PornoBurka
Capítulo 36
–Pues nos ha quedado bien bonito —dice la Remedios, mirándola en el espejo.
Lo se ajusta la tela a la cabeza e intenta verse a través de la rejilla azul.
–Aunque sigo pensando que es un vestido bien incómodo —concluye la madre.
–No es un vestido, mamá, es un burka. Te lo he contado mil veces: no es una tela, es una amenaza.
La Remedios saca la nariz por detrás de la cortina del comedor, lo justo para ver sin ser vista.
–Míralo, ya está ahí. Obsesión, eso es lo que tiene. No sabe ir a otro sitio, no puede quitarse el Pontevedra de la cabeza.
La escena, convertida en cotidiana, presenta hoy una variante aterradora: la tienda de Lahore está cerrada.
–¿Y ahora qué vamos a hacer? —se preguntan asustadas.
Desde que Lo se trasladó a vivir unas porterías más allá de aquello que fue el Pontevedra, Zaigham, conocido en círculos artísticos como Lahore, ha sido el cómplice necesario de los encuentros entre ella y su madre, entreteniendo al Jacinto cada vez que la Remedios necesita entrar o salir del edificio.
Pero hoy Zaigham no responde al teléfono y la mujer está atrapada.
–Deberías aprovechar para bajar a hablar con él y así acabamos con el tema — propone la madre—. Total, dentro de nada el detective ese le dará tu dirección y vendrá a verte.
–Ni hablar —responde Lo, malhumorada—. Cuando venga a verme, ya veremos qué pasa. De momento, tú sales de aquí con el burka que se dejó Buenaonda y asunto arreglado.
Efectivamente, transmutadas en espectros azules pasan delante del Jacinto sin que las reconozca. El viejo, viendo venir los burkas como quien ve venir el mismísimo demonio, da un salto y se pega tembloroso contra la persiana bajada de su Pontevedra (cerrado por manifestación, según indica un cartel), tratando de hacerse invisible y no interferir en su caminar azul.
Desde el límite occidental del Raval, las matildistas inician su marcha, desnudas, calzadas con chirucas y con el burka arremangado sobre sus cabezas. Como la abanderada de los Juegos Olímpicos, Matilde abre la manifestación llevando un cartel con la consigna impuesta por ella: «Sin tetas no hay paraíso». Para compensar el frío que se ensaña en sus cuerpos desnudos, gritan consignas acaloradas: «No necesito un cabrón para hacer la revolución» y «Fátima, atontada, deja de ser musulmana».
Lo está atormentada por la idea de que Buenaonda esté en el MACBA, mientras ella está ahí fuera pelándose de frío y manifestándose no sabe muy bien por qué. Ha buscado maneras de escabullirse, pero le ha sido imposible. Con ell@s o contra ell@s, Matilde lo ha dicho muy claro. Y con burka, pero a cara descubierta. Un desastre. Así que en lugar de estar follándose a su novio y reconciliándose consigo misma, ahí la tenéis, intentando demostrar por enésima vez que es algo que no es.
Desde el lado oriental del barrio, un grupo de pakistaníes barbudos se prepara para iniciar, también, su marcha. Van capitaneados, muy a pesar de ellos, por Roberto, también conocido como Buenaonda, y Zaigham. El hombretón con pelo de anuncio ha considerado que les daría credibilidad ir liderados por un presunto argentino posiblemente cristiano y por un niño con cara de bobo. No han sabido decir que no: Roberto, por la cuestión de la tolerancia y el respeto a las culturas, y Zaigham, obligado por la necesidad de mostrar su fe en dios y su apego a la comunidad. Por eso, en lugar de estar en el MACBA follando como quisieran, se encuentran llevando un cartel que dice «Muerte a Israel» por las calles del Raval. El grupo ha escogido las consignas cuidadosamente y las corea con una actitud festiva: «Que Dios no es marica, que no, que no», «Mujer, el burka es por tu bien» y «Respeta mi cultura que mola más que la tuya».
Ambas manifestaciones avanzan imparables, atravesando el barrio como una riada en dirección al MACBA que se empieza a llenar de burkas azules ondeando al viento. Allí están Jordi, Paco y Jaume Rovira, las tetas aladas, Manolo Escobar, el engendro de pezglobo cantacoplas y la Remedios (que aprovechando el disfraz, se ha colado para mirar sin ser vista), apostados en el vestíbulo con paredes de cristal sin saber qué hacer para que algo suceda. Y así están, comiendo tímidamente ganchitos a través de la rejilla azul, cuando el primer tomate se estrella contra las vidrieras. Los pakistaníes han venido cargados con todos los desechos de sus numerosas verdulerías, dispuestos a impedir que aquello suceda. No se paran a comprobar que aquello, en realidad, no está sucediendo y posiblemente no sucederá, concentrados como están en lanzar tomates enmohecidos y lechugas podridas contra los ventanales impolutos del gran escaparate del arte.
Las matildistas tampoco han venido con las manos vacías. Sorprendidas por la marea de moros que se apuntala alrededor de las ventanas del museo, no tienen oportunidad de ver que aquello que temen que suceda, en realidad no sucederá. Sin pararse a reflexionar un instante, alzan los tirachinas que llevan días construyendo y cubren a los pakistaníes con una lluvia de tampones, no todos ellos limpios, que vienen a mezclarse con las verduras, los sudores, los escupitajos y los gritos de unos y otras.
Embriagados por el inconfundible olor a hembra, el grupo se da la vuelta para descubrir que hay caminos al paraíso que no pagan peaje a Al Qaeda y que en cualquier esquina dios, que es grande, puede mandar al creyente una manada de odaliscas de libre disposición con burka y todo. Roberto y Concha se distinguen entre la multitud y, exaltados como están por los aires revolucionarios del momento, se funden en un abrazo apasionado que pronto derivará en lametones, toqueteos y chupadas que van contagiando a todo el mundo. Ante la mirada alucinada de los y las asistentes al PornoBurka, convertidos en observadores de una performance mucho mayor y aislados del auténtico hecho artístico por ese cristal que les permite seguir comiendo ganchitos mientras la vida sucede, los pakis y las matildistas se toleran y se interculturalizan mutuamente sobre la acera. Si bien la mayoría de estos encuentros se quedarán en bofetadas y mordiscos, algunos terminarán con denuncias (cruzadas) de violación y otros darán sus frutos unos meses después, en una nueva generación de bebés mestizos de terrorismo islámico y refrito pornoterrorista.
Gonçals y Fernands, avisados de la gran marea de burkas y barbudos que está cruzando el barrio, llegan inmediatamente con sus furgones cargados de maderos que no se molestan en comprobar qué está sucediendo y, sencillamente, se lían a porrazos con todo el mundo: pakis, putas, moros, maricas, yonkis y guiris. Los ciudadanos y las ciudadanas cívicas que pasan por allí no tardan en reaccionar. Bajo la consigna de «No a la guerra: queremos un barrio digno» acordonan la zona en una cadena humana de abrazos y energías positivas que debería generar una corriente de paz sideral que calmase los ánimos de los maderos, pero que sólo sirve para que los y las pacifistas entren en un éxtasis cercano al orgasmo que los llevará a aparearse tan pronto como terminen de salvar el mundo.
Debido a la premura de la acción no ha habido tiempo de consensuar el eslogan en asamblea, lo que provoca un cisma. Los homosexuales del grupo pacifista no se sienten representados por la consigna y deciden corear la suya propia: «No a la guerra: queremos un barrio gay», cosa que no agrada en absoluto a sus compañer@s heterosexuales, lo cual inicia una bronca en términos pacifistas que incluye abrazos, besos de tornillo y uniones de chacras.
La plaza dels Àngels se convierte así en un escenario apocalíptico, un fin del mundo que, sin embargo, no va más allá. A una distancia prudente, la gente del barrio va formando un corrillo: el Jacinto, Tomasa, en Pepet, la rubia que hace yoga e incluso Chus miran la escena divertidas, pero sin sorpresa.
–Esto no hay quien lo controle —piensa Rachid, mientras sigue su camino—. Nunca lograrán ganar.
Tiene razón. Se pueden imponer proyectos urbanísticos, arte subvencionado, leyes, gobernanzas y civismo. Se pueden imponer lemas y doctrinas. Se pueden neutralizar todas las disidencias, desactivarlas, y se puede domesticar el barrio, el mundo, con hoteles de diseño y avenidas de cemento. Pero no se puede domesticar la vida. Se irá: después de esta batalla o de algunas más, el Raval quedará en silencio, se rendirá, convertido en un barrio cualquiera, normalizado, banal. Y ya nadie hablará de él. Pero la vida rebrotará en otro sitio. Los «barrios chinos» seguirán existiendo mientras existan cocodrilos nocturnos y mujeres feroces, marimachos y locazas indomables. Mientras las tetas con alas sobrevivan al insecticida y algunas mujeres se gusten barbudas. Mientras haya princesas con pene y seres que se nieguen a pasar por el tubo. Periferias donde la vida se celebre con todos sus dolores, con todos sus errores. A pesar de todas sus miserias.