Querido vecino
9 Caja de Pandora
9
CAJA DE PANDORA
—¿En serio? —dije mientras me frotaba los ojos—. Hoy están haciendo más ruido todavía.
La voz telefónica de Damien era demasiado alegre y animada para ser t an temprano.
—¿Por qué no te vienes a desayunar con nosotros? Si no puedes vencerlos, únete a ellos.
—Entonces, ¿la única manera de que los Doble D dejen de ladrar es ir allí? En serio, tiene que haber una solución mejor.
—¿Qué es mejor que desayunar con nosotros? Te echan de menos.
—Lo dudo mucho.
En las últimas semanas, Damien y yo habíamos empezado a descubrir que, por alguna razón, los perros dejaban de ladrar cada vez que me acercaba a quejarme por la mañana. En cuanto volvía a mi apartamento, los ladridos empezaban otra vez. Era casi como si se estuvieran riendo de mí.
—Venga, te prepararé café y huevos. Si quieres tostadas, tendrás que traer el horno tostador.
—Me tostaré unas rebanadas y las llevaré —contesté al tiempo que me ponía algo de ropa con una sonrisa en la cara—. El beicon nos lo saltamos.
Se rio.
—Mmm… sí. Sin beicon, por favor.
Damien había dejado la puerta abierta y, cuando entré, estaba vaciando una sartén llena de huevos revueltos en dos platos.
—Mira, ni se han quemado —dije, con un plato de tostadas en la mano.
—Seguro que no estabas leyendo y haciendo las tostadas.
Dudley y Drewfus daban vueltas a mi alrededor, pero como era de esperar, habían dejado de ladrar ahora que estaba allí. A la espera de algunas sobras, los animales se sentaron a nuestros pies mientras Damien y yo comíamos en la mesa de la cocina.
—Es increíble lo callados que están ahora.
Le dio un bocado a la tostada.
—Están tranquilos cuando están contentos.
—¿Me estás diciendo que son más felices cuando yo estoy aquí?
—A lo mejor les gusta que haya una mujer cerca cuando se despiertan, o a lo mejor perciben algo que otras personas no.
—¿Que perciben algo sobre mí?
—Ya sabes lo fuerte que es su sentido del olfato.
—Sí, lo sé. —Me reí—. Entre tu oído supersónico y su sensible olfato, lo tengo bastante jodido.
—A lo mejor les gusta cómo hueles.
—¿Estás diciendo que para ellos soy como un trozo de carne ahumada?
—No. Hueles mejor que el beicon.
—¿Me has olido?
—Sí.
—¿A qué huelo?
—Hueles muy bien. Es un olor dulce.
—Bueno, espero que al menos sea mejor que el olor a beicon.
Se rio.
—Vale… Entonces, o bien les gusta tu olor o bien simplemente perciben que eres una persona amable y se calman cuando estás cerca.
Damien me estaba mirando con una expresión de diversión, lo que me llevó a preguntar:
—¿Estamos hablando de ellos o de ti?
—Puede que de ambos.
Mi corazón revoloteó y quise pisotearlo.
Desmenuzó una tostada y tiró los restos al suelo. Los perros se apresuraron a comérselos.
Damien se levantó para servir más café.
—Este n de semana vuelvo a quedar con Brian Steinway —dije.
Estaba echándole el azúcar, y su mano se detuvo durante unos segundos cuando pronuncié esas palabras.
—No sabía que seguías quedando con él. Hacía tiempo que no lo mencionabas.
Brian y yo solo habíamos quedado un par de veces en el lapso de un mes. Aunque no me provocaba las mismas mariposas que Damien, todavía no había encontrado una razón válida para dejar de quedar con él. No habíamos hecho nada más allá de besarnos, lo que se debía principalmente a mi indecisión.
—Sí. Supuse que por qué no. Es agradable, no está mal.
Damien bajó la taza de golpe.
—¿No está mal?
—Sí.
—Te das cuenta de que básicamente lo has descartado, ¿verdad? Entonces, ¿por qué molestarse en pasar más tiempo con él si no te vuelve loca?
«Porque necesito algo que me distraiga de ti».
«Al mismo tiempo, me encanta estar cerca de ti».
—¿Qué tiene de malo pasar tiempo con alguien?
—El daño está en que, mientras pasas el tiempo, él está cada vez más loco por ti. Y voy a tener que echarlo de la propiedad cuando se frustre.
—Creo que te estás adelantando demasiado.
—Vale. Ya lo veremos. De todas formas, no deberías perder el tiempo con él si no es exactamente lo que quieres.
—No siempre puedes conseguir lo que quieres.
Estaba segura de que Damien no tenía ni idea de que estaba pensando en él al decir eso. Consideraba que últimamente había estado haciendo un buen trabajo a la hora de ocultar mis verdaderos sentimientos por él y de aceptar lo de ser solo amigos. No obstante, si algo había aprendido de esto era que no se puede controlar la atracción que sientes por alguien. Si está ahí, está ahí. Puedes ignorarla o actuar, pero no controlarla. Sin embargo, estaba agradecida por tener a Damien, incluso si lo nuestro no podía ir más allá de la amistad. Al menos había ayudado a desviar la atención de Elec.
—¿A dónde vais a ir?
—A comer fondue.
—Al menos va a sumergir su palo en algo.
—Eres malo.
—¿Le has dicho que te gusta que te mojen por partida doble?
—¿Cómo?
—Ya sabes… dos chicos… mojando ambos.
—No me gusta nada, ni lo haría nunca en la vida real.
—Solo me estoy metiendo contigo.
—Te gusta hacer eso.
—¿Lo de mojar doble?
—¡No! Meterte conmigo.
—Me encanta, Chels. Sobre todo cuando te sonrojas.
—Es la primera vez que me llamas Chels.
—¿No te gusta?
—Elec solía llamarme Chels, así que no, no me vuelve loca.
—Pues entonces tenemos que inventarnos un apodo nuevo.
—¿Cuál?
—Déjame que lo piense. —Sonrió.
—Oh, no.
Damien apoyó la barbilla en la mano.
—¿Algún otro nombre que esté prohibido?
—Sanguijuela.
—¿Sanguijuela? ¿Por qué iba a llamarte «sanguijuela»?
—A Elec le gustaba mezclar las letras de las palabras para crear otras nuevas. Una vez descubrió que si combinas las letras de Chelsea, obtienes «leaches», que si le cambias la primera «a» por una «e» es «sanguijuela» en inglés, así que mantuvo el apodo.
—Mmm. Elec no es tan brillante. ¿Qué sale si mezclas las letras de «puto cenutrio»?
—Ahora no consigo quitármelo de la cabeza. —Me reí.
—¿«Puto cretino»? —Se rio—. No, espera… Le falta la «u». Aunque ya veo por qué es tan adictiva esa mierda.
—¿Dar por culo o los anagramas? —bromeé.
Damien escupió el café entre risas.
—Sí y sí.
Mirando jamente a Damien, pensé en que, como mínimo, estaba agradecida de haber encontrado en él a un amigo y a un protector.
—Eres buena gente, Damien. Y, además, haces unos huevos muy buenos.
—Mi madre me enseñó a hacer huevos revueltos esponjosos, pero no poco hechos.
—¿Cómo está tu madre? No hablas mucho de ella.
—Está bien. Tengo que visitarla pronto. Tyler y yo hemos intentado que se mude más cerca de nosotros. Está a una hora de aquí por la 101.
—¿No quiere mudarse?
—Todavía vive en la casa en la que crecimos. Creo que no le sería fácil irse, ya que allí hay muchos recuerdos de mi padre. Nunca ha superado su muerte, ni siquiera ha salido con nadie desde que murió.
—Tiene que ser duro.
—Los dos le decimos que tiene que pasar página.
—¿Y ella qué dice?
—Dice que cuando de verdad amas a alguien como ella amaba a mi padre, es irremplazable. Dice que pre ere pasar el tiempo sola intentando buscar su presencia espiritual y conectar con ella.
—Vaya. Dios, eso hace que me entren ganas de llorar —dije al tiempo que una lágrima solitaria me resbalaba por la mejilla.
—Estás llorando.
—¿Ves? Ahí lo tienes.
Se acercó y me secó la lágrima.
—Sí. Es increíblemente triste verla tan deprimida.
—Eso hace que me pregunte una cosa.
—¿El qué?
—Me pregunto si hay diferentes niveles de amor.
—Yo pienso que sí que los hay —contestó.
—Creo que el nivel de amor que es irremplazable es el más alto. En mi caso, incluso después de que Elec me rompiera el corazón, nunca sentí que fuera totalmente irremplazable. Pero eso podría ser solo porque me hizo daño. No sé si habría sido diferente si hubiera muerto. Y, o sea… mucha gente vuelve a casarse después de haber perdido a alguien. Así que está claro que esa gente fue capaz de pasar página.
—Bueno, me gustaría que mi madre pasara página, porque esa no es forma de vivir.
—Ya, pero no puede.
—Lo sé —susurró, meneando el café mecánicamente mientras miraba la t aza.
—En n, espero conocerla algún día.
—Vendrá de visita en algún momento.
—¿Por qué no viene más a menudo?
—No le gusta dejar a su perro solo. Tiene un terrier pequeño al que le da miedo mis perros. Como tengo a Dudley y a Drewfus un n de semana sí y otro no, es difícil que estén juntos.
—Qué lío.
—Hablando de líos, tengo que pensar qué voy a hacer con los monstruos la semana que viene.
—¿Por qué?
—Tengo que ir a Los Ángeles.
—¿Qué hay allí?
—Una cosa de la que tengo que ocuparme. Es demasiado complicado como para explayarme.
«Mmm».
—Ah.
—Sí, Jenna obviamente se los queda por la noche, pero estoy intentando encontrar algo para las mañanas y para el resto del día mientras que ella está en el trabajo. No son unos perros a los que se les pueda dejar solos todo el día.
—Yo puedo cuidar de ellos —ofrecí.
«¿Estoy loca o qué?».
—Chelsea, eso no era lo que estaba insinuando. Jamás te pediría eso. Eres muy dulce por ofrecerte, pero tú y los perros… no es una combinación inteligente.
—Puede… pero creía que supuestamente les gustaba.
—Y les gustas, pero tendrías que recogerles la mierda y todo eso. No estamos hablando de piedrecitas.
—Lo sé. Te he visto limpiar sus cagadas.
—Algunos días, si comen lo que no deben, es como la venganza de Moctezuma. En serio, no haría que pasaras por eso si el estómago se te revuelve con lo más mínimo.
—Puedo soportarlo, Damien. Se nota que lo de encontrar a alguien que los cuide te tiene agobiado. Yo vivo justo al lado. Puedo sacarlos a la calle a media mañana antes de irme al trabajo y luego estar aquí por la noche para cuando ella venga a recogerlos.
—¿Lo dices en serio?
Los perros pasaban la mirada del uno al otro al unísono, como si estuvieran interesados en el resultado de la conversación.
—Totalmente.
—Vale. Pero insisto en tener un plan B por si acaso te echas para atrás a mitad de semana.
—No lo haré. No soy de esa clase de persona.
—Te lo agradezco mucho.
—Será un buen ejercicio. A veces veo a tu ex corriendo detrás de ellos cuando viene a dejarlos. Básicamente la pasean ellos a ella.
—Sí, solo tienes que aguantar y dejarte llevar.
—Puedo hacerlo.
No supe decir si esas serían mis famosas últimas palabras.
A la semana siguiente, al no estar Damien, tuve que madrugar para recoger a los perros cuando los trajera Jenna.
El primer día tuve que admitir que estaba un poco nerviosa por conocerla de cerca y en persona. Pero al mismo tiempo, aunque había intimado con el chico con el que estaba obsesionada, él la había dejado. Así que sentí compasión y unión a partes iguales, ya que Damien había dejado claro que lo nuestro tampoco iba a ninguna parte.
Damien me dijo que siempre les daba de comer a los perros en cuanto se los traía y que los sacaba a la calle una o dos horas después. Pensaba que podría intentar echarme una siesta entre su desayuno y el paseo y luego sacarlos otra vez antes de irme a trabajar. Por la noche, les volvería a dar de comer y los pasearía una última vez antes de que Jenna los recogiera para que pasaran la noche con ella.
Me había dado la llave de su apartamento, así que me preparé un café mientras esperaba la llegada de los perros.
La puerta se abrió, lo que hizo que me enderezara en mi asiento. Dudley y Drewfus entraron en la habitación delante de ella.
Limpiándome las manos en los pantalones, dije:
—Hola, soy Chelsea.
—Sí. Lo sé.
Damien me había dicho que Jenna trabajaba como peluquera en el centro. Llevaba unos pantalones negros que se le ceñían a sus anchas caderas y una camiseta negra con el nombre de la peluquería escrito con lentejuelas. Su físico hizo que me preguntara si Damien prefería los cuerpos más curvilíneos a las guras más atléticas como la mía. Tenía el pelo castaño cortado recto por encima de los hombros. No había duda de que era atractiva, aunque no era alguien que caracterizaría como deslumbrante. Jenna poseía una belleza natural, con unos ojos marrones grandes y un estilo funky, tal y como mostraban sus uñas multicolores y su chaleco de cuero retro ajustado.
—Es un placer conocerte —dije.
—¿Lo es?
—Sí.
—Lo siento. Puedo ser un poco sarcástica. Damien me dijo que fuera amable contigo.
—¿En serio?
—Sí. No quería que te asustara, quizá. —Me echó un vistazo rápido, lo que hizo que deseara haberme arreglado un poco—. Aunque lo más seguro es que estés tan loca por él que eso no pasaría, ¿verdad?
«Genial».
—Damien y yo… solo somos amigos.
—Oh, seguro que esa es la etiqueta o cial. Pero lo más probable es que te guste, ¿verdad?
—¿Por qué dices eso?
—Porque he estado ahí y te lo noto en la cara. Te estás poniendo roja.
—Todo hace que me ponga roja. No signi ca nada —mentí—. Bueno, de todas formas, da igual. Ya ha cerrado la puerta a eso.
—Claro. No va a dejar que te acerques demasiado, sobre todo después de lo que pasó conmigo. Aunque lo más probable es que te estés engañando a ti misma y que sigas manteniendo la esperanza de que a lo mejor puedes hacerle cambiar de opinión.
—No —mentí.
Su boca se curvó en una sonrisa algo empática.
—No te culpo en absoluto, que lo sepas. Simplemente me da pena tu situación porque me recuerda a la época en la que no lo conseguí. Pero, por suerte, he pasado página.
—Bueno, me alegra oír eso. —Tristemente, quise preguntarle cómo había logrado superarlo, si es que estaba diciendo la verdad. Por irónico que sonara, lo único que me había ayudado a superar un poco a Elec había sido Damien.
—¿Tienes alguna pregunta en cuanto a los perros?
—No. Ya me informó él sobre su rutina.
—Vale. Aquí tienes mi número por si necesitas hablar conmigo. —Dejó un pequeño papel en la encimera.
—Gracias.
C uando la puerta se cerró detrás de Jenna, dejé escapar un largo suspiro y miré a los Doble D. Todavía estaban intentando recuperar el aliento mientras me miraban emocionados con sus largas lenguas colgando. Eran unos perros preciosos, con un pelo negro y suave y un pelaje cobrizo que les acentuaba las patas y las caras.
—V uestra madre o está muy amargada o es muy inteligente. Todavía no he averiguado cuál de las dos es. —Me dirigí al mueble en el que Damien guardaba la comida para perros—. ¿ Tenéis hambre? —Cuando empezaron a dar saltos a mi alrededor, bromeé—: Pero nada de beicon, ¿vale?
«Gran error».
Solo con mencionarlo, empezaron a volverse locos.
«Mierda».
La palabra con «B» quedaba prohibida por completo.
Al segundo día, estaba claro que solo había una forma de recuperar el sueño después del desayuno de los perros. Busqué el móvil y le escribí a Damien.
Chelsea: Oye, ¿te parece bien que me eche la siesta en tu apartamento por las
mañanas? Es la única forma de que los perros dejen de ladrar.
Damien: No tienes ni que preguntar. Como si fuera tu casa.
Chelsea: Gracias. Te lo agradezco mucho.
Damien: Gracias otra vez por cuidar de ellos. ¿Va todo bien?
Chelsea: Sí. Perfecto.
Damien: Genial.
No hacía falta divulgar que casi perdí el control sobre ellos durante nuestro primer paseo matutino o que tardé cinco minutos en calmarlos después de esa primera y última mención al beicon. Aunque, en general, todo iba bastante bien.
Como era de esperar, los ladridos cesaron una vez que me dirigí al apartamento de Damien y luego a su dormitorio. Sin embargo, no me esperaba que los perros se metieran en la cama.
Por suerte, Dudley y Drewfus eran animales limpios. Jenna debía de lavarlos a menudo porque nunca olían mal, ni siquiera cuando estaban sudados.
Acostada entre ellos, cerré los ojos y saboreé el olor de Damien, el cual saturaba las sábanas. Hundiendo las uñas en la almohada de plumas de ganso, inspiré hondo y me imaginé por un momento que era él.
El corazón empezó a latirme más rápido. Eso hizo que me diera cuenta de las ganas que tenía de estar cerca de él, a pesar de que había intentado reprimir mis sentimientos para no salir herida. Ni siquiera estaba con nosotros, pero aquí, en esta cama, en su lugar más íntimo, sentía su presencia con fuerza.
Permitiéndome liberar todo el deseo reprimido, apreté la almohada con más fuerza y deslicé mi cuerpo contra el colchón, imaginándome que era el cuerpo duro de Damien el que estaba debajo de mí. Fue un baile de excitación y frustración que se vio realzado cuando enterré la cara en su embriagador olor.
C uando por n abrí los ojos, Dudley me estaba mirando divertido, y eso me devolvió a la realidad.
Me quedé dormida.
A nales de semana, me estaba acostumbrando a dormir con los perros. Me atrevo a decir que empezaba a disfrutar de echarme la siesta entre ellos.
Las cosas transcurrieron con bastante tranquilidad hasta el jueves. Fue entonces cuando Drewfus pensó que sería divertido meterse debajo de la cama de Damien. Los Doble D tenían que salir a la calle antes de que tuviera que irme a trabajar. Se nos estaba haciendo tarde, y no conseguía que saliera.
Había una caja de zapatos plana y negra debajo que tuve que apartar para poder llegar a él.
C uando por n conseguí que Drewfus saliera de debajo, mi mano se quedó paralizada cuando fui a deslizar la caja de nuevo bajo la cama.
En la tapa estaban escritas con rotulador plateado las palabras «Caja de pandora».
Como la tentación de abrirla era demasiado grande, la metí rápidamente debajo de la cama y me obligué a no pensar en ella mientras sacaba a los perros a la calle.
Durante todo ese día en el trabajo, me fue imposible dejar de hacer teorías sobre lo que podría haber dentro de esa caja. Lo único que tenía claro era que se trataba de algo que Damien quería mantener oculto.
Después de que Jenna recogiera a los perros esa noche, estaba sola en el apartamento de Damien. Decidí recostarme en la cama y seguí pensando en la caja.
Se me ocurrió una idea. Una vez Damien había decidido irrumpir en mi baño para apoderarse de mi kindle. Había satisfecho su curiosidad a pesar de mis protestas. También había reproducido el DVD de Elec y mío sin permiso, así que entendería mi curiosidad, ¿no?
De forma impulsiva, salté de la cama, me arrodillé y me arrastré debajo para sacar la caja y abrirla.
Me sorprendió encontrar un revoltijo de cosas, desde viejos cromos hasta monedas y algunos artículos de periódico. Al examinarlo más de cerca, me di cuenta de que en uno de los periódicos aparecía la esquela de su padre, Raymond Hennessey. Se me formó un nudo en el pecho. Me sentí un poco tonta por pensar que la caja contenía algo salaz.
En ese momento, mis dedos se posaron en un DVD que estaba dentro de una simple funda de plástico. Estaba marcado con un simple «Jamaica».
Sintiendo una necesidad intensa de saber más sobre él, miré hacia la televisión que estaba frente a la cama y me di cuenta de que había un reproductor de DVD justo al lado. Sin permitirme el tiempo su ciente como para dejar que el sentimiento de culpa se apoderase de mí, abrí rápidamente la caja y metí el DVD dentro.
La primera imagen que apareció en la pantalla fueron los abdominales desnudos de un hombre. La iluminación era mala. Parecía estar ajustando la cámara. C uando se inclinó para mirar dentro de la lente, un rápido vistazo a su rostro reveló que era Damien.
«¡Oh!, mierda».
«¿Qué estaba a punto de ver?».
Durante un breve momento, cerré los ojos hasta que oí una voz femenina en el vídeo.
—¿Está grabando? — preguntó.
—Sí.
C uando se giró hacia ella, su culo quedó frente a la cámara y llenó la pantalla. Era perfectamente redondo, musculoso, liso y sin imperfecciones, justo como pensaba que sería. Tenía un lunar del tamaño de un guisante en el cachete derecho. Me tapé la boca y no pude evitar reírme.
«Madre mía». Estaba mirando el culo de Damien.
Un culo precioso.
Tenía que apagarlo, pero era incapaz de moverme.
Era difícil ver qué aspecto tenía la chica. Su espalda la estaba tapando, pero parecía que ella le estaba acariciando la parte delantera del cuerpo con las manos.
—Dios, estás preparado —dijo ella.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó de forma seductora.
Su voz me dio escalofríos.
Entonces, estiró la mano para alcanzar algo, y oí cómo se arrugaba lo que parecía el envoltorio de un condón. Se inclinó sobre ella. Agradecí que no pudiera verle la cara a la chica.
Ella gimió.
—Me encanta cuando te hundes en mí por primera vez.
—¿Sí? Te va a encantar todavía más lo fuerte que voy a penetrarte.
Después de un minuto ahí quieta como una estatua, tenía la mirada pegada al culo de Damien mientras empujaba con las caderas y la penetraba. Sabía que tenía que parar. Solo con escuchar los sonidos que hacía, los cuales sabía que me iban a perseguir durante muchas noches, decidí que ya le había hecho su ciente daño a mi psique.
Expulsé el DVD y lo volví a meter con cuidado en la funda antes de devolverlo a la caja, que deslicé bajo la cama.
El corazón me latía sin control. No tenía derecho a ver eso. Lo más probable era que tuviera varios años y que fuera una parte del pasado de Damien que no estaba destinada a los ojos de nadie más. De repente me sentí avergonzada de mí misma.
No volvería a hablarme si supiera que había visto sus cosas más personales.
La culpa me invadió.
«¿Qué había hecho?».
De vuelta a mi apartamento, la culpa no tardó en ser sustituida por la más dulce de las torturas. La imagen del culo de Damien y los sonidos profundos y guturales provocados por su placer se me habían quedado grabados en la mente, donde se repetían una y otra vez mientras me llevaba a mí misma al clímax varias veces esa noche.
Había sustituido todos los recuerdos de la mujer del vídeo por los míos, imaginándome lo que sentiría mientras me llenaba, esa voz ronca en mi oído diciéndome lo duro que me iba a penetrar mientras inspiraba su olor por todo mi cuerpo desnudo.
Ese fue mi castigo por sgonear, y llegó para demostrarme con más claridad todo lo que me estaba perdiendo.
Más avanzada esa noche, se lo confesé todo a Jade en una llamada telefónica después de su función.
—Sácatelo de la cabeza. En serio. Intenta ngir que nunca lo has visto.
—Cuanto más intento no pensar en ello, peor es. Algo así como toda mi experiencia con él.
—Aquí hay una pregunta interesante —dijo—. ¿Preferirías tener la amistad que tienes con él ahora o una relación puramente sexual que sabrías que nunca se convertiría en algo más? En cualquiera de los dos casos, no hay compromiso.
—Depende de mi estado de ánimo cuando me preguntes. Esta noche puede que hubiera dicho que aceptaría lo del sexo.
—Pero esa no eres tú, Chelsea. Ni yo tampoco soy así. No creo que sepamos cómo no enamorarnos. A algunas personas se les da muy bien eso de compartimentar, pero nosotras somos pésimas en eso.
—Tienes razón. Siempre querría más. Y como somos amigos, ya me he vuelto loca por él como persona. Si pudiera ser solo sexo sin conexión emocional, entonces a lo mejor sería diferente. Pero es demasiado tarde para eso. Ya hay una conexión.
—¿Sabes? Solía bromear con lo de que te lo tiraras y todo eso, pero ahora casi me siento mal, porque no tenía ni idea de que iba a convertirse en un dilema serio para ti.
—Igual debería mudarme.
—No seas tonta. No quieres mudarte.
—No, no quiero. Ese es el problema. Lo echaría muchísimo de menos… y a los malditos perros.
—¡T ú y los perros! ¡Eso sí que no lo había visto venir!
—Sí. Les estoy tomando mucho cariño. Siempre y cuando no mencione el beicon.
—¿Cuándo vuelve?
—El sábado por la tarde, creo. No sé la hora exacta.
—¿La ex se lleva a los perros los nes de semana?
—Se van alternando. Los perros se quedan aquí este n de semana porque intuyo que Jenna se va de viaje. Así que no los recogerá el viernes por la noche. Dormirán aquí.
—¡Esos perros son como niños!
—Niños que son prácticamente del tamaño de hombres adultos, sí. Deberías ver el espacio que ocupan en la cama. Aunque he de decir que ha sido agradable dormir con el calor de un cuerpo o dos.
—No es exactamente la clase de doble equipo sobre el que leemos.
Resoplé.
—Está claro que no.
—Aunque es dulce.
—Sí, sí que lo es.
Decidí quedarme a dormir en casa de Damien la última noche. Así el sábado por la mañana no tendría que salir de mi cama tan temprano. Si ya estaba allí, cabía la posibilidad de que los Doble D me dejaran dormir un poco más.
El viernes por la noche, me acurruqué junto a los dos perros en el sofá de Damien y vi un documental.
C uando me retiré al dormitorio poco antes de la medianoche, ambos me siguieron a la cama. Con los dos perros roncando a mi lado, me quedé profundamente dormida.
A la mañana siguiente, noté como si uno de ellos me estuviera rodeando. La cama olía a Damien más que de costumbre. Cuando una mano se movió por mi abdomen, abrí los ojos de golpe. Di un salto y me di la vuelta para encontrarme con los ojos azules más bonitos que había visto en mi vida.
—¡Damien! ¿Qué haces aquí?
Me puso la mano en la cadera y me dio un empujón juguetón.
—Esta es mi cama.
Dios, me encantaba cuando me tocaba. Rara vez lo hacía.
Dolorosamente consciente de que su mano seguía apoyada en mi cadera, me aclaré la garganta y dije:
—Lo sé, pero ¿qué haces aquí tan temprano?
Apartó la mano de mi cadera, lo que hizo que anhelara que volviera.
—Hemos conducido durante la noche.
«¿Hemos?».
Se me formó un nudo en el estómago.
—¿T ú y quién más?
—Tyler y yo.
—¿T u hermano ha ido contigo a Los Ángeles?
—Sí.
—¿Hace cuánto que has vuelto y dónde están los perros?
—Llegué a casa como a las cinco de la mañana. C uando me vieron, salieron disparados hacia el salón.
—¿Por qué?
—Saben que no tienen permitido estar en mi cama.
Me quedé boquiabierta.
—¿No?
—No. Se han estado aprovechando de ti. Saben que no deben subirse a mi cama cuando yo estoy en ella.
C uando los miré, los perros estaban de pie frente a la puerta con cara de culpa. Era adorable, la verdad.
—No tenía ni idea.
—No es culpa tuya. No te lo especi qué. Supongo que con é en que seguirían las reglas. Deben de haber estado encantados contigo.
—La verdad es que me ha gustado dormir con ellos. Supongo que se puede decir que nos hemos hecho amigos.
Con aspecto de estar divirtiéndose, Damien apoyó la cabeza en su mano mientras seguía tumbado frente a mí.
—Mírate… ganándote el cariño de los perros.
—No sé, asumí que dormían contigo.
Sacudió la cabeza.
—Eres diminuta comparada conmigo. Si yo compartiera la cama con ellos, no habría espacio. No podría dormir.
—Son de los te quitan la sábana por la noche.
—No sabes cuánto te agradezco que hayas cuidado de ellos. Déjame invitarte a cenar esta noche.
Me vi invadida por la decepción cuando me acordé de mi cita.
—No puedo. He quedado con Brian.
—Mierda. Es verdad. Bueno, tal vez mañana.
—Vale. Estaría bien.
—De hecho, ha abierto una nueva hamburguesería en Sunnyvale. Al parecer, hay una cola como de un kilómetro para entrar, da igual la hora del día a la que vayas, pero se supone que tienen las mejores hamburguesas del mundo. También tienen unos postres de locos. ¿ Quieres que intentemos ir mañana a comer en vez de a cenar?
—Suena genial, sí.
—Guay. —Bajó la mirada hacia mis piernas y luego volvió a alzarla hacia mi cara—. ¿A dónde te va a llevar el Hombre Piano?
—¿«El Hombre Piano»?
—Steinway. Pianos.
—Oh. —Sonreí—. Se me había olvidado. Lo de la fondue, ¿recuerdas? ¿Lo de mojar su palo?
—Ah, sí. Bueno, no dejes que cambie de opinión y quiera ir a Bad Boy Burger. Ahí es donde vamos a ir nosotros.
—Vale. —Sonreí, perdiéndome en sus ojos durante unos segundos antes de preguntar—: ¿Ha tenido éxito el viaje?
—Sí. He visto a algunos amigos.
—Pensaba que dijiste que era porque tenían unos asuntos pendientes.
Hizo una pausa.
—Tyler y yo nos hemos reunido con algunas personas para tratar algo que puede suceder en el futuro, sí, pero también tenemos unos pocos amigos por esa zona.
«Mmm».
—Bueno, me alegro de que estés en casa.
Sonrió.
—¿Jenna ha sido amable contigo?
—No ha estado mal.
—Ese es el código que usa Chelsea para decir que ha sido una cabrona.
—No. No ha sido la persona más agradable, pero tampoco ha sido una cabrona.
—Estoy seguro de que te odia.
—¿Por qué?
—¿No es obvio?
—Le dejé claro que no había nada entre nosotros, así que ¿por qué iba a odiarme?
—Porque dudo que crea que solo soy amigo de alguien como tú.
—Pero es la verdad.
Pensé en que había sgoneado entre sus cosas, ante lo que empezó a aparecer el sentimiento de culpa.
Me levanté de repente.
—Será mejor que me vaya.
Salió de la cama y me siguió.
—Quédate a desayunar.
Entre las fantasías que tuve ayer con él y el hecho de que me había tocado, necesitaba alivio, no un desayuno.
—No, creo que me voy a casa. Hoy tengo muchas cosas que hacer.
—Vale. Mañana al mediodía me pasaré a buscarte para ir a la hamburguesería.
—Perfecto.
Los perros comenzaron a seguirme y salieron conmigo.
—No, no, no. No nos vamos de paseo —les dije.
Damien se reía mientras miraba cómo intentaba ponerlos en su lugar.
—Lo siento, pero esto es lo más gracioso que he visto en mi vida.
Me puse de rodillas y dejé que los Doble D me lamieran la cara.
—Nos lo hemos pasado bien, ¿verdad?
Damien se quedó mirándonos con los brazos cruzados, sumamente divertido.
—V uestro padre ya está en casa. Ya no me necesitáis. Pero os veré pronto.
De vuelta a mi apartamento, me dejé caer en la cama y no pude dejar de pensar en la sensación que me produjo tener la mano de Damien en la cadera.
Tenía la necesidad de liberarme, por lo que me bajé los pantalones, y me preparé para masturbarme, cuando, justo en ese momento, comenzaron los ladridos.
«Cómo no».
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