Perdita Durango
Bon voyage
Pete Armendariz adoraba las pastillas. No le importaba qué tipo de droga, medicamento o vitamina ingería, se limitaba a disfrutar del acto en sí mismo, notando la pastilla, grande o pequeña, en la lengua, y luego la exquisita sensación del agua o whisky que hacía pasar aquellas cosas redondas u oblongas por su garganta. Esa noche Pete había tomado seis anfetaminas, una cantidad suficiente para mantener incluso a un hombre corpulento como él —metro noventa y dos, ciento veinte kilos— a toda máquina durante cuarenta y ocho horas, junto con su complemento habitual de todas las tardes de doce mil miligramos de vitamina C; dos docenas de Stresstabs con cinc, calcio y magnesio; veintidós complejos vitamínicos Super Hy-Vite de efecto retardado, con veintiocho nutrientes bañados en zumo concentrado de alfalfa natural; y dieciséis Giant E-ze con extracto de ostras de tres ríos para mantener su libido en forma. Pete se enorgullecía de su enorme capacidad para follar, pelear y comer. Atribuía a las vitaminas el mantenerse en forma y con un aspecto más joven que los veintinueve años que en realidad tenía.
Al volante del camión, según se acercaba a Junction, Pete se iba poniendo más y más excitado ante la idea de una noche de diversión con sus primos, Eddie y Lou. No había sido precisamente ayer la última vez que los tres se lo habían pasado muy bien juntos. Pete estaba encantado de su corpulencia, sus músculos, sus irresistibles apetitos. Había sido un maestro del placaje cuando jugaba en la Universidad Baylor en Waco, pero le echaron del equipo por pegar al ayudante del entrenador, que sugirió con demasiada insistencia que Pete debía dejar de llamar «Labios de Coño» a uno de los defensas. Pete odiaba a los defensas, considerando que se llevaban toda la gloria mientras que los delanteros, como él, hacían el trabajo de verdad. Jugó parte de otro año con los Red Raiders del Texas Tech en Lubbock, pero le expulsaron por atacar sexualmente a una estudiante de enfermería que trataba de impedir que Pete robara un vial de Darvocet en el centro médico de la universidad. Después de dejar los estudios, Pete fue a Nueva Orleans, donde trabajó de camarero en tres o cuatro bares hasta que entró al servicio de la familia Santos.
Pete detuvo el camión en el lado noroeste de la carretera, paró el motor y saltó de la cabina. Dede Peralta venía justo detrás en el Lincoln Town Car. Pete se dirigió hacia él y Dede bajó la ventanilla.
—Hemos llegado algo pronto —dijo—. Le has metido caña de verdad al camión.
Pete sonrió, haciendo que su bigote de bandido se curvara un poco por los extremos.
—Tengo que encontrarme con unas personas —dijo—. Me preguntaba si podrías llevarme a Susie, que está a unos tres cuartos de hora de aquí. Ya volveré a Nueva Orleans por mis propios medios.
Dede asintió con la cabeza.
—No veo por qué no.
Romeo y Perdita, acompañados de Duane y Estrellita, que iban en el asiento de atrás, llegaron en el Cherokee y se detuvieron detrás del Lincoln. Romeo se apeó y se dirigió a Pete.
—Soy Romeo Dolorosa.
—Llegas a la hora justa, Dolorosa —dijo Pete—. Mr. Santos sabrá apreciarlo. Mr. Peralta, que está ahí en el coche, tiene tus instrucciones.
Dede le tendió un sobre de veintidós por treinta de papel marrón.
—Las indicaciones para llegar al punto de entrega de Los Ángeles son muy claras —dijo—. Si durante el viaje encuentra alguna dificultad, o una vez que haya llegado a Los Ángeles tiene problemas que no pueda resolver usted solo, hay un número al que puede llamar. Mr. San Pedro Sula le estará esperando cuando llegue a su destino, como sabe. Mr. Santos dice que tiene mucha confianza en usted, Mr. Dolorosa. Estoy seguro de que no le defraudará.
Romeo vio a Rip Ford y a Federal Ray Phillips que surgían de la oscuridad, con el arma en la mano, justo antes de que el sheriff gritara:
—¡Manos arriba, amigos! ¡Y mantenedlas lo más alto posible!
Pete se dejó caer hacia la izquierda y rodó detrás del camión antes de que Rip o Fed pudieran hacer ningún disparo. Romeo se echó al suelo y Dede se sacó del cinturón una Heckler & Kock semiautomática de nueve milímetros cargada con municiones israelíes, se volvió hacia los policías y recibió un balazo entre los ojos. El dedo índice de su mano derecha se crispó sobre el gatillo y disparó siete balas, que atravesaron el techo del Lincoln después de que ya estuviera muerto.
Pete reptó por debajo del camión, sacó su Browning automática del 45 y disparó. Romeo oyó que uno de los policías soltaba un grito, al que siguieron varios disparos más, y luego nada. Continuó cuerpo a tierra detrás del Lincoln a la espera de oír una voz, cualquier ruido. Desde donde se encontraba, Romeo no podía ver el interior del Cherokee. Varió de posición y miró por debajo del camión, pero no vio a Pete. Romeo esperó medio minuto antes de reptar por la parte de atrás del Lincoln. Levantó la vista hacia el parabrisas del Cherokee, pero no había ninguna cara visible. Supuso que Perdita y los otros dos estaban en el suelo y mantenían la boca cerrada.
Atisbo por un lado del coche y vio que los dos policías yacían perfectamente inmóviles en el suelo. Romeo avanzó a gatas hasta Rip y Fed, para asegurarse de que estaban muertos, y luego miró hacia la parte lateral del camión buscando a Pete. Estaba tendido de espaldas, con la cabeza en dirección a Romeo, y la 45 todavía en su mano derecha. Romeo se levantó y se dirigió hacia él. En el pecho de Pete había un agujero del tamaño de un dólar de plata. Estaba muerto también. Romeo cogió la pistola de la mano de Pete, luego volvió a donde se encontraban los policías y les quitó las armas y las cartucheras con municiones. Llevó las pistolas y las cartucheras al Cherokee y llamó con los nudillos en la ventanilla del pasajero. Perdita levantó la cabeza del asiento.
—Toma todo esto y guárdalo en la caja de atrás —dijo Romeo—. Todos los demás están muertos. Duane, tú vendrás conmigo en el camión. Será mejor que nos demos prisa. Tenemos mucho camino por delante y no sabemos qué otras sorpresas nos tienen reservadas los dioses.
Perdita encendió un Marlboro. Estrellita, acurrucada en el asiento de atrás, temblaba y sollozaba.
—Escúchame bien, Romeo —dijo Perdita—, si esta puta tuya no se tranquiliza, nunca llegará a California.