PornoBurka
Capítulo 17
Lo se está agobiando. Su bar preferido, su refugio en el mundo, su centro del universo, se ha llenado de imbéciles. Y los centros de mundo de Lo, ya se sabe, no acostumbran a ser grandes superficies, de esas que podrían dejar espacio para una escapada dentro de la huida misma. Un grupo de imbéciles en un local tan pequeño son una presencia ineludible. Se ven, se oyen, se huelen, se sienten. ¿Cómo es posible que Lo haya escogido como refugio un lugar susceptible de ser habitado por imbéciles? ¿Cómo le ha podido pasar a ella?
Pues le sucedió así:
«Estamos adentrándonos en la auténtica guarida del lobo, en las calles más siniestras y peligrosas del barrio del Raval». La reportera lanza una mirada indignada y cómplice a la cámara. El chaleco antibalas le oprime el pecho. No es que sus implantes sean muy grandes, en absoluto. Se ha puesto justo dos pequeñas bolsitas bajo los músculos para mantener los pechos erguidos en contra de cualquier lógica gravitatoria, pues la reportera no está dispuesta a envejecer un ápice ahora que, por fin, ha logrado su sueño de salir en la tele. Además, está pasando frío. ¿Cómo debe vestirse una cuando lleva un chaleco antibalas? Al saber que tenía que bajar a hacer un reportaje al Raval buscó atuendo en Google y descubrió que el tema había sido resuelto con creatividad y elegancia por las nuevas hornadas de periodistas-pivones. Gracias a ellas, la guerra ya no es lo que era y ahora se puede cubrir un bombardeo aliado, por ejemplo, y estar divina de la muerte (valga la redundancia). De la misma manera, se pueden cubrir los barrios más siniestros de Barcelona, La Mejor Tienda del Mundo, combinando seguridad y diseño. La reportera más naturalmente rubia de la televisión española luce para la ocasión un chaleco antibalas a juego con un pantaloncito corto que deja al descubierto sus fantásticas piernas (con unos pequeñitos implantes de silicona en los gemelos para perfilar la forma). Está pasando frío, sí, pero el periodismo, ya se sabe, es una profesión de riesgo.
«Fijaos en esto», dice parándose ante unos contenedores de basura. «Los vecinos del Raval, por muy pobres que sean, se pueden permitir el lujo de tirar la comida». E, intrépida, abre un contenedor, mete medio cuerpo dentro y emerge con una lechuga podrida en sus manos, que muestra a cámara con expresión circunspecta. «¿De dónde saca la gente del Raval dinero para estas lechugas que luego acaba tirando? Hemos preguntado directamente a los vecinos». La reportera da un giro repentino sobre sus talones y apunta con el micrófono a una de las numerosas personas que hacen corrillo a su alrededor. «Por ejemplo… ¿Usted trabaja?». El vecino da un paso atrás, temeroso. «¿Yo?», responde.
«Es que yo… Yo hace muchos años… Yo soy alcohólico, ¿sabe, señorita?». La reportera regresa al primer plano afirmando con la cabeza, los labios en un rictus de desaprobación. Camina lentamente mientras entona un discurso largamente preparado. «En un barrio donde el cien por cien de la población encuestada reconoce tener problemas de alcoholismo y estar sin trabajo, ¿cómo es posible que se vean aparcados coches como éste?». La cámara realiza un pequeño giro para dejar en primer plano un cochazo descapotable, deportivo y aerodinámico, con tapicería blanca, alerones laterales y tapacubos dorados. «Pero esto no es todo: el Raval no sólo es la guarida de alcohólicos y drogadictos, narcotraficantes, mafiosos y terroristas internacionales, sino que además es uno de los lugares con tasas de perversión y homosexualidad más altas del mundo».
Éste fue el momento del desastre. Porque la reportera acabó la frase justo poniendo un pie en la entrada del bar preferido de Lo, el lugar donde se escapa cuando necesita aire, risas y amistades instantáneas. Y en el mismo segundo en que el pie pedicurado de la reportera más naturalmente rubia de la televisión española se asomó a este local, millones de manos en toda España pusieron una X sobre el mismo en el mapa de sus futuras vacaciones. Y tras la primera remesa de turistas nacionales, los blogs de opinadores de mesa camilla empezaron a contar las escenas horripilantes que habían visto en este lugar. Y su fama se fue extendiendo por el universo virtual. Y las historias empezaron a traducirse y transfigurarse. Y en menos de un mes toda Europa parecía compinchada para venir a pasar un fin de semana de auténtica perversión, precisamente, al diminuto rincón donde Lo podía respirar.
Así están: Lo, sentada en una esquina de la barra, del lado clienta, encaramada a un banquillo como un estilita sobre una columna, agarrada a una cerveza como si fuese un paraguas en mitad de la tormenta, tratando de no advertir las miradas que la acechan, queriendo cerrar los oídos y hacerlas desaparecer. Al otro lado de la barra, del lado trabajadora, tres camareras de ese género inclusivo que Pack no reconoce se esconden a la inversa, sobreexponiéndose: gritos, insultos, descaro, levantamiento de camiseta y enseñe de pezón, sacada de lengua, cogida de huevos a lo Michael Jackson, golpe de pelo, golpe de pestaña, giro en el aire. Y al fondo, amontonados en los taburetes bajos de estilo oriental-chic, observados de cerca por la prodigiosa colección de fotos de Sara Montiel que llena cada centímetro de este local, está la normalidad.
Los normales son jóvenes y sanas, tienen cabellos brillantes (ellas), músculos perfilados (ellos), faldas cortas (ellas), camisas bien planchadas (ellos), zapatos altos (ellas), zapatos brillantes (ellos). Ellas necesitan admiración y ellos necesitan follar: a eso se reduce todo. Los normales salen por la noche para realizar el ciclo del apareamiento, cuyo clímax se alcanza en un hotel o en el coche (los y las normales viven en casa de sus normalísimos progenitores hasta que pasan a vivir con su pareja, normalmente del sexo contrario). Esto sucederá al final de la primera noche si la normal ha bebido lo suficiente y el normal no ha bebido demasiado.
El ritual de apareamiento puede ser detectado a partir de una serie de signos inequívocos. Al principio de la noche, los y las normales se agrupan según las formas genitales. Aquellos que tienen un pene físico y visible forman un grupo, normalmente alrededor de la barra, pues apoyarse en la misma con el codo les da un aire de indolencia que les ayuda a disimular inseguridades. Aquellas con vagina física y penetrable se agrupan en el centro del local, formando un corro distribuido de manera jerárquica: la más mona y, por lo tanto, más apreciada para la copulación se sitúa en el centro y va siendo rodeada en orden proporcional al precio de mercado, de manera que los elementos exteriores siempre son las hembras de más baja calidad: gordas, bizcas, cojas y, en un símil hortícola, «maduras». Toda esta arquitectura responde a una estrategia que incrementa las posibilidades de relación de estas hembras desecho, cosa que nunca sucede en el viaje de ida hacia el centro, sino en el de vuelta. A medida que el macho va siendo rechazado, rebaja sus expectativas y es aquí donde las hembras de calidad inferior tienen su oportunidad de cópula. Los ataques acostumbran a ser lanzados por los normales macho. Sin embargo, las denominadas «muy putas» («fáciles», «guarras», «muertas de hambre» o «ninfómanas» según el contexto) también pueden lanzar ataques. Eso, sin duda, aumenta sus posibilidades de éxito, si bien hace descender su precio de mercado por la ley de la oferta y la demanda.
Cuando un macho y una hembra normales deciden (de manera recíproca o no) lanzar un ataque, es imprescindible que escojan un tema de conversación. Y en una noche como ésta en que la normalidad ha decidido revolcarse en el lodo, el tema no podría ser otro que la perversión. Por supuesto, la ajena. Así, entre sorbos de combinado con pajita (ellas) y cubatas (ellos) o cervezas en botella (ellos) y chupitos muy alcohólicos en colores divertidos (ellas), los y las normales van lanzado gritos alborozados cada vez que un o una marica de l@s habituales del local mueve una pluma.
–¡Mira qué fuerte! ¡¿Has visto lo que hacen?!
Y cualquier gesto (pedir una cerveza, balancearse un poco al ritmo de la música, reír o ir al baño) se convierte en un acto de perversión a ojos de la jauría de normales a la caza de emociones fuertes.
Sólo hay una raza capaz de sobrevivir en semejante ambiente: los camellos, el único grupo étnico realmente democrático pues, por pura lógica mercantil, son capaces de entablar conversación con cualquiera. Eso explica que entre la normalidad se encuentre, como si nada, un amigo de Lo, bromeando con los normales y ligándose a las normales con su irresistible magnetismo de buscavidas. Rachid está bueno, para qué engañarnos. Es un guapo oficial, uno al que puedes desear sin que nadie se ofenda, aún teniendo en cuenta que es moro y eso no siempre está bien visto. Llevan años tonteando, a pesar de las idas y venidas identitarias de Lo. Ya se conocían en los tiempos en que la entonces Cookie se llevaba cada noche una pieza diferente a casa para colgar su cabeza en la pared, hasta que las tuvo de todas las edades y colores, de todas las formas, gustos y tamaños. Algunas amigas normales de aquella Cookie en transformación, escandalizadas ante tanta actividad, diagnosticaron que sufría un exceso de hormonas masculinas, como si el sexo fuese consecuencia de la testosterona. Cookie follaba a destajo porque le salía del coño, porque le gustaba el sexo, porque experimentaba con él, porque le divertían los retos, porque disfrutaba con la conquista, con el tonteo, con la aproximación, porque la hacía sentirse viva, porque era divertido, sano, agradable, estimulante. Pero no se contentaba con tontear. Cookie calentaba pollas y se las comía calentitas en cualquier lugar: en los lavabos, en los pasillos, en los trasteros, pero de preferencia en su casa, donde todo era sabido. Un lugar seguro donde abandonarse. Y en su casa Cookie follaba constantemente porque follar era el único instante de su vida en el que olvidaba preguntarse quién era y alcanzaba la seguridad de que era aquello, lo que fuese, pero en cualquier caso aquel cuerpo que sentía, sin necesidad de llamarlo, de nombrarlo. Dejar de pensar, dejar de dudar. La nada, ese vacío tan lleno que su mente obsesiva no lograba crear pensando. Ser. Sentirse ser. Eso era el sexo. Ser cuerpo, intensamente. Y por eso, repleta a rebosar de hormonas femeninas, follaba a destajo.
Luego llegó el amor y con él, la política. Y se jodió el sexo. Su único refugio se fue al carajo y empezó a formar parte de todo lo demás, empezó a necesitar de razones, de explicaciones. La política mató su única forma posible de existencia.
Y se perdió.
Aún así, hay ocasiones en que la vida, irreductible, lucha por hacerse un sitio entre la desolación. Y ahora mismo la vida se llama Rachid y está sentada al fondo del bar, mirando a Lo con una sonrisa abierta, grande, con la piel brillante y los músculos deseando escapar de la camisa. Y la vida nota que Lo también la mira, así que no pierde más tiempo y se acerca a ella, y ella se deja acercar, y le pregunta, y ella le contesta, y sonríen, y se miran a los ojos, y se entienden, y se hacen un gesto, y se afirman, y se siguen hasta el lavabo, y entran y cierran la puerta.
En el espacio reducido cabe justo lo imprescindible: las bocas, la polla y el coño. El resto del cuerpo apenas está, aunque tiembla y suda, aunque se eriza y sacude. Las bocas se comen con hambre, las lenguas se lamen los labios, las caras, las orejas y los cuellos, las manos buscan los pezones que emergen bajo la camiseta y los cuerpos se estrujan fundiéndose, traspasando la ropa, con urgencia. No hay tiempo, no debe haber tiempo. Lo se baja las bragas y se da la vuelta apoyada en el lavabo, viendo en un espejo lleno de mierda cómo él la agarra por la cintura, apunta a su sexo con la polla erecta y le clava una embestida que la inserta hasta el fondo y le corta la respiración. La vagina se abre de golpe, exultante, se llena de jugos que reciben el falo y lo celebran. Lo se doblega, hunde la cara en el lavabo y deja su culo y su coño a merced de los golpes, las manos de él hundidas en su cadera, montándola con ímpetu, comiéndole el cuello, llamándola zorra entre gemidos hasta que le escupe el semen sobre las nalgas. Lo se gira frenética y se mete la polla en la boca. Semen, que no se escape el semen, que no se pierda, que le llene la boca, que la hunda hasta el cuello allí puesta de rodillas en un lavabo oscuro. Lo relame una polla que huele a ella, relame sus jugos mezclados con semen en un pene bonito encontrado de urgencia y que, durante unos instantes, es lo único real que existe en el mundo. La única cosa que importa hasta que los estertores se calman y ambos vuelven a la realidad. Ella no se ha corrido. Ella nunca se corre en estas ocasiones de lavabo. Pero le da igual. No es sexo para correrse, es sexo para ser.
Pack llega tarde y Lo necesita aire. Por eso está en la calle, huyendo de la normalidad que acecha hasta los últimos rincones, cuando, de pronto, sucede.