Perdita Durango
Lección de historia
—E. T. Satisfy, ¿verdad? De Dallas, ¿no?
—Exacto.
El recepcionista levantó la vista de la ficha de registro y miró a Ernest Tubb desde el otro lado del mostrador.
—¿Cómo va a pagar?
—En metálico —dijo Ernest Tubb, tendiendo un billete de cien dólares al recepcionista.
Éste lo miró, lo examinó por los dos lados, entró en otro cuarto y salió al cabo de unos momentos, dándole a Ernest Tubb el cambio, además de un recibo y la llave del cuarto.
—Tiene la 237. En el piso de arriba, doblando a la derecha. Hay máquinas automáticas de hielo y soda en el pasillo. Si necesita algo más, llámeme.
—Muy agradecido.
En la habitación, lo primero que hizo fue telefonear a casa.
—¿Glory Ann? Soy yo, Ernest Tubb.
—¿Dónde demonios estás? —preguntó ella—. Estaba muy preocupada.
—Tranquilízate, mujer. Estoy en el Holiday de Madre Island. Conseguí una pista en el condado de Larry Lee, y pienso que a lo mejor Estelle y Duane Orel andan por aquí. Los estudiantes suelen cruzar a menudo la frontera. Me dijeron que la semana pasada habían secuestrado a dos. Puede que se trate de ellos. Iré a México en cuanto cuelgue.
—¡Secuestrados! ¡Dios del cielo! Rita Louise Samples está aquí conmigo, y Marfa Acker vendrá después. Son mi único consuelo desde tu desaparición.
—No desaparecí. Te dije que iba en busca de Estelle.
—Si también te pierdo a ti, no sé lo que voy a hacer.
—No has perdido nada de nada, Glory, ni siquiera peso. ¿Continuarás con ese régimen a base de frijoles que te puso el doctor Breaux?
—¡Ernest Tubb, no digas tonterías! ¿Quién va a preocuparse de seguir un régimen en una situación como ésta?
—Hablo en serio, Glory Ann. ¡Sigue atracándote de comida por ahí, y explotarás! Rita Louise y Marfa tendrán que recoger tus tripas de las paredes de la cocina antes de meterlas en una caja y enterrarte. Y no toques los pasteles, ¿entendido?
Glory Ann se echó a llorar.
—Oh, Ernest Tubb, eres un hombrecillo malvado.
—Fríjoles, Glory Ann, frijoles —dijo él, y colgó.
Ernest Tubb sacó su Continental marcha atrás del aparcamiento, se dirigió a la salida y dobló a la derecha. Pensaba en la última vez que él y Glory Ann habían hecho el amor. Ella insistió en ponerse encima y estuvo a punto de aplastarle. Se sintió como imaginaba que lo hicieron aquellas personas a las que les cayó la autopista encima durante el gran terremoto de California.
Pasaron unos cuantos segundos antes de que Ernest Tubb se diera cuenta de que su Mark IV iba en sentido equivocado por una calle de dirección única. Cuando vio el morro del camión blanco y oyó sonar el claxon, ya era demasiado tarde para que pudiera hacer nada.
—¡Oh, Glory! —dijo Ernest Tubb, y luego se convirtió en historia.