Querido vecino
10 Fuera de Control
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FUERA DE CONTROL
¿ Quién se cambia de ropa diez veces cuando simplemente va a ir a comerse una hamburguesa?
Esta de aquí.
Me daba igual que Damien fuera mi amigo. Cuando me mirase, quería que se arrepintiera de la decisión que había tomado al ponerme esa etiqueta.
No podía evitar lo que sentía.
Anoche, durante la cita con Brian, no dejé de pensar en Damien: el culo de Damien, la mano de Damien en mi cadera, la inminente comida con Damien el domingo. Era patético. Me reía para mis adentros cada vez que Brian mojaba algo en la salsa porque podía oír a Damien bromear sobre que eso era lo único que iba a mojar. No podía quitarme a mi amigo de la cabeza, y tampoco quería hacerlo.
Me puse un minivestido ajustado de Betsey Johnson, cuya parte superior era de cuero sintético y cuya parte inferior estaba acampanada y era de color púrpura, y fui a abrir la puerta.
Damien abrió los ojos de par en par cuando me miró.
—No sabía que nos íbamos de esta un domingo por la tarde.
—Me apetecía arreglarme. ¿Algún problema?
—No. Estás guapa —respondió mientras pasaba por delante de mí para entrar en el apartamento.
—Gracias.
Damien tampoco iba mal. Llevaba una chaqueta de cuero marrón y unos vaqueros desgastados que se le ceñían al culo.
Miró mis tacones de doce centímetros.
—¿Seguro que quieres esperar en una cola larga con esos zapatos?
—¿De cuánto tiempo estamos hablando?
—La media es de unos treinta minutos solo para llegar a la puerta. Así de buenas están esas hamburguesas. La larga espera forma parte de la experiencia.
—Madre mía. Entonces me cambio de zapatos.
T ras dirigirme a mi habitación para reemplazar los tacones por unas manoletinas negras, volví al salón.
—Aquí está mi enana —dijo.
—¿Cómo es que no oigo a los perros?
—Jenna volvió pronto de dondequiera que estuviera, así que le pregunté si se los podía quedar. Se los he llevado a su casa después del paseo matutino. Es lo mejor, ya que es posible que hoy estemos fuera bastante rato. Después de comer quiero ir a un lugar si nos da tiempo.
—¿A dónde?
—Es una sorpresa.
La idea de poder pasar todo el día con él me llenaba de emoción.
Era un domingo soleado y prácticamente sin trá co en la 101. Damien tenía las ventanillas de la camioneta bajadas, y mi pelo volaba hacia todas las direcciones.
Me miró y habló en voz alta a través del viento.
—¿Quieres que suba las ventanas?
—No. Me encanta —grité.
—A mí también.
—¿Te encanta que te dé la brisa en el pelo? Llevas un gorro.
—No. Me encanta que tengas el pelo así de revuelto. Me encanta que no te importe que sea un desastre. No tienes ni una pizca de remilgo en tu cuerpo.
Durante todo el trayecto, tuve el impulso de acercarme y ponerle la mano sobre la rodilla, pero, como era lógico, me contuve.
C uando llegamos a Bad Boy Burger, la cola salía por la puerta y doblaba la esquina.
—No estabas bromeando. Este sitio está lleno de gente.
—Más vale que las hamburguesas valgan la pena.
Después de cuarenta minutos, por n llegamos a la parte de la cola que estaba dentro del restaurante. Era estilo cafetería, así que, una vez hecho el pedido, o bien encontrabas un sitio dentro o lo comprabas para llevar o te sentabas en uno de los bancos del exterior.
Estábamos a unas diez personas de la caja cuando miré hacia la zona donde se encontraban las mesas. Sentí que se me cerraba la garganta y que me mareaba.
Parpadeé.
«No».
Volví a parpadear.
«No puede ser».
«Está en Nueva York».
«No, está aquí».
«Elec».
Mi ex estaba sentado con su madre y la mujer por la que me dejó, Greta.
No me vio.
«Dios mío».
«Tengo que salir de aquí».
—Chelsea, ¿qué pasa? Te estás poniendo blanca.
Me agarré a su brazo para apoyarme.
—Es Elec.
—¿Qué pasa?
—Está aquí.
—¿Cómo?
—Detrás de mí, un poco a la derecha.
La cabeza de Damien giró hacia la dirección en la que se encontraba Elec.
—¿Qué demonios está haciendo aquí?
—Su madre vive aquí en Sunnyvale. —Exhalé un suspiro nervioso—. Debe de estar de visita.
—¿Estás de puta broma? ¿C uántas probabilidades había?
—¿Con mi suerte? Bastantes, al parecer.
Los fulminó con la mirada.
—¿Es ella?
—Sí.
—No te llega ni a la suela del zapato.
Demasiado nerviosa como para apreciar esas palabras, dije:
—No quiero que me vea.
—Entonces probablemente no debería decirte que está mirando hacia aquí.
—¿Crees que sabe que soy yo?
—No lo sé. ¿Quieres irte?
—Sí. Pero tampoco quiero girarme.
—¿Crees que dirá algo?
—No lo sé. Pero seguro que su madre sí. Me adora.
Damien volvió a mirar en su dirección antes de ponerme las manos sobre los hombros.
—Está bien. No te asustes, pero de nitivamente está mirando hacia aquí.
—Mierda.
Damien parecía estar re exionando sobre algo.
—¿Confías en mí?
—Sí.
—T ú sígueme la corriente, ¿vale?
Sin tener ni idea de a lo que se refería, asentí.
—Vale.
Antes de que pudiera cuestionar algo más, las manos de Damien estaban en mi cara, atrayéndome hacia él. Apretó sus labios contra los míos y empezó a besarme con más intensidad de la que me habían besado en toda mi vida.
El corazón me latía muy rápido, y no sabía si era porque sabía que Elec estaba mirando, por la pura conmoción de lo que estaba ocurriendo o simplemente porque era consciente de que esto iba a arruinarme.
«Solo es para aparentar».
A pesar de que me decía a mí misma que no era real, no parecía falso en absoluto a medida que Damien metía y sacaba su lengua de mi boca. Sus labios calientes y húmedos sobre los míos eran, sin duda, lo mejor que había sentido en mi vida.
Al reconocer su sabor, todos mis sentidos se debilitaron. Sentí que mis piernas estaban a punto de colapsar, como si lo único que me sostuviera fueran sus manos, todavía envolviéndome las mejillas.
Abrí más la boca, absorbiendo cada una de sus respiraciones como si fueran mi único oxígeno. Esperaba que se apartara, pero en lugar de eso me besó con más fuerza, apretando todo su cuerpo contra el mío. Ya no me importaba dónde estuviéramos ni que siguiéramos en una la
atestada de gente.
Apartó sus manos de mis mejillas y empezó a pasar sus dedos por mi pelo, tirando ligeramente de él. Estábamos montando una escena. Aunque su intención inicial era montar el numerito para Elec, ya no estaba segura de que fuera solo para aparentar.
El gemido bajo que se me escapó en la boca fue la prueba de que él t ambién se había dejado llevar y se había perdido en el beso. Este que empezó calculado, tranquilo y sosegado dejó de serlo a medida que sentía su corazón latiendo contra el mío. Era una sensación hermosa, porque era la prueba de que no estaba loca, de que toda esta química que había estado experimentando no estaba en mi cabeza.
Estaba segura de que las personas que teníamos detrás en la cola ya estaban colándose y poniéndose delante de nosotros, pero estaba demasiado inmersa en el beso como para darme cuenta. Yo no iba a ser la primera en romperlo, eso lo tenía claro, porque sabía que una vez que eso ocurriera, tendría que afrontar el hecho de que mi vida nunca sería la misma. Porque no podría borrar esto. Nunca iba a ser capaz de deshacer lo que sentía.
Redujo el ritmo antes de apartarse a regañadientes. Me incliné hacia él, intentando continuar el beso, pero volvió la mejilla y murmuró un «mierda», como si por n se hubiera dado cuenta de lo que había hecho. No tuvo que dar explicaciones. Sabía exactamente por qué estaba enfadado consigo mismo. Era exactamente como me sentía yo.
«Completamente jodida».
—¿Siguen aquí? —pregunté, aturdida y confundida. Para ser sincera, ya no estaba segura de que me importara. Simplemente necesitaba decir algo.
Damien miró detrás de mí.
—No. Se han ido.
—Bien.
Habíamos perdido nuestro sitio en la cola. La gente nos estaba saltando por completo.
Se me había ido el apetito, y el olor a carne picada frita me estaba dando náuseas.
—¿Pasa algo si no volvemos a la cola? Se me han quitado las ganas de hamburguesa de repente.
—Claro. Vámonos.
Una vez de vuelta en la camioneta, el trayecto transcurrió en silencio y fue tenso. Damien no me miraba, mantenía los ojos puestos al frente. Mi cuerpo se encontraba en un estado de confusión. Estaba alterada, pero al mismo tiempo estaba dolorosamente excitada. Tenía las bragas mojadas. Tenía los pezones duros. Mi cerebro y mi cuerpo querían dos cosas diferentes.
Lo único que quería mi cuerpo era que se detuviera y me penetrara a un lado de la carretera hasta que me olvidara de todo.
No obstante, mi cerebro quería una explicación de por qué seguía luchando contra lo que sentía por mí, por qué no podía simplemente arriesgarse y ver cómo salían las cosas. No dejaba de preguntarse por qué yo no le importaba lo su ciente como para correr ese riesgo cuando él era lo único que me importaba a mí.
Quería llorar por la mera razón de que mi corazón seguía latiendo tan rápido como cuando divisé a Elec. Solo que ahora sabía que no tenía nada que ver con mi ex. El corazón ya no me dolía por Elec; me dolía por Damien. Tenía miedo de que Damien me hiciera mucho más daño que Elec.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar en el que ambos podamos desahogarnos. De todas formas, era donde había planeado llevarte después de comer.
—¿No me lo vas a decir?
—Es una sorpresa.
—Hoy estás lleno de sorpresas, ¿verdad?
Aunque no respondió, la cara se le puso inusualmente roja como reacción a mi intento de abordar el tema del beso. Siguió conduciendo.
C uarenta y cinco minutos más tarde, estábamos en Santa Cruz, y había descubierto a dónde me estaba llevando.
Sonreí.
—Vamos al paseo marítimo.
—Hace años que no vengo por aquí. ¿Y tú?
—No vengo desde que era adolescente.
—Mi padre solía traernos a T yler y a mí cada dos por tres. Muchos de los mejores recuerdos de mi infancia tuvieron lugar aquí.
—¿Cómo es que has querido venir hoy?
—No sabría decirlo. Solo sabía que quería venir aquí contigo. —Su confesión me provocó mariposas.
T ras encontrar un sitio en el que aparcar, me comprometí a intentar quitarme de encima lo que había ocurrido en la hamburguesería.
—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó.
—Bueno, estoy empezando a recuperar el apetito.
—Pues vamos a por algo de comer.
Damien me dejó elegir la comida, y escogí uno de los puestos de comida que había en el paseo marítimo. Él se pidió pizza, mientras que yo opté por un perrito gigante de maíz hincado en un palo que parecía obsceno. Algún ángel de la perversidad debía de estar riéndose de mí, porque incluso le brotaba una punta que parecía una corona. Por desgracia, no era la mejor opción para hoy , dada la incomodidad sexual que aún perduraba en el aire que nos rodeaba.
Después de llevar la comida a un banco vacío que daba al océano Pací co, dudé incluso de si meterme la cosa esta en la boca con Damien mirándome. Me parecía un error. «Bien hecho, Chelsea».
—No sé si lamerlo o morderlo. —Me reí.
—De entre todo lo que podrías haber elegido, ¿tenías que pedir un pene gigante?
—Esto solo me pasa a mí. ¿Puedes mirar hacia otro lado o algo mientras le doy un bocado?
—Ni de puta broma. Quiero un asiento en primera la.
—En serio, está siendo uno de los días más extraños de mi vida.
—¿Por qué lo dices? —bromeó.
—Gracias otra vez por esa técnica de distracción en la hamburguesería.
—El placer fue todo mío —dijo con sinceridad.
—Me produce una gran satisfacción saber que hoy, en vez de hacer el r idículo delante de él, he tenido la sartén por el mango. Se fue creyendo que yo era feliz y que había pasado página, aunque no sea así. Ha sido lo mejor que podría haber pasado. —Mientras Damien seguía mirándome
jamente, dejando que su pizza se enfriara, tuve una epifanía cuando
añadí—: Has cambiado la historia.
Su boca se curvó en una sonrisa.
—Sí. Supongo.
—En serio. Podría haber sido un día devastador. Podría haberme humillado a mí misma o haberme quedado sin palabras delante de ellos, pero en vez de eso no tuve que lidiar con nada. En su lugar, estoy en un parque de atracciones.
—A punto de comerte un pene gigante —añadió.
—¿Así?
C uando pasé la lengua de forma exagerada por la obscena punta del perrito de maíz, Damien apartó la mirada.
—Vale… mmm, mierda. Te has pasado.
—Lo siento.
—Y una mierda lo sientes, zorra malvada. —Se rio.
«Me cago en la puta».
C uando miré hacia abajo, su erección era evidente.
—Vaya, no hace falta mucho, ¿eh?
—No, hoy no.
Le extendí mi perrito de maíz.
—Perrito de maíz, te presento a perrito caliente.
Me entregó su pizza, agarró el perrito de maíz y se lo comió.
Después de comer, fuimos al parque de atracciones y nos esforzamos por combatir la tensión sexual que había entre nosotros mientras nos montábamos en casi todas las atracciones del lugar. Bueno, nos subimos a todas las atracciones que no implicaban alturas; esas no las soportaba.
Era tan catártico chocarme a propósito con Damien en los coches de choque. Le gritaba mentalmente con cada colisión.
«Esto es por decir que solo quieres que seamos amigos».
«Esto es por traerte a esa pelirroja a tu apartamento».
«Esto es por besarme hoy».
Cada choque sentaba mejor que el anterior.
—No podemos irnos sin subirnos a la Giant Dipper —dijo.
—Ni de broma. No me gustan las montañas rusas.
—Venga, Chelsea. Te agarraré la mano.
«¿Era enfermizo que me lo pensara solo para poder volver a tocarlo?».
—No quiero, de verdad.
Dejó de caminar y me miró.
—¿Puedo contarte un secreto?
—Sí.
—Uno de los últimos recuerdos que tengo de mi padre fue montándome en esa montaña rusa con él. Vinimos aquí la semana antes de que muriera. Esa es parte de la razón por la que quería volver. Llevaba desde entonces sin ser capaz de regresar. Sentí que era el momento. Volver aquí estaba en mi lista de deseos, pero no quería hacerlo solo. Quería que tú estuvieras conmigo, porque tú me reconfortas, Chelsea. —Señaló hacia la montaña rusa gigante—. Afrontar esa cosa hoy es una especie de paso
nal. No quiero subir ahí si no estás tú a mi lado. Así que, verás… puede
que necesite que me agarres de la mano tanto como lo necesitas tú.
¿Cómo iba a decir que no a eso?
—De acuerdo —dije al borde de las lágrimas.
Él estaba radiante.
—¿Sí?
—Sí. Vamos antes de que cambie de opinión.
Como ocurría con muchas cosas en la vida, la anticipación era mucho peor que la caída real. Decidí no agarrarle la mano a Damien, ya que opté por usar las dos para aferrarme con fuerza. La ansiedad que se intensi có durante la subida se desvaneció cuando nos lanzamos hacia abajo por primera vez. Resultó ser estimulante, y me alegré mucho de haberlo experimentado. Supongo que el viaje fue como Damien: sabía que lo más probable era que fuese a terminar, que no iba a ir a ninguna parte, pero seguía disfrutando de los altibajos que suponía conocerlo.
—Vaya, ha sido muy divertido —dije cuando nos bajamos, un poco mareada.
—Gracias por acompañarme.
—Supongo que hoy estamos en paz. Nos hemos ayudado el uno al otro de diferentes maneras.
Me apartó un mechón de pelo de la cara.
—Se está poniendo el sol. Me encantaba ver todas las luces en la playa desde la distancia. ¿Quieres dar un paseo antes de ir a casa?
Un paseo por la playa con Damien sonaba justo a como quería que terminara el día.
—Claro.
Compramos un poco de algodón de azúcar y nos dirigimos a la playa, que ya estaba desierta. Era una tarde fresca. Damien se quitó la chaqueta y me la echó por encima de los hombros. El viento me ponía el pelo en la cara y este se pegaba al algodón de azúcar. Me tomó por sorpresa cuando t ambién se quitó el gorro y me lo puso en la cabeza.
—Así lo contiene para que puedas comer.
Me encantó el tacto cálido del tejido de lana sobre mi cabeza.
—Gracias.
Estaba aún más guapo con el pelo aplastado por el gorro. Me costaba mucho evitar mirar hacia él y centrarme en su lugar en las magní cas luces del parque de atracciones que se veían a lo lejos.
La belleza de esta noche me estaba emocionando. Solo se escuchaba el sonido de las olas al estrellarse. Con cada paso que daba, empezaba a darme cuenta de todo lo que había pasado hoy. En un momento dado, dejé de caminar y me quedé mirando las luces en la distancia.
Su voz desde atrás me sobresaltó.
—Dilo, Chelsea.
Me giré para mirarlo.
—¿Cómo?
—Noto todos los pensamientos que están dando vueltas en esa preciosa cabecita. Llevo sintiéndolos los últimos minutos. Tienes que desahogarte. Adelante.
—¿Por qué has tenido que besarme así hoy? —escupí nalmente.
—Pensé que estaba claro por qué te he besado.
—Sé por qué lo has hecho… pero ¿por qué has tenido que hacer que pareciera tan… real?
Su pecho ascendía y descendía a medida que se le aceleraba la respiración. No sabía qué decir antes de susurrar:
—Fue real.
—Estoy confundida.
—Cada parte de ese beso fue real, pero aun así no debería haber ocurrido.
—Se supone que entre nosotros no hay nada más que amistad, ¿verdad? Entonces, ¿por qué estar cerca de ti duele tanto a veces? Creo que lo he descubierto esta noche. Es porque me dices una cosa, pero tus ojos me dicen otra, tu corazón me dice otra. Hoy tu corazón latía más rápido que el mío. ¿Por qué no lo abres para mí?
Sus ojos parecían dolidos cuando alzó la voz.
—Mi corazón está roto, Chelsea. ¿Vale?
—¿Quién te ha roto el corazón? ¿ Te hizo daño?
«¿La chica del vídeo?».
—¿A quién te re eres?
—¿Alguien te hizo daño? ¿Es por eso que le tienes tanto miedo al compromiso? ¿Qué te ha pasado para que seas así?
Miró al cielo estrellado antes de hablar.
—Simplemente soy así, así es como me hizo Dios. No puedo ser lo que necesitas a largo plazo.
—Ni siquiera me importa el largo plazo.
—Eso es lo que dices, pero no lo dices en serio.
—T ú eres lo que necesito, lo que necesito hoy.
—Y me tienes… como amigo…, siempre. Aunque hoy he fallado. No estaba siendo un buen amigo cuando dejé que ese beso se descontrolara. Me dejé llevar, y lo siento mucho. Pero no volverá a ocurrir.
«No, no volverá a ocurrir».
Dios, eso dolía. Fue como si hubiera cerrado la puerta a cualquier oportunidad entre nosotros y hubiera tirado la llave. Como si me hubiera tirado un montón de arena a los ojos.
Pero por n había escuchado su mensaje alto y claro.
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