PornoBurka
Capítulo 15
–Qué pena do barrio. Aquí só quedan maricas.
El Jacinto recoge los pies debajo de la silla para evitar que Pack y sus amigos le pisen los juanetes, ensimismados como van.
–¡Métete en un bar, cojones! —le grita Pack—. ¿Qué haces sentado en mitad de la acera? ¿Te piensas que esto es Andalucía?
Un bar, piensa el Jacinto. Pues ya le gustaría a él sentarse en un bar, tranquilamente, a tomarse un carajillo y pensar la quiniela como hacía antes, a comerse alguna vez un lacón con grelos, incluso con la Remedios, que alguna vez la sacaría de casa si tuviese a donde ir. Pero es que ni bares quedan.
Al Jacinto sólo le queda esta silla que el chaval le presta para que se siente un rato en la calle, de tanta pena que le daba verlo siempre ahí de pie, apoyado en el umbral de la puerta, sin entrar ni salir, sin hacer nada, sólo mirando y secándose las lágrimas con una servilleta de papel.
–Hai que ver os golpes que che dá a vida —reflexiona mientras se mira los callos de las manos—. Quen me iba dicir…
El Jacinto clava los ojos turbios en el que fue su balcón durante tantos años y donde ahora una rubia con un tercer ojo pintado entre las cejas realiza diligente su tabla de yoga. En los edificios colindantes, los vecinos esperan entusiasmados la postura de la langosta que deja el culo de la rubia en pompa, en la escena más sexual (si descontamos internet) que han presenciado la mayoría en muchos años. El sol poniente se refleja en la fachada del edificio asemejándolos, al piso y a la rubia, a una falla valenciana en plena ignición.
–A quen se lle habrá ocorrido pintar o noso edificio de rosa? Fucsia. El día que aparecieron los cubos de pintura y los operarios se dispusieron a cubrir la fachada con aquel horror, la Remedios tuvo una idea brillante: defender contundente que aquel color no era rosa, sino fucsia.
No funcionó.
En cuanto el Jacinto lo vio, su suerte estuvo echada. Había aguantado todo. Para lograr que se fuesen de la zona y realquilar los pisos a precio de palacio, el propietario de medio barrio lo había intentado todo: poner ascensor con unos gastos de obra y de escalera desproporcionados; cortarles los cables de la luz o romper las cañerías del agua; prometer reformas en los pisos, tirar paredes o reventar techos y paralizar la obra a medias, dejando a la gente vivir en medio de la ruina; pagar a cuatro yonkis del barrio para que entrasen por las noches en la escalera a pegar gritos; meter grupos enteros de moros viviendo en condiciones infrahumanas, pero que como son moros les deberían parecer estupendas aunque daban por saco al resto del vecindario; robar los recibos de los buzones para que quedasen sin pagar y las compañías viniesen a cortar los suministros… Todo lo aguantó el Jacinto. Pero no aguantaría vivir en un edificio pintado de rosa.
Desde aquel día no ha podido apartar esa pared de sus pesadilla. Y vuelve a recrear su drama tan a menudo como puede escaparse de la Remedios, para hacer esas «cosas de hombres» que a su edad son sentarse en la acera a mirar lo que fue tu vida y ya no es.
–Te tendrías que haber acostumbrado, hombre, después de todos estos años —le dice su compadre Pepet, mientras lo saluda estrechándole la mano.
Para él es fácil decirlo, claro. Como es gitano, en Pepet se adapta a cualquier cosa. Y al llevar diez años muerto, no han podido echarlo del barrio ni con pintura rosa. Normal.
En Pepet se sienta en una silla a su lado, las cadenas de oro reluciendo en el pecho, la barriga saliéndose por debajo de la camisa, rebosante sobre el cinturón. Hay que ver cómo se está engordando en Pepet, piensa el Jacinto. Pero no le dice nada, para qué. Supone que el gitano ya no tiene problemas de colesterol, que ésa también es una ventaja de estar muerto.
–Quién nos iba a decir, Pepet, que acabaríamos así. Tú, muerto, y yo, de camino, sentados en la acera delante del Pontevedra, que ya ni Pontevedra es, y mirando nuestra casa pintada de rosa como si fuese una casa de citas de maricones.
–Pues ya ves, la vida —contesta en Pepet mientras se enciende un cigarro—. Yo me alegro de haberme muerto antes de la ley del tabaco, mira lo que te digo. Que sería bien triste no poder ni acabar mi vida fumándome una faria dentro de un bar, como un hombre con dos cojones.
Una de las cosas que le agradece el Jacinto a la muerte es que le haya enseñado español a en Pepet. En su puta vida el muy cabrón habló una sola palabra que no fuese catalán. ¡Ni una! Decía que no sabía, que los gitanos de la calle de la Cera no saben hablar español. ¡Manda cojones! ¡Pero si los gitanos toda la vida que han sido andaluces! Y él venga a discutirle que no, que ellos eran gitanos catalanes. Primero gitanos, luego catalanes y luego su puta madre, que de todo tenía que aguantar el pobre Jacinto con tal de conservar la clientela del Pontevedra. Pero, oye, con los años en Pepet resultó no tener muchos más defectos que esos dos: ser gitano y catalán. Y como el Jacinto los supo desde el principio, pues se acostumbró a él y acabó siendo algo parecido a un amigo. El uno hablando en catalán, el otro, para joder, respondiendo en gallego. Tuvo que llegar la muerte para hacerles encontrar un idioma común con el que no se entienden ni mejor ni peor que antes, sino diferente.
–Yo en el Pontevedra no hubiese prohibido fumar —afirma el Jacinto—. Ni con ley ni sin ella, un bar sin tabaco no es un bar. Y mira que yo no fumo, ¿eh?, que tú bien lo sabes. Pero un bar sin tabaco o sin televisor… ¡Ya me dirás!
Ambos guardan silencio, reflexionando sobre esta idea.
–¿Cuánto hace que traspasaste el Pontevedra, Jacinto?
El gallego entorna los ojos.
–Pues justo después de lo de la pintura, al poco de estar en el Arco de Triunfo. Al principio aún venía cada día. ¿Recuerdas? Y al principio de haberlo traspasado también, hasta que le enseñé a la dominicana a hacer el lacón con grelos como dios manda.
Y ambos rompen en carcajadas.
–Ay, la dominicana, la dominicana… Qué buenos tiempos aquellos, ¿verdad?
–Mira que si se hubiese enterado el novio de la dominicana…
–¡Uy, la mala sombra que tenía el novio! Pakistaní, sin ir más lejos.
–¡Menuda mezcla que hacían!
–¿Y la Remedios? Mira que de haberse enterado la Remedios… Y ambos vuelven a reír.
–Qué buenos tiempos aquellos…
–La pena fue cuando se casaron —le dice en Pepet, con la risa aún en los labios.
–Una pena, tienes razón. Aquella era mucha mujer para el moro. ¿No te acuerdas cómo él se ponía loco cuando venía al Pontevedra y la veía detrás de la barra toda escotada? ¡Le metía unas hostias que para qué! Y no te digo yo, que bien se las merecía la moza, seamos sinceros. Porque cornudo era un rato largo, el moro.
–Qué buenos tiempos aquellos…
–Lo peor fue que dejaron el Pontevedra —sigue el Jacinto ya con la sonrisa triste —. Se casaron, llegaron los críos, el moro tenía que atender la carnicería y el Pontevedra ya no les venía bien. Eso sí fue una pena.
–Pues sí —contesta en Pepet también enternecido—. Se acabó el lacón con grelos en el Barrio Chino.
Pues sí, se acabó. Se acabó el lacón con grelos, se acabó el Barrio Chino, desapareció la niña y se perdieron las enes. Todo a la vez. Y entonces en Pepet se murió y empezó a hablar español. El fin del mundo.
El Jacinto saca una servilleta del Pontevedra y se enjuaga los ojos, bañados en lágrimas. Se la ofrecería a su amigo, pero ya sabe que los muertos no lloran. A veces el chaval de dentro sale un rato a llorar con él. No sabe muy bien por qué llora el chaval, pero le agradece el detalle y la compañía.
Se da media vuelta en la silla y mira hacia el interior oscuro de la frutería que un día fue su Pontevedra. Debajo de un cuadro holográfico con el equipo de críquet de Pakistán, Lahore recoge la tristeza del viejo y le ofrece una sonrisa brillante.
Es así como está el pobre Jacinto, intentando reconfortar sus lágrimas en esa sonrisa, cuando, de pronto, sucede.