PornoBurka
Capítulo 35
Lahore vive en un piso sombrío de la calle Hospital, con los cristales de la galería del fondo pintados toscamente para preservar la intimidad de los que duermen en el pasillo y dos grandes balcones clausurados en la fachada que servían para fumar, colgar la ropa y tomarle el pulso al mundo desde las alturas. Hasta que sucedió lo del tiroteo. Una banda de nigerianos se lió a palos contra una banda de indios (cosa que no sorprendió a nadie), pero alguien sacó una pistola y disparó. Ese fue el límite porque el vecindario, acostumbrado a todo menos a eso, llamó a los Mossos d’Esquadra, que saltaron a sus camiones estacionados unos metros más allá, en la Rambla del Raval y, porras en ristre, desembarcaron en la calle Hospital, pidiendo cuentas a todo el mundo (de morenos para arriba, se entiende). Cuando sonó la primera sirena, tanto los nigerianos como los indios desaparecieron (excepción hecha de los más apaleados que yacían en el suelo como colillas). Los pakistaníes miraban la escena divertidos desde los balcones. Y no sabemos si fue por las risas, por las pintas o simplemente porque la vida es así, Gonçals miró a Fernands y ambos, seguidos por treinta agentes normalizados lingüísticamente, tiraron de una patada la puerta del edificio. Cuando llegaron en tropel al primer piso, se encontraron con los pakis mirando aún por el balcón, sin sospechar ni remotamente que aquello también pudiese ir con ellos.
Se los llevaron a todos.
Los pakistaníes trataron de explicar en un castellano trufado de inglés y con fuerte acento panyabi que India y Pakistán no son lo mismo, que hace muchos años sí, pero que llegó Gandhi y, con la independencia, Pakistán se volvió independiente de verdad, que el tema sería distinto si hablásemos de banglas, que se creen independientes aunque no lo son, pero indios y pakis son cosas totalmente distintas, digan lo que digan los primeros, que debido a numerosos conflictos identitario-geográficos es imposible que los pakis estén mezclados en una reyerta que incluya indios, a menos que sea para darles de tortazos y vengar así el robo de Cachemira, cosa que harían encantados, pero nunca mezclados con nigerianos, que siendo negros no son de fiar.
Las explicaciones no sirvieron de nada. Pasaron la noche en comisaría, aunque los soltaron al día siguiente pues todos tenían papeles en regla, mayoritariamente falsos. Sin embargo, los balcones quedaron permanentemente clausurados por orden del propietario, que no quiere más problemas con los moros de los que ya tiene por el simple hecho que su nombre indica.
El piso está habitado por un número tan incierto, variable y siempre tan elevado de hombres, que a pesar de la cantidad de metros disponibles en vacío, los choques en los pasillos son constantes, la cocina está continuamente abarrotada, el baño no da abasto y son necesarios turnos para utilizar las camas, cuando no compartirlas como es el caso de Lahore con su primo. Es a este naufragio en pleno asfalto donde viene a ahogar sus penas Buenaonda, acogido por la módica cantidad de diez euros la noche en un sofá que, de ser convertible en cama, saldría mucho más caro.
Al caer el sol, el salón hierve de actividad. Hombres que llegan y se sientan a tomar un té con leche, hombres que se levantan para ir a trabajar. Vendedores de latas que se cruzan con vendedores de butano que se sientan con vendedores de tomates que conversan con empleados de locutorio, vendedores de vida ellos más que nadie. Y hoy, además, está Buenaonda, rígido en mitad de la vorágine, tratando de no generar ningún conflicto intercultural, pidiendo disculpas a cada paso y sonriendo bobamente. A su alrededor se empieza a hacer un corrillo de curiosos que lo invitan a tomar asiento en el sofá con ellos, mientras el resto dormita ante el televisor y Lahore trata de encontrar un lugar entre los unos y los otros, deseoso de perderse en el número musical que se desarrolla en la pantalla, pero sintiéndose responsable de acompañar en su llegada a ese inquilino accidental y perfectamente atípico que dormirá aquí un par de noches, os juro que sólo un par.
–Qué bonita es Barcelona, ¿verdad? —intenta iniciar la conversación Buenaonda —. Tan diversa, tan acogedora…
Los demás lo miran con sorna e intercambian comentarios divertidos en panyabi. El presunto argentino sonríe, tratando de identificar a algún potencial traductor que salve el vacío lingüístico. Soheib y Suhail, jóvenes aunque sobradamente preparados y primos extensos de Lahore, le devuelven la sonrisa y se hacen un hueco en el sofá junto a él, conscientes de la dificultad y deseosos de conversar.
–¿Eres argentino? —le pregunta uno de ellos.
–Sí, sí, argentino —contesta Buenaonda, solícito.
–No pareces argentino —responde Sohaib.
–No tienes acento —insiste Suhail.
Buenaonda sube la guardia. No esperaba que esta panda de butaneros conociese tan bien los recovecos dialectales del castellano.
–Llevo muchos años en Barcelona, che. El acento se va perdiendo, viste.
Sohaib y Suhail se miran un instante.
–Tampoco bebes mate.
–Y duermes en un piso patera. ¿Qué tipo de argentino eres?
–Bueno —contesta, confundido y desarmado—, en realidad me llamo Roberto y soy un poco de Cuenca. Me hice argentino al llegar a Barcelona como parte de mi ascenso social.
Sohaib y Suhail, que se hacen pasar por ingleses para ligar más, entienden perfectamente la situación y se la explican al grupo. La palabra Cuenca va rebotando como una pelota por el pasillo, repetida aquí y allá entre risas y miradas curiosas.
La conversación se va animando. Unos en castellano, otros en inglés, algunos más apoyándose en las traducciones de los múltiples iPhone que circulan por la sala. Que si Barcelona, que si Pakistán, que si el trabajo, el butano, el racismo, las mujeres… Avanzan las horas y entre risas los cuerpos se relajan, las espaldas van cayendo contra los respaldos de los asientos, las piernas se van cruzando, los pies van soltando las chanclas aquí y allá.
–¿Y este cuadro de la pared? —dice, señalando un holograma parecido al de la tienda de Lahore.
–Críquet y Allah —contesta Suhail, alzando el índice al cielo, la mirada turbada.
Un grandullón se recuesta en un sillón destripado y se adueña del mando a distancia. Moreno y guapo, con un pelo digno de anuncio y unos ojos brillantes de mafioso de baja intensidad, parece tener algún tipo de poder en el grupo. Un poder que no le permite, sin embargo, calzar mejores chanclas ni estar menos cansado que los demás.
–Críquet y Allah… ¡Qué bonito! Así que vosotros sois musulmanes…
–Sí, sí —replican varias voces—. Musulmanes. Conoces al Profeta Muhammad salalahu alayhi wasal·lam?
Y ésta es la pregunta que da la estocada a Buenaonda, que se siente naufragar en sus propias contradicciones dentro del mar revuelto de este piso roñoso, entremezclado con los últimos parias, enfrentado al fracaso mismo y atrapado entre un deseo sincero de agradar y una necesidad también sincera de vengar su mala suerte.
–Tiene que ser bonito eso de ser musulmán. Yo mismo me lo he planteado varias veces. La espiritualidad, el sacrificio, las especias, el cuscús… Una vez vi una película sobre un tipo en el desierto y me gustó mucho.
La conversación gana adeptos. Cada uno va explicando anécdotas exaltadas sobre su propia vida en el islam, a medio camino entre las ansias de reconocimiento y un proselitismo que Buenaonda recoge y aviva hasta llevar al grupo a una euforia mística que ahoga las imágenes decididamente carnales que exhala el televisor.
–Qué bien se encuentra uno entre hermanos, la verdad. Esto es otra cosa —sonríe Buenaonda—. Cuando supe que mi ex-novia quería participar en la cosa esa, entendí que aquel no era mi lugar.
–¿Qué cosa? —pregunta Suhail.
La mirada torpe de Buenaonda centellea con los brillos de la conspiración.
–El PornoBurka —afirma como en un susurro.
En la sala se hace el silencio de manera abrupta. Incluso el dvd parece haberse encallado para respetar el vacío. Las miradas se entrecruzan nerviosas y los hombres empiezan a preguntar. Quién, cómo, dónde y, sobre todo, por qué, para qué. La conversación se agita, primero reclamando explicaciones al de Cuenca, pronto de una manera independiente a todo origen y de todo sentido: sexo, burkas, coranes, islam, arte. Los hombres se lanzan a debatir, entre gritos, sobre tomates, contratos, permisos de trabajo, horarios abusivos, identidad, mujeres, reagrupaciones familiares, multas de tráfico, tabaco, porros, vino, religión, ortodoxia y Bin Laden, todo mezclado en una misma discusión cuyo centro (lejano) es el PornoBurka.
Buenaonda, feliz del tono que está tomando su venganza, aparenta desolación y finge calmar los ánimos. («Perdonad / No quería molestaros / Hay que ser tolerante / Debemos aprender a convivir»).
–Lahore, por favor, explícales que en realidad ©Jor-dee no es malo.
–¿Lahore? ¿Quién es Lahore? Buenaonda mira a Lahore, desconcertado.
–¿Pero tú no te llamas Lahore?
Lahore se incorpora en su asiento, centro repentino de atención. No, apenas le conoce. Sí, bastante raro. No, no es policía. Sí, él y sus amigos lo llaman Lahore. Sí, alguno es cliente de la tienda. No, no le piden dinero. No quieren nada. Sólo vienen y comen plátanos. No son mafia, son maricas, más bien.
–¡¿Maricas?!
El revuelo en la sala es descomunal. Los hombres se ponen de pie y empiezan a gritarse unos a otros, haciendo gestos grandes, señalando a Lahore y al cielo, llevándose las manos a la cabeza, cogiéndose el paquete, haciendo gestos que simulan felaciones, penetraciones anales y pregarias en dirección a la Meca.
Soheib traduce frases sueltas a Buenaonda.
–Esto no puede ser; nuestro primo Hafiz en Londres; después de ésta, vienen otras; hay que pararlo desde ahora; dios es grande; acabaremos todos maricas; esto es una plaga; hemos venido a trabajar; qué dirán nuestras familias; ¿tienes un cigarro?; hay que proteger nuestra cultura.
El debate creciente sube la temperatura del salón y enrojece los rostros. Un viejo con barba blanca y uñas largas intenta poner paz y separar aquellos cuyas narices ya se están rozando. Varios gritos, puñetazos en la mesa, insultos, amenazas y juramentos después el grupo se divide. Algunos se retiran, encerrándose en las habitaciones y dando portazos que estremecen el piso entero. Los restantes vuelven al sofá con la respiración entrecortada. Lahore queda suspendido en un punto intermedio, deseando con todas sus fuerzas salir de allí, meterse en la cama y dormir de verdad, descansar, dejar todas estas angustias atrás. Pero no puede hacerlo porque está bajo sospecha desde que no acude tanto como debiera al oratorio. Sabe que es el momento de demostrar si es o no es, así que mientras su alma se acuesta en la cama compartida, su cuerpo no tiene más remedio que seguir allí.
Toman aire, sorben un poco de té, se secan el sudor de la frente con la manga.
–Bien —dice por fin el grandullón con pelo de anuncio—. ¿Qué vamos a hacer para pararlo?