Perdita Durango

Barry Gifford · Capítulo 19 de 51

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Perdita Durango

El murciélago

Romeo abrió la puerta del dormitorio y entró. Se quedó quieto durante un minuto entero, escuchando la respiración de Estrellita. Emitía un agudo y breve silbido cada vez que expulsaba el aire. Romeo empujó la puerta, la cerró con llave y se guardó ésta en el bolsillo delantero derecho del pantalón. Avanzó hasta la cama y se sentó en el borde. Estrellita tenía un pelo largo color de miel, y Romeo se lo acarició lenta, suavemente, con la mano izquierda. La chica se movió un poco y él detuvo su gesto, dejando que se diera la vuelta hasta quedar boca arriba y con la cabeza hacia la derecha. Sus párpados aletearon y frunció los labios, luego volvió a relajarse, silbando levemente.

—Eh, Little Star —susurró Romeo—. Despierta, Estrellita, niña. Romeo está aquí.

La chica no se movió, y pareció que su respiración cesaba del todo. Romeo sonrió. Sabía que tenía que estar despierta.

—Little Star, no disimules —dijo Romeo, en un tono de voz normal—. Puedes abrir los ojos. Sólo me verás a mí.

Un rayo de luna penetraba en la habitación por una rendija de la segunda tabla, empezando por arriba, de las que cubrían la ventana. Estrellita no se movió, limitándose a entreabrir el ojo izquierdo. Distinguió la cara de Romeo en la sombra violácea; luego volvió a bajar el párpado.

—Crees que he venido a hacerte daño, ¿verdad? —dijo él—. ¿Por qué piensas eso? A tu amigo Duane nadie le hace daño. Probablemente lo esté pasando muy bien en este momento.

—¿Dónde está? —preguntó Estrellita—. ¿Ha muerto?

Romeo se rió.

—No, claro que no, señorita. Está ayudando a una damisela en apuros. Una chica guapa, lo mismo que tú.

Estrellita volvió la cara hacia él y abrió los ojos. Romeo parecía un murciélago gigante.

—¿Quiere decir que Perdita se lo ha ligado? —dijo.

—Sí, me parece un modo adecuado de expresarlo.

—Me recuerda a una serpiente.

Romeo sonrió.

—Una serpiente bastante guapa, en todo caso.

—Parece fría.

Romeo se acercó más al cuerpo de Estrellita y le tocó la mejilla izquierda con su mano derecha.

—Estrellita, mi flor blanca de la noche. Tú eres la luz de mi vida.

La chica apartó levemente la cabeza y los hombros hacia la derecha, fuera del alcance de la mano de Romeo.

—No tengas miedo, Little Star. Conmigo estás segura.

Estrellita se echó a reír, luego se interrumpió de repente y empezó a llorar. Romeo observó las lágrimas que salían de los ojos de Estrellita y se deslizaban por los lados de su cara hasta la almohada. Agachó lentamente la cabeza y su lengua lamió las lágrimas de aquellas mejillas. Estrellita no se movió. Era como si el gesto de Romeo la hubiera paralizado, como si la saliva le insensibilizara la piel. Nunca había sentido nada así.

—Vuelve a cerrar los ojos, Estrellita, bonita —dijo Romeo, y le besó la oreja izquierda, el pelo color de miel, la ceja derecha, la punta de la nariz—. Romeo se ocupará de ti.