Querido vecino
Prólogo
Cuando su coche se detuvo delante de nuestro bloque, se me hundió el estómago. Simplemente lo supe. Las últimas semanas habían sido como si se hubiera estado gestando lentamente una tormenta. No me preguntes cómo, pero por alguna razón mi corazón sentía que esta noche iba a romperse en un millón de pedazos.
De todas formas, se había ido rompiendo poco a poco.
Elec no había sido el mismo desde que volvió del funeral de su padre en Boston hace varias semanas. Algo lo había cambiado. Había puesto todas las excusas del mundo para no acostarse conmigo. Así es. Mi novio, el amor de mi vida, el que tenía un apetito sexual voraz, de repente dejó de desearme. Fue como si un interruptor se hubiera apagado dentro de él. Esa fue la primera pista que obtuve, pero hubo otros signos que indicaron que el chico que creía que era mi alma gemela había dejado de quererme.
Desde que volvió, se pasaba las noches escribiendo como un loco en vez de venir a la cama; hacía cualquier cosa para evitarme. Sus besos, que solían estar llenos de pasión, ahora eran simplemente tiernos, a veces castos.
Aunque sabía qué estaba pasando, no tenía ni idea de cómo o por qué había sucedido. Había creído que me amaba. Lo había sentido durante mucho tiempo. Era genuino. Entonces, ¿cómo pudieron cambiar las cosas t an rápido?
La puerta se abrió lentamente. Mi cuerpo se puso rígido y me senté en el borde de la cama, me preparé para lo peor.
Elec se quitó las gafas y las dejó sobre el escritorio. A continuación, despacio, deslizó las manos con nerviosismo dentro de los bolsillos. Dudaba que fuera a volver a sentir esas manos acariciándome el cuerpo. Tenía los ojos rojos. ¿Había estado llorando en el coche? Entonces, llegaron las palabras que comenzaron a deshacer toda la con anza que había tenido en mi propio juicio.
—Chelsea, por favor, quiero que sepas que he hecho todo lo posible para no hacerte daño.
El resto fue un revoltijo, enmascarado por la enormidad del dolor y la tr isteza que se me acumulaban en el pecho y que me adormecían el cerebro.
No sabía cómo iba a recuperarme de este dolor, cómo iba a volver a con ar en el amor. Porque realmente creía que me amaba. Creía que el amor era indestructible.
Me equivoqué.
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