Perdita Durango
Il affare
Romeo escuchaba los silbidos del tren en la distancia. Sonaban como las notas jadeantes de un órgano por cuyo teclado corriera un ratón. Estaba sentado al volante del Cherokee, fumando, con las ventanillas bajadas, esperando a su primo, Reggie San Pedro Sula, y a Marcello «Ojos de Loco» Santos. Casi eran las dos de la mañana. La luna creciente iluminaba parcialmente el desierto paisaje, al que daba un aspecto de terreno bombardeado, veinte años después, cuyos únicos habitantes eran roedores, insectos y reptiles.
El negocio parecía un tanto extraño, pensaba Romeo, pero si participaba Santos iba a ser, necesariamente, muy provechoso. Reggie ya había trabajado para Santos anteriormente, varias veces, por lo general de pistolero. Hacía su trabajo, cogía el dinero y volvía a las islas. El dinero duraba bastante en Caribe, pero antes o después necesitaba ganar más, y en tanto Santos siguiera vivo, Reginald San Pedro Sula tendría trabajo. Romeo estaba de acuerdo con este encuentro, aunque el procedimiento resultaba un tanto raro en un par de aspectos. Uno, Reggie casi nunca figuraba en primer plano de un negocio; y dos, Santos rara vez se aventuraba fuera de Nueva Orleans, su ciudad natal. Pero Romeo estaba dispuesto a escuchar. Sabía cómo y cuándo ser paciente.
Romeo oyó acercarse el coche. Tiró el cigarrillo y esperó, escuchando durante medio minuto cómo aumentaba el ruido del motor. El vehículo, largo y negro, se salió de la carretera, enfrente de Romeo, y se detuvo levantando mucho polvo. El motor seguía en marcha y Reggie, que iba en el asiento trasero, cerró la puerta tras de sí, y se dirigió hacia Romeo.
—Hola, primo —dijo Reggie—. ¿Qué tal?
—Eso eres tú quien ha de decirlo —repuso Romeo, mientras se estrechaban la mano.
Reggie era muy alto, pasaba un poco del metro noventa, y corpulento. Tenía unos cincuenta años, la piel del color del chocolate con leche, y llevaba un traje de sport color azul claro. Su cabeza calva reflejaba la luz de la luna. Era raro, pensó Romeo, que Reggie no llevara su sombrero flexible. De hecho, no recordaba haberlo visto nunca sin sombrero, a no ser cuando se iba a dormir, desde que se había quedado casi sin pelo.
—Creo que será mejor que el jefe, el señor Santos, te lo diga él mismo —dijo Reggie—. Es un buen asunto, un bonito negocio, ya verás.
Reggie sonrió, enseñando sus numerosos dientes de oro.
—Debe de entrañar algún peligro, con todo —dijo Romeo—, para que haya conseguido que dejes la isla.
Reggie lanzó una breve carcajada.
—Normalmente siempre existe algo de peligro, ¿o no? —dijo—. De todas formas, el jefe me necesita para otro asunto, hacia el que nos dirigiremos desde aquí.
—Entiendo. ¿Cómo andan todos por casa? Danny Mestiza me escribió que a Rocky James le cayeron veinte años en chirona.
—Bueno, sí, pero ya le han soltado. Creo que para bien. Hubo algunos problemas, pero el señor Santos se las arregló para que saliera. Halcyan y Rigoberto están bien, y sanos. El dinero que mandaste les ayudó. Le hablé tan bien de ti al señor Santos que decidió que participaras en este asunto.
—¿De que se trata?
—Ven al coche y te lo dirá él mismo. Recuerda que no debes llamarle «Ojos de Loco». No le gusta cuando lo ve en los periódicos, lo ponen simplemente para fastidiarle.
Romeo se apeó, cruzó la carretera y se subió al asiento trasero de la limusina Mercedes-Benz. Reggie cerró la puerta y se quedó fuera. Dentro del coche había una tenue luz. Marcello Santos tenía un vaso en la mano derecha, con tres dedos de Glenmorangie, su whisky de malta favorito. Llevaba un traje gris oscuro, camisa azul y corbata roja; unos mocasines negros Cole-Haan, con borlas, y calcetines a rombos rojos, azules y amarillos; gafas de sol de dos dólares con montura amarilla brillante, y un gran anillo de oro o diamantes en cada dedo de ambas manos, excluidos los pulgares, uno de los cuales le faltaba. Llevaba un bisoñé castaño oscuro pegado a la cabeza; algunas gotas de goma se le habían deslizado por la frente, y allí se habían secado. Santos tenía sesenta y ocho años y llevaba dirigiendo el crimen organizado del sur y el sudoeste de Estados Unidos desde hacía un cuarto de siglo, sin que nunca le hubieran podido inculpar de ningún delito.
—Buona notte, Mr. Dolorosa. Romeo —dijo Santos, tendiéndole la mano izquierda, la que carecía de pulgar, como haría el papa o una princesa—, me alegro de volver a verte.
Romeo le estrechó la mano.
—El placer siempre es mío —dijo.
—Este es un sitio poco corriente para celebrar un encuentro, Romeo, lo sé perfectamente, pero como vamos camino de otra reunión, y odio los aviones, se me ocurrió que así ganaríamos tiempo. Me alegro de que hayas venido.
—No hay el menor problema, Marcello, en ningún caso.
—Bene. Tu primo, Reginald, habla muy bien de ti, ya lo conoces. Me ha contado que te ocupas de tu familia y tus amigos de la isla. Es muy encomiable por tu parte.
—Hago lo que puedo.
Santos asintió con la cabeza y tomó un trago de whisky.
—¿Te apetece una copa, Romeo?
—No, gracias. Tengo que conducir y es muy tarde.
—Sí, muy bien. Mira, mi proposición es ésta. Se trata de algo muy sencillo. Dentro de cuarenta y ocho horas habrá aquí, en este mismo sitio, un camión refrigerado, en compañía de un coche. El camión llevará un cargamento de placentas humanas destinado a la industria cosmética. Se añaden a algunas cremas para la piel que la gente cree que contribuyen a proporcionar un aspecto joven. No sé si es verdad. Este cargamento debe ser enviado lo más rápidamente posible a un laboratorio secreto de Los Ángeles. Quisiera que condujeras el camión hasta allí. Por lo que sé, dejaré la mercancía en buenas manos. El conductor del camión te cederá su sitio, si es que decides aceptar, y se largará en el coche que vendrá con él. Lo único que tienes que hacer es llevar el vehículo a la dirección de Los Ángeles que te dará el tipo. Ahora te entregaré diez mil dólares en billetes usados, de cincuenta y de cien. Cuando llegues sin problemas a Los Ángeles, tu primo, Reggie, te estará esperando con otros diez mil dólares, también en billetes usados y de los mismos valores.
—¿Por qué no dejas que sea Reggie el que conduzca el camión?
—Necesito que esté conmigo para resolver un asunto que tendrá lugar entre ahora mismo y el momento en que se haga la entrega. Irá en avión a California en cuanto este otro negocio quede resuelto. ¿Qué dices, podrás hacerlo?
Romeo asintió con la cabeza.
—Claro que sí, Marcello. Me alegra poder servirte de ayuda en lo que sea.
Santos se quitó aquellas baratas gafas de sol y miró a Romeo. Tenía unos ojos de un verde grisáceo con unas pupilas muy grandes y rojas que daban saltos y se agitaban como llamas. Ojos de loco. Romeo se estremeció, a su pesar.
—Bene! Molto bene! —dijo Santos, dando unos golpecitos en la rodilla de Romeo con los cuatro dedos de su mano izquierda. Volvió a ponerse las gafas de sol y terminó lo que le quedaba de whisky.
Santos abrió una trampilla del suelo, sacó un paquete y se lo tendió a Romeo.
—Buona fortuna, amico mio —dijo—. Y recuerda siempre que Dios y yo, los dos, estaremos contigo.
Romeo cogió el paquete.
—No lo olvidaré —dijo.