Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 19 de 27

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Querido vecino

18 Baños y Casas en el Árbol

18

 

BAÑOS Y CASAS EN EL ÁRBOL

 

Decir que estábamos recuperando el tiempo perdido era decir poco.

Durante las siguientes semanas, Damien y yo fuimos inseparables. Mi insaciable hombre insistía en que pasara todas las noches en su apartamento. Para pesar de Dudley y Drewfus, seguían teniendo prohibido subirse a la cama ahora que yo era un elemento permanente en ella.

Damien y yo todavía no habíamos tenido ninguna conversación seria en cuanto a su enfermedad cardíaca. Seguía siendo un tema tabú. Creo que, durante un tiempo, necesitábamos disfrutar el uno del otro sin el estrés de pensar en nada más. Al n y al cabo, su preocupación por los «¿y si…?» ya nos había mantenido separados demasiado tiempo.

El sexo era nuestra distracción. Nos habíamos vuelto adictos a él. Nunca había tenido tanto sexo en mi vida y , sin embargo, seguía sin saciarme de él. Contaba los minutos en el trabajo para poder volver a su casa, donde ya estaría completamente erecto y esperándome.

Damien y yo también habíamos desarrollado una a nidad por la fornicación espontánea en lugares públicos. Quizá se debía a nuestro casi accidente en el baño de Diamondback's.

Un sábado por la tarde íbamos en coche a San José a visitar a su madre (era la primera vez que la iba a ver en persona) cuando Damien me miró desde el lado del conductor, una mirada que conocía muy bien.

—Quiero penetrar esa boca tan bonita. —Me apretó el muslo—. Es imposible que pueda mantener las manos lejos de ti hasta esta noche.

—No te queda más remedio. No creo que a tu madre le siente bien que nos excusemos para escabullirnos al dormitorio y echar uno rápido.

—Necesito algo antes de llegar.

—Podría chupártela mientras conduces.

Gruñó.

—Me encantaría, pero ni de broma. Tendrías que quitarte el cinturón de seguridad. Estamparía el coche. Nunca me lo perdonaría si tuviéramos un accidente mientras me la chupas sin cinturón. —Se removió en el asiento —. Me cago en la puta. Ni siquiera es seguro que conduzca mientras pienso en ti chupándomela.

Le pasé la mano por la erección que le sobresalía de los vaqueros.

—No pienses y conduce.

—No. No puedo pensar en tu boca húmeda alrededor de mi pene cuando estoy al volante. Pero ahora que también me has tocado es demasiado tarde. —De repente, se detuvo en un área de descanso con una estación de servicio.

—¿Qué haces?

—Me ha entrado hambre de repente.

—¿De qué? —bromeé.

—De tu culo.

—Estás loco.

—Solo un pequeño tentempié.

—T ú no haces nada pequeño, Damien.

—Entra tú primero. Luego te sigo yo cuando la cajera no esté prestando atención.

Me abrí paso entre los pasillos de patatas fritas y caramelos y me aferré a la esperanza de que la cajera no se diera cuenta de que había entrado en el baño unisex.

Me miré en el espejo y me reí de mi cara roja. Un minuto después, en mi re ejo, vi cómo Damien abría la puerta a mis espaldas. Mis pezones se endurecieron por la anticipación.

Con su pecho apretado contra mi espalda, empezó a devorarme el cuello al instante. Apoyando las manos en el lavabo para mantener el equilibrio, nos miré en el espejo. Damien gimió mientras me levantaba el vestido y admiraba mi culo. Me encantaba ver la expresión de desesperación que se le re ejaba en el rostro. No había nada más excitante que ver cuánto me deseaba.

La hebilla de su cinturón sonó cuando se desabrochó los pantalones y los dejó caer hasta la mitad de las piernas. En cuestión de segundos, sentí su grueso miembro empujando dentro de mí con facilidad debido a lo mojada que estaba. Toda aquella charla en el coche me había puesto muy cachonda.

—Alguien estaba preparada —bromeó—. Joder, estás chorreando. —Se deslizó lentamente dentro y fuera de mí.

Asentí en silencio y empujé las caderas hacia él.

—Siempre estoy preparada para ti.

—Me encanta —ronroneó.

Los ojos de Damien ardían mientras me miraba jamente a través del espejo. Esbozó una leve sonrisa mientras me penetraba con más fuerza. Le gustaba ver cómo perdía el control tanto como a mí me gustaba verlo a él.

—Mira lo preciosa que estás cuando estoy dentro de ti, lo rosadas que tienes las mejillas. —Me dio una palmada en el culo—. Estas mejillas t ambién.

—Me encanta cuando haces eso.

—No me quites los ojos de encima —exigió—. Me gusta que me mires cuando te corres. —A través del espejo, nuestros ojos permanecieron jos el uno en el otro mientras seguía penetrándome.

C uando alguien llamó a la puerta, Damien me tapó la boca con la mano y gritó:

—¡Un momento!

—Mierda —dije.

—Que le den —me susurró al oído—. Tómate tu tiempo. No nos iremos hasta que te corras. Te esperaré.

Agarrándome de las caderas, me guio sobre su miembro con una precisión suave hasta que me olvidé por completo de que había alguien esperándonos. Mis músculos palpitaron a su alrededor. Vi cómo ponía los ojos en blanco a medida que su esperma caliente salía disparado dentro de mí. Nunca me cansaría de esto.

Me dio la vuelta.

—Me matas, Chelsea.

—Será mejor que salgamos de aquí.

Seguí a Damien fuera del baño mientras hacíamos nuestro mini paseo de la vergüenza hasta su camioneta. Todos los ojos de la tienda estaban puestos en nosotros.

Valió la pena cada pizca de vergüenza.

 

Nos detuvimos ante una pequeña casa de estuco gris.

La calle en la que Damien creció, en el barrio Willow Glen de San José, era tranquila y residencial.

Me sudaban las palmas de las manos mientras me frotaba una con la otra.

Damien me puso la mano en la pierna para que dejara de moverla de arriba abajo.

—¿Estás nerviosa? No lo estés.

—Lo estoy. Mucho.

—Te va a adorar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo te adoro.

—Yo también te adoro.

—Ya le he hablado mucho de ti. Así que es como si ya te conociera.

—¿Desde cuándo me conoce?

—Le hablaba de ti antes de que estuviéramos juntos.

—¿En serio?

—Sí.

El corazón me latía con fuerza cuando salimos del coche.

La madre de Damien abrió la puerta con un perrito aullando a sus pies. Era mucho más guapa de lo que recordaba de la única foto que me había enseñado Damien. Estaba claro que tanto Damien como Tyler habían sacado el físico de ella.

Sonrió a Damien antes de mirarme a mí.

Él habló primero.

—Chelsea, ella es mi madre, Monica.

Me dio la mano. La mía me temblaba un poco cuando se la extendí.

—Lo siento. Estoy muy nerviosa.

—Yo también. —Sonrió. El hecho de que ella también pareciera nerviosa me reconfortó un poco.

—¿De verdad?

—Sí. Pues claro que lo estoy. —Le sonrió a Damien—. ¿Qué tal el viaje?

Damien me miró con picardía.

—Más que perfecto.

Sentí que se me calentaba la cara.

—Bien —contestó—. Bueno, he hecho tu lasaña de salchichas favorita para comer. Espero que tengas hambre.

—Me muero de hambre —a rmó.

—¿Por qué no le enseñas la casa a Chelsea? Voy a la cocina a ver cómo va el horno.

En un intento por calmar mi nerviosismo, Damien me recorrió el brazo con las yemas de los dedos y me dio un beso en la mejilla.

La decoración era muy bohemia, con muchos estampados de colores brillantes. A pesar de su carácter tímido, el estilo de Monica parecía muy aventurero e indicaba un espíritu libre. Damien había mencionado que, aunque no era muy religiosa, su madre era bastante espiritual.

Me jé en unas fotos familiares que había sobre una mesa y me dirigí al salón. Damien me siguió y me arrebató un marco de la mano justo cuando lo estaba alzando.

—No puedes ver eso.

—¿Por qué?

Le dio la vuelta de mala gana para enseñármelo. Era una foto de dos chicos, supuestamente Damien y Tyler. Damien estaba bastante… regordete.

—Eras muy bonito.

—Parece que estoy a punto de comerme a T yler.

—Nunca me contaste que de niño pesabas más.

—Bueno, esto fue antes de que aprendiera que lo suyo era dejar de comer cuando estás lleno.

—Creo que estás adorable.

—¿Qué vas a decir si no?

—Lo digo en serio.

Dejé la foto y alcancé otra: la de la boda de sus padres.

—Vaya, tus padres son impresionantes. No me extraña que seas tan guapo. —Ahora que había visto al padre de Damien, me di cuenta de que en realidad se parecía mucho a él en la cara, a pesar de tener la tez de su madre.

Damien me quitó la foto.

—Estaban muy enamorados. No había un día en el que mi padre no estuviera enganchado a ella. Tyler y yo tuvimos que apartar la mirada muchas veces.

—Así es como debería ser.

—No me cabe duda de que seguiría siendo así si él estuviera aquí.

Monica entró en la habitación.

—Todavía está aquí. Siento su presencia todos los días.

No me había dado cuenta de que nos había estado escuchando.

—No es lo mismo, claro está —continuó—, pero sigue estando aquí.

Se me encogió el corazón cuando Damien rodeó a su madre con el brazo y le dio un beso en la frente. Sabía que deseaba que siguiera adelante con su vida, pero también me había explicado que ya no discutía con ella por eso, porque solo parecía causarle estrés.

Nos sentamos a comer tranquilamente en el porche. Monica había preparado mojitos con menta fresca y fresas. T uve que parar después de uno porque el ron se me estaba subiendo a la cabeza. No quería decir ni hacer nada estúpido delante de ella.

—Tienes un jardín precioso —dije al tiempo que miraba el patio.

—Gracias. La menta también está recién cosechada.

—Le gusta la jardinería —comentó Damien.

—Me siento muy cerca de Raymond ahí fuera, en la naturaleza. Lo veo en todo; en el viento, en las mariposas que se posan sobre mí cuando estoy fuera, en los cardenales rojos que vuelan sobre mi cabeza.

Escucharla me partía el corazón, a pesar de que parecía haber encontrado consuelo a su manera.

—Creo que es maravilloso lo enamorada que estás de tu marido.

—Solo se tiene un amor verdadero, un alma gemela. No todo el mundo tiene la suerte de encontrar a esa persona en la vida. —Se volvió hacia Damien—. Mi mayor deseo es que cada uno de mis hijos encuentre a la persona que está destinada a estar con ellos. —Miró las manos entrelazadas de Damien y mías—. Creo de todo corazón que Damien lo ha hecho.

Mirándola mientras hablaba, dije:

—Gracias. No tengo ninguna duda de que él es mi persona. No puedo explicarlo. Fue una sensación que tuve muy pronto. Incluso cuando me rechazaba constantemente siempre sentí una fuerte conexión.

Su madre asintió.

—De eso se trata. Intuición. Temía que Damien nunca se permitiera experimentar esto. Sé que hace poco que te enteraste de su enfermedad cardíaca genética. Mi marido nunca supo que la tenía. En muchos sentidos, fue una bendición. Nunca tuvo que vivir con miedo. Al mismo tiempo, nunca tuvo la oportunidad de hacer nada para evitar que lo matara. La falta de conocimiento fue un arma de doble lo.

Damien parecía tenso cuando me soltó la mano.

—Lo que mi madre intenta decir, Chelsea, es que cree que debería someterme a la operación que recomiendan mis médicos.

Monica apoyó la mano en el antebrazo tatuado de Damien.

—Creo que deberías hacer lo que sea necesario para asegurarte la mayor esperanza de vida, sí.

De repente sentí náuseas. En ese momento, me di cuenta de que llevaba un tiempo bloqueando a propósito todo lo que tuviera que ver con la enfermedad de Damien. Me había dicho que algunos días se encontraba muy bien, mientras que otros tardaba poco en cansarse. A veces también le costaba respirar. Pero los días buenos abundaban más que los malos. Sin embargo, antes de conocer su diagnóstico, no había sospechado ni una sola vez que algo fuera mal, ya que era muy activo y viril. Lo disimulaba muy bien y nunca se quejaba; eso me ayudaba a vivir negándolo.

Aun así, aunque se cuidaba bastante, no había mucho que pudiera hacer por su cuenta para evitar que ocurriera algo malo.

—Chelsea y yo no lo hemos discutido, la verdad. Por ahora hemos estado intentando disfrutar de estar juntos durante un tiempo sin preocuparnos por las cosas serias.

—Bueno, sabréis cuándo es el momento adecuado para tener esa conversación. —Me miró—. Perdón por haber ensombrecido el ambiente. No era mi intención. Gracias por hacer feliz a mi hijo.

—Gracias. Él me hace muy feliz.

Damien masticó el hielo que le sobró de su bebida y enseguida cambió el tema de conversación.

—¿Quieres ir a ver la casa del árbol?

Abrí los ojos de par en par.

—¿La casa del árbol?

—Sí. T yler y yo la construimos con nuestro padre. Estaba terminada en un noventa por ciento cuando murió. La terminamos nosotros unos años más tarde y nos dejamos la piel. Ha quedado genial.

—Es más como una guarida para hombres en el cielo. —Monica sonrió.

—Me encantaría verla.

Damien me llevó al lateral de la casa, donde una magní ca estructura de madera reposaba en medio de un árbol gigante. La casa del árbol tenía incluso ventanas. Una larga escalera de cuerda colgaba debajo. Parecía literalmente una casa pequeña.

Dentro había una cama con un edredón de cuadros y un pequeño sofá enfrente. Había una lámpara enchufada a una toma de corriente. Había un televisor y un reproductor de DVD.

—¿Hay electricidad?

—Claro. Si no, ¿cómo iba a colarme aquí para ver porno?

—¿Eso es lo que hacías aquí?

—Tyler y yo aprovechamos bien este sitio durante la adolescencia.

—Vale. No necesito saber más.

Se rio.

—¿Sabes lo que pienso?

—¿Qué?

—Que me gustaría estrenarlo contigo ahora mismo.

—No puedo con tu madre justo abajo.

—Pues vamos a tener que encontrar la forma de hacerlo, porque no puedo pasarme todo el n de semana sin tenerte. A lo mejor después de que se vaya a dormir puedes escabullirte hasta aquí para hacerme una visita.

Íbamos a pasar la noche aquí en San José. El plan era que yo me quedara en el antiguo dormitorio de T yler, y había asumido que Damien dormiría en su habitación, dentro de la casa.

—¿Vas a dormir en la casa del árbol?

—Sí. Aquí arriba se está muy tranquilo por la noche. Mi segundo lugar favorito en el mundo.

—¿T u segundo favorito?

—Dentro de ti siempre es mi número uno. —Me guiñó un ojo mientras me acercaba a él.

—Debería haberlo sabido.

 

Más avanzada la noche, le di las buenas noches a Monica y me retiré a la habitación de invitados después de que Damien nos diera un beso a las dos y se dirigiera a la casa del árbol.

Una hora después, me mandó un mensaje.

Damien: Trae tu precioso culo hasta aquí.

Chelsea: ¿Y si tu madre me descubre yéndome?

Damien: Mi madre sabe que nos acostamos. No es tonta. Somos adultos.

Chelsea: Vale. ¿Hay su ciente luz para que vea por dónde voy?

Damien: No te preocupes. Me aseguraré de que subas sin problemas.

Damien sostuvo una linterna en la entrada de la casa del árbol para que pudiera subir sin caerme.

T ras trepar por la escalera, me estrechó entre sus brazos.

—Parece que hace siglos que no te toco.

—Bueno, no todos los días estamos bajo la atenta mirada de tu madre.

Damien me dio un apretón en el culo mientras me besaba. Después de soltar lentamente mi labio inferior, dijo:

—A mi madre le gustas mucho.

Me aparté para examinarle la cara.

—¿Te lo ha dicho?

—No ha hecho falta. Lo sé por cómo te miraba. Sonreía y estaba atenta mientras hablaba contigo. Eso es raro. Básicamente, ve todas las cosas que veo yo. Eres muy real, y lo aprecia.

—Qué alivio.

Sus ojos bajaron de mi pecho a mis piernas.

—Y aprecio que ahora mismo parezcas un sueño adolescente con estos pantalones diminutos.

—Bueno, me estoy colando en la casa del árbol de un chico. Tenía que estar sexi.

—Me pasé muchas noches en esta casa del árbol fantaseando con mujeres imaginarias que no te llegaban ni a la suela del zapato.

—¿Sabes? Cuando nos conocimos no pensaba que fuera a ser tu tipo.

Deslizó su dedo bajo el tirante de mi camiseta.

—¿Por qué pensaste eso?

—No me parezco en nada a Jenna ni a las otras chicas con las que te he visto. —Solo de pensarlo me entraron escalofríos—. No tengo unas tetas enormes ni un culo grande ni llevo mucho maquillaje.

—Nunca he tenido un tipo. ¿Y sinceramente? Desde la primera noche que quedamos, solo fantaseaba con la rubia hermosa y ágil que vivía al lado. —Me pasó las manos por el pelo—. Me preguntaba cómo sería pasar mis dedos entre tu pelo. —Bajó la boca hasta mi cuello—. Cómo sería chupar esto… —Me mordió la piel con suavidad antes de quitarme la camiseta—. A qué sabrían estas tetas. —Tras inclinarse, se llevó el pezón a la boca y chupó con fuerza antes de trazar una línea con la lengua hasta mi ombligo lentamente—. Cómo sería tocar con la punta de la lengua los surcos de este pequeño ombligo. —Mientras continuaba hasta arrodillarse, dijo—: No me hagas hablar de este ombligo. He pintado este ombligo. Eso es lo mucho que me gusta.

—¿En serio?

Lo acarició con la punta de los dedos.

—Sí. Te lo enseñaré algún día.

Le pasé los dedos por el pelo mientras permanecía de rodillas. Luego me deslizó los pantalones por las piernas.

—¿Sabes lo que me gusta de ti, Damien?

Me miró, mostrando una sonrisa ladeada.

—¿Mi enorme pene?

—No iba a decir eso, pero sinceramente has superado con creces mis expectativas en ese aspecto. La primera vez que nos acostamos, juro que pensé que tu pene era tan ancho como una lata de Coca-Cola.

Damien inclinó la cabeza hacia atrás, riéndose.

—Te re eres a una lata de Coca-Cola de 33 centilitros, ¿verdad? La alta.

—Claro.

Me dio un beso en el vientre.

—Te he interrumpido. Estabas a punto de decirme lo que te gusta de mí.

—Oh. —Hice una pausa—. Todo. Eso era lo que iba a decir.

Me miró con una expresión diabólica, y supe que esta noche me la iba a devolver.

Damien se levantó.

—¿Qué quieres hacer esta noche?

—Quiero que me rechaces hasta que no pueda más.

—Pareces muy inocente cuando se te conoce por primera vez, pero eres un poco masoquista. Me encanta. —Se recostó en la cama y señaló la pared de enfrente—. Ponte ahí.

Completamente desnuda, me apoyé en ella. Tenía los pezones duros como el acero mientras veía a Damien quitarse los calzoncillos. Su miembro, duro como una roca, estaba completamente erecto, reluciente por el líquido preseminal. Se me hizo la boca agua a medida que mis ojos viajaban desde sus abdominales desnudos hasta su pene. Había visto su cuerpo desvestido muchas veces, pero nunca dejaba de sorprenderme lo hermoso que era completamente desnudo.

«Esto iba a ser bueno».

«Me encantan los jueguecitos a los que jugábamos».

—Abre las piernas. Quiero verte. Luego pon las manos junto a las rodillas. No puedes tocarte. Quiero que me mires mientras me masturbo con tu dulce sexo.

Damien se rodeó el pene con la mano y empezó a acariciarse mientras me miraba jamente. La necesidad de frotarme el clítoris era enorme. Apretando los músculos internos, moví las caderas en un débil intento de satisfacerme sin usar las manos. Sabía que no iba a durar mucho hasta que le suplicara. Sin embargo, la espera, el desafío, eran precisamente el objetivo. C uanto más durara la espera, mayor sería la recompensa.

—Mierda, veo lo mojada que estás desde aquí. —Se masturbó con más fuerza—. ¿Ves lo que me estás haciendo?

—Sí.

—Ven aquí y lámelo.

Me acerqué a él y le chupé todo el líquido preseminal seco de la punta. Saborearlo solo hizo que los músculos me palpitaran con más fuerza entre las piernas. No iba a tardar mucho en necesitar alivio. Cuando empecé a chupársela, me detuvo.

—Esto acabará en diez segundos como sigas así. Y tengo muchas ganas de correrme dentro de ti. Así que, no.

—Necesito tocarme.

—Todavía no. Todavía no estás lista. V uelve a la pared.

Por mucho que lo necesitara, Damien sabía que en secreto me encantaba esta sensación de desesperación. Más que eso, me encantaba la intensidad del momento en el que cedía por n.

Esta vez, Damien se levantó de la cama y se puso delante de mí mientras se masturbaba. Ver de cerca cómo se tocaba con sus abdominales de fondo no hizo más que enloquecerme más. C uando por n me besó, hambriento, el beso se comió parte de mi frustración. C uando lo interrumpió, pero continuó el juego, mi cuerpo empezó a estremecerse ante la necesidad de que volviera el contacto. Siempre que comenzaba a temblar, él sabía que había llegado a mi límite.

—Date la vuelta y toca la pared.

Mi cuerpo zumbó de excitación cuando sentí el calor de su pecho contra mi espalda, un preludio de lo que sabía que no tardaría en llegar.

En cuestión de segundos, sentí el ardor lento de su miembro hinchado hundiéndose en mi interior. Estaba tan excitada que necesitaba liberarme, pero aguanté todo lo que pude.

Penetrándome tan fuerte hasta el punto de sentir dolor, me susurró al oído:

—Córrete sobre mi pene. Vamos. —Estábamos tan sincronizados a nivel sexual que siempre parecía saber cuándo estaba al borde del colapso.

En cuanto lo dejé ir, Damien liberó su carga dentro de mí. Nos quedamos jadeando, apoyados contra la pared hasta que el movimiento de nuestras caderas se detuvo lentamente.

Sentía el cuerpo totalmente ojo. Damien seguía dentro de mí, con la boca apoyada en mi piel. Una gota de sudor corrió desde su frente hasta mi nuca. Nuestras respiraciones y el susurro de las hojas eran los únicos sonidos que quedaban.

Era la felicidad.

 

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