Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 9 de 27

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Querido vecino

8 Viernes Noche Iluminada

8

 

VIERNES NOCHE ILUMINADA

 

A la mañana siguiente, por extraño que pareciera, el sonido de los perros ladrando era reconfortante. Signi caba que estaban interrumpiendo lo que fuera que estuviera pasando entre Damien y su pequeña aventura. Me pregunté si ella se habría comido una de mis magdalenas.

«Cabrona».

Ni siquiera había pensado en guardarme una para mí antes de arrojar la cesta en sus manos.

¿Estaba siendo ridícula? Después de todo, ¡yo misma tenía una cita esta noche! La realidad era que me estaba obligando a ir a esa cita.

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. No esperaba a nadie tan temprano, ni siquiera estaba vestida. Tenía el pelo enredado y estaba segura de que tenía ojeras.

Damien no tenía mucho mejor aspecto cuando abrí la puerta.

Todavía con la misma ropa de ayer, levantó la mano.

—Hola.

—Hola.

—¿Puedo entrar?

—Claro.

Con aspecto de estar tenso, se metió las manos lentamente en los bolsillos mientras me miraba.

—¿Qué pasó anoche?

—¿De qué estás hablando?

«Buen intento de esquivar la pregunta».

Se acercó más a mí.

—¿Que de qué estoy hablando? ¿Me dejaste con una puta cesta gigante de magdalenas y saliste corriendo antes de que pudiera decir nada? ¿ Te suena?

—Pensaba que estabas solo. Me tomó desprevenida.

Sus ojos se suavizaron.

—Estabas molesta…

—No, no lo estaba.

—Mientes fatal, Chelsea. Se te da como el culo. No ocultas muy bien tus sentimientos.

—Crees que sabes casi todo lo que hay que saber sobre mí, ¿no?

—No todo. Pero no hace falta ser un genio para leerte. Es una de las cosas que me gustan de ti. Eres una de las personas menos falsas que he conocido.

—Entonces, dime. ¿Por qué crees tú que me molesté?

—¿Sinceramente? Creo que estás confundida en cuanto a mí.

—Confundida…

—Sí. Creo que te estás preguntando por qué opté por no cenar contigo y en su lugar terminé con una mujer que literalmente acababa de conocer, alguien que no es tan dulce como tú y seguro que no es tan guapa como tú. Así que te estás preguntando en qué demonios estaba pensando. ¿ Estoy en lo cierto?

«Eso es exactamente lo que estaba pensando».

Continuó:

—Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero siento una conexión contigo, ¿vale? Si has percibido algo, no te lo estás imaginando.

—Bueno, si no estaba confundida antes… ahora sí que lo estoy.

—Siento que tengo que decírtelo ahora, porque no soporto la idea de que pienses que de alguna manera no te encuentro atractiva cuando es justo lo contrario.

Me crucé de brazos.

—Repito. No te sigo.

Cerró los ojos como si tratara de encontrar las palabras adecuadas.

—Sé con certeza que nunca podré ser lo que alguien como tú necesita en un novio, en una pareja. No es que al principio no nos divirtiéramos o estuviéramos muy bien juntos. Simplemente no soy bueno para ti a largo plazo, no soy de los que se casan. Y las razones son demasiado complejas como para entrar en ellas, aunque sí que te aseguro que no tiene nada que ver contigo y que tiene todo que ver conmigo. No puedo empezar algo con una chica como tú si quiero mantener la conciencia tranquila.

—Una chica como yo…

—Sí. No eres la clase de chica que un chico se lleva a casa para un polvo rápido. Eres la chica con la que un chico se queda.

«Sí. Al igual que hizo Elec».

—No tenías por qué explicar todo esto. No me debes ninguna explicación.

—Bueno, si no hubiera sido tan obvio que estabas molesta, podría no haber dicho nada. Pero no creo en eso de andarse con rodeos con la gente ni en darle largas. No soy como tu ex. Pero también necesito que entiendas que hay una diferencia entre no querer estar con alguien y no poder hacerlo. Sé que, más que nada, tienes miedo de que te vuelvan a hacer daño. Y aunque sé que disfrutaría mucho cruzando la línea contigo, si lo hiciera, acabaría haciéndote daño. No voy a ser ese chico.

—Bueno, agradezco tu sinceridad —contesté, sintiendo un peso en el pecho—. Ha sido una conversación un poco más profunda de lo que esperaba tan temprano.

—Lo sé. Lo siento. Sentía que tenía que hablarlo después de cómo te fuiste. No he podido dormir en toda la noche pensando que estabas molesta.

T ragué saliva, sintiendo una mezcla entumecida de tristeza y decepción. Sin saber qué decir, sonreí.

—¿Ser amigos también es zona prohibida?

—Pues claro que no. Me siento mejor con lo de ser amigos ahora que me he explicado. Es solo que no quiero que las cosas sean incómodas entre nosotros, ya sabes, si…

—Si estás con una chica… —interrumpí.

Asintió con la cabeza.

—O si tú estás con un chico.

Damien había dicho que se sentía mejor, pero no lo parecía. No parecía aliviado. Parecía molesto y tenso.

Y yo estaba más confundida que nunca.

 

Brian Steinway era el típico estadounidense.

Se había mudado de Iowa a Silicon Valley para trabajar en Hewlett Packard, aún era bastante nuevo en el Área de la Bahía.

Durante la cita en la cafetería, escuchaba atentamente cada palabra que salía de mi boca y no paraba de decirme que era mucho más guapa en persona. Tenía el pelo rubio y los ojos azules y, francamente, parecía el hermano que nunca tuve. Brian era dulce y autocrítico y todo lo que una chica debería desear en teoría.

En el sofá esquinero del Starbucks de Powell Street, le di un sorbo al café con leche mientras manteníamos una cómoda conversación entre el sonido que hacía la espuma de la leche y el de los granos de café moliéndose. Fingí estar interesada de verdad en lo que me estaba diciendo, aunque los pensamientos sobre Damien estaban siempre presentes, nublándome la mente cuando debería haber estado prestándole toda mi atención al dulce hombre que tenía delante.

No pude evitar pensar en la cita falsa que se suponía que iba a ocurrir aquí con el Damien online. En esos momentos, me acordaba al instante de la conversación que habíamos tenido esta mañana y volvía a la realidad. Las últimas veinticuatro horas habían transcurrido como un sueño incómodo.

C uando nos levantamos después de dos horas sentados, Brian recogió mi vaso y lo tiró.

—Me encantaría llevarte a casa.

—Claro —contesté sin pensarlo.

Damien me habría dicho que era una mala idea. Pero tampoco es que tuviera voz y voto. De todas formas, estaba bastante segura de que Brian era inofensivo.

C uando llegamos a mi barrio, Brian aparcó a una manzana de mi casa. Dio la vuelta al coche para abrirme la puerta del lado del copiloto y dejarme salir antes de acompañarme hasta el edi cio. No quería invitarlo a subir, así que me detuve intencionalmente en el patio.

Antes de que tuviera la oportunidad de darle las buenas noches, una cantidad enorme de luz iluminó el cielo nocturno. Parpadeando, Brian y yo miramos lo que parecía la iluminación de un estadio que alumbraba el patio como si estuviéramos en medio de un partido de fútbol un viernes por la noche.

«¿Qué estaba pasando?».

C uando alcé la vista, Damien nos estaba mirando desde la ventana del segundo piso. Tenía los brazos cruzados. Luego, se apartó casualmente cuando me vio mirándolo jamente.

—¿Y estas luces? —preguntó Brian.

—Mi casero está un poco pirado. Debe de haberlas instalado para ahuyentar a los ladrones.

—¿Tienen sensor o algo así?

—Algo así —respondí, sabiendo muy bien que Damien las estaba controlando.

—¿Te gustaría volver a quedar? ¿ Tal vez ir a cenar en vez de tomar café?

—Claro. Estaría bien.

—Entonces te llamaré pronto. —Brian se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Se quedó en el patio observando hasta que estuve a salvo en el interior.

Mi primer instinto fue ir corriendo a casa de Damien y exigirle que me dijera por qué había encendido esas luces en el momento exacto en el que yo había aparecido con Brian. Luego, me di cuenta de que lo más probable era que esa fuera la reacción que se esperaba que tuviera. Después de la conversación de esta mañana, necesitaba dar un paso atrás, tener algo de orgullo y dejar las cosas como estaban.

Acomodándome en el sofá, intenté que mi mente se concentrara en una revista. Pero me aburrí de hojear las páginas de forma mecánica. Eran solo las ocho y la noche era joven.

Unos minutos más tarde, oí música procedente de la puerta de al lado.

Damien subió el volumen de repente. Tardé un poco en darme cuenta de que la canción era Two Is Better an One.

Me sonó el móvil.

Damien: ¿Oyes eso? Han escrito una canción sobre ti y tus fantasías con los tríos.

Chelsea: ¿No tienes nada mejor que hacer un viernes por la noche?

Damien: ¿Qué tal la cita?

Chelsea: Se ha portado bien. ¿Qué tal la tuya?

Damien: No he tenido ninguna.

Chelsea: ¿Demasiado ocupado espiando la mía? En serio, ¿qué ha sido eso de las

luces?

Damien: Pedí que me las instalaran hace un tiempo, cuando unos chicos estaban estropeándome el mural. Puedo controlarlas desde aquí.

Chelsea: Ha sido muy intrusivo.

Damien: Solo estaba cuidándote.

Chelsea: ¿Casi cegándome?

Damien: Jajajaja. ¿Has conseguido su nombre completo? Puedo comprobar sus antecedentes.

Chelsea: Tengo su nombre, pero es inofensivo. Confía en mí.

Damien: No deberías haberle enseñado dónde vives tan pronto.

Chelsea: Sabía que dirías eso.

Damien: Entonces, ¿por qué lo has hecho?

Chelsea: No pasa nada.

Damien: ¿Vas a volver a quedar con él?

Chelsea: Probablemente.

Damien: Voy a buscarlo. ¿Cuál es su nombre completo?

Chelsea: Brian Steinway.

Damien: Como el piano.

Chelsea: Sí. Jajajaja.

Damien: ¿Alguna otra información?

Chelsea: Nació en Iowa, trabaja en Hewlett Packard, vive en Sunnyvale.

Damien: Muy bien.

Damien se quedó callado después de eso. No volví a saber de él hasta que llamaron a la puerta unos veinte minutos después.

Abrí.

—¿Qué pasa?

—He venido a darte la noticia en persona.

—¿Qué noticia?

—He buscado al chico con el que te estás viendo.

—¿Y?

—Bueno… me temo que… —Se rascó la barbilla.

—¿Qué? Dime.

—Nada. Completamente legal. —Sonrió.

—Me has asustado —dije, dándole una bofetada juguetona.

Damien se agachó para levantar algo del suelo. Era mi cesta, sin las magdalenas.

—Toma, te devuelvo tu cesta. —Había metido una botella de vino blanco junto con unas galletas que olían como si estuvieran recién horneadas.

—¿Y esto?

—En agradecimiento por las magdalenas. Me he comido como tres hoy. Están deliciosas.

—No tenías por qué hacer nada. Las magdalenas eran para darte las gracias por ayudarme en la Noche de las Artes.

—Bueno, eso no fue nada. Así que considero las magdalenas un regalo. No acepto nada sin corresponder. Así me educó mi madre.

Le di un bocado a una de las empalagosas galletas de chocolate y hablé con la boca llena.

—Están muy buenas. Creo que, sin querer, has iniciado un concurso de repostería. No sé cocinar, pero sé hacer postres.

—¡Que dé comienzo! —bromeó—. Intento comer sano, pero la bollería, las galletas, las tartas… todos los productos horneados son mi debilidad. — Robó una de las galletas y le dio un bocado—. Bueno, solo quería darte la información y las galletas.

—Gracias otra vez.

«No te vayas».

C uando empezó a alejarse, lo detuve.

—¿Damien?

Se dio la vuelta.

—¿Sí?

—¿Tienes planes ahora mismo?

—No.

—¿Quieres ver una película?

Se mordió el labio inferior para re exionar sobre mi pregunta y luego sonrió.

—Solo si puedo elegir la película.

—Claro.

—¿Tienes reproductor de DVD?

—Sí.

—V uelvo en media hora.

 

Los golpes exagerados en la puerta eran rítmicos. Toc, toc.

Después de dejarlo entrar, Damien miró mi ropa.

—Todavía estás vestida.

Se había puesto unos pantalones de chándal grises que se ceñían a sus genitales de una forma que descartaba por completo cualquier posibilidad que hubiera habido de que no estuviera bendecido en esa zona. La parte superior de los calzoncillos le sobresalía un poco.

«Me cago en todo».

Alcé la mirada.

—No sabía que era una esta de pijamas.

Pasó junto a mí, dejándome con un poco de su provocador olor.

—Bueno, vamos a ver una película. Se me ocurrió ponerme cómodo. Pero siéntete libre de quedarte con el vestido. Sí, eso tiene mucho sentido.

«Después de la conversación que tuvimos, ¿por qué me molestaba en tener buen aspecto cuando estaba con él?».

«Tenía razón».

—Vale, listillo, voy a ponerme la ropa de dormir.

Levantó un paquete para microondas que había traído y lo agitó.

—Voy a hacer palomitas y a preparar el reproductor de DVD. —Miró a su alrededor—. ¿Dónde están los cuencos?

Señalé uno de los armarios.

—Ahí dentro.

—Genial.

—Vas a tener que cambiar el modo de televisión a AV2. Es el mando de Sony —le dije mientras me dirigía al dormitorio.

—Listo —gritó a mis espaldas.

Aunque mi mente sabía que Damien había cerrado la puerta a la posibilidad de que ocurriera algo romántico entre nosotros, estaba claro que mis nervios no habían recibido el mensaje. Mientras me quitaba el vestido, seguía sintiéndome como una tonta con vértigo. El corazón me latía un poco más rápido de lo normal mientras me ponía unos leggings negros y la vieja camiseta de los Bruins de Elec con la que dormía a menudo. Sentía un ligero ruido en el estómago, por lo que decidí que probablemente debería aprovechar la oportunidad para usar el baño.

«Te cagas en más de un sentido, ¿eh, Chelsea?».

Mi viaje al baño duró más de lo esperado. Me sorprendió que Damien no se metiera conmigo por ello.

C uando terminé, me sentí mucho mejor. Al menos hasta que volví a entrar en el salón.

Se me revolvió el estómago al oír su voz. La sangre comenzó a subírseme a la cabeza.

Su v oz.

Una voz que llevaba mucho tiempo sin escuchar. Una voz que había intentado bloquear de mi cerebro todos los días.

Elec.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que no era realmente él. Era el DVD que dejé en el reproductor hacía mucho tiempo, uno que veía una y otra vez cuando rompimos. Hacía meses que no utilizaba el aparato, pero el disco seguía ahí.

Damien no se había dado cuenta de que estaba detrás de él. Estaba ahí, quieto como una estatua, viendo el vídeo casero con atención. No sabía qué decir ni qué hacer, así que me quedé de pie, avergonzada.

C uando hicimos ese vídeo, se suponía que Elec y yo teníamos que estar grabando una presentación para el centro juvenil y acabamos haciendo el tonto en el parque con la cámara que nos prestaron. En ese momento, pensé que la pequeña película sería un bonito recuerdo íntimo. No tenía ni idea de que, en cambio, justo después de que rompiéramos se utilizaría como mero medio de autotortura como parte de mi investigación constante sobre lo que salió mal.

Escucharlo fue como recibir una puñalada en el corazón lentamente con Damien como testigo de mi masacre. Me encogí al escuchar mi propia voz en el vídeo.

—¿No se supone que tenías que estar entrevistándome, Elec?

—Me he distraído un poco.

—¿Con qué?

—Con lo guapa que estás ahora mismo así, bajo el sol. Me encanta mirarte a través de esta lente.

—Gracias.

—Eres increíblemente adorable. No puedo creerme que sigas sonrojándote cuando te hago un cumplido.

—¿Me sonrojo?

—Sí. Y te advierto, sigue mirándome con esos ojos y en unos dos segundos esto se convertirá sin querer en una película para adultos.

Risas.

—Igual podemos probarlo más tarde en casa, Sr. Cámara.

—Pero, en serio, la cámara te quiere. Yo también, de hecho.

—Sí, ¿eh?

—Sí, Chels. De verdad.

—¿Cuánto?

—Deja que te lo enseñe.

Elec suelta la cámara.

Sonidos de besos.

Risas.

—Es verdad, cariño, me haces muy feliz. Soy el hombre más afortunado del mundo.

C uando Damien por n se gira y se da cuenta de que estoy a su lado, apaga el vídeo y se limita a mirarme.

Silencio.

Su expresión era una mezcla de compasión, enfado y comprensión. Creo que por n se había dado cuenta de por qué estaba tan mal.

C uando comenzó a caer una lágrima, la atrapó a mitad de camino por mi mejilla.

—Es un puto idiota —dijo—. No se merece cómo lo mirabas en ese vídeo, y t ampoco se merece estas lágrimas. —Me acarició la mejilla con el pulgar —. Ni él ni nadie.

—No puedo evitarlo.

—¿Sabes? Ahora lo entiendo. Al haber visto eso. Al haberlo escuchado. Entiendo por qué te cuesta tanto. Sé que bromeo con lo de que estás loca y todo eso, pero tienes todo el derecho a estar molesta y confundida. Las cosas que te decía…, cómo las decía…, yo también me lo habría creído. Y soy un cabrón perspicaz. Eso no se le hace a alguien. Más que eso… te mereces algo mucho mejor.

—Eso fue solo tres semanas antes de que se fuera a Boston y volviera a establecer contacto con ella, cuando todo cambió. C uando estaba fuera, encontré un anillo en su cajón. Iba a pedirme matrimonio.

Damien cerró los ojos durante unos segundos y soltó una serie de blasfemias en voz baja.

—Será mejor que no ponga un pie en nuestro edi cio nunca. Juro por Dios que, como alguna vez lo vea, me lo cargo.

«Nuestro edi cio».

Se me escapó una pequeña carcajada ante esa idea.

—Gracias por querer hacer eso por mí.

—No deberías ver ese vídeo.

—Hace tiempo que no lo veo. Te lo juro. Ya nunca uso el reproductor de DVD porque tengo Net ix. Ese disco lleva ahí unos cuantos meses.

Expulsó el disco y lo sostuvo en la mano frente a mí.

—No necesitas escuchar esta mierda nunca más. Con tu permiso, voy a destruirlo. ¿Puedo?

¿Qué se suponía que tenía que decir? Tenía que dejar que lo hiciera.

Algo reticente, asentí.

—Vale.

Flexionando el disco con fuerza, Damien lo partió por la mitad antes de dirigirse a la basura y tirarlo. Se limpió las manos de forma exagerada.

—¿Qué es lo siguiente?

—¿Cómo?

—Esa camiseta que llevas puesta. Era suya, ¿no?

—Sí.

—¿Llevas sujetador?

—Sí. ¿Por?

—Date la vuelta.

Creí que iba a intentar quitarme la camiseta, por lo que el corazón empezó a latirme con fuerza. Cerré los ojos cuando sentí que Damien recogía la tela en un puño a mis espaldas y tiraba de ella. La cercanía de su cuerpo contra mi espalda hizo que subiera la temperatura de mi piel.

—No te muevas —dijo antes de que notara cómo cortaba la camiseta con lo que supuse que eran las tijeras de la cocina. Cuando me la arrancó, una corriente de aire frío sustituyó al calor que me proporcionaba la camiseta —. Ve a ponerte una camiseta nueva.

Envolviéndome el pecho con los brazos, desaparecí en mi habitación, donde me tomé un minuto para recomponerme con la espalda apoyada en la puerta. El hecho de que me cortara la camiseta encendió una mezcla extraña de emociones. Por un lado, era un símbolo de cierre. Esa camiseta era la última prenda de Elec que tenía en mi poder. Por otro lado, me sorprendió lo mucho que me había excitado que me la arrancara.

Me obligué a recordar para qué había venido a mi apartamento, me puse la camiseta perfecta para la ocasión y volví al salón.

Damien sonrió mientras me miraba el pecho.

—«Loca por el beicon». Buena elección.

—Bueno, tú también me vuelves loca a veces, pero en el buen sentido. Gracias por empujarme a hacer algo que realmente necesitaba hacer. —Me incliné hacia él y le di un abrazo amistoso. Me negué a reconocer lo rápido que le latía el corazón y lo rápido que estaba intentando alcanzarlo el mío. O que olía tan bien que prácticamente podía saborearlo.

Damien fue el primero en separarse.

—¿Lista para la película?

—Sí. ¿Cuál has traído?

Sonrió mientras se acercaba a la encimera y me entregaba el DVD que seguía en el embalaje de plástico.

—T u autobiografía.

—Firestarter. Debería haberlo sabido.

—¿La has visto? —Sonrió.

—Mentiría si dijera que sí.

—Yo tampoco. Pero va sobre una rubia que provoca incendios. Así que tengo la sensación de que ya la conozco.

—Interesante.

—¿A que sí?

—¿La has comprado?

—La pedí por Internet la noche que cenamos pizza. He estado esperando el momento perfecto para sacarla.

—Suena a algo que harías.

—Me gusta meterme contigo. Pero es de buen rollo. Lo sabes, ¿verdad? Me divierto contigo, Chelsea.

—El sentimiento es mutuo… cuando no me estás regañando —bromeé.

—Incluso cuando te estoy regañando, es por tu propio bien.

—Lo sé. —Sonreí.

C uando nos sentamos para ver la película, Damien se acomodó en el sofá, subiendo sus grandes pies a la mesa de centro y echando la cabeza hacia atrás. Yo relajé el cuerpo en mi lado del sofá, con cuidado de no acercarme demasiado.

Aunque siempre había oído hablar de esta película, no tenía ni idea de qué trataba y me sorprendió descubrir que estaba protagonizada por una joven Drew Barrymore. La protagonista tenía la capacidad de provocar incendios con la mente. No era para nada el tipo de historia que solía gustarme, por lo que acabé soñando despierta durante gran parte, lanzándole miradas furtivas a Damien mientras se comía las palomitas. Parecía estar interesado. ¿En serio? Parecía que le estaba gustando de verdad.

En un momento dado, se giró y se dio cuenta de que lo estaba mirando.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

—No es mi estilo de película, la verdad.

—¿Por qué no has dicho nada?

—Te estabas deleitando mucho con la idea de verla. No quería herir tus sentimientos.

Le bajó el volumen.

—¿Quieres ver algo en Net ix? ¿Qué te apetece?

«Me apetece enrollarme contigo».

«Dios, eso es lo único que me apetece hacer ahora mismo».

—Se está haciendo demasiado tarde para empezar una película nueva. No pasa nada.

—Bueno, no voy a dejarla puesta si no te gusta. —Agarró el mando a distancia y pulsó el botón de pausa.

De repente se hizo el silencio.

—¿Puedo preguntarte algo, Damien?

—La respuesta siempre es sí, así que deja de introducirlo todo con esa pregunta.

—¿Qué fue exactamente lo que inventaste que te permitió comprar este edi cio?

—Fue un tipo de tecnología de auriculares. Un compañero de trabajo y yo vendimos la patente por diez millones.

«Espera, ¿qué?».

—Increíble.

—Después de los impuestos y de repartirlo, no era tanto dinero. Usé mi mitad para comprar este edi cio en una subasta y arreglarlo.

—Entonces, lo invertiste todo aquí.

—Sí. Y da sus frutos.

—Fuiste muy inteligente al hacer eso y no desperdiciarlo.

—Me encanta poder tener contratadas a unas pocas personas buenas. Honestamente, esa es la mejor parte.

—Murray solo dice cosas buenas de ti como jefe.

—Mi trabajo es fácil. Lo que haces tú en ese centro juvenil a diario, dándole forma a la opinión que tienen los niños y las niñas sobre la vida y el mundo, abriéndoles los ojos a cosas nuevas… eso es mucho más difícil que cualquier cosa que yo haya hecho.

—Es curioso. Hay una adolescente que viene a pedirme consejos sobre relaciones… a mí precisamente.

—T ú dile que todas las respuestas se pueden encontrar en el unicornio —contestó, y puso los ojos en blanco.

Eso hizo que estallara en carcajadas.

—Debería hacer que fueras tú para que la pusieras en su sitio. Aunque puede que ya no le importe Kai en cuanto se pierda en tus ojos azules mientras le gritas que lo supere.

Me arrepentí del comentario sobre los ojos al instante. Damien se limitó a sonreírme con cara de no saber qué responder.

—¿Grito? —inquirió.

—Solo a veces.

Nos quedamos conversando cómodamente en el sofá durante un rato hasta que nalmente dijo:

—Vale… Entonces, ¿descartamos lo de ver otra película?

—Sí. Nada de películas. Creo que voy a acostarme.

Se levantó del sofá.

—Hora de irme, entonces.

Damien se agachó y expulsó el DVD del reproductor.

Lo acompañé hasta la puerta.

—Gracias por todo.

Se quedó quieto en el sitio antes de hablar.

—T us ojos tampoco están tan mal.

Sonreí y sentí que me sonrojaba ante el cumplido.

—El imbécil de tu ex tenía razón en una cosa —añadió.

—¿En qué?

—Te sonrojas cada vez que alguien te hace un cumplido. —Hizo una pausa—. Cada vez.

Estaba segura de que estaba todavía más sonrojada cuando dije:

—Buenas noches.

—Buenas noches.

 

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