Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 23 de 27

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Querido vecino

22 Votos No Intencionados

22

 

VOTOS NO INTENCIONADOS

 

La operación de Damien estaba programada para el veintiocho de febrero, es decir, faltaba poco más de una semana.

Durante el último mes y medio había hecho todo lo que estaba en mi mano para mantenerme fuerte por él. No necesitaba ver que estaba cagada de miedo; eso no ayudaría en nada. Así que, en silencio, lidié con mi ansiedad por mi cuenta. Fui a ver a una psicóloga un par de veces durante las pausas para comer y empecé a tomar algo suave para calmarme.

Las últimas semanas habían estado llenas de citas especiales de cara a preparar la operación. A Damien le hicieron un ecocardiograma, se reunió con el cirujano y el anestesista y le hicieron varios análisis de sangre.

Habíamos decidido que el n de semana anterior a la operación iba a ser tranquilo. Haríamos algo relajante e intentaríamos distraernos.

Damien y yo estábamos sentados en el sofá viendo la televisión el lunes por la noche. Yo ngía estar inmersa en la película. En cambio, estaba dándole vueltas a lo de la operación.

En un momento dado me miró y supe que se había dado cuenta de que no estaba prestándole atención a la televisión. C uando me dio un beso suave en la frente, me lo tomé como una con rmación tácita de que sabía en qué estaba pensando en realidad. Era demasiado agotador intentar

ngir que estaba bien todo el tiempo. Quería que pasaran estos días para poder dejar atrás la operación. Al mismo tiempo, quería que se alargaran porque tenía miedo.

Volvió a darme un beso en la cabeza.

—¿Has pensado qué quieres hacer este n de semana? —preguntó.

—Pensaba que simplemente íbamos a pasar el rato aquí, tener algo de tiempo privado en casa.

—Podríamos hacer eso, o tal vez podríamos hacer otra cosa.

—¿Qué tienes en mente?

—Tal vez podríamos casarnos.

Se me empezó a acelerar el corazón. «¿Acababa de decir lo que creía que había dicho?».

Me había dejado sin habla.

—¿Qué?

—Podríamos casarnos… ya sabes…, si quieres.

Al principio pensé que estaba de broma, pero la seriedad que se re ejaba en su expresión lo desmintió. Estaba nervioso. Era imposible que estuviera bromeando.

—No lo entiendo.

—Sé que es algo inesperado.

—Sí. Lo es.

Me colocó las dos manos entre las suyas.

—Escúchame.

Respiré hondo.

—Vale.

—Es en lo único en lo que he podido pensar desde que tomé la decisión de operarme. Pienso que no me va a pasar nada, Chelsea, de verdad. ¿ Vale? Pero si hay una minúscula posibilidad de que me pase… de lo que más me arrepentiría en esta vida es de no haberte visto caminar hacia mí por el pasillo. No pretendo sonar macabro, porque, repito, confío mucho en mis médicos, pero sigue siendo lo único en lo que puedo pensar. Quiero que seas mi esposa.

No pude contener más las lágrimas que había estado reteniendo.

—Yo también quiero eso.

—¿No estás preparada? ¿Crees que es demasiado pronto?

—Tal vez debería pensar eso, pero no es así.

—Yo igual, cariño. C uando me anestesien y me digan que cuente hasta diez o lo que sea que hagan, quiero pensar en el recuerdo de ti con ese vestido blanco. También quiero saber que, cuando despierte, estaremos casados. Pero para que quede claro… También quiero que tengas el derecho legal de tener acceso a mí en todo momento y de tomar decisiones si es necesario.

C uando me limité a asentir en silencio, continuó:

—No quiero que pienses que solo te lo pido porque tengo miedo. Hace tiempo que sé que lo eres todo para mí. Te lo iba a pedir la mañana de Navidad. Eso fue antes de que decidiera operarme, ya sabes. Obviamente, que tuviera que ir a Urgencias arruinó esos planes. Luego quise pedírtelo en Nueva York, pero para entonces ya había decidido operarme y cambié de opinión porque pensé que sería mejor esperar hasta después. Pero a medida que se acercaba la fecha, volví a cambiar de opinión porque me di cuenta de que no podía esperar más. Lo quiero ya. A la mierda, lo quiero para ayer.

—¿En serio ibas a pedirme matrimonio en Navidad?

—Sí. Tengo el anillo y todo. —Bajó la cabeza—. Joder, esta proposición ha sido una cagada olímpica, ¿verdad? Básicamente te he pedido que te cases conmigo sin anillo.

—No. Es muy tú, Damien. Es tan espontáneo como todo lo que haces. Veré el anillo el día de nuestra boda. Quiero que sea una sorpresa.

—¿Estás segura? Porque podría ir al dormitorio, donde lo tengo escondido, y dártelo ahora mismo. Eso haría que la pedida fuera más patética todavía.

—No tiene nada de patético que digas que no puedes esperar ni un día más para casarte conmigo. Eres la persona más involuntariamente romántica que he conocido.

—Esa es una buena forma de decirlo.

—¿Se lo vamos a decir a la gente?

—Creo que deberíamos guardárnoslo para nosotros. Puedes decírselo a Jade. Yo lo más probable es que se lo cuente a Ty. Pero lo mantendremos en secreto. Celebraremos la boda a lo grande en un futuro próximo. Te lo mereces.

—¿Quién nos va a casar?

—Yo me encargaré de esos detalles. Estaba pensando en la playa de Santa Cruz al atardecer. El pronóstico parece agradable. Va a hacer más calor de lo normal para esta época del año. ¿Qué te parece?

—Me parece perfecto.

—Solo tienes que preocuparte de dos cosas. Una… comprar un vestido blanco que haga que quiera arrancártelo esa noche. Entre tú y yo, eso signi ca cualquier vestido blanco. Y dos… tómate algo de tiempo libre mañana para que podamos obtener la licencia matrimonial a tiempo para el sábado.

—Me siento furtiva haciéndolo así, pero también tiene algo muy emocionante.

—Se nos da bien hacer cosas furtivas. Es a lo que nos dedicamos.

—En eso tienes razón, aunque normalmente está relacionado con corromperme, no con convertirme en una mujer honesta.

Mostró una sonrisa diabólica.

—Entonces, ¿tenemos fecha, Sra. Hennessey?

—Tenemos fecha.

—Venimos a solicitar una licencia matrimonial —dijo Damien.

Acabábamos de llegar a la o cina del secretario del condado. A la mujer del mostrador no le hizo mucha gracia cuando Damien empezó a besarme el cuello mientras esperábamos a que juntara el papeleo. Parecíamos dos críos cachondos. No tenía ni idea de lo serias que habían sido nuestras vidas últimamente.

Damien echó un vistazo al formulario.

—Mierda —dijo.

—¿Qué?

—Acabo de darme cuenta de que estás a punto de ver mi segundo nombre. Me obligan a indicarlo.

—¿En serio no me lo ibas a decir nunca?

—Puede que te lo hubiera dicho en algún momento, pero ha sido demasiado divertido dejarte con la duda, Chelsea Deanna.

—T ú primero. Escribe tu nombre —dije.

Con la respiración contenida, observé cada trazo del bolígrafo mientras lo escribía: Damien Homer Hennessey.

—¿Homer?

Asintió sin apartar los ojos del papel.

—Homer.

Me reí entre dientes.

—Homer… como…

—Simpson. Sí. Homer Simpson. Los Simpson empezaron a emitirse cuando yo nací. Mi padre era un gran fan. Así que decidió que de todos los nombres del mundo que podría haberme puesto como segundo nombre, Homer era el mejor.

—¿T u madre estuvo de acuerdo?

—Para que veas lo loca que está por él. Podría haberla convencido de cualquier cosa. —Pulsó el botón del bolígrafo y me lo dio—. ¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Siempre podría ser peor.

—¿Y eso?

—Tyler es Bart.

El ayuntamiento resonó con el sonido de nuestras risas. Una pareja de ancianos nos miró mal por alterar el orden público.

Damien les sonrió con picardía y proclamó con orgullo:

—Nos vamos a casar.

C uando siguieron mirándonos raro, Damien me miró.

—No puedo creer que papá nos haya dado su bendición —dijo. Se volvió hacia ellos mientras me atraía a su lado y bromeó—: Es mi hermanastra.

La pareja se alejó con aspecto de estar muertos de vergüenza.

 

Damien me estaba ocultando sus planes para la ceremonia en la playa a propósito.

Mi única misión era encontrar el vestido perfecto el viernes por la tarde. Acabé yendo a una boutique de vestidos de novia local que tenía varias opciones entre las que elegir. Como no tenía mucho tiempo para ir de un sitio a otro, me comprometí a tomar una decisión allí. El vestido que acabé escogiendo era de un estilo muy poco convencional, pero era el que mejor me quedaba.

Técnicamente era un camisón, pero tenía cuatro aberturas hasta el muslo, dos delante y dos detrás. El vestido era revelador y caprichoso a la vez, con unas cuantas ores grandes estratégicamente colocadas sobre el corpiño sin tirantes. La tela de la parte inferior era transparente, así que se me veían las piernas a través de ella. Recordaba a algo que llevaría un hada sexi. El hecho de que enseñara mucha pierna me pareció apropiado para la playa.

C uando le mandé una foto a Jade desde la tienda, me llamó al momento.

—¡Damien se va a volver loco! Ese vestido es súper sexi.

—¿T ú crees?

—En serio. Te queda precioso. Tienes que llevar el pelo suelto con ondas surferas. —Se quedó callada un rato y luego pareció que empezaba a ahogarse.

—¿Estás llorando, Jade?

—Puede que un poco.

—Sabes que vamos a celebrar otra boda, ¿verdad? Serás mi dama de honor, estarás justo detrás de mí.

—Lo sé. No estoy llorando por eso. —Hizo una pausa—. Estoy muy feliz por ti. Y creo que esto es lo más romántico que he oído nunca: dos personas que se casan por la sencilla razón de que no pueden esperar más y que lo han convertido en una experiencia íntima.

—Nunca pensé que tendría el valor de hacer algo tan espontáneo, pero por alguna razón siento que es lo correcto.

—Si sientes que es lo correcto, entonces lo es. Mañana no te atrevas a pensar en la semana que viene ni en nada negativo. ¿Me oyes? Quiero que disfrutes cada momento. Sé que es privado, pero por favor mándame una foto de los dos. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Estaré contigo en espíritu en todo momento.

Esa noche, cuando entré por la puerta con el vestido dentro de una bolsa de guardarropa, Damien se levantó del sofá para saludarme.

—¿Encontraste uno?

—Sí.

Sus ojos estaban llenos de una emoción que hizo que me alegrara todavía más de haber dicho que sí.

—Estoy deseando que llegue mañana. —Sonrió de oreja a oreja.

—Bueno, ¿cómo vamos a hacerlo? No puedes verme antes de la ceremonia.

—Me acordé de lo in exible que eres al respecto, así que vendrá a recogerte un coche. Yo me vestiré en casa de Ty y me dirigiré a la playa temprano para prepararme. Nos encontraremos allí a las ocho en punto. Le mandaré al conductor la ubicación exacta. De lo único que tienes que preocuparte es de estar guapa, lo que en realidad no es una preocupación porque podrías aparecer llevando una bolsa de papel y para mí seguirías siendo la chica más guapa del mundo. Así que tacha eso. Lo único que tienes que hacer es aparecer.

—Eso puedo hacerlo.

 

El sábado fue diferente desde el momento en el que nos levantamos. Hacía un calor inusual de varios grados de diferencia para ser el norte de California, de manera que estábamos a veintiún grados. Damien y yo nos tomamos un café en el patio mientras admirábamos su mural, el cual seguía en proceso. En una parte había reproducido el famoso unicornio que había pintado para mí. T uvieron que derribar el que pintó en la pared de mi antigua habitación durante la reforma del piso.

Me sorprendió no estar nerviosa en absoluto, ni por la ceremonia ni por la operación de la semana siguiente. En vez de eso, estaba viviendo un día de respiro, un día de paz en el que podía simplemente vivir el momento con él.

Se fue antes de lo previsto para preparar las cosas en la playa. No lo vería hasta la boda. Alistarme sola me resultaba extraño y sereno a la vez. Los perros se quedaban con Jenna este n de semana, así que estaba sola cuando salí de la ducha y me dispuse a vestirme.

Con lo que más tardé fue con el pelo. Decidí llevarlo medio recogido medio suelto y utilicé una plancha para hacer unas ondas.

Me estaba yendo bien con lo de no ponerme muy sensible hasta que sonó e Fighter de Keith Urban y Carrie Underwood en la radio justo cuando me estaba poniendo el rímel. Perdí la compostura. La perdí por completo.

A veces, una canción llega en el momento justo. La letra podría haber sido Damien hablándome. Era la historia de mi vida: una chica herida por una relación y con miedo de con ar en el amor. Entonces llegó un hombre que la protegería y lucharía por ella de verdad. Él era mi luchador. Claro está, en unos días también adquiriría un nuevo signi cado.

«Deja de pensar en la operación, Chelsea. Hoy no».

Me quedé de pie en el baño, apoyada en el lavabo, y sollocé. Eran lágrimas de alegría, no de miedo ni de tristeza. Permitiéndome un buen llanto antes de tener que ver a Damien, dejé que el rímel corriera y prometí volver a aplicármelo.

Tardé dos horas en arreglarme. Cada vez que empezaba a maquillarme los ojos, pensaba en la canción y volvía a llorar. Al nal conseguí recomponerme y me puse el vestido. Me miré en el espejo y di el toque

nal colocándome un velo corto y sencillo en la nuca.

Fuera sonó el claxon de un coche. Alcancé mi ramo de seda de hortensias blancas y una pequeña maleta con ruedas antes de salir por la puerta.

Damien había contratado una limusina para recogerme. Un hombre mayor y amable me abrió la puerta y colocó la maleta en el maletero.

C uando me senté en la parte de atrás, los asientos de cuero estaban fríos por el aire acondicionado. Miré la puesta de sol por la ventanilla durante el trayecto hasta Santa Cruz.

Después de tanto llorar, sentía el cuerpo relajado. Tanto que, cuando irónicamente sonó e Fighter en la radio del coche, fui capaz de escuchar la letra sin que se me saltaran las lágrimas.

El corazón empezó a latirme con fuerza cuando comenzaron a aparecer las señales de la playa de Santa Cruz a lo largo de la autopista.

C uando el coche aparcó cerca de una zona privada de la playa, saqué un caramelo de menta de mi pequeño bolso blanco y lo mordisqueé con nerviosismo.

—Ya hemos llegado, señorita. Siga las luces.

—Gracias por traerme —respondí, y le di un billete de diez dólares.

«Siga las luces».

Miré a la izquierda y no vi nada. Entonces, miré a la derecha y entendí exactamente a lo que se refería el chófer. A lo lejos había una hilera larga de antorchas tiki altas. Tenía que haber al menos veinte a cada lado.

Las olas rompían a medida que me dirigía hacia las llamas. C uando por

n llegué al principio de la hilera de varas de bambú clavadas en la arena,

me detuve y respiré hondo antes de mirar hacia él en la distancia.

Damien tenía un aspecto impresionante, de pie y con las manos cruzadas. Llevaba un chaleco claro con una na corbata sobre una camisa blanca entallada que le realzaba los músculos de los brazos. Estaba remangado y el viento le había despeinado el hermoso pelo oscuro. Era el novio más sexi que había visto en mi vida.

Se me humedecieron los ojos cuando me di cuenta de que no estaba solo. Flanqueando a Damien estaban los Doble D: Dudley a un lado y Drewfus al otro. Estaban rmes, portándose mejor que nunca. No esperaba que los trajera, pero fue una sorpresa asombrosa.

El corazón me latía más rápido con cada paso que daba y que me acercaba más al nal de la hilera. Por n pude distinguir el rostro de Damien. Parecía embargado por la emoción, y me sorprendió ver cómo se enjugaba los ojos. Nunca había visto a Damien llorar y, sinceramente, no me lo esperaba. Eso, por supuesto, hizo que rompiera a llorar yo también incluso antes de llegar a donde se encontraba.

Los perros abandonaron sus puestos para saludarme y me agaché para acariciarlos. Damien les había puesto pajaritas; era lo más adorable que había visto en mi vida. En ese momento, me di cuenta de que el conductor de la limusina volvió a aparecer de repente para llevarse a Dudley y a Drewfus a un lado.

—Va a llevarlos a casa de Jenna dentro de un rato —susurró Damien. Me apoyó la cabeza en la frente—. Hola.

—Hola.

Se apartó.

—Estás… —Pareció olvidar las palabras y luego me miró de arriba abajo —. Ese vestido. Cariño, pareces un ángel.

—Me alegro de que te guste.

—Me gusta mucho.

Le tomé ambas manos y miré las antorchas que nos rodeaban.

—Es increíble lo que has hecho.

—Supuse que apreciarías el fuego, aunque esté controlado. —Me guiñó un ojo.

—Sí.

Apenas fui consciente del hombre que había de pie a nuestra izquierda y que estaba sosteniendo un libro. Quienquiera que fuese, estaba siendo paciente y nos estaba dejando tener nuestro momento privado.

Damien y yo seguíamos en nuestro mundo, agarrados de la mano y en silencio. Cerré los ojos durante un instante y aprecié el momento: el sonido del agua, la brisa en el pelo, el olor de su colonia mezclado con el aire salado del océano.

—¿Puedo empezar? —preguntó el hombre.

Damien me apretó las manos y lo miró.

—Sí.

El juez de paz comenzó su guion y dijo algunas cosas genéricas sobre el amor y el matrimonio. Después nos preguntó a Damien y a mí si habíamos escrito algún voto especial. Con la poca antelación de la boda, no había tenido tiempo ni claridad mental como para expresar mis sentimientos con palabras.

Damien apoyó su frente sobre la mía.

—No he escrito votos —susurré—. No sabía que teníamos que hacerlo. — Empecé a llorar, temiendo haberle fallado de alguna manera por no haber venido preparada con algo conmovedor que decir. La idea de expresar con palabras todo lo que sentía me parecía imposible.

C uando lo miré a los ojos, estaba llorando.

Damien me secó las lágrimas con los pulgares y me rodeó la cara con las manos.

—Había memorizado mil cosas para decírtelas en este momento, pero no se me ocurre ni una. Lo que signi cas para mí, Chelsea, desafía el lenguaje. No se puede resumir en palabras ni reducir a una recitación de un minuto. Solo tienes que saber que te quiero con todo mi corazón y mi alma y que no tiene límites. Mientras mi corazón lata, solo latirá por ti.

Le temblaba el labio inferior.

Le puse la mano sobre el corazón.

—Este corazón que late por mí…, estas lágrimas… me dicen más de lo que cualquier cantidad de palabras podría decir jamás. Nunca pensé que tendría la suerte de que alguien me amara tanto como para llorar. Te amo más que a la vida, Damien. Eres todo lo que necesitaré siempre. Por favor, no lo olvides. Me siento muy afortunada por haberte encontrado, muy afortunada porque de entre todos los lugares del mundo en los que podría haber acabado, me mudé al lado tuyo, la única persona con la que estaba destinada a estar.

—No fue por casualidad. Es imposible que lo fuera. Le estoy muy agradecido a Dios por traerte junto a mí en ese momento.

El hombre se aclaró la garganta.

—Para dos personas que no han memorizado nada, diría que lo habéis hecho bastante bien. Los mejores votos no intencionados que he oído nunca.

Nos reímos mucho.

—¿Hay anillos?

—Sí. —Damien se metió la mano en el bolsillo y sacó una alianza de oro blanco martillado y un diamante grande y redondo que debía de ser de por lo menos dos quilates. La piedra estaba sobre una alianza de diamantes más pequeños. Prácticamente se me salieron los ojos de las órbitas. Aquel anillo debía de costar decenas de miles de dólares.

—Madre mía, Damien… —exclamé.

—Entrego este anillo como prenda de mi amor y de mi delidad —

repitió Damien después del o ciante—. Con este anillo, te desposo. —Me colocó el anillo en el dedo, y encajó a la perfección.

Repetí las mismas palabras y deslicé la gruesa alianza por su mano.

—Por el poder que me con ere el estado de California, yo os declaro marido y mujer.

Damien me besó y me susurró:

—Eres mi esposa, Chelsea Hennessey.

—Me encanta ese nombre. De hecho, rima.

—Chelsea Hennessey. Suena muy bien. Chelsea Hennessey… junto al mar me dio el sí. Y el afortunado soy yo aquí.

—¿Ahora eres poeta? Tienes demasiado talento para un solo hombre.

—Planeo mostrarte muchos talentos esta noche, esposa. Por cierto… — Sus ojos recorrieron la longitud de mi cuerpo—. Es el vestido de novia más sexi del puto planeta. Voy a cortar todos tus vestidos con unas tijeras para hacerles cuatro aberturas como esas.

—No sería la primera vez que cortas mi ropa en pedazos.

—La ropa en un cuerpo como el tuyo es un pecado.

—Hablando de eso… No llevo ropa interior.

—Joder. ¿En serio?

—Sí, me lo estás pegando.

—Voy a pegarte algo… después… dalo por seguro.

—Me he casado con un hombre muy muy indecente.

—Me he casado con una pequeña pervertida. —Me besó con fuerza.

Estiré los dedos.

—¿Podemos hablar de este anillo?

—¿Te gusta?

—Es perfecto, pero ¿vendiste el edi cio o algo para pagarlo? Es enorme.

—Bueno, a ver, leí algo en un artículo sobre protocolos para bodas que decía que el tamaño del anillo debe ser directamente proporcional al t amaño del pene del novio, así que…

—Ah… Eso lo explica. —Le rodeé el cuello con los brazos y vi el re ejo de las llamas en sus ojos—. En serio, es el anillo más bonito que he visto nunca. Ha tenido que costar una fortuna.

—Como dices siempre, yo lo hago todo a lo grande. Te quiero a lo grande. El anillo debería re ejarlo si la persona puede permitírselo. No se me ocurre nada mejor en lo que gastar el dinero.

—Gracias.

—No me des las gracias. Ningún anillo del mundo podría recompensarte por lo que me has dado y por aceptar casarte conmigo. —Su boca se curvó en una sonrisa—. ¿Estás lista para la recepción?

—¿Hay una recepción?

—Sí. Los perros no se saben el baile de los pajaritos, así que no habrá nada de eso, pero he traído la cena por cortesía de Mama Rocco's. Pensé que podríamos comer en la playa bajo las antorchas. También he reservado una habitación en un hotel situado en la cima de la montaña, a unos kilómetros. El conductor, Gary , volverá después de dejar a los perros y limpiará lo que ensuciemos, por lo que no tendremos que preocuparnos por nada de eso. Básicamente lo contraté para la noche.

—Pues sí que lo tienes todo planeado.

—Aún no he planeado cómo quitarte ese vestido y hacértelo en la arena sin que me arresten. En serio, qué ganas tengo de ir al hotel.

Me acordé de la promesa que le hice a mi hermana.

—Le prometí a Jade que nos haríamos una foto.

—Gary se encargará. Ha hecho muchas durante la ceremonia. —Le hizo señas a Gary para que se acercara—. ¿Te importaría hacernos unas fotos?

Activó el ash y nos hizo varias fotos con las antorchas como telón de fondo.

—Gracias, hombre.

C uando nuestro pseudofotógrafo estuvo lo su cientemente lejos como para no escucharme, pregunté:

—¿Quién es ese hombre?

—¿Gary? Es el nuevo inquilino de abajo. Es buena gente. No podía pagar el alquiler, así que le dije que, si trabajaba para mí durante todo el día de hoy , se lo dejaría pasar solo por este mes. Está a nuestra entera disposición.

—Bueno, supongo que todos ganamos.

Durante la cena estilo pícnic, los perros se sentaron junto a nosotros encima de una manta antes de que Gary se fuera para llevarlos de vuelta a casa de Jenna, dejándonos a Damien y a mí solos bajo las estrellas.

No podríamos haber pedido una noche mejor.

 

Damien me llevó en brazos a través del umbral de la puerta cuando entramos en nuestra suite en la cima de la montaña, la cual tenía vistas a la bahía de Monterrey y a las montañas de Santa Cruz. Había una botella enorme de champán y pétalos de rosa esparcidos por toda la habitación.

—¿Cómo demonios has encontrado tiempo para hacer esto?

—Gary se ha ganado hoy el alquiler. —Sonrió.

—Debería haberlo sabido.

—Quería que este día se pareciera lo máximo posible a una noche de bodas de verdad.

—Es mucho mejor que una boda normal. Básicamente hemos eliminado todas las tonterías y hemos hecho que tratara sobre nosotros, que es como debería ser.

—Recuéstate en la cama. Quiero verte con ese vestido por última vez antes de quitártelo.

Recostada contra las almohadas de felpa y sobre un lecho de rosas, vi cómo mi maravilloso marido se arrodillaba a los pies de la cama mientras me contemplaba durante varios minutos.

—Bueno. Ya he terminado de mirar. Está grabado a fuego en la memoria. Ahora tengo que darles un buen uso a esas rajas.

Damien se desabrochó la corbata despacio, y ese simple gesto desprendió algo sumamente sexi. Acto seguido, gateó hacia mí.

—Vamos a darle un nuevo uso a esto —dijo, y me agarró de las manos, me rodeó las muñecas con la corbata y me las sujetó por encima de la cabeza.

Se quitó el chaleco y la camisa y los tiró a un lado antes de bajar su cálido pecho sobre mí. Quería tocarlo, pero tenía las manos atadas. No obstante, él sabía que me encantaba esta clase de tortura.

Damien se dio un festín con mi cuerpo, empezando por el cuello antes de ir bajando.

Enterró la cara bajo la tela del vestido y utilizó la lengua para penetrarme la vagina mientras me tocaba el clítoris con el pulgar. Me retorcí debajo de él, desesperada por sujetarle la nuca mientras lo hacía.

C uando sintió que iba a correrme, se levantó de repente para desatarme rápidamente las muñecas antes de desabrocharse los pantalones. Me subió el vestido y , en cuestión de segundos, estaba dentro de mí. Meciendo las caderas con un movimiento rítmico, me penetró lenta y profundamente. No era su ritmo habitual. Con los ojos cerrados, disfrutaba de cada movimiento. Lo que le faltaba en velocidad, lo compensaba en intensidad. Lo habíamos hecho de todas las formas posibles desde que nos conocimos. Cada vez era diferente a la anterior. Pero esta vez era diferente a todas las otras veces.

De nitivamente, era un marido haciendo el amor con su esposa.

 

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