Perdita Durango
Cosas del pasado
Mona levantó la cabeza buscando aire y Santos le gritó:
—No, no, cara mia, ¡no pares ahora! ¡Enseguida me corro!
—Necesito un respiro, Marcello, por favor. Se me cansa la boca y, además, mira, está fiacco.
Santos lanzó un potente gruñido.
—En estos tiempos no hay nada fácil. La vida es una pioggia continua.
Mona, que estaba de rodillas, se levantó y se dirigió a la barra. Puso una cucharadita de azúcar en un vaso, lo llenó hasta la mitad de Bombay Sapphire, lo revolvió con un agitador rojo que tenía grabado en oro RIZZO’S SOCIAL CLUB - NEW ORLEANS, y tomó un largo trago.
—Relájate, Marcello —dijo—. Me voy a bañar.
Ojos de Loco Santos miró a su amante desde hacía diez años, Mona Costatroppo, que se dirigía al cuarto de baño. Oyó cómo el agua llenaba la bañera. Mona, que tenía treinta años, todavía era guapa, pensó Santos, aunque ya no resultaba tan esbelta. Cuando la vio por primera vez, trabajaba de cajera en la banca Grimaldi, en Gretna, y se parecía a Claudia Cardinale, pero en más delgado. Grandes ojos castaño oscuro, una boca generosa con gruesos labios rojos, unos pechos erguidos y perfectos. Ahora Mona tomaba demasiados bombones de licor y bebía demasiada ginebra cara. Dentro de dos años, se dijo Santos, tendría el mismo aspecto que su mujer, Lina. Y por lo menos Lina le había dado cuatro hijos.
—Marcello —llamó Mona desde el cuarto de baño—. Sé una costata di agnello y tráeme otra copa, ¿quieres?
Santos se levantó, se metió el pene dentro del pantalón y se subió la cremallera. Salió del apartamento y cerró la puerta suavemente tras de sí.
—¡Marcello! —gritó Mona—. Marcello, ¿es que no me la vas a traer? ¡Y no te olvides del azúcar!