Querido vecino
3 Agujero en la Pared
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AGUJERO EN LA PARED
—Solo tengo un par de minutos antes de tener que maquillarme para la función, pero cuéntame qué pasa —dijo Jade.
Le había enviado un mensaje de texto a mi hermana hacía un rato: «No te lo vas a creer. Llámame».
Fue justo después de descubrir la identidad de mi casero.
—Bueno, ¿te acuerdas de Artista Enfadado?
—¿Te lo has tirado?
—¡No!
—Entonces, ¿qué?
—Resulta que… es el dueño del edi cio.
—¿Qué dices?
—No es algo bueno.
—¿Por qué no? ¡A mí me parece genial! —contestó.
—¿Cómo va a ser genial? Ahora no voy a conseguir que esos perros se callen nunca.
—No, me re ero a que cuando empieces a tirártelo, no tendrás ni que pagar el alquiler.
—No me lo voy a tirar. Porque es un imbécil. Y aunque lo hiciera en algún universo paralelo… no dejaría de pagar el alquiler. Eso me convertiría en una aprovechada.
Se rio.
—Mmm.
—¿Qué pasa?
—¿Sabes? El sexo enfadado es el mejor sexo.
—Sí, ya lo mencionaste antes. No puedo decir que lo haya experimentado.
—Pues cuando lo tengas con… ¿Cómo se llama?
—Damien. Así se llama. No voy a tener sexo enfadado con Damien.
—¿Damien? ¿Como el de La profecía?
—¡Eso es lo que le dije! Lo mencioné cuando me dijo su nombre. No pareció muy contento.
—¿Cuándo parece estar contento por algo?
—Cierto —respondí, riéndome entre dientes.
—Aunque es sexi. Mierda… me están llamando. Tengo que irme.
—¡Mucha mierda!
—¡Tírate al casero!
—Estás loca.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Las conversaciones con mi hermana siempre me ponían de buen humor.
C uando faltaba una hora para mi sesión de terapia telefónica, decidí ir a comprar algo de comida para llevar. De camino a la planta baja, me encontré con Murray , el portero del edi cio. Estaba barriendo las escaleras y silbando mientras el metal de las decenas de llaves que llevaba atadas a su cinturón tintineaba.
—¡Hola, Murray!
—Vaya, hola, preciosa dama.
—Normalmente no trabajas los martes.
—Estoy pasando por una mala racha. El jefe me ha dejado hacer algunas horas extra.
—¿Por jefe… te re eres a D. H. Hennessey?
—Sí. Damien.
—¿Sabes? Acabo de conocerlo. No tenía ni idea de que mi vecino antisocial de al lado que tiene unos perros que no paran de ladrar era en realidad el propietario.
Murray se rio.
—Sí, la verdad es que no hace publicidad de ese dato.
—¿Qué es lo que hace?
—¿Te re eres a cómo es que un chico joven como él es dueño de este lugar?
—Bueno, sí, eso, pero también ¿por qué es tan arisco?
—Ladra más que muerde.
—¿Sin doble sentido?
—Sí. —Se rio—. En el fondo Damien es buena gente. Me deja hacer horas extra siempre que lo necesito y es muy generoso en Navidad. Aunque a veces parece tener un palo metido por el culo.
—¿Un palo? Más bien un poste. —Resoplé.
—Algunos días, sí. Pero oye, gracias a él tengo comida que llevar a la mesa, así que no voy a ser yo quien diga esas cosas. —Murray guiñó un ojo.
—Tiene bastante talento —dije—. Eso se lo reconozco.
—También es inteligente. Créeme. Se rumorea que se graduó en el MIT .
—¿El MIT? ¿Hablas en serio?
—Sí. No hay que juzgar un libro por su portada. Inventó algo. Al parecer vendió los derechos de la patente y luego usó el dinero para invertir en bienes raíces. Ahora solo cobra alquiler y hace lo que quiere… crea arte.
—Vaya. Eso es… bastante impresionante.
—Pero yo no te he dicho nada.
—Tranquilo, Murray.
—¿Algún plan para esta noche?
—No. Solo voy a comprar algo para cenar y a llevármelo al apartamento.
—Bueno, pues disfruta.
—Lo haré.
Veinte minutos después, volví al apartamento con tostones y arroz blanco con gandules de mi restaurante favorito, Casa del Sol.
Después de devorar la comida, me senté en mi habitación y medité un rato con el n de prepararme para mi sesión de terapia telefónica con la Dra. Veronica Little: Especialista en traumas relacionales.
Cada sesión de una hora costaba doscientos dólares, por lo que la Dra. Little no era barata. Fue mi madre quien me sugirió que viera a alguien para hablar de mis sentimientos. Aunque no estaba segura de que fuera a funcionar, seguí acudiendo todos los martes a las ocho y media de la tarde.
A lo mejor debería haberle mandado las facturas a Elec.
Tenía a mi terapeuta en el altavoz mientras doblaba la ropa en el dormitorio.
—Sacas mucho a relucir esa cuestión, Chelsea. Si Elec te quería de verdad o no. Creo que parte de la razón por la que parece que no podemos avanzar más allá de ese punto puede explicarse con el concepto del unicornio.
—¿El unicornio? ¿Qué es eso?
—Un unicornio es algo de una belleza mítica e inalcanzable, ¿verdad?
—Vale…
—Pues eso era Greta para Elec. Él había descartado la posibilidad de enamorarse de ella porque estaba prohibido. Mientras tanto, fue capaz de enamorarse de ti. Y ese amor era bastante genuino. Sin embargo, cuando el unicornio se vuelve de repente alcanzable, lo cambia todo. El poder del unicornio es extremadamente potente.
—Entonces, lo que estás diciendo es que Elec me quería de verdad, pero solo cuando básicamente pensaba que estar con Greta era algo imposible. Ella era su unicornio. Yo no era un unicornio.
—Correcto… No eras su unicornio.
—No era su unicornio —repetí en un susurro—. ¿Puedo…?
—Lo siento, Chelsea. Nuestro tiempo se ha acabado por hoy. Exploraremos este tema un poco más el próximo martes.
—De acuerdo. Gracias, Dra. Little.
Exhalando un largo suspiro, me dejé caer en la cama e intenté encontrarle sentido a lo que acababa de decir.
«Unicornio. Mmm».
Se me paralizó el cuerpo cuando oí la risa. Al principio creí que me lo estaba imaginando.
Venía de detrás del cabecero. Me levanté de un salto.
—Unicornio. Pero ¿qué cojones? —dijo con su voz profunda antes de reírse un poco más.
«Damien».
«¡Había estado escuchando mi sesión de terapia!».
Me dio un vuelco el estómago.
¿Cómo era posible que hubiera escuchado todo eso a través de la pared?
—¿Me has estado escuchando a escondidas? —pregunté.
—No. T ú has estado interrumpiendo mi trabajo.
—No lo entiendo.
—Hay un agujero en la pared. No puedo evitar escuchar tus conversaciones telefónicas de persona con la cabeza hecha un desastre cuando estoy trabajando.
—¿Un… agujero en la pared? ¿Llevas todo este tiempo sabiendo lo del agujero?
—Sí. Todavía no lo he arreglado. Debe de llevar ahí desde antes de que comprara el edi cio. Probablemente solía ser un glory hole o alguna mierda así.
—¿Me has estado escuchando… a través de un glory hole?
—No. T ú me has estado sometiendo a conversaciones estúpidas con gente que te está estafando… a través de un glory hole.
—Eres un…
—¿Imbécil?
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