Perdita Durango

Barry Gifford · Capítulo 47 de 51

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Perdita Durango

Ligue a última hora

En cuanto Frankie Toro distinguió a la mujer, detuvo su Lexus color cereza metalizado junto a la acera, bajó el cristal de la ventanilla del pasajero, y se inclinó hacia ella. La chica estaba apoyada en un jeep negro cubierto de barro, estacionado en el lugar más cercano a la calle del aparcamiento de un Oki-Dog de Santa Monica Boulevard, con un refresco en la mano y fumando un cigarrillo.

Era con mucho la chica más sexy que Frankie Toro había visto en toda la noche. Veintidós o veintitrés años, imaginó, un metro setenta más o menos, unos cincuenta kilos, ni un gramo de grasa, y con un pelo negro muy brillante que le llegaba casi hasta el culo, y la piel color café con leche. Una auténtica muñeca chicana. A Frankie le recordó a Tura Sultana, aquella chica de pómulos acerados, ojos de nagual, medio japonesa medio cherokee, vestida de cuero y con grandes tetas, que había visto en una persecución por el desierto en una película de Russ Meyer, Faster Pussycat, Kill! Kill!

—Oye, guapita —le gritó Frankie—, ¿quieres que te invite a algo?

Perdita cogió su bolso y se lo colgó del hombro izquierdo, luego se dirigió lentamente hacia el Lexus y miró al excitado idiota que enseñaba los dientes. Le sonrió, abriendo mucho los ojos. Frankie abrió la puerta del coche.

—Me moría de ganas de que me lo pidieras —dijo, deslizándose al interior.