Perdita Durango
La buena vida
—Una vez conocí a un tipo que se llamaba Bobby Perú —dijo Perdita—. Ya sabes, igual que el país. Siempre pensé que era un mal elemento, y lo era. Podría habernos ayudado en esto, supongo, pero le mataron.
—¿Sabes lo que me tranquiliza? —dijo Romeo.
Perdita se rió.
—Claro, seguro que lo sé.
—Eso también —dijo Romeo—. Pero lo que me gusta es leer la información meteorológica en el periódico. La de sitios distintos de donde estoy. «Veintitrés bajo cero con borrascas de nieve en Kankakee.» «Quince grados y lluvia en Tupelo.» Nunca falla. Me calma.
Perdita Durango y Romeo Dolorosa estaban sentados uno frente al otro en una bañera llena de agua grisácea que despedía vapor, en el Del Río Ramada. Romeo estaba fumando un H. Upmann New Yorker y dejaba caer la ceniza en el agua del baño.
—Preferiría que no lo hicieras —dijo Perdita.
Romeo rió.
—¿Por qué no? Aleja a los malos espíritus, ¿no crees?
Se volvió a reír, mostrando sus perfectos dientes de Burt Lancaster.
—¿Cuánto tiempo supones que esos tipos se tragarán esa mierda de vudú, Romeo? No todos son tan estúpidos.
—¿Que te hace decir eso? Podrían serlo. Además, ni siquiera se trata de vudú. Santería, chiquita. Es un truco de poca monta, al estilo latino. Pero tienes razón, vamos a tener que hacer algo para que presten más atención.
—Sé cómo conseguirlo —dijo Perdita.
—¿Sí?
Perdita asintió, y sus finas y negras cejas se desenrollaron como cobras.
—Matar a alguien y comerlo.
—¿Como los caníbales, quieres decir?
—Claro —dijo ella—. No hay nada más horrible que eso. Se les quedará clavado en el cerebro.
Romeo rió y dio una chupada a su puro.
—Apuesto a que sí, seguro —dijo—. Y también pegado a las costillas.
Perdita sonrió y le hizo cosquillas al pene de Romeo por debajo del agua con el dedo gordo del pie derecho. Las cobras de su frente se aplanaron como reptiles en una piedra al sol.
—Sabes cómo hacer que un hombre lo pase bien con la mente y el cuerpo, mi corazón. Es lo que me gusta de ti. Esto sí que es buena vida, claro que sí.
—Hagámoslo mañana —dijo Perdita.