Perdita Durango

Barry Gifford · Capítulo 10 de 51

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Perdita Durango

La causa

Había un edificio principal, una especie de cabaña en realidad, de unos ocho metros por diez, hecha de papel alquitranado y madera. Las ventanas eran toscos cuadrados pensados para alojar unas tablas movibles, pero éstas estaban clavadas. Bajo un simple agujero para el humo había un caldero negro, que en aquel momento contenía el cerebro hervido de un cerdo, una concha de tortuga, una herradura, la columna vertebral de una cabra, y sangre seca. En las paredes, por toda decoración, colgaban estampas baratas de la virgen de Guadalupe y Jesucristo. En el suelo, junto al rústico altar, había un Libro de ritos de la Iglesia Lukumi Babalu-Aye.

—Deja la puerta abierta, cariño —le dijo Romeo a Perdita—. A ver si nos libramos de este pestazo.

—Tenemos que limpiar este sitio, Romeo. Haz que vengan tus chicos con unas escobas, que saquen la basura. Dejan sus jodidas botellas y latas por todas partes.

—Sí, señorita. Me ocuparé de ello inmediatamente.

Romeo se rió y, cogiendo a Perdita, la atrajo hacia sí y la besó. Ella le apartó y se puso a sacar las velas de las bolsas.

—Oye, santero, antes haremos esto, ¿vale?

Romeo y Perdita limpiaron la cabaña por sí mismos, y luego él cargó los desperdicios en el jeep. Los tiró en una zanja que sus hombres habían cavado a cosa de kilómetro y medio de distancia. Un polvo grisáceo se arremolinó en el aire pardo. Aquello le recordó a Romeo el día de agosto en que volvió a Tampa después de pasar un año destinado en el Líbano con los marines. María José, su abuela, le había preguntado:

—¿Te dejaron visitar el Jardín del Edén?

Adolfo Robles apareció conduciendo su Dodge del 50 y se asomó por la ventanilla.

—¿Qué plan hay, Romeo? —preguntó—. ¿Qué tenemos preparado para después?

Romeo se sacó un pañuelo negro del bolsillo de atrás y se quitó el sudor y la suciedad de cara y cuello.

—Algo grande, Adolfo. Reúnete conmigo en la casa.

Adolfo asintió y sonrió, metió la primera y luego se alejó lentamente. Romeo echó con el pie algunos desperdicios a la zanja. Él había sido de los afortunados, logró sobrevivir al bombardeo del cuartel de marines en Beirut. Murieron más de un centenar de hombres mientras dormían, y a Romeo apenas le despertó el ruido de la explosión. Allí plantado, sudando junto a un vertedero en México, estaba convencido de que se había salvado por un motivo noble. Romeo se sacó la polla y meó en la zanja. Siguió allí un rato después de haber terminado, acariciándose, mirando cómo se alzaban los vapores. El aire olía a quemado.