PornoBurka

Brigitte Vasallo · Capítulo 12 de 43

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Capítulo 11

 

Una auténtica maravilla de la naturaleza. Proteínas por doquier sin apenas un ápice de grasa. Exento de colesterol, rico en potasio, en magnesio y en vitaminas, en betacaroteno (para ponerme moreno en verano), vitamina C (para los resfriados) y ácido fólico (que no sé para qué sirve, pero seguro que es importante). Además, contiene un montón de agua, que es buenísima para el cutis, y fibra, para el intestino. Y con ¡sólo! ochenta y una calorías por cien gramos.

Es decir, el plátano es la hostia y ©Jor-dee está dispuesto a demostrarlo. Por eso cada mañana, cuando cierra su taller de artista contemporáneo (que alquila por las noches por ser más barato), va directo a la húmeda Frutas Lahore, donde el susodicho pasa horas tras un mostrador de madera carcomida que soporta una balanza, eso sí, electrónica. Sobre su cabeza, un hermoso cuadro holográfico con fondo verde y la inscripción «dios es grande» convertible, según entre la luz, en un retrato del equipo nacional de críquet de Pakistán. Lahore pesa, teclea, suma, coloca piezas en bolsas de plástico, devuelve cambios con una sonrisa inquebrantable que se quebranta, sin embargo, cuando ve aparecer al Señor de sus ganancias, al viejo harapiento de barba alheñada que cada tarde pasa, saluda y se lleva la recaudación. Si el viejo es el dueño de la tienda, si es el padre de Lahore o si cobra algún tipo de impuesto revolucionario es algo que nadie sabe fuera de la comunidad porque a nadie le importa. Lo único importante es que en la tienda se pueden comprar frutas y verduras siete días por semana, veinticuatro horas al día. Y siempre, además, acompañadas por una sonrisa. ¡Eso sí que es buena atención al cliente! Es cierto que vende los tomates a precio de oro y que son mucho peores que en el mercado de Sant Antoni, apenas unas calles más allá. ¿Pero acaso el mercado está abierto a las once de la noche o el domingo al mediodía? ¡En absoluto! Y es ahí, en ese vacío comercial que genera la calidad de vida ajena, donde las espaldas derrotadas de Lahore se plantarán para llenar la dieta mediterránea de lechugas clonadas, tomates incorruptibles y naranjas que brillan en la oscuridad. Todo a cambio de un dinero que se llevará el barbudo desconocido.

El mundo desarrollado es un auténtico chollo.

Por la mañana apenas entran en la tienda un par de viejas de piernas retorcidas y, desde hace unos días, ©Jor-dee y su reciente adicción a los plátanos. Lahore lo recibe de pie, como hace con todas y cada una de las clientas. Se levanta de su silla de madera y ofrece una sonrisa. ©Jor-dee no se anda por las ramas y va directamente a los plátanos, los que sean, como sean y al precio que sean. Arranca dos del manojo y se acerca, ansioso, a la caja. El pakistaní los pesa, teclea el precio en la máquina, le comunica el resultado en un castellano tambaleante, ofrece meterlos en una bolsa («No, no, no hace falta, me los voy a comer ahora mismo»), coge la moneda que ©Jor-dee deposita en su palma con una caricia e intenta devolverle el cambio («No, para ti»). Y entonces mantiene la sonrisa mientras mira de frente a ©Jor-dee sin saber qué más hacer porque, según sus cálculos y su experiencia, lo que sucede ahora es que el comprador se va. En ocasiones, que da la gracias y se va. O que pregunta algo y se va. Pero en todos sus años de comerciante, que son tantos como sus años de emigrado (que tampoco son tantos, pero se le están haciendo eternos), nunca había visto un comprador que, después de comprar, se quedase plantado delante del mostrador sin hacer nada. A ©Jor-dee no le asusta el reto de aguantarle la mirada a Lahore, bien al contrario. Aprovecha el encuentro de las pupilas para transmitirle toda la fuerza de su pasión, todo el deseo que esconde su cuerpo de oso. Lahore lo mira a los ojos primero. Pero en seguida su mirada se desvía hacia la frente que calvea y se dejará caer, agobiada, hacia el saco de tomates transgénicos y, de ahí, al suelo. Se rasca un poco, se coloca el flequillo perfectamente simétrico gracias a una raya que le parte la cabeza en dos mitades exactas, se mete las manos en los bolsillos, suspira y vuelve al fin a levantar la mirada, esperando que el otro haya desaparecido. Pero no, sigue ahí. Como irá aprendiendo en los días siguientes, no se irá hasta haberse comido un plátano de la forma más extraña que Lahore jamás haya visto.

«Se come los plátanos como si fuesen helados y les hace una cosa con la punta de la lengua». Lahore les preguntaría a sus primos por qué el catalán hace esas cosas, pero no se atreve. Porque después el tragaplátanos hace algo más que lo tiene consternado.

–Y éste, para ti.

Así cada día desde hace unas semanas. Después de mostrar sus dotes de comepollas, ©Jor-dee da un beso en la punta del segundo plátano, lo acerca a los labios de Lahore, lo posa sobre el mostrador y se va, dejando tras de sí una estela de gran diva.

Lahore respira hondo, intenta no pensar, concentrarse en otra cosa, repetir los nombres de dios y las alabanzas al profeta, tal y como le han recomendado en los foros de internet que ha consultado. Hiperreactivo y sensibilizado tras años sin mayor actividad sexual que alguna paja furtiva y culpable en el lavabo, el gesto del artista provoca que se escape de la punta de su capullo algo que en principio fue una gotita de néctar, pero que ahora se ha convertido en un goterón de semen en toda regla. Y esa misma maldita mancha invalida sus abluciones y le impide rezar a menos que antes se duche por completo, un acto heroico cuando se trabaja quince horas y se comparte un único lavabo con un número indefiniblemente alto de compañeros de piso.

La gota malaya, eso es. Un goterón malayo que está perforando el estatus discreto pero seguro de Lahore en la comunidad, que cuenta preocupada sus ausencias del oratorio, y que colma el vaso de la paciencia de sus compañeros vendedores, que ven cómo el niño no cierra la tienda para ir a rezar, lo que le da una ventaja de mercado indiscutible sobre el resto.

Por eso todas las súplicas de Lahore, todos sus deseos van en un sólo sentido: que termine pronto la cosecha de bananas.

Lo que aún no sabe el tendero es que no tiene salida. En el mundo transgénico y fertilizado la temporada de bananas, como su propia desgracia, nunca tiene fin.