Querido vecino
23 el Luchador
23
EL LUCHADOR
Por muy mágica que fuera nuestra noche de bodas en Santa Cruz, no fue lo bastante poderosa como para ralentizar el tiempo.
El día de la operación de Damien llegó más rápido de lo que esperaba. Bueno, si hubiera sido por mí, no habría llegado.
No me soltó la mano ni una sola vez mientras nos dirigíamos en coche hacia Stanford a altas horas de la madrugada. Era inquietante lo callados que estábamos los dos.
Tras detener la camioneta en el aparcamiento del hospital, nos quedamos quietos un rato después de que Damien apagara el motor. Como era comprensible, ninguno de los dos estaba preparado para lo que nos esperaba dentro. Me miró. Ya no podía ocultar mi miedo.
—No pasa nada si tienes miedo, Chelsea. Se te ha olvidado que te tengo calada.
—Quiero ser fuerte por ti.
Me apretó la mano con más fuerza.
—Todo va a salir bien, cariño. Está bien que dejes ver tu miedo.
Una vez que entráramos, lo más probable era que no pudiera decirle todo lo que quería decirle. Las palabras que era incapaz de pronunciar parecían ahogarme.
Me estaba derrumbando y apenas podía hablar.
—Más te vale que no te pase nada, porque no puedo vivir sin ti — conseguí decir.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía una misión (ser fuerte por él) y había fracasado por completo.
—Cuando esté ahí dentro, quiero que pienses en todas las cosas que nos esperan este año, como planear la otra boda. Concéntrate en lo bueno y así, cada hora que pase, estaremos más cerca de dejar esto atrás.
Asentí con la cabeza como si de verdad fuera posible esperar algo con ilusión en ese momento.
—No va a pasar nada, ¿vale? —continuó—. Pero, Dios no lo quiera, si pasara algo, quiero que sepas que lo que dije aquella vez, lo de que no quería que pasaras página, fue una irresponsabilidad. Me gustaría que pasaras página y que fueras feliz.
Negué con la cabeza varias veces.
—No puedo hablar de esto ahora, Damien.
—Sí que puedes, porque no va a pasar nada, pero necesito decirte una cosa. Por favor.
—Está bien.
—Si en algún momento me pasa algo, no quiero que te quedes sola ni que te sientas culpable.
Asentí con la cabeza para que se sintiera mejor, pero en el fondo de mi corazón sabía que sería incapaz de pasar página en el caso de que le pasara algo a Damien. Era esa clase de amor. De esos que se daban una vez en la vida. El que tuvieron su madre y su padre. El que no pude tener con Elec ni con nadie porque solo habría sido posible con Damien.
—Eres mi alma gemela, Damien. Mi luchador. ¿Has escuchado esa canción, e Fighter? La de Keith Urban.
—La he oído en la radio. Me recuerda a nosotros —contestó.
No debería haberme sorprendido que se hubiera dado cuenta también. Así de conectados estábamos.
Hizo un gesto con la cabeza.
—Venga. Acabemos con esta mierda. Tengo que volver con mi mujer y con mis perros.
—Vale. Vamos.
En el interior, el Dr. Tuscano abordó cualquier preocupación de última hora que tuviéramos.
—Entonces, ¿tenemos claro todo lo que va a pasar? La incisión se hará en el centro del pecho. El músculo cortado acabará sanándose por sí mismo. Durante el procedimiento utilizamos una máquina de circulación extracorpórea que ayuda a proteger los otros órganos mientras el corazón está parado. Una vez terminada la operación, el corazón de Damien volverá a latir por sí solo sin problemas.
El médico vio que Tyler y la madre de Damien estaban esperando en la puerta y les hizo señas para que entraran. Parecían tan nerviosos como yo. Damien estaba siendo más fuerte que todos nosotros.
El Dr. Tuscano terminó de responder a algunas preguntas que tenía Monica antes de decir:
—La operación durará unas cinco o seis horas. No os alarméis si nadie viene a poneros al día. Para este procedimiento, normalmente necesitamos que todo el personal quirúrgico permanezca en el quirófano.
Damien abrazó a Tyler y le dio un beso a su madre. Estaban a punto de irse para dejarnos un momento a solas cuando Damien llamó a su hermano.
—Oye, mantén a mamá y a mi mujer cuerdas. Cuento contigo.
—Dalo por hecho, hermano.
Después de que la puerta se cerrara, Damien susurró:
—Por cierto, cuando dije que deberías pasar página y conocer a otro hombre, eso no incluye a Tyler. Encontraría la forma de volver de entre los muertos para castrarlo si se te insinuara en algún momento.
Había conseguido que me riera un poco.
—Entendido.
Tras un largo silencio, no le quedó más que decir:
—Te quiero.
—Te quiero muchísimo.
—Sé fuerte por mí, ¿vale?
—Vale.
El Dr. Tuscano estaba ya vestido cuando entró con alguien del personal para llevarse a Damien.
—¿Listo?
Damien me dio un último apretón en la mano antes de soltarla.
—Sí.
Mientras se lo llevaban de la habitación para conducirlo al quirófano, empecé a sentirme débil, como si fueran a fallarme las piernas. Justo cuando parecía que me iba a desmayar, noté las manos de Tyler en los brazos, agarrándolos y básicamente sosteniéndome.
—No le va a pasar nada.
Seguí sacudiendo la cabeza en un intento desesperado por convencerme.
—Lo sé.
«No podía pasarle nada».
La primera hora fue la más dura. Fue doloroso lo lenta que se me pasó. Por mucho que Damien le hubiera pedido a Tyler que cuidara de las dos, parecía que Ty estaba tan nervioso como nosotras y nos necesitaba tanto como nosotras a él.
Estaba claro que Damien había subestimado lo difícil que iba a ser para su hermano, su con dente más cercano mucho antes de que yo entrara en escena.
Tyler me agarró la mano izquierda y Monica la derecha. Damien era nuestro denominador común, la persona a la que más queríamos en esta vida.
En un momento dado, Tyler miró mi anillo.
—¡Joder! No bromeaba cuando dijo que se había gastado una fortuna en esa cosa.
Mirando jamente la piedra, coincidí.
—Está loco.
—No, no lo está —intervino Monica—. Simplemente te quiere mucho. — Suspiró—. Enhorabuena. Sé que se suponía que era un secreto, pero me lo contó todo. Estoy deseando presenciar el gran día.
—No queríamos excluir a nadie.
—Lo sé. Mi intención no es que te sientas culpable. Estoy muy contenta de que lo hicierais así.
—Gracias.
Tyler sonrió.
—Nunca me olvidaré del primer día que me habló de ti. Dijo: «Ty, hay una chica que se ha mudado al piso de al lado. Es extravagante, está un poco mal de la cabeza y es una entrometida, pero es preciosa, en plan, es la belleza más natural que he visto nunca y la persona más real que conocerás en la vida. Vino a quejarse de los perros y lo único que quería era besarla hasta dejarla sin sentido».
—¿Dijo eso?
—Sí.
Una vez pasada la sombría primera hora de espera, el ambiente cambió de forma drástica. Todo empezó con una pizza.
Un repartidor se presentó en la sala de espera.
—Tengo un pedido de pizza de Damien.
—Damien no puede pedir pizza. Está en el quirófano —respondí.
—No. Programó una entrega.
—¿Cuándo llamó?
—No lo sé. En n, se supone que tengo traer la pizza aquí y dársela a Chelsea con esta nota. —Me la entregó.
—Gracias.
Noté la caja de pizza caliente contra el regazo. El olor del queso y la salsa me recordó que no había comido nada. Arranqué el papel que estaba pegado en la parte superior y lo leí.
No está tan buena como la mía, pero ahora mismo estoy un poco ocupado
y no he podido hacerte una. Así que tendrás que conformarte con esta.
Sabía que no comerías a menos que te la trajera.
—D.
Si pensábamos que esa era la única sorpresa que nos esperaba en la sala de espera, estábamos equivocados. A la hora siguiente, llegó un enorme ramo de frutas de Edible Arrangements junto con una nota.
Sé que lo más probable es que mi madre no haya tocado la pizza. A rmará
que se encuentra demasiado mal como para comer, pero nunca ha
rechazado una fresa cubierta de chocolate.
Tenía razón. Monica había rechazado la pizza, pero acabó devorando las fresas.
A la tercera hora llegó la mayor sorpresa de todas. Entró nuestro inquilino, Gary, que al parecer seguía trabajando como asistente personal de Damien en reemplazo de pagar el alquiler. Estaba metiendo a los Doble D con dos correas en la sala de espera.
—¿Dejan entrar a perros? —Sonreí.
Gary se encogió de hombros.
—Supongo. Nadie ha dicho nada.
—No puedo creerme que estén aquí —dije mientras dejaba que me lamieran la cara.
—Damien pensó que te animaría verlos.
—Tenía toda la razón.
Gary me entregó un regalo envuelto.
—También quería que te diera esto.
—¿De dónde es?
—No tengo ni idea. Me lo dio ya envuelto.
Lo abrí, pero tuve que ocultarles rápidamente el contenido a Tyler y a Monica. Era un libro de tríos sexuales titulado Tres veces una dama. Por supuesto, había una nota.
Pensé que, si algo podía distraerte de la operación, era esto. Aún faltan
unas horas. Feliz lectura.
Gary me dio un artículo más.
—También me dio este sobre, pero dijo que no puedes abrirlo hasta la quinta hora.
Lo guardé.
—Vale, gracias.
Cuando llegó la última hora, abrí el sobre. Era una simple nota.
Ya casi está. Sé que debes de estar agotada y asustada esperando a que
salga. Créeme, nadie quiere salir de ahí más que yo. Solo quería recordarte que, aunque una máquina se esté apoderando de mi corazón ahora mismo,
este sigue latiendo solo por ti. Te quiero. Dale un beso a mi madre de mi
parte. NO beses a Tyler. Hasta pronto.
Habían pasado las seis horas previstas y el médico seguía sin decir nada. A pesar de que hasta el momento las tácticas de Damien habían funcionado y nos habían calmado bastante, estaba empezando a ponerme muy nerviosa otra vez.
Muy nerviosa.
Estaba entrando en pánico.
«¿Por qué estaba tardando tanto?».
Estaba desesperada por verlo.
Me volví hacia Tyler.
—¿Crees que todo va bien?
—Seguro que sí. El médico dijo que podrían ser más de seis horas.
—Lo único que quiero es que alguien salga para informarnos, para decirnos que todo va según lo previsto.
Monica se quedó callada y se limitó a agarrarme la mano de nuevo. El ambiente se iba apagando con rapidez con cada minuto insoportable que pasaba. Parecía que había pasado una eternidad desde que lo había tocado o había oído su voz.
Por n, treinta minutos después, apareció el Dr. Tuscano, caminando por el pasillo hacia nosotros. El corazón me latía más deprisa con cada paso que daba. Los tres nos pusimos de pie.
Se bajó la mascarilla.
—La operación ha ido bien —anunció.
Sentí como si me hubieran quitado una roca de mil toneladas del pecho.
—El procedimiento ha resultado ser un poco más complejo de lo que habíamos previsto, por eso hemos tardado un poco más, pero hemos conseguido hacer lo que teníamos que hacer. Ahora está recuperándose. Le he pedido a una enfermera que venga dentro de un rato para acompañar a uno de vosotros a verlo. Va a estar un rato en recuperación antes de que lo trasladen a la unidad de cuidados intensivos.
—Muchas gracias, Dr. Tuscano, por todo.
—Es un placer. Damien es uno de mis pacientes favoritos. Me alegro de que al nal tomara la decisión de hacerlo. Seguro que lo veré mucho en las próximas semanas durante el postoperatorio. Tienes mi número de móvil y mi correo electrónico en el caso de que tengas cualquier pregunta.
—Sí. Gracias.
Cuando se marchó, los tres nos abrazamos, sintiendo un alivio colectivo. Poco después se acercó una enfermera, y Monica y Tyler acordaron que yo debía ser la que lo viera primero.
El corazón casi me dio un vuelco cuando vi a Damien durmiendo en la sala de recuperación. De su pecho salía un tubo que parecía estar drenando un líquido. Una enfermera le controlaba el ritmo cardíaco.
—¿Está despierto?
—Todavía se le está pasando la anestesia, pero se ha despertado bien. Aunque parece que se está quedando dormido otra vez —respondió.
Esperé pacientemente a que abriera los ojos. Cuando sus párpados empezaron a agitarse, le dije:
—Cariño, soy yo… Chelsea. Estoy aquí contigo. Estás bien. Lo has conseguido. Lo hemos dejado atrás.
Damien parpadeó varias veces y parecía desorientado. Era duro ver a mi fuerte hombre en un estado tan vulnerable. Seguí hablando.
—Bienvenido de nuevo a la vida. Te pondrás bien.
—Chelsea —susurró.
«Gracias a Dios».
—Sí, cariño, soy yo. Y tu madre y Tyler también están aquí. Estamos muy contentos de que hayas salido.
—Chelsea… —repitió.
—Sí. Estoy aquí. Te quiero.
—¿Dónde está ella?
—¿Tu madre? Está al nal del pasillo. Vendrá pronto.
—No.
—¿Qué?
—¿Dónde está…? —vaciló.
—¿Dónde está quién?
—¿Dónde está nuestro bebé?
—¿Nuestro bebé?
—¿Dónde está nuestro bebé? —repitió—. La he visto. ¿Dónde está?
—No… No tenemos. No hay ningún bebé.
Se me quedó mirando con cara de confusión hasta que se le volvieron a cerrar los ojos. No supe qué pensar y llegué a la conclusión de que estaba alucinando por culpa de la medicación.
Unas horas más tarde, trasladaron a Damien a la unidad de cuidados intensivos. Había recuperado la lucidez y ya no mencionaba nada sobre un bebé. Seguro que no se acordaba. Aun así, oír cómo pedía ver a nuestro bebé (un bebé que no tendríamos nunca) fue, sin duda, doloroso. Hizo que me preguntara si, en algún nivel subconsciente, Damien anhelaba tener un hijo más de lo que yo pensaba.
—¿Recibisteis algo especial mientras estaban operándome?
—Ya te digo. Eres muy listo.
—Los próximos meses van a ser una mierda —gimió.
—¿Por qué?
—Es el tiempo que se supone que hace falta para recuperarme por completo.
—Seré tu enfermera particular. No te preocupes.
—Mamá, tápate los oídos. —Damien habló en voz baja—. Eso no va a funcionar. No puedes ir así de guapa y cuidarme cuando no podemos acostarnos durante al menos tres semanas. Voy a acabar rompiendo las reglas, y como acabe muerto…
—¿Será todo culpa mía?
—No. Iba a decir que valdrá la pena.
—Ya se nos ocurrirá algo para que no tenga que pasar.
—Quiero irme a casa.
—Lo sé. Yo también quiero que estés en casa.
Autorizaron el alta de Damien después de cinco días. No hubo sorpresas ni complicaciones en cuanto a su pronóstico. Le estábamos muy agradecidos a Dios porque por n íbamos a poder seguir adelante con nuestras vidas poco a poco.
Sentí que nalmente podía respirar después de meses llenos de preocupación.
Esa sensación no duraría.
A las pocas semanas de estar recuperándose Damien en casa, uno de mis mayores temores se hizo realidad.
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