Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 13 de 27

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Querido vecino

12 Oh, Hermano

12

 

OH, HERMANO

 

—No puedo creer que de verdad vayas a hacerlo —dijo Jade.

Estaba metiendo las cosas que no iba a quedarme en una bolsa de basura mientras charlaba con mi hermana antes de una de sus funciones.

—Una gran parte de mí no quiere. Aquí me siento muy segura. Pero es necesario para mi cordura.

—¿Te deja deshacer el contrato de alquiler?

—Sí.

—Me alegro, porque podría haber sido un imbécil al respecto.

—Sabe por qué me voy. No se comportaría como un imbécil en estas circunstancias. Hemos sido amables desde la noche en la que estallé en su cama con el pobre perro durmiendo a mi lado. A Damien no le parece bien, pero creo que lo entiende. Sabe que no puede detenerme.

—A todo esto, ¿cómo está el perro herido?

—Drewfus está bien. He estado yendo a visitarlo. Todavía se está recuperando, cojea. Pero gracias a Dios se pondrá bien.

—Bien. ¿Cuándo te mudas entonces?

—En un par de semanas. El nuevo piso no está desocupado todavía. Estoy empaquetando poco a poco todas las cosas pequeñas. Mamá y papá vendrán el día de la mudanza para ayudarme con las cosas grandes.

—Ojalá pudiera subirme a un avión y echar una mano, pero no voy a tener ningún descanso de la función en un tiempo.

Tras una breve pausa, pregunté:

—¿Crees que estoy haciendo el ridículo?

—¿En qué sentido?

—Mudándome porque no puedo controlar mis sentimientos. En un mundo ideal, aprendería a lidiar con ello, ¿no?

—Bueno, no parece que tus sentimientos por él sean fáciles de controlar. Te estás alejando de una situación que sabes que sería dolorosa para ti a largo plazo. Y estás siendo sincera al respecto en vez de inventarte excusas para irte. Eso es valiente. Así que, no, no creo que estés siendo ridícula, hermana. Creo que el ridículo es él.

Dejé escapar un suspiro de alivio.

—Gracias —contesté.

—Más gente debería ser abierta con respecto a sus sentimientos, aunque duela. —La voz de alguien sonó en el fondo por un intercomunicador—. Mierda. Tengo que irme —dijo Jade.

—Gracias por escucharme, como siempre. De todas formas, tengo que salir para tirar algo de esta basura al contenedor de atrás.

—Hasta luego, hermana.

Cuando volvía de sacar la basura, una voz me paró en seco justo cuando abrí la puerta de mi apartamento.

—Tú debes de ser Chelsea.

Parecía Damien.

Cuando me giré hacia él, por una fracción de segundo pensé que lo era. El chico que estaba en el pasillo se parecía a él. Tuve que parpadear un par de veces antes de darme cuenta de que era su hermano.

—Sí, hola. Y tú eres Tyler.

Esbozó una sonrisa enorme.

—Llámame Ty.

«Madre mía».

«Hay más de ellos».

—Ty. —Sonreí—. Encantada de conocerte.

—Igualmente.

Al verlo de cerca, no era exactamente la viva imagen de su hermano. La belleza de Tyler se asemejaba más a la propia de una estrella de cine, mientras que Damien era más tosco. Sin embargo, tenía los mismos hermosos ojos azules que él, la misma piel bronceada (menos el tatuaje del brazo), la misma estructura ósea, la misma complexión fuerte y la misma sonrisa coqueta. «Dios». Quería nadar en su acervo genético.

La puerta se abrió. Damien salió sosteniendo uno de esos encendedores para la parrilla de la barbacoa.

—Se me ha olvidado darte el… —La expresión de Damien se ensombreció mientras me miraba con descon anza y luego a su hermano. Tragó saliva—. Veo que has conocido a Chelsea.

—Así es. Has estado guardándote información, D. Me dijiste que era guapa. No dijiste que te dejaba sin respiración.

—Cállate, o tendré que dejarte a ti sin respiración.

«Vaya».

Me ardían las mejillas.

Ty sonrió, sin parecer afectado por la amenaza de Damien mientras tomaba el encendedor de su hermano. Me miró.

—He hecho que te pongas roja.

—Todo hace que se ponga roja —se apresuró a decir Damien.

Me aclaré la garganta y me volví hacia él.

—¿Los perros están con Jenna?

—Sí.

—Lo supuse. Está muy silencioso. —La mirada de Damien se detuvo en la mía durante un rato antes de que Tyler interrumpiera nuestro tenso concurso de miradas.

—Estábamos a punto de hacer una barbacoa en la parte de atrás. Deberías unirte a nosotros para cenar.

—Estoy seguro de que Chelsea tiene mejores cosas que hacer… con la mudanza y todo eso —intervino Damien.

Con aspecto de estar confundido, su hermano pasó la mirada de uno al otro.

—¿Qué mudanza?

—Se va a mudar a otro piso.

—¿En este edi cio?

—No. Al otro lado de la ciudad —respondió Damien.

Ty parecía sorprendido.

—¿Por qué?

Finalmente hablé.

—Es una historia un poco larga. Necesitaba un cambio.

—Damien no me ha contado nada.

Damien todavía me estaba mirando cuando dijo:

—No he tenido la ocasión.

—Bueno, entonces está claro que tienes que cenar con nosotros si te mudas pronto.

«Tenía curiosidad».

«Quería cenar con ellos».

—¿Sabes? Ha sido un día largo de limpieza y de meter cosas en cajas. No me ha dado tiempo a pensar en la cena, así que acepto.

Ty jugueteó con el mechero.

—Genial. Hago una mazorca de maíz a la barbacoa muy buena.

—Le gusta comérsela empezando por la punta —bromeó Damien.

Sacudí la cabeza ante su cómico enfrentamiento.

—¿Llevo algo? —pregunté.

—Solo tu preciosa presencia —respondió Ty antes de añadir—: Te estás poniendo roja otra vez.

—En realidad, creo que llevaré algo de alcohol. —Sí, iba a necesitarlo.

Después de volver a mi apartamento a por la botella de vino y a ponerme algo que no fuera la ropa de estar por casa, me reuní con Damien y Ty en el exterior.

Seguí las columnas de humo hasta la parte trasera del edi cio, donde habían colocado una chimenea de exterior y tres sillas Adirondack de plástico. Era la noche perfecta para hacer fuego: fresca y seca con el sol poniéndose.

Añade caballerosidad a la lista de cualidades atractivas de Tyler.

—Hola, Chelsea. Déjame la botella, yo la abro.

Era un auténtico encanto. No era de extrañar que Damien tuviera puñales en los ojos mientras miraba cómo su hermano abría el vino y vertía un poco en la copa que había traído.

—¿Por qué no te sientas aquí para que el humo no te dé en la cara? —Ty me condujo hasta la silla en la que había estado sentado.

—Gracias. —Sonreí y luego miré a Damien en un intento por entablar conversación—. Has perdido la oportunidad de hacer un chiste sobre mí y el humo, Damien. Estás ojeando.

Seguía con pinta de estar cabreado cuando alzó la vista de la parrilla.

—¿Qué has dicho?

—Da igual.

Ty le dio un sorbo a su cerveza y luego hizo un gesto con la botella.

—Es verdad. Me dijo que te faltó poco para incendiar el edi cio.

Asentí con la cabeza.

—Sí. Se ha convertido en una broma recurrente entre nosotros.

—Te re eres a cuando Damien logra encontrar su sentido del humor. Está claro que esta noche lo tiene en el culo. —Levantó el dedo índice—. Oh. Hablando de humo, he traído algunos cubanos.

—¿Se van a unir a nosotros?

Ty se rio.

—Qué graciosa eres, Dios.

Damien esbozó una sonrisa reticente.

—Puros, Chelsea.

—Ah.

Ty se sacó una bolsita que contenía los cigarros largos del bolsillo interior de su chaqueta.

—Son para después de la cena. —Se volvió hacia mí—. ¿Quieres fumarte uno conmigo después?

—Nunca me he fumado un puro.

—Estos son los mejores. Montecristo. Tienes que probar uno.

—Vale, tal vez.

—Por cierto, Damien está cocinando dos lotes diferentes de lete. Uno lo he marinado y sazonado yo y el otro, él. Tendrás que decirnos cuál te gusta más. No voy a decirte cuál es cuál.

Los pensamientos sucios en mi cabeza eran abundantes. Probando su carne. Genial.

«¡Deja de pensar en cochinadas, Chelsea!».

—¿Estáis repitiendo la competición de la pizzería o algo así? —Me reí.

—¿Damien te ha hablado de eso?

Finalmente, Damien se separó de la parrilla para unirse a nosotros.

—Sí, le conté cómo te di una paliza aquel día, y estoy dispuesto a volver a hacerlo si es necesario.

—Hoy estás de muy mal humor, Damien —contestó Tyler con tono burlón antes de volverse hacia mí—. Entonces, ¿cuándo te mudas?

—En dos semanas.

—¿Es inamovible?

—Sí. Se supone que el inquilino del nuevo apartamento se va para entonces. He alquilado el servicio de una empresa de mudanzas y mis padres van a venir a ayudarme.

Damien abrió una cerveza.

—Diles que lo cancelen —dijo.

—¿Por qué?

—Yo te llevo.

—No hace falta.

—Los dos podemos ayudar —interrumpió Ty—. Tus padres no deberían tener que hacerlo.

Damien le lanzó una mirada asesina que dio a entender que estaba molesto con Tyler por ofrecer sus servicios.

—Bueno, lo aprecio, la verdad. Lo más probable es que mis padres vengan de todas formas, pero nos vendría bien más mano de obra para el trabajo pesado.

—¿Me repites por qué te estás mudando exactamente? —preguntó Ty.

Simplemente no respondí. De ninguna manera iba a hacer el ridículo delante de él.

Percibió mi recelo.

—No pasa nada. No tienes por qué dar explicaciones. No es asunto mío.

—No, no lo es —concordó Damien antes de levantarse de repente—. Creo que la comida está lista.

Se podía cortar la tensión del aire con el cuchillo para la carne.

—Asegúrate de darle un poco de cada tipo de carne —dijo Ty.

Damien dispuso el popurrí de puntas de lete, letes de falda, maíz asado y verduras asadas en tres platos de cartón.

Me levanté para recoger el mío.

—Huele increíble. No puedo creer que nunca hayamos hecho una barbacoa aquí fuera.

—Bueno, técnicamente no permito hacer barbacoas en el recinto.

—Cierto. Bueno, por suerte, tengo un acuerdo con el propietario. —Sonreí —. Es agradable. Gracias por incluirme.

Su expresión se volvió más ligera y nalmente se transformó en una sonrisa completa.

—Bueno, no dejaste que mi humor de mierda te asustase. Me alegro de que estés aquí.

—Yo también.

Los tres comimos en silencio durante un rato hasta que Tyler me puso en un aprieto.

—Vale, ¿cuál de las carnes sabía mejor? ¿Las puntas o el lete de falda?

Miré a los dos magní cos hermanos de pelo oscuro con las sonrisas a juego y no pude evitar reírme de su pequeña competición. Tras darle un sorbo al vino, crucé las piernas y me recosté en la silla, ngiendo que re exionaba como si fuera una decisión difícil. La verdad era que el sabor de los letes de falda era fenomenal en comparación con el de las puntas.

—El lete de falda gana. Sabía increíble.

La mirada de su ciencia en la cara de Damien delató de quién era la receta del condimento. Ty negó con la cabeza y se bebió el resto de su cerveza mientras Damien rompía a reír. Supuse que mis papilas gustativas gravitaban hacia su brebaje. Al parecer, cada parte de mí se sentía atraída por este hombre.

Damien y Tyler me contaron algunas historias sobre su infancia en San José. El ambiente se oscureció un poco cuando Tyler preguntó:

—¿Has hablado con mamá últimamente?

—Hace unos días que no, ¿por qué?

—El médico le ha recetado una medicación nueva. Dijo que le da náuseas. —Vaciló—. ¿Pasa algo si hablo de esto delante de Chelsea?

—No. Sabe que mamá está deprimida. —Damien se frotó los ojos y exhaló—. Tengo que ir a por ella y traerla aquí, le guste o no. Tal vez este

n de semana. —Me miró—. Mi madre no conduce.

—No lo sabía.

—Antes lo hacía, pero luego empezó a sentir pánico cada vez que conducía por la autopista. Uno de nosotros va a buscarla cuando viene de visita.

—Nuestra madre nunca fue la misma después de la muerte de nuestro padre —añadió Tyler.

—Lo sé. Damien me ha hablado mucho de eso.

Damien cambió de tema.

—¿Qué hay de esos puros?

Tyler sacó la bolsa de plástico transparente.

—¿Vas a fumarte uno, Chelsea?

Me encogí de hombros.

—Claro.

Cortó los puros, largos y rmemente enrollados, y nos dio uno a Damien y a mí. Moviéndolo entre los dedos, me lo llevé a la nariz y respiré el aroma picante a la vez que terroso. Luego se acercó con el encendedor de la barbacoa y me lo encendió.

Al aspirar el humo, tosí al instante.

—No lo has inhalado, ¿verdad?

—Un poco.

—No lo hagas. —Ty me lo quitó, se lo llevó a la boca y aspiró el humo, y luego lo expulsó despacio hacia mi cara—. Saboréalo durante unos segundos y luego déjalo ir.

De repente, me puse muy nerviosa. Esas palabras tenían algo que parecía sexual. Cuando miré a Damien, vi que la mirada asesina de antes había vuelto en todo su esplendor.

—Cuanto más largo y ancho es el puro, más intenso es —dijo Ty.

—Eso se aplica a muchas cosas, lo cual es desafortunado para ti, hermanito —intervino Damien antes de darle una larga calada a su puro.

Ty habló entre risas.

—Cállate.

Cuando empecé a acostumbrarme a la sensación de fumar un puro, me incliné hacia atrás y miré al cielo nocturno mientras intentaba expulsar anillos de humo en el aire.

Se hizo el silencio, y sentía los ojos de ambos sobre mí.

Ty fue el primero en romperlo.

—Que una mujer se fume un puro tiene algo tremendamente sexi.

—¿En serio? ¿Una mujer? ¿O esa mujer? —espetó Damien.

—Tienes razón. Depende de la chica.

Un silencio incómodo permaneció en el aire.

La siguiente pregunta de Ty me desconcertó.

—¿Tienes planes para el resto de la noche, Chelsea?

—Mmm… no.

—¿Te apetece ir a Diamondback's?

Sabía que era una discoteca no muy alejada de nuestro edi cio que a menudo ofrecía música en vivo y baile.

Miré a Damien al instante en busca de orientación. ¿Su hermano me estaba pidiendo que saliera con él a solas? ¿Estaba intentando que tuviéramos una cita improvisada? ¿Damien iba a permitírselo? ¿Acaso le importaba en realidad, o su enfado de esta noche era solo una cuestión de la naturaleza competitiva de ambos?

Supongo que una parte de mí quería averiguarlo cuando respondí:

—Suena divertido. Sí.

—Genial.

Damien no pronunció ni una palabra. Se limitó a seguir mirándome

jamente mientras expulsaba anillos de humo.

Me levanté, me puse bien la camiseta y le di mi puro a Ty.

—Debería ducharme y cambiarme, entonces.

—Me parece bien. —Sonrió.

El nerviosismo me siguió todo el camino hasta mi apartamento. ¿Qué estaba haciendo? Ni siquiera iba a mentir; me dolió que Damien no dijera nada cuando Ty me pidió que saliéramos. Sin saber exactamente a qué había accedido, me quedé con una sensación de desasosiego.

Me duché y me puse un minivestido azul ajustado. Me sequé el pelo, normalmente ondulado, con el secador y me maquillé toda la cara.

Tras dejar escapar un suspiro lento y nervioso, llamé a la puerta de Damien.

Ty abrió, estaba vestido con los mismos vaqueros y la misma camisa negra que llevaba fuera. Se había mojado el pelo y debía de haberse echado una nueva capa de colonia, porque el olor era penetrante.

El aire estaba lleno de tensión y testosterona.

Damien estaba apoyado en la encimera de la cocina. Llevaba los mismos vaqueros oscuros, pero se había puesto una camisa gris que se le ceñía al pecho musculoso. También llevaba su gorro. Me encantaba cuando se lo colocaba con el pelo sobresaliéndole por delante. Llevaba las mangas remangadas, lo que dejaba al descubierto el tatuaje que tenía en el antebrazo. Su mirada enfadada me gustaba mucho. Hizo que pensara en cuando me amenazó con penetrarme duramente contra la pared la noche que le escribí ese mensaje estando borracha. Estaba tan guapo que, mientras seguía mirándolo jamente, acabé olvidándome de por qué estaba aquí.

Ty se acercó por detrás de mí.

—¿Lista para irnos?

—Sí.

Justo cuando pensaba que Damien iba a dejar que nos fuéramos, comenzó a seguirnos fuera del apartamento.

Me di la vuelta.

—Pensaba que no ibas a venir.

—No iba a hacerlo, pero he cambiado de opinión.

Los tres caminamos en silencio hasta Diamondback's, que estaba a unas tr es manzanas.

Era noche de música de los ochenta y los noventa. No había ningún grupo de música, solo un DJ. Estaba sonando 2 Become 1, de las Spice Girls, y me acordé de cuando cantaba esa canción frente al espejo del baño con mis hermanas.

Ty se inclinó hacia mí.

—¿Qué quieres de beber?

—Ya sabes que le gusta el vino blanco. —Damien resopló.

—A lo mejor le apetece otra cosa.

¿En serio?

—Una copa de Chardonnay sería fantástico.

Ty fue a por las bebidas y me dejó a solas con Damien. Fueron tres minutos largos e incómodos hasta que el DJ empezó a tocar Burning Down the House de e Talking Heads.

—Si no estuvieras aquí a mi lado, habría pensado que le habías dicho que pusiera esa canción, Damien.

—Una coincidencia curiosa.

Le di un codazo juguetón en la camisa.

—Me alegro de que hayas decidido salir con nosotros. No estaba segura de si ibas a venir.

—Bueno, alguien tenía que vigilar.

—¿A él o a mí? —Como no dijo nada, añadí—: Tu hermano es muy amable. Os parecéis demasiado.

—Ninguno de los dos es tan amable. Ty es mi hermano y lo quiero, pero confío en lo que haga contigo tanto como en mí mismo. Y eso no es decir mucho.

Ty volvió con nuestras bebidas y me dio el vino antes de entregarle a Damien su cerveza.

—¿He oído mi nombre?

—Estaba diciendo lo parecidos que sois los dos.

Después de unos minutos, sonó Diamonds and Pearls de Prince. Ty me quitó la copa de la mano.

—Me encanta esta puta canción. Baila conmigo, Chelsea. —Cuando no me moví, dijo—: Vamos.

«¿Qué demonios? ¿Por qué no?».

Dejé que me llevara a la plataforma. Tenía la mano puesta en la parte baja de mi espalda. Las luces de la pista de baile parpadeaban a nuestro alrededor. Me rodeó con los brazos y yo puse los míos alrededor de su cuello.

Mientras nos balanceábamos al ritmo de la música, quedó más claro que el agua: aunque esta versión más joven y discutiblemente más atractiva de Damien estaba expresando su interés por mí, yo no sentía nada más que su cuerpo impulsado por el deseo apretado contra el mío. Esto terminó de demostrar que mi obsesión por Damien era mucho más que algo físico. Básicamente tenía un clon que sí que estaba mostrando un interés romántico en mí, y lo único que quería yo era estar con el chico malhumorado y enfurruñado de la esquina, el que no paraba de rechazarme. Por algún motivo, estaba conectada a Damien de una forma que ni siquiera entendía, conectada a cómo me hacía sentir, a cómo sabía que me entendía, a cómo su corazón latía por mí.

El baile estaba empezando a ser demasiado abrumador. Cuando la canción terminó por n, me excusé y me dirigí al baño para darme un respiro. Estaba sola secándome las manos cuando la puerta se abrió detrás de mí. Mi cuerpo se congeló cuando sentí su voz grave y penetrante vibrándome contra la nuca.

—¿Te gusta?

Me giré despacio y me encontré con la mirada incendiaria de Damien.

—Ojalá —susurré.

—No actúas como si no te gustara. ¿O es que estás viviendo alguna pequeña y retorcida fantasía relacionada con los tríos?

Ahora me estaba enfadando.

—¿Estás celoso?

—Sí. Estoy celoso, joder —respondió con los dientes apretados.

—Supéralo.

—Mira quién fue a hablar. Tú no me has superado a mí.

Mi voz sonó tensa.

—Lo estoy intentando.

—¿Estás intentando superarme… o cabrearme?

Quise darle un guantazo.

—Que te den. ¿Ahora me deseas de repente porque crees que me gusta tu hermano?

—No, Chelsea. Siempre te he deseado, desde el momento en el que llamaste a mi puerta y me pusiste a parir. Pero esta noche… me está volviendo loco. No pienso con claridad. Ahora mismo… solo necesito saborear tus labios, sentir cómo vuelves a gemir sobre mi lengua.

De repente me atrajo hacia él.

—Dios —murmuré sobre su boca mientras me agarraba por la cintura y su boca envolvía la mía. Me besó con mucha fuerza, su aliento sabía a puro y a cerveza mientras me destrozaba la boca con la lengua. Era incapaz de seguirle el ritmo, no llegaba a saborearlo lo su ciente. Mientras sentía el calor de su erección apretada contra mí, el calor entre mis piernas era abrumador; estaba demasiado mojada y anhelante. Todo mi cuerpo estaba zumbando, a punto de explotar.

De repente, dejó de besarme. Jadeando, nos miramos jamente con los ojos llenos de lujuria. Me agarró el pelo en un puño y me lo apartó mientras descendía su boca hacia mi cuello. Damien me besó con suavidad y me recorrió la piel con los dientes. Luego empezó a succionarme la base del cuello. El dolor era eufórico. Sabía que su intención era marcarme, reclamar su derecho sobre mí para que Tyler viera claramente a cuál de ellos pertenecía en realidad. Y la verdad era que solo era de un hombre (mi corazón, cuerpo y alma), y ese era Damien.

«Penétrame».

«Por favor».

«Penétrame aquí mismo».

La voz de una mujer nos sobresaltó.

—¡Disculpa! No puedes estar aquí. Tienes que irte ahora mismo.

«Mierda».

Damien se apartó de mí y parpadeó un par de veces, como si estuviera saliendo del estado de trance en el que se encontraba.

—Lo siento.

Eso fue lo único que dijo antes de salir del baño de mujeres.

Y eso fue todo.

Cinco minutos después, me reuní con ellos junto a la barra. Damien había vuelto a ser su versión enfadada y reservada. Era como si el incidente del baño no hubiera ocurrido. Todo había vuelto a la normalidad, hasta que esa noche llamaron a la puerta de mi apartamento.

No era quien me esperaba.

 

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