Perdita Durango

Barry Gifford · Capítulo 32 de 51

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Perdita Durango

El mundo y todo lo que hay en él

Woody Dumas, agente especial encargado de la oficina regional de Dallas de la Brigada Especial contra Estupefacientes de Estados Unidos, se repantigó en el sillón y puso los pies sobre la mesa de su despacho. Abrió un paquete tamaño gigante de cacahuetes salados y se puso a cascarlos y comérselos mientras hablaba.

—Le estoy oyendo, Doyle, alto y claro —dijo Woody por el teléfono que tenía sujeto entre la mejilla y el hombro—, no necesita gritar. No hace falta ser un genio para suponer que Santos está metido en esto hasta el cuello. ¿Acaso es la primera vez que ustedes, los genios del FBI, oyen hablar de él? Vale, vale, Mr. Cathcart. En cuanto sepa algo de esos pájaros le pondré al corriente. Me inclino a creer que tienen una maquila en las cercanías de El Paso, pero tal vez estén llevando la mercancía a la Costa Oeste. Tengo a mis mejores hombres en danza, de modo que no hay que preocuparse. Sin duda, Doyle, amigo mío, cuente con ello. Hasta entonces, adiós, ¿de acuerdo?

Woody colgó, cascó otro cacahuete y se lo metió en la boca. Había cumplido cincuenta el día anterior, pero parecía diez años más joven. Todavía tenía un espeso cabello castaño claro, y una cara casi sin arrugas. Woody Dumas no se había casado, y nunca tuvo tentación de hacerlo. Desplazaba su metro ochenta y cinco y sus ochenta y tres kilos con facilidad, tomaba una pastilla de un complejo vitamínico todos los días con el zumo de naranja, no probaba las cosas dulces ni el café, iba a sudar tres veces por semana a un gimnasio, donde hacía pesas y pedaleaba enérgicamente, y dormía al menos seis horas cada noche. Su lectura favorita era la sección de deportes del periódico. Woody no creía necesario cultivar la mente con un montón de informaciones innecesarias. Consideraba que la vida ya era lo bastante liada, sin necesidad de añadirle ideas complicadas.

Woody sabía que Ojos de Loco Santos estaba detrás del asunto de los cosméticos, porque virtualmente siempre estaba detrás de todos los asuntos ilegales del sur y el sudoeste. Los mexicanos le confiaban la mayor parte de la cocaína y la marihuana que pasaba clandestinamente la frontera, y Doyle Cathcart, el agente especial encargado de la oficina del FBI de Houston, estaba seguro de que Santos utilizaba su red de distribución de droga a fin de transportar diversas materias primas experimentales para la industria cosmética. Además, en la frontera pasaban otras cosas desagradables, de las que Woody había oído hablar, todo tipo de tejemanejes supuestamente religiosos, incluyendo sacrificios animales y hasta humanos.

Exactamente a las cuatro y media de la tarde, Woody Dumas hizo girar su sillón y puso sus botas blancas Tony Lama en el suelo; dejó el paquete de cacahuetes en la mesa y se levantó. Se cepilló la ropa, cogió su Stetson blanco del perchero y se lo encasquetó con firmeza en la cabeza. El mundo estaba más enfermo hoy día, creía Woody, que en cualquier otro momento de su historia. Al salir del edificio federal, pensó en un incidente sobre el que había leído en el Morning News, algo que había sucedido en San Francisco poco después del reciente terremoto. Un tipo llamado DeSota Barker se había puesto a dirigir el tráfico en un cruce conflictivo después de que una avería general del servicio eléctrico hubiera dejado a la ciudad sin semáforos, y un conductor impaciente, sin duda un chiflado, había disparado contra él, matándole. Barker fue incluido posteriormente entre las víctimas del terremoto.

Cuantas más cosas hay por explicar, pensó Woody, más son las que se explican equivocadamente.

Se sentó al volante de su Malibu Classic marrón del 78 y lo puso en marcha. Woody esperó un momento a que se calentase el motor, mientras pensaba en Salty Dog, el airedale que había tenido de niño. Cuando Woody tenía catorce años y el perro cuatro, Salty había mordido a dos señoras —una estaba regando su jardín y la otra subía los escalones de su casa—, y en la misma semana. Anteriormente nunca había mordido a nadie, pero las autoridades del condado se lo llevaron y lo liquidaron. Woody no entendía por qué actualmente pensaba en Salty Dog casi todos los días. Ya hacía treinta y seis años que lo habían gaseado, se dijo Woody, y el mundo nunca había ido bien desde entonces.