llegó puntual, pero ella le había enviado un mensaje diciendo que se había retrasado. Estaba nervioso. Poner un punto final no sería fácil. Y

no lo fue. En cuanto se saludaron, ella notó que algo sucedía, por lo tanto se lo preguntó sin tapujos y él le respondió de la misma manera.

De todas las reacciones que creyó posibles, la que presenciaba en ese momento, era la menos esperada.

―Ximena, ¿podrías dejar de llorar? ―solicitó incómodo y alcanzándole una servilleta de papel.

―Gracias. ―Gimió al mismo tiempo que secaba sus lágrimas―. No te entiendo. Lo pasamos tan bien juntos, gatito. ―Estiró su mano e intentó tocar la de Camilo.

―No me llames « gatito» ―reclamó entre dientes.

―Antes te gustaba… ―Se lamentó la mujer y volvió a secarse las lágrimas.

―A ver. No es nada contra ti. Soy yo el que no quiere seguir la relación porque… tengo interés serio en otra persona.

―Gati… ―Se frenó cuando Camilo la miró molesto―. Camilo, ¿por qué? Estábamos tan bien. ¿Cuándo la conociste? ¿Es por eso que no contestabas mis llamadas?

―Cuando iniciamos esto, te dije que las explicaciones entre tú y yo no iban. Así lo hicimos, no veo por qué ahora tendría que responder todas estas preguntas. Cumplo con informarte que mi exclusividad la tiene otra persona. Aparte, ¿tú no estabas saliendo con alguien?

―Se acabó. Porque estaba enamorándome. Decidí cortarlo para no darle falsas esperanzas.

―Ves, eso es lo que me pasa a mí. ―Sonrió al ver que podría entenderlo―. No quiero darte falsas esperanzas. Ahora que me dices que te

estás enamorado, me parece perfecto. De corazón deseo que puedas entablar una relación con…

―De ti, Camilo. ―Lo miró con pena―. Me enamoré de ti.

Ante las palabras de Ximena, Camilo quedó desconcertado.

―No, Ximena. Estás confundida… No puedes enamorarte de mí.

―Lo estoy. ―Asintió con la cabeza―. Pero no te preocupes, aún me queda un poquito de dignidad. Yo te quiero mucho, Camilo. Y deseo que la chica que ahora ocupa el espacio que ocupé yo, sepa valorarlo.

Ximena se levantó y Camilo la siguió. Le extendió los brazos y Ximena se dejó abrazar como añoraba. Fue un abrazo sincero y desprovisto de otras intenciones.

Carolina buscó un lugar cerca de donde había estado prestando sus servicios. Necesitaba trabajar tranquilamente y en un café lo podría hacer.

¡Cuánto necesitaba una oficina!

El lunes temprano, se dedicaría a firmar el contrato de arrendamiento y podría dejarla instalada durante la misma semana.

Estaba a punto de entrar cuando vio la moto de Camilo estacionada.

Se alegró, durante el día no había recibido mensajes de su parte y lo extrañaba. Cuando estaba ingresando, se encontró con el abrazo de él y otra mujer. Frunció el entrecejo y decidió retroceder.

Ella no era celosa, pero sí las experiencias le hacían dudar. En la calle y con las puertas cerradas, se quedó pensando si volver a entrar o irse. Así estaba cuando la mujer salió, con lágrimas en los ojos y tan apurada que chocó con ella.

―Perdón ―dijo Ximena sin mirarla siquiera.

Carolina supuso que en cualquier minuto saldría Camilo y decidió avanzar sin destino alguno.

―¿Caro? ―Lo oyó decir a sus espaldas. Se giró despacio y lo saludó.

―Hola… ¡Qué sorpresa, Camilo! ―Sonrió sin ganas.

―Vamos, te invito a un café ―le dijo mientras se acercaba y tomaba con una mano su cintura, para luego besarla. No fue bien recibido. ¿Qué ocurría?

―¿Sucede algo? ―Entrecerró los ojos, mirándola a escasos centímetros.

―No. Mucho trabajo. No creo que pueda tomarme un café.

―¿Te parece nos vemos a la noche? ―La idea le tentó, pero…

¿dónde?

―¿Cuál es el plan? ―preguntó sonriendo, esta vez más animada. ¡Le costaba resistirse a esa sonrisa y el hoyuelo que tenía en una de sus mejillas!

―El plan es tú y yo en una cabaña en la montaña hasta mañana.

―Pero, Camilo… ¿Sabes lo que dirá mi madre cuándo se entere?

―dijo con un gesto divertido―. Se nota que no la conoces…

―¿Me estaré raptando a su hija pequeña? ―Sonrió y llenó de besos el rostro y cuello de Carolina.

―Eres muy dulce, Camilo.

―Eres exquisita, Carolina ―dijo hundiendo su nariz en el pelo con olor a rosas. Para Camilo, no había nada más sexy que ese olor que desprendía su pelo. Mezcla de frescura y sensualidad.

―Debo trabajar, Camilo. ―Intentó zafarse―. Te llamo a la noche para confirmar, ¿sí?

Bajó los brazos, hizo morritos de forma infantil y ante la sonrisa de Carolina, él también sonrió.

―Está bien. ―Besó su nariz, luego sus mejillas y finalmente depositó un casto beso en sus labios―. Hasta más tarde, hermosa.

Lo vio alejarse en su moto y ella se quedó suspirando. La anulaba, la encendía y le hacía creer en futuro aun sabiendo que para ellos no existía.

Trabajó arduamente esa tarde, con el entusiasmo instalado en el pecho porque pronto lo volvería a ver. Se sentía una adolescente enamorada, pero a la vez una mujer madura que medía cada paso que daba para no caer al abismo.

Camilo, por su parte, esperó atento la llamada. No quiso insistir hasta que ella se comunicara.

Se movía desesperado por su casa y, cada tanto y de la nada, sonreía.

Sofía, jamás lo había visto así, y Margarita, presentía que una mujer era la causante de dicha actitud. Ambas se miraron cómplices y quisieron saber más.

―¿Qué ocurre, Camilo?, te noto inquieto. ―Ante la pregunta de su hermana, éste la miró con gesto serio. ¿Tanto se le notaba la ansiedad por verla?

―Nada ―respondió apartando la vista.

―Hijo, esa cara que traes no es por nada, es por alguien. Cuéntanos,

¿ya hay mujer que ronde ese corazón?

―No, mamá. Las únicas mujeres de Camilo somos tú y yo. No hay intrusa que pueda llegar a rondar ese corazón. ―Camilo levantó la vista y sonrió. Sofía era muy celosa, no había podido presentar siquiera una mujer en casa por temor a que ésta la ahuyentara.

―A ver… ―Se levantó y abrazó a su hermana en modo juguetón―.

¿Estás celosa? ―preguntó con voz cantarina y besó la coronilla de su hermana―. Sofi, va a llegar el día en que una mujer no solo ronde mi corazón, sino que se quede para siempre a hacerles compañía a ustedes dos.

Sofía frunció el ceño. Jamás su hermano había hablado de ese tema,

¿por qué tocarlo ahora? ¿Era posible que su madre tuviera razón y que la actitud que veía últimamente en su hermano se debiera a una mujer?

―Ni lo sueñes. Aquí no entra nadie.

―¡Sofía! ―regañó Margarita.

―Acá no hay espacio para otra mujer. ―Se levantó enojada―. La última que ingresó se llevó a mi padre, no voy a permitir que Camilo también nos abandone por una.

Dicho lo anterior, se fue hecha un tornado hasta su dormitorio.

Camilo observó en silencio a su madre, que había quedado atónita frente a los dichos de su hija.

―¿Cómo lo supo? ―dijo luego de un largo tiempo sin emitir palabra―. Camilo, ¿cómo supo Sofía que tu padre murió en brazos de Bárbara?

Inhaló profundamente, apoyó su mano en la cadera e inspeccionó a su madre antes de poder confesarle que había sido él quien después de ver sufrir tanto a su hermana, le contó que el innombrable de su padre se había acostado con la mejor amiga de Margarita.

Fue un error haberlo dicho, pero ya estaba hecho. Lo que no sabía, era que con aquella confesión, había alimentado un sentimiento en Sofía que muy pronto se convertiría en otra barrera a superar.

―No era justo que sufriera por él. Y menos que te culpara a ti de todo lo sucedido ―comentó Camilo.

―Sofía no me culpaba. ¿Por qué se lo contaste? No era necesario.

―¿Y que siguiera creyendo que por una discusión él se había infartado? Te culpaba, mamá… Quizás a ti no te lo decía pero las veces que entré en su cuarto y la encontré llorando, me lo decía.

―Eso no es cierto… ―Margarita se removía nerviosa, mientras que con un pañuelo de género limpiaba sus lágrimas.

―No, mamita, no llores.

―Es que tú no te das cuenta. Ella adoraba a tu padre.

―Pero no era justo que se quedara con un concepto errado. Mi padre falló, nos falló. Perdón, quizás no debí decirle… ―No le gustaba ver cómo su madre se alteraba con el tema.

Margarita se levantó y apoyó ambas manos en la mesa del comedor.

Suspiró un par de veces y luego de que su mentón temblara, confesó:

―Lo extraño tanto, Camilo.

Solo pudo abrazarla. ¿Cómo culparla?

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