Perdita Durango
El Antiguo Testamento
Santos colgó pero mantuvo la mano derecha apoyada en el teléfono. Soltó un gruñido y apretó los labios con fuerza.
—Malas noticias, ¿verdad, Marcello?
Se sentó en una butaca de cuero y miró a través de los cristales oscuros de sus gafas a Mona Costatroppo, que estaba subida a un sofacito tapizado de raso blanco, con las piernas recién depiladas y untadas de loción, recogidas debajo de su culo cada vez más voluminoso. Llevaba puesto un vestido negro muy escotado y un hilo de perlas que Santos le había comprado en Cartier, en Nueva York. Le habían costado nueve mil dólares, recordó Marcello. Mona tenía una copa en una mano, un cigarrillo negro sin encender en la otra. Siempre tenía una copa en la mano, pensó Santos.
—Una pioggia continua —dijo éste.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Que qué pasa ahora? Lo mismo que las veces anteriores. Que se ha jodido todo. Primero fue Dede. Luego Il Pugno, El Puño, al que mandamos para que liquidase a un tipo y le liquidaron a él. Y ahora Reggie, y encima la fábrica de la Costa Oeste.
—¿Qué Reggie? ¿Te refieres al tutsun de Puerto Rico?
—De Caribe, no de Puerto Rico. De Caribe.
Mona tomó un trago de ginebra.
—Bebes demasiado —dijo Santos—. Y te estás poniendo gorda.
—¿Como Lina, quieres decir? —replicó Mona—. Tienes una mujer gorda y no quieres tener una novia gorda, es eso, ¿no? ¿Te vas a librar de mí, Marcello? ¿Es lo que te apetece hacer?
Santos levantó la mano del teléfono, le dio forma de pistola, con el anular y el meñique recogidos, el pulgar levantado y el índice y el medio apuntando a Mona. Ésta quedó paralizada.
—Bang —dijo Santos.