PornoBurka

Brigitte Vasallo · Capítulo 7 de 43

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Capítulo 6

 

A tan sólo dos kilómetros de allí, un hombre triste suspira mientras observa el mapa que acaba de dibujar, con trazos temblorosos, sobre una servilleta de su bar, el Pontevedra. El flexo no le hace favor alguno a este tipo de papel que, privado de luz natural, tiende al gris y aumenta en transparencia. En su piso no entra esa luz: es lo que tienen de malo las porterías. Pero también son menos frías en invierno. Y más seguras, pues ni los cacos ni las ratas tienen ventanas por las que colarse.

El Jacinto dobla cuidadosamente la servilleta y la mete en el bolsillo de su camisa con el orgullo del que se cuelga una medalla. Cada mapa es, en verdad, un triunfo doméstico, un ajuste de cuentas con esa parienta tan pesada que tiene y que trató de tirar las servilletas sobrantes del Pontevedra. Tirarlas. Sus servilletas, la cosa más suya de todas las cosas que tiene en el mundo, el hilo conductor de su existencia en los últimos treinta años, su primer pensamiento de cada mañana, el único lujo de verdad que se ha dado en la vida, el único derroche: las servilletas impresas con el escudo de Pontevedra, especialmente diseñadas para su bar.

«Que xa non serven de nada» le había dicho la Remedios. Pero el Jacinto supo encontrarle la utilidad perfecta: los mapas. Las servilletas habían venido a apoyar la segunda obsesión de la vida actual del Jacinto: su cartografía del nuevo mundo.

La parienta está sentada en la silla de la entrada, con el bolso sobre las rodillas y la cara de fastidio que no se ha quitado en los diez años que llevan viviendo en este barrio. Se mira las puntas de los zapatos mientras comenta su malestar con la Virgen de Guadalupe de yeso que preside el piso y cuyos rayos celestiales, metálicos, ayudan a sintonizar a Luis del Olmo desde este zulo en el que viven.

El Jacinto se pone la chaqueta de paño y pasa ante ellas, fingiendo indiferencia.

–Ímonos! —afirma rotundo. Y, efectivamente, se van.

La primera etapa de esta infinita carrera de obstáculos (tres kilómetros) es la más sencilla: consiste en dejar atrás el hábitat protector del piso y cruzar la portería majestuosa hasta alcanzar la puerta de madera inscrita en el portalón. Al ser un tramo sencillo, es el preferido de la Remedios para hacer los reproches («non te puxeches a gorra» o «abrigácheste demasiado», «non apagaches o gas» o «non tiraches a basura», «que ganas de saír co día tan malo que fai» o «non sei que faciamos na casa con este día tan bonito») que el Jacinto acepta cabizbajo a cambio de decir, una vez alcanzado el portalón, su frase preferida.

–Muller, cala que non me deixas pensar.

E, inexplicablemente, ella se calla.

El Jacinto tira de la manilla y oye chirriar la puerta como siempre, como cada vez. «Hai que engraxala» piensa pero olvida, también como cada vez, en cuanto la luz brillante del invierno urbano ilumina la portería.

Un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.

En la vida del Jacinto no quedan pasos pequeños: los perdió la mañana fatídica en que recorrió los tres kilómetros que separan este mundo inhóspito de aquello que fue su barrio. Levanta el pie derecho para salvar el umbral y se lanza, indefenso, al mundo.

Daño colateral de una guerra que no es suya, el Jacinto camina deprisa con el cuello hundido en los hombros tensos, los puños crispados y la cara dolorida. Camina como quien corre bajo el fuego enemigo, bajo los insultos de la turba enfurecida. Ha aprendido a orientarse mirando sólo la acera, guiándose por los baches, por las muescas en los adoquines, por los chicles pegados en los pasos de cebra, todos accidentes geográficos de un barrio que empieza en el mismísimo infierno y acaba a la altura de sus rodillas. Oye los sonidos de las tragaperras del bar que se traspasó hace años y que ahora sirve arroz tres delicias, pasa por delante de la puerta de la que fue la bodega y que ahora es un «todo a cien», sigue por la peluquería que ahora tiene los precios en chino y donde también se hacen masajes, y dobla la esquina por lo que había sido un cine y ahora vende bragas con lentejuelas. No necesita alzar la vista para saber que todo esto es así, ni para entender que esto no hay dios que lo pare.

El drama que lo rodea y que le está comiendo la vida no son las tiendas, sino su lectura, la verdad profunda que esconden, aunque reflejan sin complejo alguno, en sus carteles. Por eso el Jacinto no mira. Sabe que los rótulos seguirán existiendo aunque él se niegue a mirarlos. Pero es cierto que evitándolos también evita las subidas de tensión y de azúcar, los disgustos y esa llorera tan rara que le da cuando se mete en la cama, que parece que de viejo se haya vuelto maricón.

El recorrido que hacen hoy no es el habitual. No van al banco a retirar la paga, ni al ambulatorio a buscar recetas; no van a la farmacia a mirarse la tensión, ni a la iglesia por la misa del domingo; ni siquiera van a dar esos paseos misteriosos que permiten al Jacinto hacer «cosas de hombres» y a la Remedios hacer «cosas de mujeres». No. Hoy van a gastarse un buen pellizco de los ahorros en encontrar a la niña. Y eso sucederá, según les han dicho, en un lugar de la Diagonal. Es por ese inusual desvío que el Jacinto para ante una encrucijada y duda.

–Imos preguntar alguén —propone la Remedios.

Preguntar. ¿A quién quiere preguntar, si ya no les queda idioma común con nadie? El Jacinto mira a su alrededor y sólo ve chinos y chinas, no hay nadie más. El barrio ha sido tomado, invadido, y sólo quedan ellos, como Astérix, resistiendo desde su diminuta portería, triste último reducto de hispanidad.

–Aquí non queda nin deus para preguntar, Remedios. Aquí solo quedamos nós.

Y es ante la soledad absoluta del caminante que la servilleta rescatada del naufragio del Pontevedra se evidencia como tabla indiscutible de salvación. El Jacinto coge el mapa por los cuernos y trata de encontrar algún parecido razonable entre los garabatos azules que ha trazado su memoria y la endemoniada realidad que se alza ante sus ojos. No hay pérdida. Verán una mercería, la droguería y después el supermercado. Por esa esquina del supermercado se meten y ya salen todo recto en El Corte Inglés, fuera ya de Chinolandia y a un paso de su destino.

Pero la realidad, maldita boicoteadora, dice algo tan diferente que ni siquiera es lo contrario. Ni mercerías, ni droguerías, ni justicia divina: nada. Sólo hay, por este orden: Hua Feng, moda i glamur, fabricació pròpia; Yong Nang, confecció, venda a l’engrós; Channa Barcelona Distribució.

El Jacinto, a quien nunca en sus treinta años de residencia en Catalunya se le pasó ni remotamente por la cabeza aprender catalán, siente como que se ahoga, como que le sube por el estómago la maldita bola de fuego y le incendia las entrañas a riesgo de matarlo.

–As enes, rediós. Onde deixastes as enes?

Éste es el secreto revelado, ésta es la verdad profunda que desata la tragedia en que se está convirtiendo la vida del Jacinto. Porque la chinura en sí, los chinos y las chinas como tales, no son el mal mayor. Él podría haberse adaptado o, mejor, ellos a él. Pero se podrían haber entendido: casi no hacen ruido, saludan agachando la cabeza, son guarros como ellos solos (pero no más que los negros) y ocupan poco espacio. Además, no se mezclan, con lo que te evitas el susto de que aparezca la niña con un chino en casa. Pero estos carteles delatan una nueva dimensión de las realidades transculturales que escapa al control, al entendimiento y a la buena voluntad del Jacinto: la chinura polaca.

–Pero como pode ser, Remedios? Como puideron chegar estes fillos da gran puta e jodernos así?

La Remedios no está dispuesta a aguantar otra vez la misma historia. Le arranca el mapa de la mano como quien le pega un tortazo, lo mira del derecho y del revés, se planta una mano ante los ojos para otear el horizonte y concluye:

–Imos! É por aquí!

–Pero ti que carallo saberás onde está a Avenida Diagonal, muller?

–Pois claro que o sé! —grita la Remedios sin dejar de caminar—. Que cambian as tendas, Jacinto, os carteis, mais as calles seguen estando onde sempre estiveron, caramba, que pareces tonto!

Y se lanza a esquivar los coches, agarrada al bolso con furia, los zapatos comidos por la parte de fuera y deformados por los juanetes, los calcetines de media bajo las rodillas y el alma resuelta a no parar de caminar, con o sin el Jacinto, hasta pasar en volandas y con el alma en un puño por la plaza de Catalunya: el vertiginoso espacio que durante años marcó el límite entre su mundo y el resto del universo.