Querido vecino
24 Plan de Dios
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PLAN DE DIOS
—Fíjate cómo nunca muestran a los presentadores guapos haciendo algo más de un par de segundos. ¿Cuánto dinero quieres apostarte a que en realidad no están haciendo una mierda cuando la cámara deja de grabar?
Mientras Damien estaba tumbado en el sofá viendo un canal de reformas de casas con sus enormes pies sobre mi regazo, me quedé mirando la línea roja que recorría la mitad de su pecho, por lo demás impecable y duro como una roca. La cicatriz era un recordatorio permanente del riesgo que había corrido por nosotros.
Sabía que había tomado la decisión de someterse a la operación no solo para mejorar su calidad de vida, sino también para que él y yo tuviéramos más posibilidades de vivir más tiempo juntos. La cicatriz también era un recordatorio constante de lo frágil que era la vida.
Tenía que salir de la habitación. Cada vez que me ponía demasiado sentimental, temía que fuera capaz de calarme. No podía permitir que viera que algo iba muy mal. Ni siquiera yo estaba preparada para afrontarlo y , como era lógico, no iba a someterlo a ningún tipo de estrés por nada, por una especulación.
«Otro día… otra negación».
Llevaba o cialmente tres semanas de retraso con el periodo. A pesar de que nunca me había saltado un ciclo en mi vida, me negaba a creer que eso signi cara que estaba embarazada. No quería hacerme la prueba porque tenía demasiado miedo a las consecuencias y era incapaz de imaginar esa posibilidad, incapaz de imaginar cuál sería la reacción de Damien. Así que seguí dejando pasar los días.
Por no mencionar que él todavía estaba en un estado frágil. Estaba empezando a volver a la normalidad y ni mucho menos se encontraba al cien por cien. No podía arriesgarme a someterlo a alguna clase de estrés innecesario. Todavía cabía la posibilidad de que no fuera nada. Había leído que el estrés podía retrasar el ciclo menstrual. Había estado tan estresada durante las semanas anteriores a la operación que era fácil verle una relación. Me tomaba la píldora, la cual tenía una e cacia del noventa y nueve por ciento.
Aun así, por mucho que intentara convencerme a mí misma, la incertidumbre empezaba a corroerme.
—E y. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Mentira. Ven. —Se acercó a mí—. Siéntate aquí. —Señaló el suelo frente a él, colocó mi cuerpo entre sus piernas y empezó a masajearme los hombros—. ¿Ha sido demasiado para ti?
—¿El qué?
—Tener que cuidar de mí mientras me recupero.
Me giré hacia atrás para mirarlo.
—Pues claro que no. Ha sido un placer cuidar de ti. No pienses eso nunca.
Me hundió más profundamente la base de las palmas en los músculos e hizo presión con un movimiento circular.
—¿Qué te pasa, entonces?
—Creo que el estrés del último mes me está pasando factura. Todo va bien —mentí.
Después de media hora sentada en la misma posición, me levanté del suelo.
—¿Sabes de qué me acabo de acordar? Nos hemos quedado sin queso rallado. Iba a hacer tacos esta noche. Voy a ir al supermercado a comprar un poco.
—Vale.
Salí del apartamento a toda prisa.
Una vez doblé la esquina, me apoyé en el lateral del edi cio y respiré hondo, tras lo que saqué el móvil y recé para que Jade contestara. Le había contado que se me había retrasado la regla a principios de semana.
—Gracias a Dios —dije cuando contestó.
—¿Va todo bien?
—Creo que estoy teniendo un ataque de pánico.
—Vale, cálmate. Estoy aquí. ¿Dónde estás?
—Estaba viendo la tele con Damien y he tenido que salir de casa. Está empezando a darse cuenta de que me pasa algo.
—Escucha. Tienes que hacerte una prueba. Sé que no quieres saberlo, pero tienes que reunir valor y hacerlo. Ahora mismo el problema es no saberlo.
—Vale. Estoy en la calle. Compraré un test y me lo haré. Le he dicho a Damien que iba al supermercado.
—Me quedaré al teléfono contigo. ¿Puedes usar un baño público?
—Encontraré algo.
Después de comprar una prueba de embarazo en la farmacia, pregunté si podía usar el baño de empleados que tenían en la parte de atrás. Puse a Jade en el altavoz mientras seguía las instrucciones y orinaba en el palito.
En el retrete, coloqué la cabeza entre las piernas y suspiré.
—Ahora a esperar.
T ras unos minutos de espera en silencio, Jade habló.
—Respira, hermanita. Respira. Si lo estás, es un accidente anormal. Lo entenderá.
—Damien se ha pasado su cientes años preocupándose por su salud. No quería que tuviera que preocuparse más. Esto va a ser horrible para él, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera está totalmente recuperado. No…
—Se acabó el tiempo —interrumpió Jade—. He estado mirando el reloj. Es hora de comprobarlo.
C uando miré a regañadientes el palito que descansaba sobre el lavabo, el símbolo rojo que apareció ante mis ojos no me sorprendió lo más mínimo.
—Es el signo del más.
Jade respiró hondo a través del teléfono.
—Vale. De acuerdo. Nos ocuparemos de ello. Todo va a salir bien.
Me tapé la boca.
—Dios mío.
—Tienes que decírselo pronto.
—Necesito más tiempo. Necesita más fuerza para poder lidiar con esto. No creo que se lo diga hasta dentro de un par de semanas por lo menos. No puedo hacerle esto. También necesito con rmarlo con un médico primero.
—Vale. Pide cita esta semana, pero prométeme que no pospondrás demasiado el decírselo.
—Si pudiera, no se lo diría nunca.
—Felicidades, Sra. Hennessey. Tenemos los resultados de su análisis de sangre, y de nitivamente está embarazada.
Lo más probable es que pareciera que me había dicho que alguien había muerto.
—¿No son buenas noticias para usted?
Me agarré a los brazos de la silla para mantener el equilibrio y negué con la cabeza.
—No.
—¿Ha sido inesperado?
—Mi marido tiene una cardiopatía hereditaria. Habíamos tomado la
rme decisión de no tener hijos biológicos para evitar transmitirla. Hay un
cincuenta por ciento de posibilidades, y él no quería correr el riesgo. Yo me tomo la píldora y él también pensaba hacerse pronto una vasectomía. Esto es como mi pesadilla hecha realidad, y la verdad es que no entiendo cómo ha sucedido.
—Siento que no sean noticias positivas para usted.
—Se supone que la píldora es efectiva casi al cien por cien, y no me he saltado nunca ni una. Siempre he sido muy diligente. ¿Cómo ha podido ocurrir?
—Bueno, hay ciertas cosas que pueden contrarrestarla. ¿Ha estado tomando otros medicamentos, por ejemplo?
De repente, se me encendió una bombilla.
«No puede ser».
—Estuve experimentando episodios depresivos y ansiedad a causa de la operación de mi marido. Lleva un mes recuperándose. No quería tomar antidepresivos, por lo que mi psicóloga me recomendó la hierba de San Juan, así que empecé a tomármela.
La Dra. Anderson cerró los ojos durante unos segundos en señal de comprensión y asintió.
—Sí. Por desgracia, es bien sabido que inter ere con la píldora.
—Bien sabido por todo el mundo menos por mí, al parecer. Joder. Perdón por decir una palabrota, pero… joder. —Bajé la cabeza y la coloqué entre las manos.
—Su psicóloga debería haberlo sabido antes de recomendársela.
—No. Debería haberlo comprobado yo misma. La culpa es mía. ¿Cómo he podido ser tan estúpida?
—Le sorprendería saber cuánta gente se toma cosas sin leer la letra pequeña ni informarse de los efectos secundarios.
—Intentaba mejorar las cosas manejando mis problemas en silencio y he acabado fastidiándolo todo.
—Todavía tiene la opción de interrumpirlo.
Incluso oír cómo aludía a eso me resultaba doloroso.
—No. Jamás sería capaz de hacer eso. —Seguía siendo el hijo de Damien y mío, y por muy asustada que estuviera, sabía sin lugar a dudas que ya estaba perdidamente enamorada de él.
—Vale. Lo entiendo.
—¿Cuál es el siguiente paso?
—Le daremos cita para que se haga una ecografía pronto.
—Vale. —Tragué saliva. Esto se estaba volviendo demasiado real, teniendo en cuenta el hecho de que Damien todavía no tenía ni idea. El tiempo corría.
Salí de la consulta aturdida. Si antes me parecía difícil aceptar el embarazo, saber que era culpa mía hacía que fuera totalmente insoportable.
No sabía cómo estar cerca de Damien. Llevar la carga de este secreto era demasiado. De forma consciente o inconsciente, lo había estado dejando de lado, y él estaba empezando a notar que me pasaba algo. No obstante, dudaba que supiera lo que era. Solo Dios sabía qué conclusiones podría haber sacado.
Pasaron dos semanas desde la cita con la doctora. Cada día planeaba confesarle lo del embarazo y cada día me acobardaba por completo. Me decía a mí misma que necesitaba más tiempo para recuperarse antes de afrontar la noticia, pero la verdad era que nunca iba a estar preparado para oírla.
Parecía sospechar que algo no iba bien y no dejaba de preguntarme si me pasaba algo. Yo no sabía cómo decirle la verdad.
Últimamente había estado haciendo varios viajes a la «tienda» solo para poder hablar con Jade en privado. Con el oído sensible de Damien, podía oír cualquier conversación que tenía con ella en nuestro apartamento, incluso cuando susurraba con la puerta cerrada. Jade estaba muy enfadada conmigo por no habérselo contado todavía, pero aun así accedió a apoyarme hasta que por n reuniera el valor para sincerarme.
Una tarde, volví a casa después de haberme escapado para llamarla. Damien estaba de pie en medio del salón con los brazos cruzados. La adrenalina se apoderó de mí cuando vi su expresión.
—¿Qué demonios está pasando? —Nunca me había hablado con un tono t an enfadado.
—¿A qué te re eres?
—Dijiste que ibas a ir a la tienda. En vez de eso, estabas hablando por teléfono en el callejón de la esquina. —Se me secó la boca.
—¿Cómo lo has sabido?
—Contéstame primero. ¿Qué estás ocultando?
—¿Le has pedido a alguien que me siga?
—Estaba preocupado por ti. Cuando saliste corriendo, llamé a Gary y le pedí que te vigilara porque sabía que algo no iba bien. Pero que me dijera eso era lo último que me esperaba.
—Conque le pediste a Gary que me siguiera. ¿Qué crees que está pasando?
—Y yo qué demonios sé, pero no me está dejando una sensación cálida y agradable, Chelsea. ¿Qué está pasando? ¿Con quién hablabas por teléfono?
«Tenía que decir la verdad».
0Mi respuesta fue apenas audible.
—Jade.
Entrecerró los ojos.
—¿De qué hablas con Jade que no puedes decir delante de mí? — preguntó. Empezó a caminar lentamente hacia mí, y la conclusión equivocada que estaba empezando a sacar casi me rompió el corazón—. ¿ Te estás arrepintiendo de todo esto? ¿De haberte casado conmigo?
«Tenía que decírselo».
«Ahora».
—¡No! No. Nunca. Damien, yo…
—¿Qué?
—Estoy … embarazada.
Prácticamente se cayó hacia atrás, como si el anuncio lo hubiera dejado sin respiración.
—¿Qué?
Se me empezaron a humedecer los ojos.
—Sí.
Se llevó las manos a la cabeza y me miró estupefacto.
—¿Cómo es posible que estés embarazada? Tomas la píldora.
—Cometí un tremendo error. Las semanas anteriores a tu operación intenté que no vieras lo asustada que estaba. Empecé a tomarme algo homeopático para calmarme, hierba de San Juan. Pensaba que era inofensivo, pero resulta que afecta a la e cacia de la píldora. —Empecé a caminar de un lado a otro—. Todo esto es culpa mía. Me pediste una cosa en esta vida, un sacri cio, y no he podido hacerlo bien. —Lo miré con ojos suplicantes—. Pero no puedo abortar, Damien. Soy incapaz.
—Jamás te pediría que lo hicieras —soltó de repente—. Nunca. ¿Lo entiendes?
—Sí.
Se quedó en estado de conmoción durante un tiempo indeterminado.
Agarró su chaqueta y , de repente, se dirigió hacia la puerta principal.
—¿A dónde vas?
—Necesito… que me dé un poco el aire, ¿vale? Ahora vuelvo. No te preocupes. Estaré bien.
C uando cerró la puerta, me derrumbé en el sofá llorando. Aunque contarle la verdad me había dolido, supuso una liberación enorme haberla soltado por n. El peso de mantenerlo en secreto me había estado matando.
Llevaba días sin dormir. Fue el primer momento en el que sentí que podía relajarme lo su ciente como para cerrar los ojos.
Agotada, mi cuerpo se apagó y acabé quedándome dormida en el sofá mientras esperaba a que Damien regresara.
Después de que pasara una cantidad desconocida de tiempo, me desperté y me encontré su cabeza sobre mi estómago.
Pasándole los dedos por el pelo ondulado, hablé en voz baja.
—Has vuelto.
—Claro que he vuelto. Perdón por haberme ido. No debería haberte dejado así. Sentía que no podía respirar y necesitaba procesarlo a solas.
—Lo siento mucho.
—No es culpa tuya. No lo hiciste a propósito. —Se inclinó y me dio un beso en la barriga con ternura y habló sobre mi piel—: Pensaba que te estaba perdiendo. Durante semanas he pensado que te perdía, Chelsea. No tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Me dolió pensar que creyera que tenía dudas.
—Nunca, Damien. Jamás te dejaría.
Se sentó de repente.
—Tengo que decirte algo.
—Vale. —Sorbí por la nariz.
—No llegué a mencionarte algo que experimenté cuando salí de la operación. Pensé que no era más que un sueño, pero ahora me lo estoy cuestionando.
—¿El qué?
—Vi algo… o a alguien. Por algún motivo, supe que era nuestro bebé. No se presentó claramente como una niña o un niño. Era como el espíritu de alguien pequeño. No le vi la cara, pero recuerdo haber visto rizos rubios. Así que supuse que era una niña. —Me pasó los dedos por el pelo—. El caso es que supe que era nuestro. Esa cosa… espíritu… como quieras llamarlo… intentaba abandonarme. Yo no paraba de pedirle que se quedara, de suplicarle que se quedara. En ese estado de ensoñación, conocía todos los riesgos, sabía que no debía quedarse conmigo ni pedirle que se quedara, pero en ese momento no me importó. Mi amor por él era demasiado fuerte. Todavía no entiendo qué fue aquella experiencia, si fue una alucinación o algo así. En aquel momento pareció real. No tenía intención de contártelo.
—¿No te acuerdas de lo que me preguntaste cuando se te pasó la anestesia?
—No.
—Me preguntaste dónde estaba ella.
—¿En serio?
—Cuando te pregunté a quién te referías, me dijiste que era nuestro bebé.
—Dios. No me acuerdo de nada de eso. Pero eso debió de ser el nal.
Escuchar su historia me asustó un poco, porque ese día estaba embarazada, aunque todavía no lo sabía.
—La cosa es que… —continuó—, cuando experimenté eso en ese estado subconsciente, elegí que se quedara. A pesar de todo, quería que estuviera a mi lado, porque el amor que sentía superaba todo lo demás… todos los r iesgos, todos los miedos.
—¿Crees que fue una premonición?
—No lo sé. ¿Y sabes qué? No importa. Quiero tener este bebé. Siempre he querido tener uno contigo. Intenté hacer lo que creía que era correcto, pero Dios tenía otros planes.
Me invadió un alivio inmenso.
—Pensé que estarías destrozado. Me daba pánico decírtelo.
—Estoy acojonado, cariño. Pues claro. Pero no hay duda de que lo quiero. Lo quiero más que nada. Solo estoy asustado, pero eso es irrelevante en este momento. Ahora que está aquí de verdad… la quiero todavía más de lo que me habría imaginado nunca. Estoy muerto de miedo, pero estoy tan enamorado… Enamorado de ella y de ti.
—¿De ella?
—Eso creo, sí. Es una chica. —Sonrió.
—¿Cómo vas a lidiar con esto, Damien? Con el miedo y con la culpa que siempre te han preocupado.
Se lo pensó durante un rato largo antes de responder.
—Si hay algo que he aprendido es a vivir con miedo. Vivo cada día sin saber si voy a morirme de un momento a otro. Pero me niego a dejar que siga dictando mi vida. Así que lo gestionaré como gestiono todo lo demás. Me levantaré cada día y rezaré al mismo Dios que te trajo junto a mí y que me ayudó durante la operación. Rezaré para que Él también proteja a nuestra hija. Da igual lo aterrador que sea, en este momento tengo que ponerlo todo en sus manos y darle las gracias por bendecirme con todas las cosas que no creía que iba a llegar a tener.
Volvió a bajar la cabeza hasta mi estómago.
—Madre mía. Vamos a tener un bebé.
Dejé que esas palabras calaran hondo. Por primera vez, me permití celebrarlo, como si acabara de hacerse realidad.
Sonreí.
—¡Vamos a tener un bebé!
La semana siguiente, cuando oímos latir el corazón de nuestro bebé por primera vez, fue tan mágico como aterrador.
Durante varios años no sabríamos si la genética estaría de nuestra parte. La miocardiopatía hipertró ca es una enfermedad que, si se hereda, se mani esta con el paso del tiempo y lo hace en la edad adulta temprana. Dejaríamos que nuestro hijo o hija decidiera si quería hacerse las pruebas. Lo único que sabíamos era que, mientras tanto, haríamos todo lo humanamente posible para monitorear y proteger a nuestro bebé.
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