Para darte mi vida
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― Cumpleaños feliz, te deseamos a ti, feliz cumpleaños, Carolina, que los cumplas feliz. ¡Bravo!
Todos los asistentes cantaban y celebraban el cumpleaños número cuarenta y dos de Carolina. La festejada se mostraba risueña y, tal vez, esa sonrisa era la causante de que los años en ella no se notaran.
Con una melena larga y castaña, ojos café oscuro y un vestido negro ajustado, recibía un año más.
Su esposo, sus mejores amigas: Liliana y Paola, su hija de dieciocho años y su madre, la acompañaban en ese bonito día en que todos se reunían para agasajarla.
―¡Ya es hora de abrir los regalos! ―Antonia, con una sonrisa igual a la de su madre, se acercó con un obsequio―. Este es el mío.
Carolina, abrazó a su hija. Eran muy unidas. Desde que nació fue su gran compañía; ya que Álvaro, su esposo, tenía una vida caótica por su trabajo y muchas noches debía pasarlas lejos de la ciudad para cumplir compromisos laborales.
―Mamita… Sabes que te adoro, pero Joaco vendrá a buscarme.
Álvaro, que había permanecido abstraído durante toda la noche, alzó la voz:
―¿Cómo que « Joaco» vendrá a buscarte? ―Miró a Liliana y aclaró―: Nada personal. Es el cumpleaños de tu madre, Antonia.
La jovencita, ladeó los ojos y sin un ápice de recato, contestó:
―Mientras la acompañé, estuve aquí. De ti no puedo decir lo mismo, papá. ¿En la luna te pagan igual de bien? Porque vives más allá que acá.
―No esperó a la respuesta de su padre, dio media vuelta y subió por las escaleras.
Carolina no dijo nada, sabía muy bien que Antonia tenía razón. Su marido estaba ausente aunque estuviera a su lado. «El trabajo lo tiene muy ocupado», intentaba justificarlo, aunque interiormente sabía que algo no estaba del todo bien.
―A esa niñita, le están dando mucha entidad. Cuando llegue a casa embarazada, será la vergüenza familiar. ―La madre de Carolina era así, muy inquieta respecto al qué dirán.
Álvaro permaneció aferrado al respaldo del sillón, con su mirada fija en Carolina, que con el regalo aún sin abrir, caminó hasta su madre y dijo cruzándose de brazos:
―La niña tiene razón. Es joven y si quiere salir, que lo haga. Ya cenó conmigo y por mi parte, doy por finalizada la celebración.
Estaba molesta. Primero con su marido, para quien solo resultaba importante ver reflejados sus propios desplantes en su hija. Luego, con su madre que era demasiado rígida en cuanto al comportamiento de todos los miembros de la familia. Excepto con Álvaro. Con él, esto no importaba; un hombre trabajador que aparte de mantener a su hija y nieta, le brindaba también apoyo económico a ella y antes de que el padre de Carolina falleciera, también se hizo cargo de él.
Norma y Roberto, habían vivido cómodamente y sin mover un dedo desde el día uno bajo el brazo protector del matrimonio.
Hacía muchos años, ellos habían sido parte de la alta sociedad, pero tenían más sociedad que dinero. Sin embargo, las cosas habían mejorado gracias a que la belleza de Carolina permitió que Álvaro la desposara. A él le debían todo y no tenía nada que reprocharle.
Las amigas de la festejada se miraban incómodas. A pesar de que aquella situación se vivía a diario en esa casa, buscaron la forma de apartar a Carolina y poder hacerla cambiar de opinión.
―Caro, lo estamos pasando bien. Deja que la nena salga y continuamos de festejo ―insistía Liliana en voz baja.
―Pero es que…
Dudaba. El ambiente se había vuelto embarazoso y las ganas de celebrar se le habían esfumado mucho antes del impasse. Específicamente cuando una hora atrás, mientras compartían en la sala el primer brindis, Álvaro salió a la terraza para responder una llamada. Cuando éste regresó, notó el cambio. De haber sonreído un par de veces, no muchas porque no empatizaba muy bien con las invitadas; pasó a estar serio, preocupado, ausente.
Lejos de la casa Irarrázaval Gurruchaga, una persona exigía la presencia de Álvaro. Y él, no se iba a resistir. Estaba ausente porque se encontraba ideando la manera de alejarse esa noche, como lo había hecho
muchas otras veces. Su preocupación, era porque no sería tan fácil zafar del cumpleaños de su mujer… Y el semblante serio, porque no quería que se le notara la inquietud que llevaba por dentro.
Miraba con disimulo cada cierto tiempo el reloj. Carolina lo había descubierto un par de veces, pero como siempre, no decía nada.
Álvaro ya lo tenía decidido. Una vez que cantaran el feliz cumpleaños, iría hasta el despacho que mantenía en casa, esperaría unos minutos, tomaría su maletín y anunciaría que había surgido una emergencia y no llegaría hasta dentro de una semana. A punto de llevar a cabo su plan, Antonia se adelantó. Si ella salía, le comería la culpa de dejar sola a su mujer. Debía retenerla. Pero su hija ya no era una niña, y a pesar de los intentos por ocultar su inquietud, logró descubrirlo impaciente y con su mente en otro lado… a muchos kilómetros de la ciudad.
―Cariño, no quiero dejarte sola pero… ―Álvaro se acercó hasta donde estaban su mujer y sus amigas, interrumpiendo la charla que pudo convencerla para seguir con la celebración.
―Pero tienes algo que hacer… ―completó la frase, suspiró y le dedicó la misma sonrisa que le dedicaba siempre. La misma de hace veinte años, la misma sonrisa que le quitaba la culpa a Álvaro pero que era la máscara de Carolina para ocultar su propio dolor―. No te preocupes, mi madre se irá pronto a dormir… ―Sus amigas pensaron que luego de esa frase le comunicaría que se irían las tres a algún bar a celebrar, pero…―.
Las chicas ya se van y yo estoy un poco cansada.
Al decir aquello, tanto Liliana como Paola quedaron anonadadas.
Esperaron a que el especialista en escapismo se retirara para decir:
―¡Debemos salir! Ni se te ocurra quedarte en casa. Él se ha ido, tu hija ya pronto se va con su novio… ¡Vamos que no harás nada malo!
―Paola, con copa en mano, alentaba a que la festejada no diera por finalizada la noche.
―No sé cómo le sigues aguantando este ritmo de vida… Es más, ya poco le creo que solo sea trab… ―El golpecito que le dio Paola a Liliana con su codo, interrumpió la frase que muchas veces Carolina tenía en mente.
―Basta, no voy a ir. ―Se cruzó de brazos y con voz desprovista de emoción, continuó―: Les agradezco, pero sigan la noche sin mí. A parte, si mi madre me ve salir por esa puerta, es capaz de arrastrarme al comedor, sentarme y darme el sermón de la vida respecto a lo que una señora de
sociedad debe y no debe hacer. ―Ladeó la cabeza y suspiró―. Gracias por venir, por mi parte quisiera descansar.
Las amigas se despidieron, pero antes volvieron a insistir una vez más en salir. No lo lograron.
Estaba ayudando a Mónica, quien había preparado una deliciosa cena, cuando Antonia, a toda carrera y con una vestimenta distinta, corría escaleras abajo.
―¡Feliz cumpleaños, mamá! ―La abrazó fuerte, pero fueron interrumpidas por Norma.
―¿Cuándo será el día que te vistas como la gente, Antonia? ―Era una ofensa que una mujercita vistiera jeans gastados y top ajustado mostrando un provocador escote―. En otros tiempos, serías catalogada como mujerzuela.
―¡¡Mamá!! ―Carolina ya no quería escuchar más.
―Nona… no se preocupe, que la que viste soy yo y no usted ―lo dijo sin mirarla, ladeando sus ojos mientras que su madre le pedía calma con los propios.
Tomó su cartera, se comunicó por celular y salió con Joaquín, su novio.
Cuando Carolina estaba por subir a su dormitorio, se acercó al retrato de su padre.
―Buenas noches, papá.
Lo extrañaba, hacía poco que había fallecido. Acarició su sonrisa inmortalizada y luego de unos minutos se acercó a la escalera.
Comenzaba a dar los primeros pasos cuando escuchó la inconfundible voz de su madre.
―En mis tiempos… estos descaros no sucedían.
Carolina se detuvo un momento, quiso responderle, pero ya estaba demasiado cansada para seguir discutiendo con ella. Nada de lo que dijera, la haría entrar en razón y sería una discusión sin fin. «Ya no estoy en edad de dármelas de rebelde», pensó y volvió a iniciar su camino hasta la habitación.
A la mañana siguiente, la llamada entrante de un número desconocido… aunque no tan desconocido, la despertaba de su profundo sueño.
―Carolina, Álvaro o te está viendo la cara a ti o me la está viendo a mí. ―Escuchar esa voz nuevamente, le provocaba las mismas sensaciones que hacía diez años atrás. Incertidumbre y miedo… No, ya no tenía miedo.
Ya no era la misma de antes y Antonia ya había crecido.
―Isabel… ―Tan solo pudo pronunciar el nombre de la mujer que se había interpuesto en medio de su matrimonio hacía una década.
En ese entonces, Antonia tenía ocho años. Una niña que necesitaba la imagen paterna presente. Excusa del momento, para no asumir que quien lo necesitaba presente era Carolina.
―A mi lado está durmiendo Álvaro. Lleva un año diciéndome que ya se separó de ti, pero acabo de encontrar en la chaqueta una cajita de regalo que lleva tu nombre.― «Se llevó el regalo donde la otra».
―Dame con él… ―ordenó furiosa.
―No quiere despertar. ¿Se separaron o no?
―¿Qué crees tú, Isabel? ¡Claro que no! Pero no te preocupes, en cuanto se digne a aparecer, lo estaré esperando para que me firme el divorcio.
Cortó la llamada y se metió a la ducha. Luego de vestirse, tomó las llaves de su auto, pasó por la habitación de Antonia, y al ver que su hija no estaba, desapareció.
Lloró las penas con sus inseparables amigas.
Dejó sus miedos de lado y durante un año se encargó de ponerse en pie.
Fue dura la separación. Su madre le reprochaba cada paso que daba, queriéndola hacer sentir culpable por sus decisiones.
―Alvarito quizás estaba mal atendido. ―Ese era uno de los tantos comentarios que recibía a diario, desde el desayuno hasta la cena.
Antonia, por su parte, fue su gran apoyo.
Carolina sufrió bastante y se lamentó también. Álvaro había causado heridas que no sanarían muy fácilmente. En su mente rondaban las palabras que poco a poco fueron causando la inseguridad de Carolina a través de los años.
«¿Para qué vas a usar esa ropa interior? Te ves ridícula». La primera vez que Álvaro la había engañado con Isabel, se propuso reconquistarlo, pero él la apocaba siempre.
«Ningún hombre te va a querer así de gorda como estás. ¿Dónde quedó la mujer con la que me casé?». Su cuerpo había cambiado, y era porque aún guardaba recuerdos de su último embarazo. Carolina era una bella mujer a la cual no supieron cuidar y ella tampoco se cuidó. Dejó que la pisotearan una y otra vez en nombre de la familia, porque se sentía culpable de dejar a sus padres sin la estabilidad que Álvaro les prometía y cumplía. Y porque aunque no lo reconociera abiertamente, ella se creía todo lo que le decía su esposo. Creía que nadie más podría amar a esa mujer que cada día dejaba que su sonrisa se apagara.
«Por lo menos él está conmigo». El miedo a la soledad fue su motor para continuar con una relación que entre cuatro paredes no era más que una agonía.
¿Su sexualidad? Hacía mucho que no gozaba con Álvaro. Inventaba dolores de cabeza, que no eran respetados por su marido. Y muchas veces, mantuvo relaciones sexuales para cumplir con las necesidades de su esposo pero no por placer propio. «Mi madre tenía razón, no era bien atendido».
Verdaderamente lo pensaba y lo creía los primeros meses de la separación.
Pero después, se lamentó el no haber aceptado a tiempo que ella era quien se había dejado de atender. No se preocupó de lo que realmente sentía. Se reprochó el haber aguantado cada una de las palabras de Álvaro. Pero ya no más.
Se levantó. Buscó trabajo, aún con el reproche de su madre, quien se había vuelto más insoportable.
―Pasas todo el día fuera de casa. Milagro que Antonia no ha llegado con un bebé. Te aviso, yo no se lo voy a criar.
―Besitos, mamá. Voy a pasar a la consulta, luego al supermercado para comprar las cosas de la noche y llego a más tardar a las ocho. ―Pasó por alto el comentario agraz.
―Dile a ese doctor que cada día estás más flaca y fea. Que te dé algo para que empieces a subir de nuevo de peso. ¡Estás en los huesos!
Era cierto, en pocos meses había adelgazado treinta kilos. No hacía gimnasia, pero había iniciado un tratamiento. Disminuyó de talla, mas no eliminó las marcas en su piel, tanto por bajar de peso como por haber acunado nueve meses a su querida Antonia y...
Dio dos besos y cerró la puerta para dejar tras ella, los reclamos y comentarios irracionales de su madre.
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