Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 18 de 27

Páginas del PDF

Querido vecino

17 al Suelo

17

 

 

AL SUELO

 

Había sido un sueño hecho realidad ver actuar a Jade. Tenía un papel protagonista en un nuevo musical fuera de Broadway llamado La sirena y el traje. Las bromas entre su personaje, Eloise, y el personaje masculino principal, Tom, eran graciosísimas. A Tom lo interpretaba un actor guapo llamado Jeremy Bright. Más tarde me enteré de que Jeremy estaba muy casado en la vida real. Hasta ese momento, pensé que tal vez se estaba gestando algo entre Jade y él, pero supongo que simplemente son actores muy convincentes con una gran química.

Después de la función, Jade me llevó a cenar con el reparto. Fuimos a un restaurante y bar japonés llamado Sake Sake. Entre las bebidas y las conversaciones en voz alta, casi me olvidé de Damien durante un par de horas. «Casi».

Sin embargo, cuando volvimos al pequeño apartamento de Jade, los pensamientos sobre él volvieron con toda su fuerza. Era la primera vez que se me presentaba la ocasión de contarle a Jade la noticia de que había descubierto lo de su enfermedad cardíaca. Llevaba esperando para hablarlo en persona desde que supe que iba a venir a Manhattan.

Jade estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Todavía tenía todo el maquillaje en la cara.

—Vaya. No… No sé ni qué decir.

—Lo sé.

—Es como si todo lo que creía saber sobre la situación se hubiera ido por la borda.

—¿Qué ha cambiado?

—Bueno… —empezó—, siempre ha habido una parte de mí que sentía que, a pesar de lo que te estaba diciendo, sus sentimientos por ti no eran t an fuertes como los tuyos por él. Pero esta noticia es un punto de in exión. Sí que estaba intentando protegerte para que no salieras herida. Creo que lo que te dijo su hermano era cierto, que está enamorado de ti y que de verdad tiene la sensación de que te está protegiendo.

—No voy a creerme que está enamorado de mí hasta que no lo oiga de su boca. Por mucho que quiera estar con él, lo que quiero más que nada es que esté bien. —Miré las luces de la ciudad—. Me apuesto lo que sea a que nunca pensaste que estaría en Nueva York sin mencionar ni una sola vez a Elec, ¿eh?

—Bueno, eso es lo único bueno de tu situación con Damien.

—Pues sí.

—¿Vas a llamarlo mientras estés aquí?

—Estoy intentando no hacerlo. Se supone que tengo que darle espacio. La pelota está en su campo. No puedo obligarlo a estar conmigo. Dijo que tenía que irse unos días para pensar.

—¿A dónde se ha ido?

—A casa, a San José. Su madre vive allí.

—Bueno, entonces vamos a intentar despejarte la mente. Mañana tengo el día libre. Nos iremos de compras, veremos una obra (una en la que yo no esté) y cenaremos en condiciones.

—Eso suena genial.

La semana en Nueva York pasó volando. Era mi última noche y estaba sola mientras Jade actuaba. Mi vuelo salía a la mañana siguiente. Mientras esperaba a que volviera para cenar juntas, busqué el móvil de manera impulsiva y decidí enviarle un mensaje a Damien. El hecho de estar tan físicamente lejos de él me dio una falsa sensación de valentía. Mis emociones se desbordaron.

Chelsea: Esto es una idiotez. Claro que me aterra perderte, pero me aterra mucho más

vivir sin ti mientras estás vivo y sano. Que conste que pre ero un solo día estando

realmente contigo que veinte mil días haciendo el paripé con alguien que no tiene mi

corazón. No me importa si nunca tengo la ocasión de envejecer y volverme decrépita

a tu lado. Quiero el hoy. Quiero ver películas que den mal rollo contigo y los perros, y

quemar tostadas en tu apartamento. Quiero sentirte dentro de mí. Quiero

experimentarlo todo contigo mientras ambos estemos vivos. LOS DOS ESTAMOS

VIVOS. Una buena vida tiene que ver con la calidad, no con la cantidad. Quiero estar

contigo durante el tiempo que sea. Pero no puedo obligarte a ver las cosas como yo

las veo.

C uando le di a «Enviar», me di cuenta de que el mensaje estaba descolorido y no ponía que hubiera sido enviado. No tenía ni idea de si le había llegado o no. Tal vez era un presagio de que había cometido un grave error.

Sin saber si era por mi móvil o por un problema externo, decidí llamarlo. Necesitaba desahogarme de una forma u otra mientras las palabras estuvieran frescas en mi mente.

La línea de Damien sonó, y casi se me detuvo el corazón cuando contestó una voz femenina somnolienta.

—Teléfono de Damien.

La conmoción me paralizó, así que no dije nada durante varios segundos.

—¿Diga?

T ragué saliva.

—¿Quién es? —inquirí.

—Jenna. ¿Quién es?

—Jenna… —Hice una pausa, perpleja—. Soy Chelsea.

—Oh. Bueno, Damien está en la ducha ahora mismo.

—¿Qué estás haciendo ahí?

—¿Qué crees que estoy haciendo?

Colgué al instante.

Furiosa, me puse el abrigo y salí corriendo del apartamento de Jade para tomar el aire. Entre la multitud que se agolpaba en las concurridas calles de Times Square, estaba demasiado absorta en mis pensamientos como para darme cuenta de lo mucho que me había alejado. Ya ni siquiera sabía dónde estaba, ni en sentido literal ni en sentido gurado.

Mientras que yo estaba aquí en Nueva York, todavía suspirando por Damien, parecía ser que él estaba ¿acostándose con su exnovia?

Después de una hora dando vueltas aturdida, saqué el móvil del bolso y le envié un mensaje.

Chelsea: Eres un imbécil.

Seguí esperando a que respondiera. Pasaron los minutos y no recibí ninguna respuesta.

Se acabó.

El hecho de que no hubiera respondido era una prueba de su culpabilidad.

No comprendía si estaba en pleno maratón autodestructivo o si de verdad quería estar con ella. Lo único que sabía era que ya no quería tener nada que ver con él, y juré que no iba a volver a ponerme en contacto.

 

El largo vuelo de vuelta a San Francisco fue una tortura. De hecho, me planteé cancelar el billete de vuelta y quedarme en Nueva York con mi hermana de manera inde nida. Lo único que me impidió hacerlo fue mi trabajo en el centro juvenil. Los niños y las niñas me necesitaban y no podía arriesgarme a perder lo único que me iba bien en la vida.

C uando llegué a mi silencioso apartamento, ya echaba de menos a Jade.

Saqué el móvil para llamarla.

—¿Ya estás en casa?

—Sí. Estoy aquí, pero ya no me siento como en casa.

—He estado re exionando sobre todo esto mientras volabas. Creo que deberías llamarlo.

—No. Ni de broma.

—No te has enterado de que ha vuelto con ella por él. Te sentirás mejor si lo hablas con Damien, aunque no sea fácil escuchar lo que tenga que decir. Al menos lo sabrás. ¿C uánto podría empeorar la situación? Estás en la absoluta mierda.

—¿Se te ha olvidado que ni siquiera me respondió el mensaje?

—Lo sé. Pero te conozco. Va a estar carcomiéndote por dentro hasta que hables con él.

—No puedo llamarlo.

—No lo llames. Ve allí. Compruébalo por ti misma.

—No sé. Me lo pensaré.

 

Al día siguiente, salí del centro juvenil por la tarde. Teníamos una función que iba con retraso. Acabé yendo en dirección contraria a mi apartamento, aventurándome hacia el edi cio de Damien.

Una sensación de malestar me acompañó todo el camino, puesto que no sabía lo que me iba a encontrar. Lo único que sabía era que necesitaba verlo por última vez. Mi hermana tenía razón; si no hablaba con él, no iba a hacer más que darle vueltas mientras me carcomía por dentro.

El nerviosismo me siguió escaleras arriba hasta mi antiguo apartamento. Para mi sorpresa, la puerta estaba abierta. Me asomé al interior y descubrí que seguía vacío. Había dado por hecho que Damien lo habría alquilado hacía tiempo.

Entré despacio por la puerta.

—¿Hola? —Mi voz hizo eco.

Damien salió de mi antigua habitación. El sudor de su pecho brillaba. Tenía salpicaduras de pintura en varias partes del cuerpo. Parecía que tenía aún más músculos de lo que recordaba. Llevaba los vaqueros ligeramente abiertos por arriba y el pelo revuelto. Estaba descalzo. Estaba más bueno que nunca. Su embriagador olor era una mezcla de colonia y sudor.

Lo ansiaba.

T ragué saliva.

—¿Qué haces? —inquirí.

—He recibido tu mensaje. Me ha dejado hecho polvo. Así que estoy pintando un poco.

—Bueno, lo decía en serio. Eres un imbécil.

—No me re ero a ese mensaje.

Me di cuenta de que estaba hablando del mensaje que mandé justo antes de llamarlo y descubrir a Jenna en su apartamento, el mensaje en el que había derramado mi corazón. Parecía ser que, después de todo, se había enviado.

«Mierda».

—Pensaba que no te había llegado. Tenía la esperanza de que no lo hubiera hecho. Fue un error.

—No, no lo fue.

—¿Cómo está Jenna? —espeté.

Su tono era apremiante.

—No pasó nada entre Jenna y yo. Usó su llave para entrar en el apartamento mientras estaba en la ducha. Ni siquiera supe que me habías llamado hasta más tarde.

—Contestó el móvil y sonaba como si acabara de salir de tu cama. Cuando le pregunté qué hacía allí, me dijo que «debería saberlo».

—Está mintiendo, Chelsea.

—¿Por qué iba a mentir?

—Porque puede ser una cabrona cuando quiere. Estaba metiéndose contigo, quería hacerte daño. Si la llamas y le preguntas ahora mismo, te dirá la verdad.

—¿Por qué no respondiste a mi mensaje entonces?

—Porque esa noche, durante un periodo de tiempo corto y un poco loco, una vez que me di cuenta de lo que había pasado, tuve una idea brillante. Lo utilicé como una oportunidad. Quería que te lo creyeras. Quería que te lo creyeras para que te alejaras de una vez por todas. Porque en ese momento seguía pensando que eso era lo mejor para ti.

—En ese momento… ¿Qué ha cambiado en un día?

—Todo. —Caminó hacia mí—. Ha cambiado todo.

—¿Y eso?

—No he recibido tu mensaje largo hasta esta mañana. Antes de eso me había sentido muy culpable por no haberte respondido el mensaje en el que me llamaste imbécil. He estado fatal desde que te enteraste de mi enfermedad. Mi intención nunca fue que lo supieras. En n, anoche tuve un sueño. Fue increíblemente vívido. Soñé que tu avión… —Vaciló—. Soñé que se estrellaba. Y que morías. Parecía tan real, Chelsea. Lo único en lo que podía pensar era en que no te había llegado a decir lo que realmente sentía por ti. Me invadió un remordimiento insoportable. En el sueño, recuerdo que pensé que habría dado cualquier cosa por pasar un día más contigo. Había desperdiciado demasiados. Cuando me desperté, estaba empapado en sudor. Me metí en Internet para asegurarme de que no se había estrellado ningún avión, así de real fue el sueño. Me dejó hecho mierda. Había apagado el móvil antes de acostarme. Cuando lo encendí, vi tu mensaje. Todo lo que dijiste fue justo lo que experimenté en ese sueño. Era como si las dos cosas estuvieran conectadas. Y lo vi todo tan claro.

—¿Por qué no me hablaste después de eso?

—He estado demasiado abrumado intentando procesar lo que siento. No estaba seguro de cómo expresártelo. Todavía no sé cómo expresarlo con palabras. Así que he hecho lo que mejor sé hacer. He pintado. Llevo todo el puto día pintando.

—¿Qué has pintado?

—T u habitación.

—¿Mi habitación? ¿Cómo es que no has alquilado este apartamento? Supuse que lo habías hecho hace mucho tiempo.

—No. No podía. Esta es tu casa. Creo que una parte de mí siempre ha estado esperando a que vuelvas.

Me dirigí hacia la habitación para ver qué color había elegido para el espacio.

Me detuve en seco y casi me caigo.

C uando dijo que había pintado mi habitación, no se refería a un color liso. Había utilizado mi pared como lienzo. Había utilizado nuestra pared para crear una de las imágenes más hermosas que había visto en mi vida. Pintado con espray sobre la super cie lisa y mediante una mezcla de pintura blanca y pastel, había un unicornio gigante que parecía estar volando libremente por el cielo.

Me tapé la boca.

—Madre mía. ¿Qué has hecho?

—Eres tú.

—¿Qué?

Su boca se curvó en una sonrisa.

—Eres mi unicornio…

Parpadeé varias veces

—Esto es una locura.

Se acercó a mí lentamente.

—Con una belleza mítica. Inalcanzable. ¿Recuerdas lo que dijo tu psicóloga? En aquel momento pensé que era ridículo. Pero cuanto más lo pienso, más sentido tiene. Eras una fantasía que nunca pensé que fuera a hacerse realidad. Eso es lo que siempre has sido para mí. Por aquel entonces no lo entendí. Pero eres mi unicornio. —Me puso las manos alrededor de las mejillas con rmeza—. Eres mi puto unicornio, Chelsea.

—¿Sí?

—Sí. Y hay algo más que tengo que decirte. —La piel se me puso de gallina ante el contacto cuando me acercó a él y apoyó la frente en la mía —. Cuando me desperté en la ambulancia, durante una fracción de segundo no supe si había muerto. Dicen que ves pasar tu vida ante tus ojos, ¿verdad? Pues tú fuiste lo único que vi ante los míos. Solo tú.

Siguió mirándome a los ojos. Por primera vez, sentí cómo se rendía a sus sentimientos. Notaba cómo la liberación literalmente emanaba a través de sus huesos. Lo notaba en cómo me sujetaba la cara con posesividad, en cómo le temblaba la mano ligeramente. Estaba cediendo ante la necesidad que tenía en su interior, en nuestro interior. Había soltado las riendas, ya no estaba deteniendo la mano invisible que lo sujetaba. Siempre había estado ahí y cada vez era más fuerte.

—La forma en la que me miras, Chelsea. Nadie me había mirado nunca así. Cuando vi el vídeo en el que aparecíais él y tú, el que rompí, lo mirabas de la misma manera. Me mató. Esa fue la razón principal por la que quise romperlo.

—No es comparable, Damien.

—Nunca has sido capaz de entender cómo pudo hacerte lo que te hizo, por qué las cosas sucedieron así. Lo he descubierto. ¿Sabes por qué no funcionó con él?

—¿Por qué?

—Porque Dios te hizo para mí.

Ni siquiera un «te amo» podría haber superado esas palabras.

—Eso lo explica todo. —Sonreí. Mis dedos le acariciaron el pelo, el cual ya estaba despeinado—. Desde el principio, incluso cuando me apartabas de ti, sentí que te pertenecía. —Incapaz de esperar un segundo más para devorar sus labios, me acerqué para besarlo. Esta vez lo disfruté sin reparos, porque sabía que esos labios eran míos. Su sabor era todo mío. Él era mío. Por n.

Rompió el beso y habló sobre mis labios hinchados.

—Eres perfecta para mí, cariño. Siempre lo he sabido, no lo he dudado nunca.

Me alzó y se rodeó el torso con mis piernas. Lo hizo sin esfuerzo, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. En sus fuertes brazos, me sentí como si no pesara nada. Había tantas cosas que quería decir, pero estaba demasiado alterada como para hablar. Todo se movía rápida y furiosamente.

Frotando el clítoris contra él mientras me besaba, le rodeé la lengua con la mía más rápido, y gimió en mi boca.

—¿Sigues tomando la píldora?

Asentí con la cabeza.

—Sí.

No me molesté en preguntarle cómo sabía que estaba con la anticonceptiva. Damien lo sabía todo sobre mí simplemente.

—Dijiste que querías sentirme dentro de ti. ¿Lo dices en serio?

—Sí.

Se bajó la cremallera de los vaqueros y ajustó mi cuerpo sobre él al tiempo que colocaba la cabeza de su pene en mi abertura. Vi cómo cerraba los ojos a causa del éxtasis a medida que me penetraba lentamente. El grosor de su pene me impresionó mucho. Era muy ancho. Mi abertura se estiró para adaptarse a él hasta que estuvo completamente dentro de mí.

—Oh… Mierda… Chelsea. Estás muy apretada. —Me llenó por completo a medida que entraba y salía despacio—. ¿Lo sientes?

—Sí.

Empezó a penetrarme más fuerte.

—¿Me sientes ahora?

—Joder. Sí. —Moví las caderas—. Te siento. Te siento.

—No puedo creer que esté dentro de ti. Nunca pensé que llegaría a sentir esto. Estás tan mojada. Es increíble, joder.

Las lágrimas caían de mis ojos. Creía que sabía lo que era el buen sexo, pero esto… Esto era una locura. Había tomado el control de mi cuerpo como nadie lo había hecho antes, tocándolo como un instrumento que solo él sabía manejar a la perfección. No me había dado cuenta hasta ahora de que todo lo que siempre había pensado que era genial, después de todo, no era perfecto. Esto. Esto era perfecto.

—Tengo el pene empapado. Sienta demasiado bien tener tu vagina alrededor de mí.

Todavía dentro, nos bajó suavemente y empezó a penetrarme contra el suelo de madera dura. Me puso la mano en la nuca para evitar que me golpeara contra la madera mientras se hundía dentro de mí.

Le estaba rodeando el culo musculoso con las manos, acariciándolo mientras entraba y salía. En un momento dado, Damien estiró los brazos hacia atrás y me agarró las manos para sujetármelas por encima de la cabeza mientras me penetraba con más fuerza. Cedí el control con gusto, sintiéndome felizmente impotente (drogada) ante este hombre.

—No voy a cansarme nunca de esto —me susurró al oído—. Estás muy jodida, Chelsea Jameson, porque voy a querer estar dentro de ti todo el tiempo.

Mi orgasmo hizo que me estremeciera a su alrededor. C uando grité de repente, sentí que su cuerpo empezaba a temblar.

—Joder. Chelsea. Joder.

Su gemido resonó en todo el espacio vacío mientras se sacudía contra mi cuerpo y se corría dentro de mí. Me encantó oír cómo lo hacía. Por lo general, Damien era muy tranquilo y sereno. Me complació ver cómo se desmoronaba y saber que era obra mía.

Permaneció dentro de mí y me llenó el cuello de besos suaves hasta que, al nal, se retiró. Con la boca apoyada en mi cuello, susurró contra mi piel:

—Te quiero. —Me puso el dedo índice en la boca—. Antes de que digas nada, quiero que sepas que no uso ese término a la ligera. De hecho, nunca se lo había dicho a ninguna mujer.

—¿Nunca?

—No. Juré no decir nunca esas palabras a menos que estuviera seguro de decirlo en serio.

El latido de su corazón contra mi pecho fue un recordatorio agridulce de los miedos que había estado intentando mantener a raya.

—Te quiero mucho, Damien. Yo sí que se lo he dicho a otras dos personas. Y en ambos casos creía que lo decía en serio. Al verlo en retrospectiva, me he dado cuenta de que tengo una capacidad de amar mucho mayor de lo que era consciente, porque nada se ha comparado a lo que siento por ti. Ha hecho que me cuestione todo lo anterior.

Se quedó encima de mí.

—¿Estás tan acojonada como yo?

Me agarré a su nuca y asentí.

—Sí. Me das muchísimo miedo, Damien.

Me dio un beso y se rio.

—T ú me das más miedo que La profecía, Chelsea Jameson.

—Mierda. Eso es malo.

—¿De verdad quieres estar conmigo? No va a ser bonito. —Su tono se volvió serio—. A veces va a dar miedo. Nunca quise arrastrarte a mis problemas de salud.

—Prometo ser fuerte por ti.

—Vas a estar destrozada. Deja de mentir.

—Me conoces demasiado bien.

—Estaremos destrozados juntos. ¿Qué te parece?

—Trato hecho.

Damien me giro para que me tumbara sobre su pecho. Me miró a los ojos un rato antes de volver hablar.

—Tenemos muchas cosas serias de las que hablar. Pero esta noche no, ¿vale? Esta noche tengo cosas mejores que hacer, cosas más urgentes.

—¿Ah, sí? ¿Como qué?

—Como explorar cada centímetro del cuerpecito que llevo meses codiciando. No he terminado contigo. Ve haciéndote a la idea de que vas a pasar la noche aquí.

—¿Cuándo vuelven los perros?

—Los recojo mañana.

—Los echo de menos.

—Mejor que no estén por aquí esta noche. Podrían pensar que te estoy atacando. Estoy bastante seguro de que su lealtad hacia mí se va a la mierda cuando estás cerca. —Me agarró el culo—. No he llegado a preguntarte, ¿te lo has pasado bien con tu hermana… al margen de las partes en las que la cagué?

—Fue divertido. Se me pasó muy rápido.

—Parecía que te estabas divirtiendo mucho una de esas noches.

—¿A qué te re eres?

—Con tu amiguito pelirrojo. T u hermana te etiquetó en Facebook.

Una noche, durante la cena, un compañero de reparto de Jade llamado Craig se sentó a mi lado y coqueteó conmigo toda la noche. Salimos juntos en un montón de fotos. Alguien debió de publicarlas.

—¿Ahora usas Facebook para espiarme? ¿No te bastaba con la página de citas?

—No te creas. No es una buena herramienta. Nunca publicas nada a menos que alguien te etiquete, que es una vez cada milenio.

—Ni siquiera sabía que tenías un per l.

Frunció las cejas.

—Ah… Conque me has buscado.

—Sí.

—¿Quién es la acosadora ahora?

—No me hagas hablar de acoso, D. H. Hennessey. ¿De qué es la «H», a todo esto?

—Es un secreto.

—Se te dan bien.

—Auch —dijo, y me dio un golpecito juguetón en la costilla.

—¿Te encuentras bien hoy?

—Oh, no. No me digas que vas a empezar a preguntarme si me encuentro bien cada hora… como hace mi madre.

—Procuraré no ser un incordio al respecto.

—Me encuentro genial. De hecho, no recuerdo la última vez que me sentí tan bien.

—Yo tampoco.

—Bueno, ¿quién era ese que estaba tan pegado a ti?

—Tenía la esperanza de que lo dejaras pasar.

—No has tenido esa suerte, cariño.

—Se llama Craig. Actúa con mi hermana.

—Ya veo. Bueno, le faltó poco para hacerme perder la cabeza. Estaba preparado para atravesar el país en avión.

Decidí meterme con él.

—Me pidió que saliera con él. Pero estaba demasiado obsesionada con otra persona que no paraba de rechazarme como para considerarlo.

—Esa otra persona era un puto idiota.

—Sí, pero tenía sus razones. Es un buen chico.

—No es tan bueno. Ahora mismo quiere hacerte cosas muy malas.

—Puede hacer lo que quiera.

—No digas eso si no vas en serio.

—Ya me has hecho de todo en mi imaginación. Ha sido un año largo.

—Mierda. ¿En serio? ¿Qué demonios te he estado haciendo sin que me diera cuenta? ¿Es posible estar celoso de tu yo imaginario? Quiero darle una paliza. Cabrón asqueroso.

—Él y yo… hemos pasado muchos momentos buenos.

—Bueno, a partir de hoy está fuera.

Le tiré del pelo.

—Igual deberíamos levantarnos del suelo en algún momento, ¿no?

—Nunca volveré a ver este suelo igual.

—¿Por qué no voy a casa y recojo algunas cosas? No esperaba pasar la noche aquí, la verdad.

—¿Me repites para qué habías venido? —Se rio.

—Venía para darte el sermón.

—Bueno, me alegro de que al nal me dieras otra cosa.

 

Cuando volví a mi apartamento para recoger algo de ropa, mi móvil vibró para indicarme que había recibido un correo electrónico. Era una noti cación de la página de citas diciéndome que había recibido un nuevo mensaje.

Era del Damien online.

Chelsea:

Perdón por haberte dejado plantada aquel día en el Starbucks de

Powell Street.

Te escribo para que sepas que desde hoy voy a cancelar mi

cuenta, por lo que no volverás a verme por aquí.

Esta noche he tenido el mejor sexo de mi vida. Ha sido con mi

mejor amiga. Y ha sido una puta pasada.

Debería haberla escuchado hace semanas cuando me pidió

COLLAR.

 

OceanofPDF.com