PornoBurka

Brigitte Vasallo · Capítulo 11 de 43

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Capítulo 10

 

–Canto fai que non vas polo barrio?

El Jacinto y la Remedios se estremecen al oír la pregunta. Desde los ventanales de este piso señorial de la Diagonal sueñan el caos de terrazas del Raval que dejaron muchos kilómetros atrás, el enjambre de antenas oxidadas y cuerdas para la ropa, la ilegalidad de áticos y palomares construidos con nocturnidad y habitados con alevosía.

–Canto? Pois moito, moito tempo —mienten al unísono.

El Jacinto palpa instintivamente el sobre que lleva en la pechera, el que le otorga derecho a estar allí, mirando por las ventanas de un piso con techos altos y libros en las paredes, con baldosas antiguas, que no viejas, y mesas de madera maciza. «Máis que dun detective, parece o despacho dun avogado», se dice. Y tal como lo dice, le entra el mal de tripa. «Mala cosa los abogados: fante sentir como un idiota».

–Viches alí o fondo? Aquel edificio novo é tan alto que quita a vista do campanario —reflexiona la Remedios, apuntando con el dedo.

–Non toques o cristal co dedo que o vas manchar, muller! Veña, a sentarse!

Y, para sorpresa del Jacinto, la mujer se sienta.

¿Cómo ha llegado hasta aquí esta pareja de refugiados económicos, expulsados de Pontevedra por la miseria de los malos tiempos y del antiguo Raval por la arrogancia de los tiempos de bonanza? Han llegado recomendados por los hijos de su primo Evaristo, que al enviudar de una mujer bien buena se ennovió con una moza rumana cuarenta años más joven, imaxínate que cousas. Los hijos del Evaristo, normal, pusieron el grito en el cielo porque vieron que la rumana sólo estaba interesada en el piso, que el Evaristo tenía un piso muy bueno por encima del Paralelo. Pero en los tiempos que corren, normal, os fillos querían o piso para os netos. Así, cuando tenían los papeles medio atados e xa lle encontraran ao Evaristo un lugar onde vivir bonito, pero máis pequeno porque ahora que estaba solo xa me dirás para qué quería tantos metros de piso, vieron que llegaba la rumana y que a Evaristo se le ponía cara de tonto y no paraba de sonreír, que xa me dirás qué hace un viudo sonriendo todo el día. Los hijos, cabreados, normal. La familia de la difunta, ofendida, tamén normal, que hasta se vino el cuñado del pueblo a intentar poner orden en todo aquel asunto. No había manera. Eu non sei que lle daba a rumana, que o home estaba feliz. Xa me dirás, feliz a su edad.

Los hijos y los cuñados reunidos decidieron ponerle un detective a la rumana, a ver si así el Evaristo abría los ojos. ¿Y qué encontró? Pues lo normal, que la rumana era muy puta. «Pero si eso xa o sabía eu!» le decía al Evaristo, que no paraba de llorar, el muy maricón. «Pero queres crer que unha moza con esas tetas vai mirar para un vello?». Y el Evaristo que non, que non, que aquelo era amor. Al final tuvo que darnos a razón, imaxínate: cuando viu os informes do detective tuvo que pegarle una patada no culo a la rumana. O pobre, total, en menos de un año, morto tamén. A puta estuvo no funeral e todo y gritaba que lo habían matado de pena. ¡Qué pena ni qué carallo! As persoas morren cando teñen que morrer e punto…

… si bien es cierto que al Jacinto le dio tristeza que el Evaristo muriese solo, en aquel piso tan pequeño donde lo habían mandado los hijos, que nadie encontrase el cuerpo hasta mucho después, cuando los vecinos llamaron a la policía. Ese sí que fue un final jodido. Pero es que a vida é moi fodida…

–Bon dia! Jaume Rovira, per servir-los! Benvinguts a Método 3, agència de detectius!

Por la puerta del despacho aparece un hombre pequeño con aires de ser feliz así, sin más. Encantado de estar vivo y de llevar esos pantalones tan ajustados que le marcan paquete y esa camisa de rayas tan estrecha que apenas puede respirar. Un hombre feliz. Sonríe como si no tuviese caries, mira de frente como si no tuviese vergüenza. Y habla catalán.

Al Jacinto todo esto le da muy mala espina. («De qué carallo ríese y por qué fala catalán si aínda estamos en España?»). Se lleva la mano al pecho, palpa el sobre. Está bien, el sobre sigue allí.

Le da la mano y le hace un gesto a la Remedios para que se la dé también. Jaume Rovira, detective, se sienta ante ellos con la sonrisa perfecta congelada en el rostro, impertérrito.

–Molt bé, molt rebé! Volen un cafè, una infusió, una mica d’aigua? No? Molt bé, molt rebé! A veure, en què els podem ajudar?

Realmente fastidiado, el Jacinto duda si hablar o salir corriendo. El problema es el tiempo: no le queda mucho tiempo y no quiere irse sin dejar esto arreglado.

–¿Usted conoce o Arco de Triunfo? ¿La calle Trafalgar? («Jacinto, por dios, non te metas neso, imos o grano e non te líes máis!». «Rediós, muller, vai calar a boca e deixa-me facer!»).

–¿Usted conoce o Arco de Triunfo?

Sin perder un ápice de su jovial frescura, Jaume Rovira, detective, afirma conocer la zona y, sabedor de que las primeras entrevistas son largas y tediosas, deja que su mente se traslade más allá del arco iris, a un lugar donde no puede ocurrirle nada malo. Totalmente poseído por el espíritu inmortal de Judy Garland, Jaume Rovira compagina perfectamente su vida exterior como detective con su intensa búsqueda interior de la Ciudad Esmeralda. Así, mientras las primeras palabras del Jacinto empiezan a tejer una historia que le importa un comino, en el alma del detective resuenan los primeros acordes: somewhere over the rainbow…

–Es que todo esto empezó cuando mudamos, mudáronnos, para el Arco de Triunfo. Todo pasó al mismo tiempo. Nosotros vivíamos no Barrio Chino. Ya conoce. Eso que ahora le dicen Raval. Llegamos allí de Pontevedra. Porque en Pontevedra vivíase muy mal entonces. Había mucha miseria. Y nos dijeron pues los vecinos que en Cataluña se vivía mejor. Que había trabajo y muchas cosas que facer. Así que vinimos y nos pusimos a vivir pues donde pudimos. En casa de los primos en el Chino. Dormíamos todos arrinconados en el salón. Pasábamos una cortina así por la mitad y allí los hombres a un lado y las mujeres a otro. Hasta que pudimos arreglarnos y ya nos fuimos instalando por nuestra cuenta. Y eran buenos tiempos y como había trabajo enseguida tuvimos un rinconciño apartado para poder cogerle el traspaso al Pontevedra que es mi bar («Era, Jacinto, era». «Cala, muller, carallo!»). Nosotros no queríamos marchar de allí. Aquella era nuestra casa, después de tantos años pues ya teníamos hecha la parroquia y estábamos pues bien. Normal. Pero eu non sei que pasó con eso de las olimpiadas. Empezaron las obras en el barrio. Todo el mundo le empezaron a abrir las escaleras para meter ascensores. A cambiar los cables de las luces. Todo esto era pagar y pagar y luego te subían el alquiler. Claro. Nosotros teníamos un alquiler de aquellos tan viejos de la renta antigua. La verdad es que pagábamos una miseria, pero es que tampoco podíamos pagar más. No se piense usted. Ochocientas pesetas pagábamos antes del euro. Ochocientas pesetas de alquiler con el agua incluida, que venía por los depósitos así por el terrado, no sé si sabe.

El Jacinto nota de pronto la sed. Apenas duda si tomar un vaso cuando Jaume Rovira, buen observador, se abalanza sobre la jarra para ofrecérselo, no porque le importe lo más mínimo la sed de aquel individuo que huele a oveja, sino porque ve la ocasión de cortarle un discurso que tanto a él como a Judygarland se les hace inacabable. El Jacinto se seca la boca con una servilleta del Pontevedra e intenta recuperar el hilo de su historia.

–¿Qué decía? Eso de la renta, ¿verdad? El caso es que nos levantaron el techo. Y todo. Aquello no se acababa nunca. Y al final con el miedo en el cuerpo de la subida del alquiler. Imagínese. Y entonces dijeron que nos pagaban si nos íbamos. Ellos a nosotros. Y aún dijimos que no. Que aquello era nuestra casa. Que no nos marchábamos. Y aguantamos un pouquinho mais. Pero entonces llegaron con las pinturas. Se pusieron a pintar la fachada.

El Jacinto baja la voz como si estuviese a punto de hacer una confesión dolorosa.

–Rosa. Pintaron nuestro edificio de rosa. La fachada. Delante de mis propias narices. Aquello era más de lo que un hombre puede aguantar. En mi propia casa. Y entonces marchamos. Cogimos los cuartos y marchamos para el Arco de Triunfo. Nos salió una portería allí. Parecía un barrio bien bueno. Y lo era, ¿eh?, que al principio de llegar lo era. El caso es que la niña no se quiso venir. Ela dixo que se quedaba y que se ponía a vivir sola alá no Chino. Ya empezaba a hacer cosas raras entonces…

El Jacinto pierde el hilo de su discurso, parece caído en un sueño. Jaume Rovira, detective, regresa corriendo desde el arco iris, sobresaltado al oír el silencio. ¿Judygarland, crees que ha acabado ya la historia? Lanza una mirada a la Remedios, que está a su vez perdida en la contemplación de los detalles de la jarra de agua.

–Bien, comprendo —se atreve a avanzar.

–¿Comprende? —responde el Jacinto—. ¿Qué carallo comprende si aún no le he contado nada? El caso es que la niña venía a vernos. Lo normal. Al principio. Pero cada vez estaba máis rara y cada vez entendíamos menos o que decía. Primero dejó de estudiar. Ella iba para arquitecta del estado que es un trabajo bien bueno. Tiene muchas vacaciones y pagas extras. Pero non sei qué se le metió en la cabeza que dejó de estudiar y se puso con eso de la moda. Digo yo que si era para ser costurera como su madre excusábamos de pagarle los estudios. Y entonces llegaron los chinos.

La Remedios se agita un instante en la silla, limpia una mota de polvo que ha caído en la mesa y mira a su marido de reojo.

–Mire usted, mis hermanos emigraron para Francia a buscarse la vida que en Pontevedra teníamos mucha miseria. Ellos allí son extranjeros. Eso ya se entiende. Pero yo me quedé en España. Eso no hay dios que me lo niegue. Yo me vine a Cataluña que es España y al llegar me encontré que no entendía ni el dialecto que falan aquí. Pero mira uno se hace a todo. Ya me había acostumbrado. Que adaptado no, ¿eh?, que eu nunca me adaptei a estar aquí. Pero hicimos nuestro rinconcito en el Pontevedra. Teníamos nuestro lacón con grelos y los días que jugaba el Madrid nos juntábamos todos a beber orujo, que al final hasta había catalanes que venían a ver el partido allí. Cuando llegaron los moros pues la cosa siguió como es normal. Ellos querían que el barrio fuese Marruecos. Nosotros les decíamos que en España había que vivir como españoles. Lo normal.

Judygarland lanza un vistazo impaciente al reloj de muñeca de Jaume Rovira.

–Señor Jacinto, verá usted, creo que nos estamos desviando un poco. ¿Podemos centrarnos en la cuestión que les ha traído aquí? Porque, la verdad, no veo…

El Jacinto lo mira sorprendido. ¿Centrarnos? «Eu estou centrado», piensa.

–¿Pero quiere que le cuente o no le cuento? Porque si no le cuento usted no va a entender lo que pasó…

(somewhere over the rainbow)

–El caso es que empezaron las obras, ¿ya le conté?, y nos mudaron un poco más allá. Al Arco de Triunfo. Tres kilómetros. Y ese fue el desastre. Porque salimos del Barrio Chino que estaba lleno de moros para meternos en Chinolandia. Con chinos de verdad. Y con los chinos manda carallo la cosa. No fue como con los moros. Los chinos saltaron de Fumanchú a Cataluña sin pasar por España como quien dice. Y un buen día todos os carteles do barrio y todas as cousas estaban en chino y en catalán. Como si España no existiese. Como si yo no llevase treinta años partiéndome el lomo en esta puta ciudad. Que a ver si los chinos del carallo piensan que la autovía de Badalona la hizo el Pujol con los cojones. ¡La construí yo, con estas manos! Con estos lomos se levantó esta ciudad y ahora llegan estos y no te saben ni decir los buenos días que se han puesto a hablar directamente en catalán. ¡Manda cojones! Yo lo único que pido es que los chinos devuelvan las enes adonde tienen que estar. Que la confecsió se diga confección, que la importasió, vuelva a ser importación. Que se enteren que Cataluña es España. Es normal que un hombre pida eso. Pero entonces la niña dejó de venir. Por eso se lo explico. Que dijo que yo era racista. Ya me dirás cómo puedo ser racista si los negros me dan igual. Pero desde el tiempo de los chinos y las enes no ha vuelto a venir y no sabemos dónde para.

–¿Tienen ustedes alguna foto, una dirección por donde empezar a buscar?

El Jacinto mira por primera vez en mucho rato a la Remedios, que sigue perdida en sus pensamientos, el cuello retráctil escondido dentro de los hombros, como vio hacer a las tortugas en un documental que echaban en la tele.

–Muller, fala!

Y la Remedios habla.

–Yo lo tengo todo anotado. Tengo aquí la dirección y el teléfono, que no sé si ha cambiado, y tengo la foto de cuando el entierro del primo que fue la última vez que nos hicimos una foto así todos de grupo.

Jaume Rovira, detective, coge horrorizado la foto, temiendo encontrar en el centro al cadáver mismo retratado.

–Muy bien. Si les parece voy a hacer pasar a mi secretario para que tome los datos y les informe de las tarifas.

–¿Tarifas? A mí me dan igual las tarifas. Yo lo que quiero es encontrar a la niña. Quiero hablarle. Le tengo que decir que nos volvemos a Pontevedra. Que las personas tienen que estar en su lugar. Sólo quiero que lo sepa.

–Pero querrá que le haga un informe, saber con quién se acuesta, de dónde saca el dinero, comprobar si hay alguna cosa denunciable en su conducta…

–No, no, nada de eso —replica el Jacinto—. Yo lo único que pido es decirle a la niña que cuando estás fuera no eres nadie. Que si eres distinto a los demás, por mucho que los demás sean una mierda, te acabas quedando solo. Y eso es muy duro. Eso le quiero decir.

Por primera vez en diez años de profesión, Jaume Rovira siente algo cercano a la ternura. Desde su propia soledad observa a ese ser que huele a oveja y comprende que sus horas de trabajo tendrán un sentido. Nada de rebuscar en las basuras reales o metafóricas de alguien, nada de sacar a palos del armario a maridos homosexuales, ni de denunciar a empleadas en baja ficticia pero merecida. Buscará a esa hija para que el ovejero le transmita el único conocimiento sólido adquirido después de una vida entera de desánimo. Su única y miserable verdad. Su herencia.

–¿Cómo se llama su hija?

–Concepción Rodríguez Arqueiro. Conchi le decíamos en casa.