PornoBurka
Capítulo 26
–¡Atenta, Judygarland, aquí vienen!
Pensamos en irnos a dormir cuando la sala se vació, pero nuestro infalible instinto de sabuesas nos dijo que aquí había algo más que investigar. Aquí está: Concepción (Conchita) sale de la sala Apolo hecha una fiera y unos zorros, pegándole gritos a Buenaonda, que no tarda en quedar atrás. Reaccionamos rápido y llamamos a Mercè, a pesar de las altas horas de la madrugada, para avisarla de que llegaremos más tarde aún, que estamos investigando el caso de la hija punki del ovejero, cosa que no es más que la pura verdad. ¡Ya nos gustaría tener algo que esconderle a Mercè!
Lo (Cookie) se adentra en el Raval y zigzaguea hacia la tienda Amor y sexo sexy que se anuncia como el sex-shop 24/7 más enrollado de Barcelona-la-mejor-tienda-del-mundo: local diáfano, puertas abiertas, música cool y una dependienta con tetas de plástico y ultrabronceada recibiendo a la clientela con una sonrisa de flúor. Concepción (Lo) camina decidida entre las estanterías y nosotras la seguimos de cerca, vigilándola, disimulando, escurriéndonos sin perder detalle de todo lo que toca, mira y consulta. ¿Qué busca? La dependienta hace sonar sus tacones por el pasillo encerado, aprovechando el movimiento para agitar su melena lisa.
–¿Te puedo ayudar? —le pregunta, solícita.
–Sí —contesta ella—. Quiero una polla. Quiero tener polla. ¿Tienes uno de esos cinturones?
–Sí, claro —contesta ella, encantada.
Bollera, clasifica. Lesbiana con necesidad de polla, lo cual es contradictorio, piensa. Según la guía de la buena vendedora de Amor y sexo sexy, las lesbianas compran menos que los gays pero se llevan cosas más caras. Y según la memo que mandaron hace unos días desde la central, la consigna de este mes es vender Ungaungas, de fabricación china, y Vibrapods, una polla conectada al iPod «que vibra al ritmo de la música que más te gusta».
–¡Qué graciosa! —contesta la dependienta buscando complicidad—. A mí también me encantan estos juegos. Ahora mismo te iba a ofrecer una que tenemos a súper buen precio y que está teniendo mucha, mucha aceptación entre las chicas.
Y de una estantería hace emerger el Ungaunga, un enorme pollón negro azabache con las venas en relieve y el capullo rojo. Lo (Concha) hace un gesto de repulsa: necesita algo muy, muy pequeño, que casi no se note.
La dependienta la mira confundida, las pestañas aleteando y la sonrisa congelada.
No recuerda exactamente qué significa que una lesbiana rechace el Ungaunga, ni recuerda qué debe hacer ahora. Sonreír, seguro.
-Quiero una polla de culo. ¿Entiendes?
A la dependienta se le ilumina de nuevo el rostro y se vuelve a poner en marcha. Su cabeza repasa el apartado culos del manual.
–¿Culo abierto o culo estrecho? —pregunta, diligente.
–Culo estrecho —concluye Lo.
¡Estupendo! Gira sobre sus tacones y se va dando saltitos al almacén. Este es el mejor momento de la venta, lo que más le gusta en el mundo: cuando descubre exactamente qué necesita la clientela y demostrar así que su trabajo es útil. Porque a ella le gusta hacer feliz a la gente, le gusta ayudar. Y cada vez que alguien sale de su tienda en dirección a un maravilloso orgasmo, su satisfacción es inmensa. Se siente realizada. Como mujer y como madre. Es feliz. Y con esa misma felicidad regresa del almacén con el más perverso de todos los instrumentos que allí se venden: un cinturón de raso con incrustaciones de perlitas que sustenta una polla diminuta de color rosa chicle.
Cookie (Lo) lanza una mirada horrorizada que la dependienta no sabe interpretar.
–Es monísimo, ¿verdad? —pregunta.
Conchita (Concepción) agarra el artilugio con la punta de los dedos, alejándolo como si fuese una mofeta, una serpiente de cascabel o una mala noticia.
–A tu chica le va a encantar. Es el último que me queda. A todas las tortilleras os vuelve locas, no sé por qué. Debe ser el color, ¿no?, que os hace reencontraros con la feminidad que también lleváis ahí dentro…
Ella, ello, la mira a los ojos, fíjamente, desde muy cerca. Las puntas de las narices a punto de rozarse, la rabia saliéndole a borbotones por las comisuras de los labios.
–Mira, gilipollas, yo no tengo chica. Yo le voy a meter la polla por el culo a mi novio o al primer tío que me deje como prueba de bio-igualdad subliminada en el capitalismo tardío. ¿Pillas?
La dependienta, paralizada, repasa mentalmente las veintisiete páginas con fotos artísticas en blanco y negro del manual de ventas patrocinado por una fábrica de lubricantes y, definitivamente, en ningún lugar está escrito que un vibrador y/o consolador pueda utilizarse para penetrar a un chico hetero. ¿Qué sentido tendría eso? Para penetrarse ya están los gays, ¿no? Si las chicas ahora nos ponemos a penetrar, ¿en qué nos convertimos? Seremos unos marimachos como otros cualquiera. Ya está, todo el planeta lleno de tíos, sólo tíos. ¡Las chicas nos extinguiremos definitivamente!
Y a medida que se imagina un mundo sin tacones, sin alisados japoneses y sin anticelulíticos, un movimiento sísmico se instala en su cuerpo y la va agrietando como a una muñeca de arcilla hasta partirla, literalmente, en dos mitades casi simétricas que se abren y caen al suelo, ¡puf, puf!, como un tronco bajo el hacha de un leñador.
Conchita (Lo) no se inmuta. Conoce estos procesos y sabe que son dolorosos, pero necesarios.
–Saldrás de ésta, hermana —se limita a decir mientras pasa por encima del ojo, la media boca, la teta, el medio ombligo, la pierna y el pie—. Saldrás de ésta, y lo harás renovada —dice como para sí misma, mientras se resigna a agarrar el artilugio rosa chicle por la cinta de raso y salir de la tienda.
Nos ponemos a llorar. De pie, con los hombros sacudidos de la emoción y la mirada agradecida al cielo. Lloramos de alegría e incredulidad, con una felicidad violenta que nos libera de años de dudas, y nuestro llanto se une a los aplausos de los querubines que surgen del cielo abierto sobre nuestra cabeza. El sol de madrugada entra a borbotones en la tienda, reflejándose en la hilera de consoladores metálicos, y la vida se renueva en nuestras venas. Los pájaros urbanos cantan como gorriones. Las flores crecen bajo las baldosas mugrientas. Las campanas de la máquina tragaperras de la vida se ponen en línea y un alud ensordecedor de miles de millones de monedas de oro se despliega a nuestros pies. ¡El gran premio de la vida nos ha tocado a nosotras! ¡Jaume Rovira y Judygarland, detectives por más señas, acabamos de alcanzar la mismísima Ciudad Esmeralda! ¡La recompensa a todos los años de pasar hambre, frío y miedo en las putas calles de la ciudad con la remota esperanza de que esto, esto que ahora tenemos ante nuestros ojos, fuese algo más que una idea apenas esbozada en algún título porno, posiblemente japonés! ¡Por fin hemos encontrado a la auténtica mujer barbuda, a la única, la incomparable hembra heterosexual reversible! ¡La mujer que sabrá penetrarnos sin dejar de ser una mujer y sin pedirnos que dejemos de ser un hombre poseído por una muchacha imaginaria!
Ahora sólo tenemos que follar con ella.
Cookie (Concepción) sube las escaleras de su casa de dos en dos, abre la puerta de un golpe, como un cowboy entrando en la cantina, se quita la ropa y se coloca el cinturón con la pollita en ristre. No es fácil: no entiende si hay que pasar la pierna o la mano, si se abrocha delante o detrás. («Mierda cinturón. ¿Cómo coño se usa esto?»). Después de un rato de forcejeo consigo misma se mira al espejo para comprobar el resultado. Tiene una cara espantosa, hay que reconocerlo. Es la coca y el trasnoche. Y el pelo sucio. Y la mala alimentación que le está dejando la piel de un color cetrino repugnante. Y para rematar el conjunto, sólo le faltaba «eso». Si al menos fuese de otro color. Pero no lo es, qué le vamos a hacer. No por eso dejará de usarla, está claro.
Buenaonda duerme hecho un revoltijo de sábanas y mantas y pelos y calcetines. Huele mal, ronca, está gris. No importa. Ha llegado la hora de la verdad. Y la verdad, a menudo, apesta.
–¡Buenaonda, despierta!
Debe repetirlo varias veces, tan profundos son el sueño y el cuelgue de su novio. Cookie (Concha) lo mira y debe hacer un esfuerzo para que el enfado, la ira, no se retire y deje paso una vez más a la ternura. Pobrecito, es que está muy enfermo. Su infancia, ¿sabes?, que fue muy dura porque su madre no le dio cariño.
O su padre no le entendía.
O su prima le miraba mal.
O en el colegio se reían de él.
O el tendero de la esquina le devolvía mal los cambios…
… y el pobre está traumatizado, disgustado con el mundo y lo paga conmigo. No puede evitarlo. Pero en realidad él me quiere mucho y cuando no me trata mal, me trata bien. Aunque me miente, vale, me explota, sí, me utiliza, claro, me engaña, desde luego, pero esa es su forma de querer.
–Quiero follar —replica Lo (Cookie).
A Buenaonda se le dibuja una sonrisa en la boca. Hace un hueco en la cama, aparta las sábanas y las mantas («vení acá, pibita mía») y le lanza una mirada que se torna de inmediato horrorizada.
–¿Qué es eso que llevas puesto, che? ¿Estás loca?
Concepción (Lo) sigue en pie, desnuda, con la polla rosa chicle, delante de la cama, inamovible en su decisión.
–Buenaonda, no te rías. Esto no es sólo una polla, esto es nuestro futuro. Es ahora o nunca. No quiero seguir viviendo en una mentira.
–¿Tú no quieres seguir viviendo en una mentira? —miente, a su vez, Buenaonda —. Te voy a contar cuándo empezó la mentira: el día que decidiste dejar de ser una mujer y quisiste que yo dejase de ser un hombre, boluda, y empezaste con toda esa historia de putos y lesbianas y maricas y bolleras, todos revueltos metidos dentro de ti. ¡Tú no quieres un hombre, Concha, tú quieres un milagro! Y yo, milagros no puedo hacer.
(Se cierra el telón. Por delante queda Lo, desnuda, con la polla destrempada aún atada a la cadera y el perfil inconfundible de Cuenca dibujándose en su espalda).