PornoBurka
Capítulo 18
De color azul cielo, brilla bajo las farolas que convierten el atardecer barcelonés en un espectro de día. Liviano bajo la brisa del mar que se cuela por las callejas, ondea al viento y deja a su paso un crujir de ropa plisada. Gracioso en las formas, imponente en el concepto: rotundo.
De repente, sucede, está ahí.
En plena calle moderna de la Barcelona alternativa y diversa, cosmopolita, aparece sin complejos, sin remordimientos, sin culpa aparente, sin haber pedido permiso ni habérsele sido otorgado, sin más y sin menos, un burka. Una mujer bajo un burka, sería justo decir, mas lo primero no importa. Mujeres hay muchas, pero burkas, no. Un burka sobre una mujer desaparecida, tragada por una rejilla azul que enmarca de filigranas los ojos que no se ven. No se ve nada. Ni las manos, cubiertas por guantes, ni los tobillos, tapados por calcetines. Nada y, sin embargo, todo. Se ve el burka. ¿Hace falta ver algo más?
Camina resuelto, el burka, por la Rambla del Raval, del mar a la montaña, centrando en su ondear todas las miradas, todas las intenciones, mientras encara el perfil del Tibidabo que bendice con su basílica a los niños del Raval. El tiempo, la diversidad festiva y el buen rollo quedan congelados y sólo él, el burka, parece moverse. Las madres alternativas tapan los ojos de sus hijos pequeños, y también alternativos, e intentan desviar su atención como evitando que vean los rastros sangrientos de un accidente de tráfico mientras ellas mismas rechazan la visión insoportable de la tela maldita. Los hombres modernos se llevan las manos a la cabeza, a los cabellos modernos y tan ondeantes como el mismo burka, en actitud desalentada, las pupilas congeladas y la visión borrosa entre las lágrimas. Las mujeres alternativas lloran en brazos de los hombres modernos. ¿Por qué?, se preguntan. ¿Por qué aquí, por qué a nosotros? ¡Nosotros queremos un barrio digno!
Los tenderos salen a la puerta de sus locales. De lado a lado de la avenida, la tela descubre quién está situado dónde. En las cocinas de los restaurantes, tras las barras de los bares, algunos ni se inmutan. Con el cuerpo en Barcelona y la mente aún perdida en su pueblo, nada de la imagen de un burka en plena Rambla del Raval les llama especialmente la atención. Podría ser su madre, o su hermana, o su prima. Podría ser cualquier mujer conocida y amada, reconocida entre miles de otras vestidas de igual manera tan sólo por la forma de caminar. No le dan más vueltas, enfrascados como están en el propio sobrevivir. Otros, sin embargo, se miran de soslayo. Un burka. Afganistán, el nombre maldito o bendito según de qué lado se mire, el nombre que los pone a todos en su lugar, que descubre quién es quién a miles de kilómetros del sitio donde cada uno es algo. Peshawar, los campos de refugiados, la sodomía, los talibanes, el 11-S y Cachemira, arrebatada por los malditos indios. Los pashtunes, los pactos, Musharraf, la bomba atómica, Estados Unidos, Irán, un islam o el otro o aún el de más allá. Y ahora todo vuelve a empezar, está aquí en forma de burka. Estás con ellos o estás en contra de ellos. Eres uno de los nuestros o estás fuera. ¿Fuera? ¿Pero fuera de qué?
¿Qué hay más allá de la exclusión? ¿Hay algún lugar en esta ciudad diversa más allá de la mezquita cochambrosa de la esquina donde al menos te saludan por tu nombre? Si no eres más que un paki de mierda que vende cervezas por la calle y dejas de ser incluso eso… ¿En qué te conviertes? ¿Hay un abismo aún más bajo que la bombona de butano cuando estás a seis mil ciento treinta y nueve kilómetros de tu casa y no tienes un duro en el bolsillo?
El Rey del Doner lanza una mirada furtiva al Palacio del Kebab, se saludan con un gesto pequeño y vuelven a sus quehaceres. ¿Será de los míos o será de los suyos? Yo lo que quiero es un barrio digno. Y que me dejen en paz.
Desde el Oasis del Shawarma, Jamal los mira con desprecio. Pakistaníes. ¡Qué se puede esperar de ellos! Sólo hay que ver cómo visten a sus mujeres, cómo viven. Por favor, ¡un poco de dignidad! No entienden que Pakistán quedó allí, tan lejos. Esta misma noche llamará a Bangladesh para contarles. Si estos españoles entendieran… Pero para ellos un moro siempre es un moro y no saben distinguir a un bangladeshí de un pakistaní de un marroquí. Todos en el mismo saco. Ese burka no traerá nada bueno.
Rachid está feliz después de su encuentro furtivo con Lo. ¡Tantos años esperando y finalmente ha pasado! Sube levitando por la Rambla del Raval cuando también lo ve. ¿Pero qué coño es esto? Lo que nos faltaba. ¡Un burka! Los putos banglas de los cojones, seguro que es cosa de ellos. Si es que no entienden lo del barrio digno, colega, es como si no fuese con ellos. Y encima siempre quejándose. Y siempre acusando a los marroquíes. Que nosotros damos mala fama al barrio, dicen los muy cabrones. ¿Yo le doy mala fama al barrio? ¡Vamos, por favor! Yo vendo costo, tío, yo no pongo a trabajar a mi familia en un supermercado de mierda sin sueldo ni futuro ni hostias, mientras me voy enriqueciendo y construyendo palacios en mi país. Por el bien de todos, dicen, por el bien de la familia, mientras el cacique se va poniendo como una bola de sebo. Yo vendo costo, vale, pero no recaudo dinero para mezquitas que nunca se llegan a construir. ¿Dónde va ese dinero, eh? A pagarle visado a la hijaputa del burka ésta, que ha venido aquí para meternos a todos en un marrón. Más policía, esto es lo que sucederá. Ese burka no traerá nada bueno.
La policía no necesita venir, pues siempre está aquí. Los furgones antidisturbios se mantienen día y noche sobre la Rambla del Raval, recordando a todos quién manda aquí, por si en algún instante de sus vidas de mierda se olvidasen de ese principio esencial. Por si después de pagar a las mafias, a los intermediarios, a los traficantes de drogas, a los chulos, a los corruptos, a los vendedores de papeles y de personas, a los esclavistas, a los caseros abusivos, a las compañías telefónicas, a los bancos y a la policía se les fuese a olvidar quién cojones manda aquí. No fuera a suceder que toda la fauna vomitada de las cloacas de este mundo tan feliz —los viejos enganchados a la heroína, las prostitutas sexagenarias, los desahuciados, las desempleadas— fuera a olvidar por un momento cuáles son las normas del juego que se juega aquí. No fuera que llegase incluso a suceder que las nigerianas esclavizadas y multadas regularmente por ello, los argelinos víctimas de la guerra colonial, las cubanas jodidas por el embargo, las rusas secuestradas por las mafias, se olvidasen por un instante de que están en Europa, la gran Europa, y que aquí nos gusta la paz, el orden y la justicia. Que somos civilizados, no sé si me entiendes… Los furgones antidisturbios pasan las horas en letargo, amenazantes como un felino que acecha a su presa sin apenas respirar, como un engendro más del feísmo urbano. Y de repente, en cualquier instante, explotan en movimiento furioso. Los maderos saltan a los vehículos y se ponen en marcha a toda velocidad, las sirenas ululando, brincando sobre el paseo que debe vaciarse precipitadamente para dejar paso a la autoridad. Los turistas miran preocupados. «Oh, my god! What happens?». Pero los locales, nativos o importados, ya ni miran. Saben que nothing happens, que es sólo la autoridad que da un paseo. Saben que los furgones darán la vuelta rutinaria a la manzana intoxicando las calles con sus sirenas para testificar que están en un barrio peligroso, en un barrio indigno, chusco, cutre, pero que lo tienen calado, que no se les escapa nada, que le tienen echado el ojo y que mucho cuidadín con ellos, que son la autoridad. Porque los maderos son los únicos en este barrio tan alternativo que aún no se han enterado que la diversidad es guay, que las putas y los yonkis y los manguis y los travelos y las colgadas molan que te cagas. Y así volverán como si tal cosa a estacionar los furgones en la Rambla del Raval, a vomitar maderos chulescos sobre la acera, embutidos en trajes de superhombres —diseñados con pericia para que parezcan más de lo que nunca serán—, con las manos agarrándose el cinturón, balanceándose sobre las puntas de las botas de acero, deseando morder. Pero tranquilos, guiris, nothing happens, es sólo la autoridad que aquí se manifiesta de esta manera y que en los barrios rubios se convierte en guardia montada sobre caballos azabache. Grácil. Preciosa. Amable. Cada pueblo tiene el gobierno que se merece y cada zoológico, guardianes acordes con el paisaje. A la chusma, más chusma.
Cuando la pasma ve aparecer el burka siente un escalofrío que le recorre la espina gremial. «Merda moros». Fernands y Gonçals, con sus nombres de Mossos d’Esquadra normalizados lingüísticamente, se miran de reojo. Han aumentado la velocidad del balanceo sobre la punta de los pies, lo que indica, sin duda, que están pensado. A sus mentes oprimidas por el casco apenas llega el oxígeno. Se lo han comentado varias veces a sus superiores, que les parece que piensan raro con el casco puesto, pero la respuesta es invariable: «Senyors, estem en temps de crisi. Tenim els uniformes que tenim i amb ells hem de servir a la societat». Y eso van a hacer: servir a la sociedad. ¿Y qué necesita la sociedad que hagan en este caso? Fernands y Gonçals otean el horizonte, intentado distinguir a la sociedad entre la chusma. Es difícil verla en este barrio: el que no es negro, lleva rastas; la que no es puta, fuma porros; los que parecen normales llevan tales pintas que ya no hay quién se aclare.
–És que aquí no se salva ni déu, Fernands.
Pero Fernands ya se ha puesto en marcha.
–Anem, anem, anem! —grita a sus compañeros.
Fernands ha encontrado, entre el marasmo, a la sociedad. «Allà, mireu!», grita a sus compañeros. Y todos se ponen en marcha, agarrándose las porras mientras corren a salvar a la sociedad que asoma a la puerta del último baluarte de la catalanidad entre los tenderos de la Rambla del Raval. Todos han ido cayendo, todos han ido vendiendo sus locales a los pakistaníes, tan bien organizados que da miedo pensarlo. No queda nadie, sólo la iglesia evangélica donde van los gitanos y una papelería que abrió hace dos generaciones y que ha ido aguantando porque los putos pakis no saben ni leer, que si no, ni esas. La sociedad sale a la puerta alertada por los rostros de los transeúntes, por los modernos que rompen a llorar, por los niños que corren despavoridos, por los perros que ladran y aúllan, por las sirenas de la policía, por los gritos de las viejas que dejan caer las bolsas del pan para escapar más deprisa, por el súbito olor a desastre. Sale a la puerta y se encuentra rodeada por la autoridad. La sociedad se mira sorprendida, asustada al comprender que está en peligro. Los maderos miran a la sociedad de cerca para asegurarse de que no han errado el tiro. Él moreno y ella rubia, porque nuestra sociedad es diversa. Él gordo y ella delgada, porque nuestra sociedad es plural. Él castellano y ella catalana, porque nuestra sociedad es tolerante. Él con traje y ella con minifalda, porque nuestra sociedad es libre. Y entre ambos un niñito rubio agarrado a una bicicleta de madera, porque nuestra sociedad tiene futuro y además es ecológica. Todo encaja. Incluso cuando él se pone a dar las gracias y ella a gritar «Volem un barri digne!», todo sigue encajando: porque nuestra sociedad es democrática, todas las opiniones tienen su lugar, y además disfruta de libertad de expresión.
Fernands lanza una mirada cómplice a Gonçals. Missió reeixida.
–¿Pero qué ha sucedido? —pregunta él, al tiempo que da las gracias por haberles salvado de algo que aún no sabe qué es.
–Había un peligro inminente, caballero. Pero no se preocupe: estamos aquí para servirle.
–Perill? Quin perill? —responde ella—. El telenotícies no ha dit res d’un perill! No sé què pensar!
–És cert —reconoce Gonçals—. Ara mateix truco a la premsa. Perquè la nostra societat té dret a saber què pensar.
En su deambular, el burka pasa aún ante en Pepet, que consume sus días de eternidad sentado ante el Pontevedra, el lugar del que apenas se ha movido en las últimas décadas, el sitio donde antes tomaba quintos y ahora no toma nada porque, como el resto del barrio, el Pontevedra ha desaparecido. Pero él sigue fiel a su atalaya para entender el mundo. Y en la comprensión del mundo está, cuando lo ve. Un burka. De repente toda su vida pasa ante sus ojos como una película de videoclub. Los calzoncillos Calvin Klein de imitación, las cervezas en el frankfurt, las pajas delante del Canal Plus codificado, las cinco copas del Barça en aquel año glorioso, el cocido de l’Antonieta y Jesucristo. Todos pasan ante sus ojos y todos sonríen. Es el fin. De un momento a otro el burka lanzará un grito de guerra y explotará como explotan estas cosas en las películas americanas. Y por primera vez desde que murió, en Pepet entiende lo que es morir. Tic tac, tic tac. Es el fin del mundo.
Pero el fin del mundo no llega ni la cosa explota, sino que sigue su camino tan campante, ajeno, el burka, al colapso general.