Querido vecino
7 Cambia la Historia
7
CAMBIA LA HISTORIA
Un par de semanas más tarde, era la Noche de las Artes en el centro juvenil, y acabé en un berenjenal enorme.
El evento era nuestra mayor función artística del año y el único de cuya organización era totalmente responsable.
Muchos de los patrocinadores del centro acudirían a ver algunas actuaciones realizadas por los chicos y las chicas. También había varios t alleres en los que participaban algunas celebridades locales. Había conseguido que viniera un músico de jazz, una actriz de un grupo de teatro del Área de la Bahía y un pintor al óleo. La idea era tener una persona de cada categoría: música, teatro y artes visuales.
En el último momento, el pintor, Marcus Dubois, llamó para decir que su vuelo de vuelta a casa desde Londres se había cancelado y que no podría asistir. Aunque el acto tendría que seguir adelante sin él, sabía que esto no iba a quedar bien ante los donantes y que no sería un buen augurio ni para la dirección del centro ni para mí.
Desesperada, me devané los sesos en busca de una solución e inmediatamente pensé en Damien. Me pregunté si estaría dispuesto a hacer de sustituto, si estaría dispuesto a demostrar algo de su talento. También incluiría hablar con los niños y las niñas, algo con lo que no estaba segura de que fuera a sentirse cómodo.
Damien y yo solo habíamos quedado de forma casual un par de veces más desde la noche en la que me preparó la pizza. Las dos veces fui yo la que lo inició, llamando a su puerta e invitándome a entrar. En ningún momento me había hablado de su arte, así que no estaba segura de cómo se sentiría al organizar un taller, especialmente con tan poco tiempo de antelación. Pero cuando faltaban dos horas para que llegara la gente, estaba desesperada y saqué el móvil.
El corazón me latía con fuerza cuando me saltó el buzón de voz.
La voz me temblaba.
—Hola, Damien. —Me aclaré la garganta—. Soy Chelsea. Tengo que pedirte una especie de favor enorme, pero no estoy segura de que sea algo que vayas a pensarte siquiera. Básicamente, es la Noche de las Artes aquí en el centro juvenil. Es un evento enorme, y el artista más importante que tenía preparado, Marcus Dubois, a lo mejor has oído hablar de él, me ha dejado tirada. Han venido un montón de patrocinadores y estamos intentando darles una buena impresión y bueno, tiene muy mala pinta. Estoy un poco desesperada y asustada, así que…
BIP.
Su maldito contestador automático me cortó.
¡Mierda!
Ahora sonaría como una completa desesperada si volvía a llamar. Decidí intentar olvidarme de ello e hice todo lo posible por aguantar la vergüenza que sentía por no tener a alguien que representara las artes visuales. Explicaría lo sucedido lo mejor que me fuera imposible y cortaría por lo sano.
Sintiéndome completamente derrotada, seguí adelante con los trámites, dejando entrar al servicio de catering, ayudando a preparar el lugar y,
nalmente, saludando a los invitados que llegaban con una sonrisa falsa
en la cara.
Toda la sección de la sala que se había preparado para Marcus Dubois estaba notoriamente vacía.
Justo cuando estaba explicando la situación de Dubois a otra patrocinadora por centésima vez, oí una voz grave a mis espaldas.
—Perdón por llegar tarde.
C uando me di la vuelta, Damien estaba ahí con su clásica gorra gris, vestido de negro y oliendo a cuero y a colonia. Llevaba una bolsa enorme al hombro. Mis débiles rodillas parecían estar a punto de romperse. Me había tomado tan de sorpresa que me quedé muda hasta que nalmente encontré las palabras para presentarlo.
—Este es…
—Damien Hennessey —me interrumpió, y le ofreció la mano a la mujer junto con un destello de sus perfectos dientes, los cuales quise recorrer con la lengua—. Chelsea me llamó para que hiciera de sustituto tras la cancelación de Dubois. —Me miró—. ¿Dónde me necesitas?
—Puedes instalarte aquí, en esta esquina.
Damien me siguió y dejó sus cosas. Una vez que estuvimos solos, me volví hacia él.
—No puedo creer que hayas venido. Ni siquiera pude pedirte que vinieras en el mensaje.
—Era obvio a dónde querías llegar a parar. Y sonabas como si tuvieras miedo o algo así. ¿Por qué te has puesto tan nerviosa a la hora de pedírmelo?
«Porque me atraes una barbaridad».
Después de perderme en sus ojos durante unos segundos, me encogí de hombros.
—No lo sé.
—En n, he venido tan rápido como he podido.
—No tienes ni idea de lo que signi ca esto para mí.
—Creo que sí lo sé. Parece que estás a punto de llorar. No ocultas muy bien tus sentimientos.
«Tenía razón. Apenas podía contener las lágrimas de alivio».
—Signi ca mucho, de verdad.
Damien miró a su alrededor.
—Bueno, ¿qué hago?
—Vale. ¿Te has traído todos los materiales que necesitas para pintar?
—Sí, lo tengo todo.
—T u taller comienza en media hora. Lo único que tienes que hacer es crear algo de tu elección, tal vez explicar un poco cómo haces lo que haces, tu técnica, y luego simplemente te harán algunas preguntas al nal. Ya
sabes, cómo te metiste en esto…, consejos si quieren convertirse en artistas…, cosas así.
—Puedo hacerlo.
—En serio, te debo mucho por esto.
—No me debes nada.
—Te debo un horno tostador, y ahora te debo más.
Mi director me apartó de repente para mezclarme con otros donantes, dejando a Damien solo para que se instalara y haciendo que me perdiera la mayor parte de su taller. De vez en cuando lo miraba a hurtadillas mientras se ponía la máscara y pintaba el lienzo que había colocado en un caballete.
Por n pude escaparme y me colé en su taller, el cual no había terminado todavía. Estaba de pie detrás de él y no podía ver lo que había pintado con espray , ya que el caballete estaba orientado hacia el público durante la parte de preguntas y respuestas.
—¿Cómo te metiste en esto? —preguntó uno de los chicos.
—Bueno, cuando era adolescente estaba pasando por un momento especialmente duro tras la muerte de mi padre. Empezó como un gra ti en una propiedad que no era mía. —Extendió las palmas de las manos—. No lo estoy justi cando ni nada. —Todos se rieron mientras él continuaba —. Sin querer, descubrí que tenía mano para ello y encontré lugares nuevos en los que practicar, con la esperanza de no meterme en problemas. Por aquel entonces lo utilizaba como vía de escape. Pero con los años se ha convertido en mucho más que eso. Ahora vivo para crear imágenes y darles vida.
Uno de los adultos levantó la mano.
—¿Qué les dirías a los jóvenes que quieren ser artistas? —inquirió.
Damien dirigió su respuesta a los niños y niñas.
—Hay que encontrar un equilibrio. La mayoría de la gente no tiene la suerte de ganarse la vida haciendo lo que le gusta. Así que hay que seguir estudiando, encontrar una carrera práctica al principio, conseguir algunas habilidades a las que recurrir, pero sin dejar de hacer lo que te apasiona. Tomé algunas decisiones inteligentes desde el principio que me permiten pasarme los días creando arte, pero eso es solo porque me esforcé en mis estudios. Ahora estoy cosechando los bene cios.
Uno de los adolescentes, Lucas, levantó la mano.
—Yo dibujo —dijo—, pero no se lo enseño a nadie. Supongo que tengo miedo porque una vez mi hermano encontró mis dibujos y se rio de ellos. Así que siento que ahora no puedo compartir esa parte de mí.
—Si te dices que no puedes hacer algo, cambia la historia que hay en tu cabeza. Visualiza un resultado diferente. Cambia la historia. Esa es t ambién la belleza del arte. Puedes crear tu propia interpretación de cualquier cosa. Elige un recuerdo triste o incómodo, por ejemplo, y reescribe el nal. De hecho, eso es lo que he hecho con este cuadro. La verdadera historia que hay detrás no fue tan sencilla.
Como me había perdido la parte en la que pintaba, no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Entonces, oí cómo uno de los adolescentes preguntaba:
—¿Así que a Chelsea no le gustaban mucho tus perros?
«¿Qué?».
—En realidad —respondió—, cuando la conocí, tuvimos un comienzo difícil. Era un poco arrogante conmigo, así que le devolvía esa arrogancia. Ella tenía la impresión de que yo era una mala persona. Un día vino oliendo a beicon…
Todos empezaron a reírse.
—Lo sé. Quién hace eso, ¿verdad? En n, los perros se vuelven absolutamente locos con ese olor. Se emocionaron y la pisotearon. A ella no le gustó. Son inofensivos, pero son bastante grandes. Así que no pude culparla. —Nuestras miradas se cruzaron y sonrió al percatarse de que estaba escuchando cada palabra—. En n, no se dio cuenta, pero ese día me morí de vergüenza.
Se me encogió el corazón. «¿De verdad?».
Volvió a enfrentarse a su público.
—En n, en un mundo perfecto, tal vez habría estado riéndose como en la imagen en vez de casi llorando.
C uando por n pude ver bien el lienzo, me tapé la boca, sin saber si quería reír o llorar.
«Era la viva imagen de mí».
Mi pelo rubio y ondulado estaba esparcido por el suelo mientras Dudley y Drewfus se echaban encima de mí y me lamían la cara. Se parecía mucho a lo que había sucedido en realidad, salvo que él me había representado con una sonrisa enorme, como si me estuviera riendo histéricamente, sin cansarme de los animales grandes y graciosos.
«Había cambiado la historia».
No podía apartar los ojos de él, y ahora estaba esbozando una sonrisa similar a la del cuadro.
Los niños se acercaron a Damien durante casi una hora después de que terminara la presentación para hacerle más preguntas y para probar pintar en unos lienzos en blanco que había traído. Damien los invitó a todos al edi cio para que vieran el mural que estaba haciendo cuando quisieran. Nunca imaginé que su incorporación en el último momento los dejaría tan impresionados, pero sus palabras fueron realmente inspiradoras.
La multitud se disipó, y Damien estaba recogiendo sus cosas cuando me acerqué a él.
—Ha sido increíble.
—No ha sido nada.
—No. Sí que ha sido. —Le toqué el hombro y él miro durante un breve momento mi mano en su brazo. Lo miré a los ojos—. Eres increíble.
No sabía por qué estaba tan conmovida en ese momento. Damien acababa de despertar una parte de mí que se había dado cuenta de que ansiaba mucho más de la vida.
—Ha sido una de las mejores presentaciones que hemos tenido. En serio, esta noche te debo la cena.
Su boca se curvó en una sonrisa.
—¿Vas a quemarme la cena?
—Por supuesto que no. Voy a comprarla, y no voy a aceptar un no por respuesta. ¿Tienes planes para esta noche?
Sus ojos se cerraron un momento.
—La verdad es que sí. Lo siento.
Intentando que no se notara mi decepción, asentí.
—Oh. Quizá mañana. —Al darme cuenta rápidamente de que mañana era viernes por la noche, dije—: Mierda. Me acabo de acordar. Tengo una cita.
—¿En serio?
—Pareces sorprendido. T ú eres el que me puso en esa página web.
—En realidad no me sorprende en absoluto, Chelsea. ¿Dónde has quedado con él?
—En el Starbucks de Powell. El mismo lugar en el que ese tal Damien me dejó plantada.
—El bueno de Damien. —Sonrió—. ¿ Te vas ya para casa? ¿Quieres que te lleve?
—Claro. Normalmente voy andando. Pero hoy ha sido un día agotador.
Damien abrió la puerta del copiloto de su camioneta y me dejó entrar antes de meter sus provisiones en la parte trasera. El coche olía a su colonia mezclada con ambientador. Cerrando los ojos, inspiré hondo. Miré el asiento trasero y sonreí al ver la toalla que había puesto para los perros.
El trayecto hasta nuestro edi cio duró tres minutos. Damien metió la camioneta en el lugar especial reservado para él. Una vez que lo aparcó, no se movió.
Nos quedamos en silencio durante varios segundos antes de que preguntara:
—Has mencionado que tu padre falleció. ¿Qué le pasó?
—Murió de un ataque al corazón cuando yo tenía trece años. Solo tenía tr einta y cinco.
—Vaya. Lo siento mucho.
—Gracias.
—¿Dónde vive tu familia?
—Crecí en San José. Mi madre todavía vive allí. Tengo un hermano dos años menor que yo. Vive en San Francisco, a un par de kilómetros de aquí.
—¿Cómo se llama?
—Tyler.
—Es un nombre bonito. T u madre tiene buen gusto… Damien y T yler. ¿ De qué nacionalidad eres?
—Mi madre es mitad griega mitad italiana. Mi padre era irlandés.
—De ahí el Hennessey.
—Sí. —Sonrió.
—La muerte de tu padre… siendo tan joven. Me imagino que eso ha tenido un gran impacto en las decisiones que has tomado en tu vida.
—¿Te re eres a por qué estoy viviendo como un jubilado con casi veintisiete años?
—Más o menos, sí. O sea, eso no quiere decir que no te lo hayas ganado.
—No vas desencaminada. La muerte de mi padre me motivó mucho, de eso no hay duda. Era una persona que trabajaba demasiado, nunca pudo disfrutar de su vida, nunca tuvo los medios nancieros para hacerlo. Se limitó a vivir el día a día, y luego murió. Así que sí, debido a eso, quiero disfrutar de mi vida sin reparos, y no doy nada por sentado.
Nos quedamos sentados en su coche durante más de una hora para hablar de cualquier cosa y de todo. Me preguntó por mi familia y por cómo llegué a trabajar en el centro juvenil. También habló de los cuatro años que vivió en Massachusetts antes de volver a trabajar en Silicon Valley. Quería quedarme hablando en esa camioneta para siempre. Era una sensación extraña, porque mi mente estaba muy involucrada y , sin embargo, mi cuerpo estaba agitado, incapaz de ignorar la atracción física que sentía hacia él. Sinceramente, no había sentido eso por ningún hombre antes, ni siquiera por Elec.
—Tengo que irme —dijo nalmente.
—Vale.
Caminamos juntos de vuelta a nuestros apartamentos del segundo piso.
—Si no te vuelvo a ver, ten cuidado mañana por la noche.
—¿De qué estás hablando?
—T u cita.
Casi me había olvidado de mi cita para tomarme un café con un tipo llamado Brian.
—Oh, claro. Bueno, sigo debiéndote una cena.
—Vale.
—Que tengas una buena noche, Damien.
—T ú también.
Mientras miraba cómo abría la puerta de su apartamento, sentí que me sonrojaba. Este hombre cada vez me gustaba más. Sin embargo, era como si debiera haber una alarma de advertencia sonando al mismo tiempo. Me contó que no le interesaba un futuro con alguien que quisiera casarse o tener hijos. Su última relación terminó por ese motivo. Seguía sin ser capaz de entender la raíz de por qué se sentía así. Hoy se ha portado muy bien con los niños y niñas del centro y tiene un carácter naturalmente protector.
Dentro, me acerqué a la pared y sustituí mi obra de arte por el lienzo que Damien había pintado de mí y los perros. Con una enorme sonrisa en la cara, me quedé mirándolo un rato.
«Cambia la historia».
No había pensado en Elec ni una sola vez en toda la noche. Y eso hizo que me sintiera muy bien.
Estuve inquieta durante el resto de la noche, por lo que quise hacer algo que llevaba un tiempo planeando. Me hice con una caja de harina preparada de la alacena y decidí hacer esas magdalenas de arándanos con las que habíamos bromeado tiempo atrás. Me pareció el gesto perfecto para agradecerle su ayuda.
El apartamento olía muy bien cuando saqué las magdalenas calientes del horno. C uando se enfriaron, desenterré de mi habitación una cesta que había servido para almacenar revistas. Coloqué un paño en el centro y dispuse las magdalenas antes de cubrirlas.
Pensaba llevárselas por la mañana, pero cuando oí que la puerta de su casa se cerraba poco antes de la medianoche, decidí llevar la cesta mientras las magdalenas todavía estuvieran recién hechas.
Respiré hondo y llamé tres veces a la puerta. Cuando abrió, me di cuenta de que tenía el pelo revuelto. Damien no parecía feliz de verme, y su expresión era incómoda.
—¿Qué pasa?
Se me desplomó el corazón cuando miré más allá de sus hombros y me encontré a una mujer de pelo largo y castaño sentada en el sofá alisándose la camiseta.
Las palabras no me salían. Sin dejar de sujetar la cesta de magdalenas, me quedé de pie, notando que me latían los tímpanos. No tenía derecho a estar extremadamente celosa, pero lo estaba.
—Lo siento. No quería interrumpir. Solo quería darte esto —dije, prácticamente empujando la cesta hacia él—. Disfrútalas.
Antes de que pudiera responder, volví corriendo a mi apartamento y cerré con un portazo.
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