Querido vecino
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Esa noche me fue imposible dormir.
Por algún motivo, ahora que había llegado el día de la mudanza, cada vez tenía más la sensación de que irme era la decisión equivocada. No había vuelta atrás. Mis pertenencias estaban guardadas en cajas y estaba intentando empaquetar mentalmente mis sentimientos junto con mis posesiones. Tenía que seguir recordándome a mí misma que, al nal,
Damien no estaba luchando para que me quedara. Una parte de él t ambién quería que ocurriera esto, porque de alguna manera que yo me fuera le hacía la vida más fácil.
El horno tostador que me dio estaba desenchufado sobre la encimera. Decidí llevarlo a la puerta de al lado para devolvérselo.
Con el pelo revuelto y los ojos rojos, Damien también parecía haber tenido una noche dura. Sus músculos se asomaban a través de una camiseta azul ajustada.
—¿Qué haces? —dijo, con la voz ronca por el sueño.
—Devolverte esto.
—¿Estás de broma?
—No, es tuyo.
—Quédatelo, Chelsea.
—¿Y si necesitas tostar algo? Ya no va a estar en la puerta de al lado.
—Sobreviviré.
—Preferiría devolvértelo, la verdad.
—¿En serio estamos discutiendo por un puto horno tostador? Quédatelo, ¿vale? Como si fuera un recuerdo.
Lo agarré mejor y accedí.
—Vale. Ya que lo pones así.
—Devuélvelo a su sitio y luego trae tu culo hasta aquí para desayunar con nosotros.
Comimos en silencio, ninguno de los dos sacó a relucir lo que ocurriría hoy. Damien iba a dejar a los perros en casa de Jenna después de comer para poder pasar el día ayudándome con la mudanza. Habíamos acordado que no me despediría de los animales, que simplemente haría como si fuese un día cualquiera. Bueno, en teoría eso era lo ideal, pero cuando me levanté para salir, me siguieron hasta la puerta, y habría jurado que lo sabían. Normalmente no me dejaban ir sin recibir todo un festival de lametones, pero esta vez duró más. También me dejaron abrazarlos, cuando por lo general eran demasiado nerviosos como para poder darles un abrazo. Estaba claro que los Doble D notaban algo.
Limpiándome las lágrimas de los ojos, me negué a mirar a Damien mientras volvía a mi apartamento para esperar a mis padres. También me negué a mirar por la ventana y ver cómo Damien paseaba a los perros por el patio, ya que eso haría que volviera a llorar. Tenía que recomponerme antes de que llegaran mis padres.
Era un día nublado, lo que me parecía adecuado. El hecho de que hiciera más frío también justi caba que llevara un jersey de cuello alto para ocultar el chupetón.
Mis padres acababan de llegar. Como Damien se había ido a por el camión de la empresa de mudanzas, todavía no lo habían conocido.
Mi madre envolvió un jarrón en papel de burbujas.
—Sabes que nos encanta verte, pero ¿por qué estamos haciendo todo esto hoy? Este apartamento es absolutamente precioso. ¿Por qué quieres irte?
Ni de broma iba a contárselo todo, así que mentí.
—Necesitaba un cambio de aires.
Mi padre se rio.
—Parece mucho esfuerzo para un cambio de aires.
—Lo sé. Gracias otra vez por venir a ayudarme.
Mi madre me examinó la cara.
—¿Estás bien? No tienes buen aspecto.
—Estoy bien. Solo estoy un poco cansada, no dormí mucho anoche.
Me puso una mano en el hombro.
—¿Estabas nerviosa por la mudanza?
—Un poco tal vez, sí.
—Bueno, espero que cuando llegue tu amigo podamos instalarte para que lo dejes atrás. Papá nos va a invitar a cenar para celebrarlo.
—Eso suena bien. —Sonreí.
—¿Cómo se llama tu amigo? —preguntó mi padre.
—Damien. De hecho, es el propietario y vive en la puerta de al lado.
—Uhh. Interesante —dijo.
Mi madre sonrió.
—Damien… ¿De qué me suena ese nombre?
Mi padre se rio.
—Me recuerda a esa película, La profecía.
—Hablando del rey de Roma —dijo Damien mientras entraba en la habitación.
—Me disculpo por la grosería de mi marido.
—De tal palo, tal astilla. Eso fue justo lo que dijo Chelsea cuando nos conocimos. —Damien sonrió y le tendió la mano a mi madre—. Señora Jameson, es un placer conocerla. —Se dirigió a mi padre—. Señor Jameson.
—Llámame Hal.
—De acuerdo.
Damien me miró.
—He aparcado el camión justo fuera y he dejado un par de carretillas en el pasillo. Voy a ver qué cosas pesadas puedo llevar yo solo antes de necesitar la ayuda de tu padre.
—Vale. Me parece bien. Gracias.
—Ningún problema.
—Parece buena gente —comentó mi madre cuando se fue.
—Lo es. —Seguí pegando cajas sin mirarla a los ojos.
Mi padre se dirigió hacia la puerta.
—Voy a ir a ayudar a Damien. No debería hacer todo el trabajo pesado él solo.
Mi padre y Damien trabajaron juntos mientras que mi madre y yo subíamos y bajamos en ascensor numerosas veces con todos los artículos más pequeños.
Al cabo de un par de horas, el camión estaba completamente lleno y era hora de dirigirse a la nueva casa.
Mis padres se subieron a su Subaru y mi padre introdujo la nueva dirección en el GPS.
—¿Te vienes con nosotros o con Damien?
—Iré en el camión con él.
—De acuerdo. —Mi madre sonrió—. Papá quiere un café. Vamos a parar a comprar uno por el camino. ¿Quieres uno?
—Sí. Me encantaría.
—¿Y Damien?
—No, gracias —se apresuró a decir.
C uando mis padres se fueron, Damien y yo nos quedamos solos por primera vez.
—¿Lista? —preguntó.
—Voy a volver a subir una última vez. No recuerdo si he mirado debajo del lavabo.
«En realidad, solo quería ver mi casa por última vez».
—Claro.
Mis zapatos resonaron contra el suelo de madera. Puede que el apartamento estuviera vacío, pero estaba lleno de recuerdos. Miré por la ventana para echar un último vistazo al mural de Damien desde esta perspectiva.
No me di cuenta de que me había seguido hasta que su profunda voz resonó a mis espaldas.
—¿Has encontrado algo?
—¿Eh?
—Bajo el lavabo.
—No —respondí, todavía mirando por la ventana.
—No es por eso por lo que has subido, ¿verdad?
Me giré y le dije la verdad.
—Quería verlo por última vez.
Damien caminó despacio hacia mí.
—Puedes venir de visita cuando quieras, lo sabes, ¿no?
—Lo sé.
Su cuerpo estaba cerca mientras nos mirábamos jamente. El silencio era ensordecedor. En mi corazón sabía que nada iba a ser igual después de hoy. Mientras respiraba su olor, ahora familiar y reconfortante, sentí de verdad que me iba de casa, en cierto modo incluso más que cuando me mudé de casa de mis padres la primera vez.
—Deberíamos irnos —susurró—. No quiero que tus padres tengan que esperarnos.
Por dentro estaba llorando, pero en realidad, a estas alturas, mis lágrimas de verdad se habían secado. Tenía que comportarme como una adulta y terminar con esto de una vez.
—Estoy lista.
El viaje transcurrió en silencio, ninguno de nosotros dijo una palabra.
C uando llegamos al edi cio nuevo, mis padres estaban esperando fuera, tomándose sus cafés. Mi madre me dio el vaso para llevar.
—Puede que no esté tan caliente como te gusta.
—Ahora tenemos que volver a hacer todo esto —bromeó mi padre mientras Damien abría la parte trasera del camión.
Me acordé de que no tenía la llave.
—Tengo que ir a la o cina de gestión. V uelvo enseguida.
T ras veri car mi identi cación, la mujer del mostrador me entregó un llavero con tres llaves.
—Aquí tienes tus llaves.
—¿No hay solo una? ¿Son copias?
—No. El propietario hizo que le pusieran unas cerraduras nuevas a tu puerta. Así que necesitarás tres llaves, una para cada una. Esta es para el cerrojo, esta es para el candado y esta es para la cerradura de abajo.
—¿Cada inquilino tiene tres? No recuerdo eso cuando vine a ver el piso.
—No. Fue una petición especial de un tercero.
Esto tenía la palabra «Damien» escrita por todas partes.
Mientras volvía al camión, agité las llaves.
—¿T res cerraduras?
Damien se rio con culpabilidad.
—Cuando vine a comprobar el sitio, pude entrar en el apartamento. T uve una pequeña charla con el casero sobre todas las demás infracciones que noté. Nada que te ponga en peligro, solo cosas que noto porque soy el propietario de un edi cio. Digamos que se alegró de añadir esas cerraduras gratuitamente.
—Estás loco.
—Ya no estoy al lado para cuidar de ti. Simplemente quiero que estés a salvo.
—¿No es un barrio seguro? —inquirió mi madre—. No parece tan bonito como el edi cio de Damien.
—Es bastante seguro —respondió Damien—. Pero con las cerraduras lo es mucho más.
Mi padre le puso la mano a Damien sobre el hombro.
—Gracias por cuidarla.
—De nada. Voy a empezar a subir algunas de las cosas que pesan.
Mi madre me lanzó una mirada confusa. Estaba captando mi estado de ánimo y empezaba a sospechar algo con respecto a Damien y a mí. Sabía que quería hablar conmigo, pero lo más probable era que no tuviera la ocasión.
Pasaron otras dos horas, y por n habíamos trasladado todo al interior. Mientras que ninguna de las cosas pequeñas estaba guardada en su sitio, todas las cosas grandes estaban colocadas en su lugar correspondiente.
Mi padre dio una palmada.
—Bueno, no sé vosotros, pero yo me muero de hambre.
—Íbamos a salir a cenar, Damien. Espero que nos acompañes —dijo mi madre.
—Solo si le parece bien a Chelsea. A lo mejor quiere hablar mal de mí tranquila por haber convertido su apartamento en Fort Knox.
Le di un golpe juguetón.
—Más te vale venir.
—Muy bien.
La cena en el restaurante Hooligan's Family Style empezó de forma bastante rutinaria. Cada uno de nosotros pidió el bufet de ensaladas, por el que eran conocidos, y un plato principal. Mi padre y Damien bebieron de la misma jarra de cerveza Blue Moon, mientras que mi madre y yo compartimos una botella de Chardonnay. Me escucharon hablar de los últimos acontecimientos ocurridos en el centro juvenil y Damien contó la historia de su presentación en la Noche de las Artes.
Después de que la camarera recogiera nuestros platos, mi padre decidió empezar a interrogarme sobre la mudanza. Fue entonces cuando las cosas empezaron a ir seriamente cuesta abajo.
—He de admitirlo, cariño. No me ha impresionado mucho el sitio nuevo. Me encanta pasar tiempo contigo, pero ha sido un montón de trabajo solo para trasladarte a un barrio más cutre. Si hubiera una razón legítima, lo entendería. Hace que cuestione un poco tu juicio.
Me bebí el vino de un trago y miré a Damien.
Me estaba mirando jamente cuando de repente soltó la bomba.
—Se está mudando por mi culpa.
—¿Qué estás haciendo? —susurré.
—¿A qué te re eres? —preguntó mi madre.
—No tiene nada que ver con el apartamento. Se muda por mi culpa.
—Damien…. —dije en un intento por que parara de conducir la conversación a donde la estaba conduciendo.
—Déjame que se lo explique. Son tus padres. Te quieren. Y no quiero que cuestionen tu juicio. T u juicio no tiene nada de malo.
Se volvió hacia mi padre.
—V uestra hija es una de las mejores personas que he conocido. Se ha convertido en una gran amiga y me ha abierto su corazón varias veces. Le tengo un cariño inmenso y , como probablemente os habréis dado cuenta, soy muy protector con ella. Eso también signi ca protegerla de mí. No puedo ser la clase de hombre que se merece como pareja duradera. He tenido demasiados momentos en los que parece que me he olvidado de eso, porque ella hace que sea muy fácil de olvidar. Me he estado esforzando mucho por no hacerle el mismo daño que le hizo él, pero he acabado haciéndolo de todas maneras. Se está mudando para protegerse de que le hagan más daño. —Se giró hacia mí—. Lo siento mucho.
Necesitaba un poco de aire.
—Disculpadme. —Mi silla arañó el suelo cuando me levanté para correr hacia el baño.
No sabía por qué, pero el hecho de que hubiera sido tan abierto delante de mis padres, de que me pidiera disculpas frente a ellos, proporcionó un carácter de nitivo no deseado. Ya ni siquiera intentaba ngir que la situación entre nosotros iba genial, porque no era así.
Era como una ruptura.
En nuestra relación no había habido sexo real, pero mis emociones habían sido todas desde el primer día.
Damien ayudándome a mudarme.
Ese discurso.
Tenía que ver lo de esta noche como lo que era.
Damien estaba poniéndole punto y nal.
C uando volví a la mesa, el resto de la cena transcurrió en silencio.
C uando Damien se marchó en el camión vacío del servicio de mudanzas, insté a mis padres a que no husmearan más y les aseguré que iba a estar bien. Se despidieron de mí con un abrazo y me dejaron sola en mi nuevo apartamento.
Esa misma noche, sentada en la cama y rodeada de cajas, recibí un regalo de bienvenida no deseado. Llegó en forma de correo electrónico de la última persona que esperaba.
Chelsea:
He tardado un tiempo en pensar si debía enviarte este mensaje o no,
más que nada porque no quiero molestarte. Necesitaba que
supieras lo bueno que fue verte en Bad Boy Burger. Estoy bastante
seguro de que me viste, pero en caso de que no lo hicieras, fue el
día en el que le estabas comiendo la boca a un chico que tenía un
tatuaje en la parte inferior del brazo. Iba a ir a decirte algo, pero
parecías un poco ocupada. He vivido con mucha culpa desde que
rompimos. Ver que habías pasado página con otra persona me hizo
muy feliz.
No te deseo más que felicidad.
Elec
No iba a responder. El momento en el que había llegado el mensaje fue como un puñetazo en el estómago.
Apagué el portátil, cerré los ojos y me dormí llorando por última vez, jurando que mañana comenzaría una nueva etapa de mi vida.
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