Perdita Durango
De nuevo en la Guardería
—¿Entiendes lo que debes hacer?
—Perfectamente.
—¿No tendrás ningún problema?
Reggie dudó, luego negó con la cabeza.
—Bien.
Santos se sirvió más Glenmorangie en el vaso, e hizo girar el líquido color ámbar mientras lo miraba.
—Tú y tu primo os lleváis bien, ¿no?
—Nos hemos criado juntos, pero luego Romeo y su madre se fueron de Caribe. Desde entonces nos mantenemos en contacto.
Santos se quitó las gafas de sol con montura amarilla y las dejó en la mesa. Se frotó los ojos con su mutilada mano izquierda y después se alisó el pelo. Miró a Reginald San Pedro Sula, que tuvo ganas de volver la cabeza para no ver a los dos pequeños animales enloquecidos, aprisionados en la cara de Marcello, pero Reggie se mantuvo firme y ni siquiera pestañeó. Los ojos de Santos tenían el color de un árbol de Navidad en llamas.
—Personalmente no tengo nada contra él —dijo Santos—, pero Romeo ha hecho cosas espantosas, tan espantosas que ni siquiera las autoridades mexicanas van a permitirle proseguir sus actividades allí. He mandado a unas personas para que se hagan cargo de la situación en Zopilote. A partir de ahora nos ocuparemos nosotros del asunto. Era preciso alejar a tu primo de la zona para realizar el cambio. Entretanto, nos está haciendo el favor de transportar otras mercancías nuestras, por lo que será debidamente recompensado. Después de que haga la entrega, te ocuparás de darle el resto de lo que hemos acordado, y luego le matarás.
Santos alzó su vaso entre los cinco dedos de la mano derecha y bebió casi todo el whisky que contenía.
—Cuando Romeo esté muerto, el dinero, claro, ya no le servirá de nada —dijo—, de modo que te lo puedes quedar tú como pago por este favor.
—Muy generoso por su parte —dijo Reggie.
Santos cerró los ojos y negó con la cabeza.
—No es generosidad, Reggie, sólo es algo justo. Hay una diferencia.
Volvió a abrir los ojos y depositó el vaso en la mesa. Reggie dejó de estar tenso, se quitó el sombrero flexible azul claro y se secó el sudor de su calva cabeza con un pañuelo verde.
—La traición sólo es uno de los aspectos de la ingeniosidad —dijo Santos—. ¿Has oído hablar del capitán Philippe Legorjus?
—Creo que no, señor.
—Bien, pues es el jefe de las fuerzas antiterroristas francesas. No hace mucho su gobierno le mandó a Nueva Caledonia, en el Pacífico Sur, para que reprimiera una rebelión de los canacos en la isla de Ouvea. Nueva Caledonia forma parte de los territorios franceses de ultramar, y era preciso proteger a los ciudadanos franceses que viven allí. También es el sitio desde donde Francia lleva a cabo sus pruebas nucleares.
»En cualquier caso, los rebeldes secuestraron al capitán Legorjus, junto con otras veinte personas. El líder del Frente Socialista de Liberación Nacional Canaco, creo que se llama así, era una especie de fanático religioso, y había aprendido las técnicas de la guerra de guerrillas en Libia, gracias a Gadafi. Este tipo había jurado mantener los territorios franceses del Pacífico Sur en un estado de inseguridad permanente si no se cumplían las exigencias independentistas de los separatistas. Una historia conocida. Recuerdo una fotografía suya de un periódico, en la que llevaba puesto un capuchón y sujetaba un fusil en la mano, y los bolsillos de su guerrera rebosaban de municiones. Amenazó con matar a un blanco diariamente en tanto el gobierno francés siguiera ocupando Noumea, capital de Nueva Caledonia.
»Mientras el líder canaco seguía haciendo declaraciones a la prensa, Legorjus organizó a los rehenes, y no sólo consiguió liberarlos, sino que se apoderó del cuartel general de los separatistas, desarmó a los soldados rebeldes, y apresó a su dirigente, permitiendo que unos pocos cientos de soldados franceses de infantería de marina invadieran la isla y restauraran el orden. A su regreso a París, se celebró un desfile en honor de Legorjus en los Campos Elíseos y le declararon héroe nacional.
Santos hizo una pausa y miró a Reggie, que sonrió y dijo:
—Ese capitán debe de ser un hombre muy valiente.
Santos asintió con la cabeza.
—Valiente y astuto, Reggie. Me interesa mucho el estudio de ese tipo de hombres extraordinarios. Se puede aprender mucho de cómo se comportan. Creo firmemente que la vida se debe vivir de acuerdo con los principios que uno mismo se ha fijado, pues en caso contrario no merece la pena vivirla.
—Estoy seguro de que tiene usted razón, Mr. Santos.
Marcello se pasó la lengua por el muñón donde había estado su pulgar izquierdo.
—Sé que harás un buen trabajo —dijo, dirigiéndose a la ventana y mirando el cielo—. Ya si sta facendo scuro —añadió—. Se hace de noche. Sabes, Reggie, tengo casi setenta años, y pese a todas las cosas que sé, no puedo hacer nada por remediarlo.