Querido vecino
15 Acosador
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ACOSADOR
A mi hermana le gustaba llamarme mientras comía entre función y función.
Jade habló con la boca llena.
—¿Llevas dos semanas sin saber nada de él?
—Sí. Y, en serio, después de ese discurso delante de mamá y papá, supe que iba a pasar. Era como si me estuviera preparando perfectamente para la vida sin él: disculpándose con mis padres, poniendo esos candados en las puertas. Y estuvo muy raro y reservado todo ese último día. Parece que para él es ojos que no ven, corazón que no siente.
—Entonces, ¿no piensas visitarlo ni llamarlo?
—No voy a ser la primera en hacerlo, no. Es como lo que me dijiste hace un tiempo. No entendías por qué no escuchaba todas las advertencias que me daba. Seguí manteniendo la esperanza. Pero el hecho de que no haya contactado conmigo desde aquella noche me decepciona muchísimo. De verdad que siento que no voy a saber nunca más de él. —Me dolió decir esas palabras.
—Se nota que estás intentando mantenerte fuerte, pero en el fondo sé que estás dolida y sé que para ti no es fácil no llamarlo.
—No puedo creer que no me haya llamado ni escrito.
—Probablemente sea lo mejor, ¿sabes? Sé que querías seguir siendo su amiga. Pero la verdad es que… no creo que fueras capaz de mantener tus sentimientos bajo control. Necesitabas este espacio que te está dando. En cierto modo, creo que él también sabe que es lo mejor para ti.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer ahora?
—Tienes que volver a esa página de citas.
A pesar de que me entraron escalofríos solo de pensar en hacer eso, sabía que tenía que forzarme a mantener la mente lejos de Damien.
—De hecho, había un chico, Mark, con el que se suponía que iba a salir hace semanas. Lo fui posponiendo.
—Pues ponte en contacto con él. Necesitas salir, pero más aún necesitas distraerte.
—Vale. Tienes razón, aunque sea para salir del apartamento.
—Sabes que no vas a superarlo de la noche a la mañana, ¿no?
—No sé si alguna vez lo superaré. Simplemente tengo que aceptarlo.
—Aceptar las cosas que no puedes cambiar…, esa es una idea novedosa.
—Se lo aconsejo a los niños y a las niñas cada dos por tres. Es hora de que empiece a seguir mi propio consejo.
—Me alegro mucho de que por n hayamos quedado —dijo Mark mientras abría la puerta del coche para dejarme salir—. Empezaba a pensar que me estabas dejando de lado.
—No. Estaba ocupada con la mudanza y todo eso. Siento haberte dado esa impresión.
Acabábamos de llegar al cine para ver la nueva película de James Bond a las nueve y cuarenta. Supuse que un cine lleno de gente era un lugar seguro para una primera cita, aunque Damien me habría regañado por subirme al coche de Mark.
«Damien ya no puede opinar».
El olor a palomitas de mantequilla llenaba el aire. Mark me rodeó la cintura con el brazo mientras caminábamos para ponernos en la la. Sin duda, era atrevido, y yo no estaba segura de cómo me sentía al respecto, ya que el veredicto estaba aún por decidir en función de lo mucho que me atrajera, tanto a nivel mental como físico. También estaba el pequeño detalle de que acabábamos de conocernos.
Tras comprar las entradas, estábamos esperando en la cola de la comida cuando Mark me dijo al oído:
—¿Has sido gimnasta alguna vez?
Qué pregunta más extraña.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
—Tu cuerpo parece muy exible, como si tuvieras alguna experiencia en gimnasia.
«¿En serio?».
—No. Ni siquiera sé hacer la voltereta.
Después de comprar las palomitas y las bebidas, nos pusimos en la la en la que el empleado recogía las entradas para entrar a la sala. Me sobresalté cuando sentí la mano de Mark en la parte baja de mi cintura. Con cada segundo que esperábamos, su mano se deslizaba más abajo hasta que se plantó por completo en mi trasero. Mi cuerpo se paralizó. Tras un minuto aguantando, me coloqué cara a cara con él para que no pudiera seguir metiéndome mano.
Una vez dentro, las luces todavía no se habían apagado y yo ya estaba planeando mi estrategia de salida para cuando se acabara la película. Para ser sincera, ni siquiera estaba segura de si me sentía cómoda subiéndome otra vez a su coche.
Estaba a punto de apagar el móvil cuando empezó a vibrar.
¿Siempre dejas que los chicos que acabas de conocer te toquen el culo?
Era Damien.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
Me latía cada vez más rápido mientras miraba frenéticamente alrededor de la oscura sala de cine, buscándolo. ¿Estaba aquí?
Chelsea: ¿Estás en esta sala?
Damien: ¿Dónde estás?
Chelsea: ¿No sabes ya la respuesta a esa pregunta, ya que aparentemente me estás
acosando?
Damien: Se supone que ibas a ver la nueva película de James Bond. Ahí es donde estoy yo. ¿Dónde estás tú?
Chelsea: Hemos ido a ver la película de Will Smith. Las entradas para James Bond
estaban agotadas cuando llegamos al mostrador.
Damien: Dile que tienes que ir al baño y nos vemos fuera.
Cuando no respondí al momento, volvió a escribirme.
Damien: Solo necesito cinco minutos.
Chelsea: Vale.
—Ahora vengo —susurré justo cuando empezaron los anuncios y tráileres—. Voy al baño.
Ver a Damien allí, apoyado contra la pared mientras me esperaba, casi me dejó sin respiración. Hizo que me diera cuenta de que mis sentimientos por él no habían disminuido ni un poco en este tiempo que habíamos pasado separados. Cada gramo de anhelo volvió al momento, y eso era una mierda para mí. Mi corazón quería saltar entre sus brazos y pedirle que me llevara a casa, pero mi cerebro detuvo a mis piernas para que no se acercaran a él más de treinta centímetros.
Llevaba el gorro de lana, estaba guapísimo y olía muy bien. Vestía una camisa con el cuello blanco asomando por debajo de un jersey negro ajustado, un atuendo diferente a lo que solía llevar. El jersey se le adhería al pecho musculoso, y se había remangado las mangas, dejando ver un reloj de metal grueso que no había visto antes. Unos vaqueros negros y unas botas de combate negras remataban el conjunto.
«¿Tanto se ha arreglado para acosarme?».
—Hola —dijo al n. Su voz hizo que unos escalofríos me recorrieran el cuerpo. La había echado mucho de menos.
—¿Qué haces?
—No llegaste a darme información sobre él para que lo veri cara.
—Ni siquiera sabía que seguíamos hablando. ¿Cómo sabías que estaba aquí y que iba a ver la película de James Bond? —Chasqueé los dedos—. Oh, claro. Te has metido en mi cuenta.
—No llegaste a cambiar la contraseña.
—No tendría por qué hacerlo. Eso no te da derecho a hacer esto.
—Solo me estoy asegurando de que estás a salvo.
—Eres un acosador.
—Me importa una puta mierda lo que pienses. Te dije que este chico no me daba buena espina. Si tengo que tragarme mi orgullo y quedar como un idiota para asegurarme de que llegues a casa a salvo, lo haré.
—¿Por qué te estás metiendo en mi vida? Desapareciste de la faz de la Tierra. Ni una palabra desde que me mudé.
—Eso no signi ca que haya dejado de preocuparme por ti. Mantenerme lejos de ti estas últimas semanas ha sido lo más duro que he hecho en mi vida.
—¿Por qué no te pasas la noche del viernes buscando a una de tus conquistas y dejas de meterte en mis asuntos?
—Si eligieras hombres que no son unos asquerosos, quizá no tendría que meterme.
—No tienes derecho a decirme con quién quedar. —El enfado y el rencor me subieron como la bilis cuando dije—: Solo he salido con él porque yo no te importaba lo su ciente.
—No tienes ni puta idea de cuánto me importas —espetó.
—Este tiempo que hemos estado separados me ha enseñado un montón de cosas. Nunca podría haber sido tu amiga porque no podía limitar mis sentimientos por ti. Tenías razón en lo de mantener las distancias. Deberías haber seguido así.
Justo en ese momento, una chica morena y alta apareció de la nada. Tenía los labios pintados de un rojo intenso.
—Aquí estás —dijo—. Pensaba que me habías abandonado.
La miré de arriba abajo antes de girarme hacia él.
—¿Estás en una cita? —Alzando la voz, repetí—: ¿Has traído a una cita para acosarme en la mía?
—No. No ha sido así.
Los celos me estaban corriendo por las venas. Me giré hacia ella.
—¿Sabes que estás saliendo con un acosador?
—¿Es tu hermana o algo? —preguntó.
—Podría parecerlo, ¿no? —resoplé.
—Voy en un minuto, ¿vale? —le dijo Damien—. Vete a ver la película. Va a empezar ya.
Cuando se marchó, negué con la cabeza.
—Increíble.
—Mi intención no era que la vieras.
—Lo que tú digas —contesté entre dientes.
A medida que se acercaba a mí, yo me echaba hacia atrás, negándome a reaccionar de alguna forma ante la cercanía de su cuerpo.
—Mira, estaba cenando fuera cerca de aquí, y dio la casualidad de que me metí en la página con el móvil. Vi que ibas a estar aquí. Pensé que a lo mejor te veía saliendo del coche del chico ese y así podría mirarle la matrícula para obtener información y veri carlo. Acabaste llegando tarde y el plan se fue a la mierda. No quiero que vuelvas a subirte en su coche hasta que lo veri que.
—Si quiero meterme en su coche…, si quiero dejarlo que me penetre esta noche… es decisión mía.
Se le marcó una vena del cuello.
—No digas eso.
—¿No puedes soportar ni un poco de tu propia medicina? ¿Pretendes decirme que no vas a llevártela a tu piso esta noche?
—Pues no, la verdad. Ni siquiera me gusta.
—¿No es esa la nalidad?
—Solía serlo. Ya no parece lo correcto. Es la primera vez que salgo en mucho tiempo. Me he obligado a mí mismo porque necesitaba distraerme con desesperación, ya que he estado intentando mantenerme lejos de ti.
—No tendrías que haberme seguido hasta aquí.
—Te juro por Dios que mi intención no era que me vieras. Y te aseguro que no era mi intención que me vieras con ella.
—No lo dudo —dije mientras me cruzaba de brazos.
—Quería comprobar que todo iba bien. Cuando he visto que lo has dejado tocarte así, me he cabreado muchísimo.
—¿Tienes idea de lo mucho que me duele verte con esa puta barbie? No tenías que seguirme hasta aquí con ella —murmuré—. Deja de hacerme daño.
Empezó a acercarse a mí otra vez, lo que provocó que retrocediera.
—Lo siento, Chelsea. Sé que la he cagado. No lo he gestionado bien, pero no quiero que vuelvas a subirte a su coche.
—¿Cómo se supone que voy a irme a casa?
—Yo te llevo.
Solté una risa enfadada.
—Seguro que a tu cita le encanta la idea —increpé.
—Me importa una mierda lo que piense. Quiero que llegues a casa a salvo.
Ahora le estaba gritando enfadada a propósito.
—Estás loco. Has perdido la cabeza, Damien.
—No me fío de él. Te lo digo, es peligroso.
—Yo creo que tú eres el peligroso esta noche. Por favor, mantente fuera de mi vida. No quiero volver a verte.
Me giré y no miré atrás. Después de entrar en la sala, pasé por delante de mi asiento y salí por la puerta de emergencias hacia el aparcamiento.
Cuando pasé junto a la camioneta de Damien, vi que había añadido tres pegatinas en la ventana trasera: un hombre y dos perros. Se me encogió el corazón ante la imagen. Lo echaba mucho de menos y, aun así, ya no soportaba estar con él. Mientras se me repetía la noche una y otra vez en la cabeza, caminé más de tres kilómetros y me subí a un autobús que me llevara a casa.
Damien me escribió en algún momento pasada la medianoche.
Damien: No pretendía ponerme así. De verdad que solo intentaba asegurarme de que estuvieras a salvo. La he cagado. Lo siento. Por favor, dime si has llegado bien a casa.
No le contesté.
Cuanto más pensaba en el incidente del cine a lo largo de la semana siguiente, más me enfadaba.
Cuanto más pensaba en el incidente del cine…, más echaba de menos a Damien.
Seguía estando muy confundida.
Me dije a mí misma que ese día estaba yendo a su apartamento para decirle un par de cosas más, para decirle lo último que me quedaba por decirle, ya que nunca le respondí el mensaje. Era mentira. Estaba yendo a su apartamento porque lo echaba de menos a él y a sus perros, pero me decía otra cosa para justi carlo. La verdad era que estaba satisfaciendo la intensa necesidad que tenía de verlo.
Una imagen inusual me dio la bienvenida a medida que me acercaba al edi cio. En el exterior había una multitud de personas reunidas. ¿Había saltado la alarma de incendios?
Cuando vi a los Doble D con Murray, me pregunté dónde estaba Damien en medio de este caos. Tanto Dudley como Drewfus estaban atados a una reja.
Los perros apenas reaccionaron cuando me agaché para acariciarles la cabeza. Miré a Murray.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—Es Damien.
—¿Qué le pasa a Damien?
—Se ha desplomado. La ambulancia acaba de llevárselo al hospital.
Tuve que repetir la pregunta, porque la respuesta que me dio no era posible.
Mi corazón y mi cabeza latían sincronizados.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado?
—Los perros estaban golpeándose contra la puerta, arañando la madera, ladrando como locos. Cuando toqué, no respondió. Usé mi llave y me lo encontré en el suelo inconsciente, llamé al 911. —Sacudió la cabeza—. Pobre jefe.
Si no fuera porque ya estaba agachada, podría haber colapsado yo t ambién.
—¿Se pondrá bien?
—No lo sé.
—¿A dónde se lo han llevado?
—No lo sé.
—¡Necesito saberlo!
—El Memorial y el General están igual de cerca. Tiene que ser uno de los dos.
Me puse de pie demasiado rápido y me mareé.
—He venido en autobús. Necesito tu coche.
Murray me dio sus llaves y me alejé antes de darme cuenta de que ni siquiera sabía cuál era su coche.
Me siguió y me puso la mano en el hombro.
—No deberías conducir así —dijo al notar mi estado de desorientación.
—Tengo que hacerlo. Tienes que quedarte con los perros.
Señaló un Nissan pequeño y viejo.
—Ese es mi coche. Ten cuidado.
—No voy a chocarme con nada.
—No estoy preocupado por esa porquería de coche. Estoy preocupado por ti.
Corriendo hacia el vehículo, marqué el número de Damien. Saltó el buzón de voz. Luego introduje la dirección del Hospital General en el móvil. Diez minutos más tarde, aparqué ilegalmente en la entrada de urgencias.
Sin aliento, corrí hacia la recepción.
—Necesito saber si Damien Hennessey está aquí.
—Lo siento, tendrá que esperar en la cola.
Me apoyé en el mostrador.
—¡No! —grité—. ¡Tiene que decirme si está aquí!
Debió de darse cuenta de que estaba llorando, porque decidió comprobar su ordenador.
—¿Puede deletrearme su apellido?
Después de responderle, negó con la cabeza.
—Lo siento. Aquí no hay nadie registrado con ese nombre. Debe de estar en el Memorial.
Sin responder, corrí lo más rápido que pude hasta el coche, introduje la otra dirección en la aplicación del GPS y recorrí todo el camino hasta el Hospital Memorial a toda velocidad.
Mientras las lágrimas corrían por mis mejillas, la mente me iba a mil por hora con pensamientos temerosos, más concretamente el de que, si le había ocurrido algo a Damien, las últimas palabras que le había dicho fueron: «No quiero volver a verte nunca más».
«Nunca me perdonaría si le pasara algo».
Necesitaba verlo.
Necesitaba llegar junto a él.
Tenía que estar bien.
Cuando por n llegué al Hospital Memorial, sentía el corazón en la boca a medida que me dirigía a la sala de Urgencias.
—Necesito ver a Damien Hennessey. Lo han traído hace una hora.
La recepcionista pulsó unas teclas antes de responderme.
—Está ingresado.
—¿Dónde está?
—¿Es familiar?
—No soy familiar, no.
—Es posible que no puedan darle mucha información ni dejarle verlo. Está en la tercera planta. Suba por esos ascensores.
Todo parecía estar sucediendo a cámara lenta: deslizándome dentro de un ascensor en el último segundo, abriéndome paso por los pasillos de la tercera planta.
Entonces lo vi. O eso creí. Dado el estado de confusión en el que me encontraba, había confundido a Tyler con Damien. Tyler estaba andando de un lado para otro con las manos en los bolsillos.
Se detuvo al verme, y parecía un poco asustado.
—¿Chelsea?
Me dio una descarga de adrenalina.
—¿Dónde está?
—Está bien. Está bien. Está vivo.
«Gracias a Dios».
«Gracias, Dios».
—Necesito verlo.
—Ahora mismo no puedes.
—¿Por qué no?
—Está con el médico.
—Voy a entrar.
Me puso las manos en los brazos para detenerme.
—No, Chelsea.
—Dime qué está pasando.
Tyler se limitó a mirarme jamente durante mucho tiempo. Se acercó a la enfermería y agarró un pañuelo antes de dármelo.
—Ven. Vamos a dar un paseo.
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