Perdita Durango

Barry Gifford · Capítulo 31 de 51

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Perdita Durango

Comunión

—Cuando yo tenía doce años —dijo Estrellita—, una tarde de verano mi madre y yo y mi amiga Daisy Samples y su prima Cutie Lewis estábamos sentadas en el porche, charlando, cuando he aquí que llega el pastor y su mujer, y sus dos o tres hijos, y un par de parientes pobres, para enterarse de por qué nuestra familia no había ido últimamente a la iglesia.

»“Buenas tardes, Mrs. Satisfy”, dijo el pastor. “Buenas tardes, Estelle. Buenas tardes a todos”. Somos baptistas, más o menos. Lo que quiero decir es que ninguno somos de ir mucho a la iglesia. Cuando yo era más pequeña íbamos más, puede que dos o tres veces al mes. Pero en la época de la que hablo, me parece que no íbamos casi nunca.

»Total, que el pastor se puso a hablar de la humedad que hacía, y de cómo eso atraía a los mosquitos, y cosas así, y los idiotas de sus hijos se arañaban y se daban patadas, peleándose sin parar, y su madre les mandaba callar, y los dos parientes empezaron a alejarse en direcciones distintas. Conque el pastor le pregunta a mamá por qué no habíamos ido últimamente a la iglesia, y ella le cuenta que hemos tenido problemas con Ernest Tubb, pero que a lo mejor iríamos el domingo siguiente.

»Luego el pastor le pregunta a Daisy Samples si también a ella le apetecería ir el domingo con nosotros, y Daisy va y dice: “Yo no puedo ir, soy católica”. Bueno, aquello dejó tieso al pastor, porque supongo que sabrá que en el sur los baptistas detestan a los católicos. Siguió sonriendo, sin embargo, y se volvió hacia la prima de Daisy, Cutie, pero antes de que pudiera preguntarle nada, mi madre, Glory Ann, dice: “No creo que usted la acepte tampoco, pues Cutie es medio católica y medio judía”.

»¡Bueno! En cuanto oyó la palabra judía, el pastor quedó como de piedra, y empezó a dirigir a los suyos hacia el coche, alzándose el sombrero flexible gris, ajado y con una cinta de cuero sudada, y nos dijo a mamá y a mí que nos vería en la iglesia. No recuerdo si aquella semana fuimos o no.

Perdita mantenía los ojos fijos en la carretera.

—Nosotros éramos católicos —dijo.

—¿Ibais mucho a la iglesia?

—Cuando era pequeña sí. Pero no me gustaba demasiado, por lo menos no tanto como a mi hermana Juana. Fue muy creyente durante un tiempo, hasta que un vecino nuestro, Cruz Fierro, le contó que las monjas se comían a sus propios bebés.

Estrellita miró a Perdita, luego contempló el paisaje por la ventanilla de su lado. Dientes de tiburón azul mordían el negro telón de la noche.

—¿Qué quieres decir con eso de que se comían a sus bebés?

—Era para que no hubiese pruebas, para que no los pudiera encontrar nadie. Era mejor que enterrar los cuerpos, pues así no los podrían encontrar. Cruz era chapero, hacía la calle en Houston, y yonqui, pero no decía mentiras. Le mató la droga. Un día lo hizo con un cura que le dijo que si una monja tenía un niño debía comérselo, como castigo. Eso hizo que Juana dejase de querer ser esposa de Cristo. En vez de eso, se casó con el mamón de Tony. —Perdita se rió—. Hubiera hecho mejor en no cambiar de idea —añadió—, aunque hubiera tenido que comerse a su propio hijo. Puede que así todavía estuviera viva.