Perdita Durango
Héroes
—Te voy a contar quiénes son mis héroes, Duane. Así te harás una idea mejor de la clase de tipo que soy.
Romeo y Duane estaban sentados en unas sillas en el porche de la construcción principal del Rancho Negrita Infante. Estrellita, como Romeo insistía en que se llamara a Estelle, dormía en una habitación cerrada con llave. Casi eran las doce de la noche.
—Te dejo las piernas libres a propósito, Duane. Lamento lo de las manos. Dime si el alambre está demasiado apretado.
—No, no lo está.
—Bueno, bueno. Hay que dejar que la sangre siga circulando. Ésta es mi lista: James Ruppert, George Banks, Howard Unruh, Pat Sherrill, Charles Whitman, R. Gene Simmons, padre, James Oliver Huberty y Joseph Wesbecker. Me la sé de memoria. ¿Conoces a alguno?
—No creo.
—¿Ni siquiera a Whitman?
Duane negó con la cabeza.
Romeo se rió.
—Me parece que no estás muy fuerte en historia.
—Saqué notable.
—A lo mejor no te han enseñado ese período. Te voy a decir lo que hicieron. Ruppert mató a once personas, ocho de ellas niños, durante una comida del domingo de Pascua en Ohio. Banks se llevó por delante a doce, incluyendo a cinco niños, en Pennsylvania. Uruh liquidó a tiros a trece personas en Camden, Nueva Jersey. Era un caso aparte. Dijo: «Hubiera matado a mil de tener suficientes balas.»
»Sherrill asesinó a catorce en una estafeta de correos de Oklahoma. Simmons, padre, también liquidó a catorce, todos ello miembros de su familia, en Arkansas. Enterró a doce debajo de su casa. Huberty mató a veintidós en un McDonald, en San Diego, me parece. Wesbecker se cargó a siete a balazos e hirió a otros muchos en una imprenta de Kentucky. Y Whitman, claro, asesinó a dieciséis desde una torre del campus de la Universidad de Texas, en Austin. Me extraña que no hayas oído hablar de ellos.
—¿Y cuándo lo hicieron?
—Alrededor de 1966, más o menos.
—Yo no había nacido.
—Coño, chico, tampoco cuando Hitler, ¡y no me irás a decir que no has oído hablar de él!
—Sí, he oído hablar de él.
—¿Y Atila, el huno? ¿Sabes quién fue?
—Me parece que sí. Era una especie de turco, o algo así.
—Mira, no incluyo en mi lista a los que tenían un ejército o encargaban a otros que mataran por ellos. Los únicos que me interesan son los que lo hicieron con sus propias manos. Y tampoco cuento a lo autores de los asesinatos en serie, llevados a cabo a lo largo de un dilatado período. No, yo sólo hablo de los que de pronto se dan cuenta de que ya no pueden soportar tanta mierda y deciden enviar el mundo al carajo. Hay más de los que he mencionado, pero ésos son los primeros que me vienen a la mente. Es un asunto que he estudiado personalmente.
Perdita salió al porche y frotó su muslo izquierdo contra el brazo derecho de Duane. Enredó la mano izquierda en su espesa mata de pelo rubio y se lo revolvió.
—¿Estás contándole cuentos para que se duerma, Romeo? —dijo.
—Sólo llenaba algunos huecos de la formación de Duane.
Perdita sonrió.
—Yo también tengo uno o dos huecos que necesito llenar. Vosotros, que sois tan intelectuales, ¿no haríais ese favor a una dama?