Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 26 de 27

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Querido vecino

25 los Puntos Sobre las Íes

25

 

 

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES

 

Nuestros grandes planes de boda iban a tener que aplazarse hasta después del nacimiento del bebé. Entre hacer la habitación del bebé y preparar a los perros para el nuevo miembro de la familia, había demasiadas cosas que hacer como para preocuparse de organizar una gran esta.

Habíamos optado por no descubrir el sexo, aunque Damien seguía convencido de que era una niña. Realmente creía que el espíritu con el que se había encontrado en su sueño (o lo que hubiera sido aquella experiencia) era femenino. Lo atribuyó a la intuición paterna.

Todos los artículos que habíamos comprado para la habitación del bebé eran grises, blancos y verdes, aunque Damien escogía pequeños objetos rosas cuando estaba fuera y los colocaba de forma estratégica por todo el espacio; básicamente era la habitación de una niña.

Mi barriga era pequeña y baja, lo que hizo que Damien la apodara su «pequeña pelota de playa».

En general, el embarazo fue tranquilo hasta el último mes.

Ambos estábamos muy estresados porque Jenna nos había sorprendido con la noticia de que planeaba mudarse a Colorado con su nuevo novio. También decidió que los perros eran técnicamente suyos y que tenía derecho a llevárselos con ella.

Damien intentó convencerla de que lo mejor para los Doble D era quedarse en California porque era el único hogar que habían conocido. No lo aceptó y amenazó con llevarnos ante los tribunales para obtener la custodia completa. No pintaba nada bien.

Me alteré demasiado y acabé en reposo por hipertensión. Así pues, Damien no solo estaba preocupado por si le quitaban los perros, sino t ambién por la salud de su mujer y de su bebé nonato. A su vez, yo estaba preocupada por el estrés que todo lo anterior le estaba provocando en el corazón.

Los perros fueron mi única salvación durante el periodo de reposo en cama, ya que se subían a mi lado y me hacían compañía durante las tardes en las que Damien tenía que hacer cosas en el edi cio. Ya ni siquiera oponía resistencia a que estuvieran en nuestra cama, puesto que sabía lo reconfortantes que eran para mí. No obstante, por la noche seguían teniéndolo prohibido. Sabía que le aterrorizaba que Jenna ganara y que se fueran pronto. Como resultado, estábamos mimando y consintiendo a los perros.

Un día, Damien había salido a por un par de cosas que se me habían antojado. Había tardado dos horas más de lo que debería.

Cuando por n volvió, la puerta principal se cerró de golpe y lo oí decir:

—Ya está.

—¿Qué?

—Ya está. Nos deja quedarnos con los perros.

—¿Qué? ¿Y eso?

—Redacté un contrato y la he comprado.

—¿Cómo?

—Le he dado un montón de dinero, su ciente como para que no pudiera rechazarlo. No iba a permitir que esta situación nos estresara más. No iba a permitir que nos los quitara.

—¿Cuánto le has dado?

—No te preocupes por eso. Tenemos los fondos su cientes para hacerlo. Y valen la cantidad que sea.

Una vez más, Damien se había hecho cargo de una situación y había acudido a mi rescate. Lágrimas de alivio empezaron a recorrerme el rostro. Solo en ese momento me di cuenta de hasta qué punto el miedo a perder a los animales había estado haciendo mella en mi salud y en mi bienestar.

Por lo general, Damien no se metía en la cama con nosotros, pero esa t arde se nos unió. Tumbada en la cama con los Triple D, me invadió una paz enorme. Además, el bebé estaba dando patadas. Nuestra familia estaba completa y eso no nos lo podía quitar nadie.

Eso no tenía precio.

 

Era una noche despejada y el cielo oscuro estaba lleno de estrellas brillantes. Damien y yo estábamos sentados en el patio la noche anterior a la cesárea que tenían prevista hacerme, fantaseando con todas las cosas que íbamos a hacer cuando naciera el bebé.

—Estoy deseando volver a comer sushi y poder depilarme las piernas.

Me agarró el muslo con rmeza.

—Estoy deseando poder envolverme la espalda con estas piernas y empotrarte sin preocuparme de empalar a mi hija. —Se volvió hacia mí—. Puedes volver a depilarte las piernas, pero déjame a mí depilarte el sexo, incluso cuando seas capaz de volver a vértelo.

—Claro. De hecho, cuento con ello.

—Bien. —Me guiñó un ojo.

—¡Oh! Estoy deseando volver a tomarme mi café con leche de la tarde. Esa es otra cosa que echo de menos, ingerir mucha cafeína.

Damien gruñó.

—¿Sabes lo que estoy deseando? Estoy deseando tirar ese puto agua estas con relleno por la ventana. Eso va a ser lo primero que desaparezca.

Eso hizo que me partiera de risa. Se refería a la almohada para embarazadas que había estado usando las últimas semanas. Formaba una gran barrera entre nosotros.

—De hecho, ¿por qué no se la dejas a los D? El otro día los encontré montándosela. Eran dos contra uno.

Arrugó las cejas.

—¿Te ha recordado a tus libros?

Le di un codazo.

—No.

Se rio y me dio un beso en la mejilla.

La cesárea de mañana no llegó tan rápido como me hubiera gustado. Debido a mi preeclampsia, mi médico pensó que lo mejor era sacar al bebé una semana antes de la fecha prevista, sobre todo porque el cuello del útero no se había dilatado en absoluto.

Estábamos nerviosos, pero muy emocionados por conocer por n a nuestro bebé.

 

Damien estaba muy gracioso con el gorro de ducha del hospital. Estar aquí me recordó lo aterrorizada que estuve el día que lo operaron. Por muy aterrador que me pareciera imaginarme al médico cortándome el abdomen hoy, nada se comparaba con el miedo que sentí el día que mi marido pasó por el quirófano.

Me sobresaltó cuando habló.

—¿Sabes? Por muy aterradora que fuera mi operación, esto me asusta mucho más. Estoy deseando que se acabe.

La ironía de su a rmación hizo que sonriera. Supongo que así es cuando quieres a alguien. La idea de que algo le ocurra a la otra persona es mucho peor que la idea de que te ocurra algo a ti mismo.

Lo miré desde mi posición horizontal sobre la mesa de operaciones.

—Te quiero.

Se quitó brevemente la mascarilla quirúrgica para contestarme.

—Sois mi vida entera.

Me sentí tan agradecida de que se encontrara bien, de que estuviera a mi lado.

Damien me agarró de la mano con fuerza mientras los médicos me explicaban todo lo que estaban haciendo. Como me habían puesto la epidural, tenía toda la parte inferior del cuerpo completamente dormida.

Me habían advertido de que iba a notar algunos tirones. Justo cuando los sentí, Damien me apretó la mano con más fuerza.

—Dios mío, ya viene. La están sacando.

En ese momento, los oí.

«Llantos».

«Llantos».

«Más llantos».

Mi bebé.

Los ojos de Damien brillaban.

—¡Madre mía! Es preciosa, cariño. Se parece a ti. ¡Es igual que tú!

—¿Sí?

—Sí. Tiene la piel clara. Es un ángel. Ella… Ella… tiene… un pene. ¿Un pene?

—Es un niño —proclamó el médico.

Damien empezó a llorar de alegría y de risa a la vez.

—Tiene un pene pequeño. ¿Es un niño? ¡Es un niño! Cariño, tenemos un hijo.

—¡Es un niño! —repetí.

—¡Sí!

Al cabo de unos minutos, una enfermera le entregó nuestro hijo a Damien, que lo colocó junto a mi cara. Le di un beso en la mejilla, deseando abrazarlo.

—Hola —le dije en voz muy baja.

Por mucho que Damien pensara que se parecía a mí, reconocía la nariz de mi marido con total claridad.

—Se suponía que ibas a ser una niña —susurré—. Engañaste a tu padre.

Damien se inclinó y le dio un beso en la frente a nuestro bebé.

—Ha cambiado la historia.

 

Uno de los inconvenientes de que el sexo de nuestro bebé nos tomara por sorpresa era que no habíamos elegido ningún nombre. Nos habíamos centrado tanto en los nombres de niña que las opciones de niño se quedaron por el camino.

Nuestro hijo tenía unas semanas cuando por n nos decidimos por un nombre. Optamos por anunciárselo a nuestros familiares y amigos más cercanos en Nochebuena.

Parecía que había sido ayer cuando el año pasado celebramos la esta en nuestra casa. Habían cambiado tantas cosas desde aquella fecha. Por aquel entonces, Damien ni siquiera había decidido operarse, también pensábamos que no tendríamos hijos nunca y acabábamos de empezar a salir. Un año después, Damien llevaba diez meses operado, nos habíamos casado y teníamos un hijo. Por no hablar de que ahora los perros eran nuestros a tiempo completo.

Damien llevaba al niño sobre el pecho, en un portabebés, mientras colocaba los últimos adornos. Todavía estaba recuperándome de la cesárea, por lo que me tomé las cosas con calma mientras preparaba la comida en la cocina. En principio no íbamos a hacer una esta, pero era mucho más fácil que llevar a nuestro hijo de casa en casa durante las vacaciones. En nuestra casa teníamos todo lo que necesitaba.

Sonó el timbre.

Tyler, su novia Nicole y la madre de Damien estaban en la puerta con unos regalos envueltos.

—¡Hola, chicos! Pasad.

Monica me abrazó con fuerza.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy bien, un poco dolorida todavía, pero genial teniendo en cuenta la situación.

Nicole me miró de arriba abajo.

—Eres tan pequeñita. Nadie sabría que diste a luz hace un mes.

—Ni siquiera parecía que estaba embarazada por detrás en el noveno mes —gritó Damien—. Lo sé porque al nal pasé mucho tiempo en esa posición. —Miró a Monica—. Uy, lo siento, mamá.

Tyler se abrió paso entre nosotros en dirección al bebé.

—¡Ahí está mi ahijado sin nombre!

Nicole sonrió.

—Ohh, lleva un gorrito como su padre.

Le habíamos puesto un gorrito gris a juego con el de Damien.

La mirada de Tyler pasó del bebé a su hermano.

—Nunca pensé que llegaría este día.

—Ni tú ni yo, hermano.

Tyler habló cerca del bebé.

—No te preocupes, pequeño Sin Nombre. Tu tío Tyler te enseñará todo lo que tienes que saber en esta vida.

—Y luego papá te dirá que hagas lo contrario a lo que diga el tío Tyler — bromeó Damien.

—¿Cuándo vamos a conocer el nombre? —preguntó Monica.

—Lo anunciaremos cuando lleguen todos, puede que después de la cena —respondió Damien—. Todavía estamos esperando a que llegue la familia de Chelsea.

Nicole se acercó a mí mientras jugaba con su collar.

—Mira lo que me ha comprado Tyler por Navidad. Es de Ti any's.

Examiné el colgante en forma de corazón que colgaba de una cadena de plata.

—Ni tan mal, Ty.

—Se ha portado. —Nicole sonrió.

—Es muy bonito. Vosotros dos también acabáis de hacer vuestro primer año, ¿no? Recuerdo que la primera vez que te vi fue el año pasado por estas fechas, y acababais de empezar a salir.

—Sí. Y ahí seguimos.

Tyler escuchó y levantó el dedo índice.

—Lo que signi ca… que todavía no la he cagado.

Damien golpeó a su hermano en el hombro.

—En serio, Nicole, hay que ser una mujer especial para lidiar con el narcisista de mi hermano. Bravo por ti.

—Touché. —Tyler se rio. Luego se volvió hacia mí—. Entonces, ¿quién viene de tu parte esta noche?

—Mi hermana Claire, su marido, Micah, y su hija pequeña, Clementine. También mis padres.

—¿No tienes otra hermana? —preguntó Monica.

—Sí. —Hice un mohín—. Jade no ha pedido venir, está en Nueva York. Su obra siempre tiene más público en esta época del año.

—Vaya mierda.

—Ya. La echo de menos. Todavía no ha conocido al bebé. La está matando, pero literalmente la amenazaron con despedirla cuando pidió tiempo libre para venir a casa cuando nació. —Sintiéndome triste, añadí—: Pero la veré pronto. Vendrá en cuanto pueda.

Tyler rodeó a Nicole con el brazo.

—¿Qué os parece si traigo algo de beber?

—En realidad, hermanito, iba a mandarte a la licorería para que compraras cerveza. Salí antes y se me olvidó lo más importante.

—Cuenta conmigo. —Le dio un beso a su novia en la nariz—. Nic, ¿quieres quedarte o te vienes conmigo?

—Me quedo.

Unos minutos después de que Tyler se fuera, sonó el timbre de la puerta. Supuse que era mi familia, ya que venían todos en un monovolumen.

El corazón me dio un vuelco cuando vi a mi hermana. Estaba de pie sosteniendo un montón de bolsas.

—¡Jade! ¡Dios mío!

Nos abrazamos. Cuando se separó, se le llenaron los ojos de lágrimas al ver al bebé. Sin mediar palabra, Damien lo sacó del portabebés y se lo entregó a su tía.

Jade admiró a nuestro hijo mientras lo sostenía en brazos.

—Me moría por tenerlo en brazos.

Le di un minuto para que disfrutara de él antes de preguntarle:

—¿Cómo te las has apañado para escaparte?

—Literalmente lloré, rogué y supliqué por una noche libre. Tengo que volver mañana por la noche. No podía estar más tiempo sin verlo. —Volvió a mirar al bebé—. Se parece a nosotras. Pero tiene la nariz de Damien.

—¡Eso es justo lo que dije!

Damien parecía feliz de verme a mí tan feliz.

—Jade, es una sorpresa increíble. No tienes ni idea de lo contenta que acabas de poner a tu hermana.

Me sonrió.

—Me alegro mucho de haber podido conseguirlo.

Todos los demás llegaron poco después y se quedaron tan sorprendidos como yo al ver a Jade con el bebé en brazos. No lo soltó hasta que se hizo caca, momento en el que Damien acudió al rescate para que yo pudiera pasar un rato a solas con mi hermana.

Jade y yo estábamos preparando la comida en la cocina cuando Tyler volvió de la tienda con la cerveza.

—¡Tyler, ven a conocer a mi hermana! Esta es Jade.

Jade, que había estado cara a cara conmigo, se dio la vuelta para saludarlo.

Tyler abrió la boca y se detuvo como si hubiera visto un fantasma. No podía culparlo por quedarse sin palabras al verla por primera vez. Mucha gente reaccionaba así. Jade era alta y hermosa, una presencia imponente que iluminaba cualquier habitación en la que se encontrara. Con su pelo rubio cortado estilo pixie, sus ojos grandes y su nariz pequeña, parecía casi una versión real de Campanilla.

Tartamudeó cuando habló.

—Hola. Yo… eh, soy…

Jade respondió por él.

—Tyler. —Sonrió—. Eres Tyler.

—Así me llamo. Sí. Y tú eres… —Tyler volvió a quedarse sin palabras.

—Jade.

Tyler se rio con nerviosismo.

—Claro. Acaba de decirlo. Jade. Encantado de conocerte. —Le tendió la mano y la aceptó.

—Lo sé. Por n, ¿verdad? Encantada de conocerte, Tyler.

Nicole entró en la cocina en ese momento, y Tyler, que seguía dándole la mano a Jade, la soltó instintivamente.

—Aquí estás, Ty. No te había visto entrar. Empezaba a pensar que te habías perdido.

Su novio esbozó una sonrisa falsa.

—Hola. Sí, es que hoy en día hay demasiadas variedades de cervezas. — Volvió a mirar a mi hermana—. Jade, ella es…

Cuando volvió a quedarse en blanco, su novia respondió en su nombre.

—Nicole.

Jade le sonrió al chico.

—Sí. Nos hemos conocido mientras estabas fuera.

—Genial. Vale. —Le hizo un gesto con el pulgar—. Voy a… meter la cerveza en la nevera.

Tyler se agachó a la altura de la parte baja de la nevera y estaba moviendo las botellas cuando una se le resbaló de la mano y se hizo añicos en el suelo.

—Joder —dijo entre dientes—. Lo siento, Chelsea. Voy a limpiarlo.

Nunca había visto a Tyler actuar así. Normalmente era una persona muy calmada y tranquila. ¿Era una reacción a mi hermana o era otra cosa?

Cuando Tyler y Nicole salieron de la cocina, Jade me miró en silencio. Ya le había visto antes esa expresión. Sabíamos cómo leernos la mente sin decir nada.

—Conque ese es Tyler. —Miró hacia donde él estaba, de pie en el lado opuesto del apartamento.

—Sí.

—Es guapísimo —susurró.

—Lo sé. Damien y él se parecen, pero son diferentes, ¿verdad?

—Totalmente. —Jade respiró hondo. Ella también parecía un poco nerviosa.

Si había algo que sabía de mi hermana era que nunca se plantearía insinuársele a alguien que tuviera novia. La última relación de Jade acabó cuando su ex la dejó por otra, al igual que me pasó a mí. Entendía lo que era la traición. E incluso si en algún universo alternativo no estuviera saliendo con Nicole, no estaba segura de poder con arle el corazón de Jade a Tyler. Por mucho que quisiera a mi cuñado, él no era Damien. Que un actor saliera con otro actor tampoco parecía una buena combinación.

Aun así, durante un momento fugaz, no pude evitar fantasear con cómo sería ver al hermano de Damien con mi hermana. No era más que eso: una fantasía, más que nada porque Jade vivía en Nueva York y Tyler vivía aquí.

Vivía con su novia aquí.

«Vale. Pasa página, Chelsea».

Más avanzada la noche, todos habían comido e intercambiado regalos, así que era el momento oportuno para anunciar el nombre que habíamos escogido.

Damien hizo los honores.

—Quiero que todos sepáis que le hemos dado muchas vueltas, hemos saltado de nombres poco conocidos a nombres comunes. Durante mucho tiempo, nada nos pareció bien. Entonces, mi mujercita se puso rme. Me dijo que solo había un nombre que le parecía bien. ¿Quién soy yo para refutar eso? Así pues, os presento a… Damien Raymond Hennessey, o como nos gusta llamarle, Pequeño D.

Soltaron varias aclamaciones.

—¿Hemos esperado todo este tiempo solo para saber que le has puesto Damien? —exclamó Tyler desde el otro lado de la habitación, bromeando.

—Exacto. Y su segundo nombre es por papá, claro. —Monica estaba llorando, probablemente pensando en su difunto marido.

—Creo que nuestra elección representa bastante bien nuestra relación en general —añadí—. A veces, las mejores cosas están delante de tus narices todo el tiempo.

Damien y yo nos estábamos preparando para acostarnos, y tuve que preguntar.

—¿Te ha dicho Tyler algo sobre Jade?

—¿Te re eres a otra cosa que no sea: «Mierda, ¿cómo no me dijiste que su hermana estaba buenísima?»? No.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que ahora Jade era de la familia y que le partiría la cara como alguna vez se acostara con ella.

—¿En serio?

—Ya te digo. Dicho esto, creo que de verdad le gusta Nicole. El adolescente que hay en él salió un poco cuando vio a tu hermana.

—Vale. —Decidí dejar el tema y pasar de mi aparente obsesión con la idea de Tyler y Jade.

Damien se acercó a mí en la cama.

—Bueno… ¿estás lista para tu regalo?

—Dijiste que esperara algo loco, así que no estoy muy segura.

—No es tan loco. —Miró al techo con duda y luego soltó una risita—. Bueno, puede que sí que lo sea.

—¿Qué has hecho?

—Bueno, permíteme empezar diciendo… que nunca me ha gustado ese lunar que tengo en el culo. De hecho, solía odiarlo… hasta que me dijiste que te gustaba.

—Espera. Ahora estoy confundida. ¿De qué estamos hablando?

—Decidí poner los puntos sobre las íes.

—¿Que decidiste qué?

—En vez de quitármelo, lo he modi cado.

Damien se levantó de la cama y se bajó lentamente los pantalones para mostrar su culo musculoso y bronceado. Tenía un nombre tatuado en el lugar donde antes estaba el lunar.

«Un momento».

¡El lunar seguía ahí! Ahora servía para poner el punto sobre la «I» de la palabra que se había grabado en su hermoso trasero.

FIRESTARTER.

 

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