Querido vecino

Penelope Ward · Capítulo 22 de 27

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Querido vecino

21 Le Nombril

21

 

LE NOMBRIL

 

Damien y yo nos quedamos despiertos hasta medianoche limpiando el desorden de la esta. Valió la pena poder dormir hasta tarde la mañana de Navidad.

Me desperté con la increíble sensación del miembro duro de Damien contra la raja del culo. Era nuestra versión especial de hacer la cucharita.

Damien habló contra mi espalda.

—Feliz Navidad.

Me di la vuelta.

—Feliz Navidad, cariño.

Pasándole los dedos por el pelo, admiré su hermosa mandíbula, pero me percaté de la expresión de preocupación en su rostro.

—¿Qué pasa?

—Estaba pensando en cosas mientras dormías. Anoche estuve mucho tiempo despierto.

—¿Como qué?

—Estaba pensando en el futuro.

—¿En qué?

—¿Me prometes que no te enfadarás si vuelvo a sacar el tema?

El corazón se me estrujó un poco.

—Te lo prometo.

—Estaba pensando otra vez en los niños y en lo mucho que no quiero impedirte que tengas un hijo tuyo. Sé que ya hemos hablado de esto, pero creo que todavía no me entra en la cabeza tu decisión. Cada vez que pienso en ello, me pongo enfermo.

Cerré los ojos e intenté ordenar mis pensamientos para poder explicarme.

—De todas formas, nuestra necesidad de procrear es egoísta, ¿no? ¿Por qué necesitamos tener hijos mientras haya niños en el mundo que necesiten buenos hogares?

—No njas que no querrías tener uno tuyo algún día.

—Claro que quiero. Quiero vivir esa experiencia contigo, pero entiendo a lo que nos enfrentamos. Si no puedes vivir con el riesgo, lo entiendo. Para mí signi cas más que nada. Te quiero a ti más que a nada, y no miento cuando lo digo.

—Solo quiero que conste que lo entendería… si no pudieras aceptarlo.

—¿Lo entenderías si te dejara para quedarme embarazada de un hombre al que no amaría?

Parecía que estaba meditando seriamente mi pregunta.

—A la mierda. No, no lo entendería. Acabaría matando a alguien. O secuestrando tu culo embarazado y criando al bebé contigo. —De repente, me acercó a él—. Soy una causa perdida.

—Bueno, tienes suerte de que no me vaya a ninguna parte entonces.

—Cuando sea viejo y un gruñón y ya no esté bueno, desearás haber tenido hijos.

—Y los tendré. Los tendremos. Aunque no sean nuestros biológicamente.

Me estaba mirando tan profundamente a los ojos. Era como si estuviera mirando más allá de ellos.

—¿Tienes idea de cuánto te quiero?

—Creo que sí.

—No. Dudo que lo sepas. Hay algo que necesito decirte, y necesito asegurarme de que lo entiendes.

—Vale…

—Sé que siempre está rondándote la cabeza, porque te conozco muy bien. Te preguntas si un día te despertarás y descubrirás que mis sentimientos han cambiado, al igual que lo hicieron los suyos. No te permites creer que esto podría ser para siempre porque quieres protegerte en caso de que la historia se repita. Necesito que creas que, mientras camine por esta Tierra, voy a amarte. No voy a hacerte daño como lo hizo él. Te lo prometo. Lo eres todo para mí. Puede que ya hayas oído eso antes, pero esta vez la persona que lo está diciendo lo dice en serio. Necesito que lo entiendas.

Estaba tan abrumada por la emoción que apenas pude murmurar:

—Lo entiendo.

—Bien. —Se levantó de forma abrupta.

—¿A dónde vas?

—A prepararte el café y el desayuno.

Sintiéndome indigna, observé cada movimiento de su cuerpo gloriosamente desnudo mientras se ponía unos pantalones de chándal y se dirigía a la cocina.

Estiré los brazos, bostecé y me levanté de la cama en busca de una de sus camisetas.

Oía a Damien en la cocina.

—Mierda. No queda café en la lata. Iba a comprar anoche cuando salí.

—¿Cómo es posible que nos hayamos quedado sin café? Compraste una bolsa gigante.

—¿T ú has visto cuánto café bebemos?

—Mierda.

—Vale. —Suspiró—. Voy a ir a comprar un poco a la tienda. El otro día vi un cartel que decía que iban a abrir hoy.

Le pasé los brazos por debajo de los suyos.

—Es Navidad —dije—. No te vayas. Nos las arreglaremos.

Se dio la vuelta y me dio un beso en la frente.

—¿De verdad crees que vas a poder sobrevivir sin café?

—Lo intentaré.

—Yo soy una bestia sin él. Para mí no es una opción.

—Eres una bestia de cualquier manera, pero estoy de acuerdo. Necesitas el café más que yo.

—Sabía que se me olvidaba algo ayer en el supermercado.

—Te acordaste de las bolas pegajosas, pero se te olvidó lo más importante. Igual te habrías acordado si se te hubiera ocurrido una insinuación sobre el café.

—¿Explosión de leche? —Guiñó un ojo.

—Madre mía, qué rápido eres.

—Te gusta, ¿verdad?

—Sí. ¡No tardes!

—No lo haré.

T ras cerrarse la puerta principal, volví a la cama, me di una palmada en los muslos y saludé a los perros, incitándoles a que se subieran conmigo.

—P st. Chicos. Venid. V uestro padre se va a enfadar mucho conmigo, pero quiero acurrucarme con vosotros en Navidad. —Pasar el rato en la cama cuando Damien no estaba en casa era nuestro pequeño secreto. Estaba bastante segura de que Damien estaba pasando por alto las pruebas, ya que siempre dejaban mucho pelo.

Dudley y Drewfus no tardaron en saltar a la cama y lamerme la cara. Olían a las galletas que les regalamos anoche, y ahora yo también olía a ellas.

C uando pasaron cuarenta y cinco minutos, me di cuenta de que Damien estaba tardando muchísimo en ir a por café. La tienda estaba solo a unas manzanas, y además había ido en la camioneta. C uanto más tiempo pasaba, más me preocupaba.

Finalmente, sonó el móvil.

—¿Damien?

—Sí, cariño.

—¿Dónde estás?

—Estaba a punto de llamarte. Estoy en el hospital. El Memorial.

—¿Qué?

—No pasa nada. He venido yo por mi cuenta.

—¿Qué ha pasado? Solo fuiste a por café. No lo entiendo.

—Estaba en la caja. Me estaban cobrando. Empecé a sentir un dolor en el pecho que no había sentido antes. Me asusté mucho. No quería arriesgarme a volver a casa, así que fui directo a Urgencias.

—¿Qué está pasando ahora?

—Me están admitiendo.

—Voy para allá.

—Por favor, no tengas un accidente. Tómate tu tiempo. No me va a pasar nada, ¿vale?

—Vale.

Noté que se me estaban empezando a llenar los ojos de lágrimas.

—Chelsea… por favor. No llores, ¿vale? Sé fuerte por mí. Voy a estar bien. Solo voy a hacerme un chequeo y , cuando quieras darte cuenta, estaremos de vuelta en casa tomándonos nuestro café junto al árbol.

—Vale. Te quiero.

El trayecto al hospital se me hizo eterno. C uando llegué a la habitación, Damien estaba sentado en la cama.

Corrí hacia él y empecé a sollozar.

Damien me abrazó.

—Tranquila, cariño. Estoy bien. —Me secó los ojos.

—Me has dicho todas esas cosas. Y… tuve miedo de que…

—¿De que estuviera muerto para cuando llegaras porque acababa de decirte que te amaría hasta el día de mi muerte?

Sorbí por la nariz.

—Sí.

—Sería una coincidencia horrible. Has estado leyendo demasiadas novelas románticas de mierda. —Forzó una sonrisa.

Se la devolví.

—Me alegro de que estés bien. ¿Qué puedo hacer mientras esperamos?

Me agarró la mano y me dio un beso en los nudillos.

—Quédate conmigo. Es lo único que necesito.

—Como si pudiera estar en otro sitio ahora mismo.

 

Acabamos pasando la mayor parte del día de Navidad en el hospital. Le habían hecho una serie de pruebas y habían dejado que se marchara con la condición de que viera a su médico lo antes posible después de las vacaciones.

El martes siguiente pudimos ver al cardiólogo de Damien en Stanford.

El Dr. T uscano era muy amable e hizo todo lo posible por tranquilizarme. C uando terminó el examen, me sonrió.

—Llevo un tiempo viendo a Damien. He de decir que nunca había parecido tan feliz.

—Gracias.

—He traído a Chelsea conmigo para que pueda responder en persona a cualquier pregunta que tenga. Todavía no he tomado ninguna decisión en cuanto a la operación, pero quiero que esté informada.

—Será un placer. —El médico se sentó en un pequeño taburete—. ¿Qué puedo responderte?

Me aclaré la garganta.

—Supongo que quiero saber más sobre los riesgos y los bene cios.

—Vale, como probablemente ya sepas, la intervención que realizaremos se llama «miectomía septal». Quitaríamos una pequeña parte de la pared septal engrosada que rodea el corazón para eliminar la obstrucción. Esto facilitará que el corazón bombee sangre. Siempre hemos pensado que es un buen candidato para esta intervención, porque Damien es bastante joven y por su importante grosor septal.

C uando me quedé en blanco, Damien decidió hacer que pasara vergüenza.

—Lo siento, doctor… Ha dicho grosor, y su mente ha debido de irse a otra parte de mi anatomía.

El doctor soltó una risita, pero por lo demás decidió ignorar el comentario.

—De todas formas, lo más probable es que la operación le proporcione un alivio de los síntomas, pero más allá de eso, puede alargar su esperanza de vida.

—¿Es segura?

—En general es muy segura, sí. Como con cualquier procedimiento quirúrgico, hay riesgos, aunque son muy bajos.

—¿Cuáles son esos riesgos?

—Infección, infarto de miocardio, derrame cerebral o muerte. Pero hacemos todo lo que está en nuestra mano para reducir las posibilidades de que ocurra algo así.

—He leído muchas cosas contradictorias sobre si la operación de verdad in uye en la esperanza de vida.

—Tienes razón. Ha habido diferentes escuelas de pensamiento al respecto. Pero la investigación más reciente ha demostrado que para los individuos como Damien que son sintomáticos, la miectomía en realidad puede normalizar su esperanza de vida. La supervivencia a diez años sería del noventa y cinco por ciento, lo que está a la par con la población general.

—¿Cuál es la supervivencia a diez años de los que no se operan?

—Alrededor del setenta y tres por ciento.

—Vaya.

—No hay garantías, Chelsea. Incluso con la operación, no podríamos decir con absoluta certeza que no sufrirá un paro cardíaco súbito. Pero dado su historial familiar, teniendo en cuenta que su padre murió tan joven, recomendamos ser tan proactivos como sea posible. Por supuesto, sea como sea seguirá tomando la medicación.

El Dr. T uscano siguió respondiendo a mis preguntas. Mis sentimientos eran como una montaña rusa. Justo cuando llegaba a la conclusión de que la operación era lo mejor, miraba a Damien y me estremecía al pensar que lo iban a operar a corazón abierto. Aunque el médico había dicho que era raro morir durante la operación, había ocurrido. Había leído un par de historias en Internet que me aterrorizaron. Nunca podría perdonarme si le animaba a hacerlo y , Dios no lo quiera, moría en la mesa de operaciones.

Al mismo tiempo, ¿y si lo posponíamos por miedo y le ocurría algo que podría haberse evitado? Era imposible sentirse cómoda con ninguna de las dos hipótesis. Lo único de lo que estaba segura era de que tenía que ser él qu ien tomara la decisión y de que yo lo apoyaría pasara lo que pasara.

 

El miércoles después de Navidad, Damien me dejó una sorpresa enorme en la encimera de la cocina.

Había dos billetes impresos de unos vuelos directos de San Francisco al aeropuerto JFK.

—¿Damien? ¿Qué es esto?

—Es mi disculpa por joder nuestra primera Navidad.

—¿Nos vamos a Nueva York?

—Sí… para Nochevieja. Puedes ver a tu hermana. Sé que dijiste lo mucho que la echabas de menos, ya que no pudo estar aquí en Navidad.

Mis ojos se movían de un lado a otro mientras examinaba los detalles.

—Vale… ¡Son de primera clase! ¿Durante las estas? Estos billetes cuestan una fortuna.

—Nos lo podemos permitir.

—¿En serio?

—Nunca nos vamos de viaje, y nos lo merecemos, joder. Necesitamos un cambio de aires para intentar olvidarnos durante unos días de toda esta mierda deprimente.

Me puse de puntillas para rodearlo con los brazos.

—¡Podría abrazarte! —grité.

—Espero conseguir un poco más que eso.

—Créeme, recibirás mucho más que eso.

Me levantó y me besó mientras lo rodeaba con las piernas. C uando me bajó, su expresión se volvió seria.

—Sé que estás preocupada desde la cita de ayer. Solo necesito un poco más de tiempo viviendo en la negación contigo, ¿vale?

—Me parece bien.

Me soltó.

—Vamos a divertirnos.

 

Nueva York fue un cambio de aires muy bienvenido.

Acabábamos de ir a ver la función nocturna de Jade y habíamos salido a cenar a un restaurante que no se encontraba muy lejos del distrito de los teatros. Había ido al baño cuando oí entrar a dos amigas de Jade. Al parecer, una de ellas acababa de llegar.

—Madre mía, ¿quién es el que está sentado al lado de Jade?

—Es el novio de su hermana. Se llama Damien.

—Madre mía.

—Lo sé. Está buenísimo. Ha venido de visita desde California.

—Los crían bien en California.

—En serio. Hace que me entren ganas de visitar la costa oeste. Estoy harta de los chicos de aquí.

C uando salí del cubículo, la que había conocido antes se mordió la lengua.

—Hola, Chelsea. —Se volvió hacia su amiga para presentarme—. Esta es la hermana de Jade.

La otra chica puso cara de horror.

—Nos has oído.

—Sí.

—Lo siento. T u novio es guapísimo. Solo lo estábamos admirando y no queríamos hacer daño.

—Gracias. Lo sé. No pasa nada.

Aunque no podía culparlas, me entraron ganas de estrangular a alguien. Mientras me lavaba las manos, pensé en el hecho de que nunca me había sentido tan posesiva con mis antiguos novios. Mis sentimientos por Damien se encontraban en un nivel completamente diferente. La idea de que alguien intentara robármelo (incluso de que alguien lo deseara) me volvía loca. Por suerte, él solo parecía tener ojos para mí.

C uando volví a la mesa, me di cuenta de que se había cambiado de sitio y estaba hablando con Jade. Me sonrió cuando me acerqué, y sospeché que estaban hablando de mí.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondí, todavía alterada por el incidente del baño.

Percibiendo mi estado de ánimo, Damien me rodeó con el brazo y me acarició la espalda suavemente con la punta de los dedos. Cuando las dos mujeres del baño volvieron a la mesa, lo agarré de la mano de forma posesiva y entrelacé mis dedos entre los suyos.

Unos minutos después, apareció Craig, el coprotagonista de Jade. Era el pelirrojo con el que salí durante mi última visita y con el que Damien me vio en unas fotos en Facebook. Al momento, Damien me lanzó una mirada que signi caba que lo había reconocido.

C uando Jade los presentó, Damien le ofreció un apretón de manos rme pero reacio.

Craig me miró.

—Me alegro mucho de volver a verte, Chelsea. No pensé que volverías t an pronto.

—Lo sé. Ha sido un viaje sorpresa. —Sonreí, apretando la mano de Damien con más fuerza.

Juntos éramos una causa perdida.

Después de cenar, Damien me susurró al oído:

—No para de mirarte, incluso estando yo sentado aquí mismo.

—Qué va.

—Sí. Lo he estado observando.

De repente me soltó la mano, se levantó y se dirigió al baño.

Mi móvil vibró.

Damien: No hay nadie en el baño de hombres en este momento. Ven aquí.

Abrí la puerta despacio. Damien estaba allí de pie e inmediatamente me empujó hacia el cubículo de discapacitados.

—¿Qué haces?

—Marcar mi territorio.

—¿Me vas a mear encima? —bromeé.

—Solo si tú quieres.

—No quiero.

—Voy a hacer algo mejor que eso —dijo, me dio la vuelta y me levantó la falda. Dejó escapar un profundo suspiro sobre mi cuello mientras empujaba profundamente dentro de mí. Con cada embestida, estaba más mojada.

El sexo espontáneo con él siempre me hacía sentir bien, pero esta vez era mejor de lo que recordaba. Mientras me penetraba por detrás contra el cubículo del baño, no tenía ni idea de que estaba tan revolucionada por los celos como él.

Oímos cómo se abría la puerta principal del baño. Eso no detuvo nuestro ritmo. De hecho, cada vez que estaban a punto de descubrirnos, solía volverse más frenético. Abrí la boca en un grito silencioso mientras me corría con fuerza y rápido. Sentí cómo su esperma caliente se disparaba en mi interior.

Tenía las manos a cada lado de mí, aprisionándome por detrás contra el cubículo.

—Me encanta cuando me aprietas así con tu vagina.

—Será mejor que nos vayamos antes de que Jade y sus amigas descubran lo que estamos haciendo.

—A la mierda. Espero que lo hagan.

 

Al día siguiente, Damien se había ido a dar un paseo para comprar comida para llevar. Los tres íbamos a pasar el rato en el apartamento hasta que ella tuviera que salir para su función nocturna.

Era la primera vez que Jade y yo nos quedábamos a solas, y tenía que preguntárselo.

—Anoche, en la cena, cuando salí del baño, ¿de qué estabais hablando Damien y tú?

—Se disculpó por acorralarme en el restaurante, pero dijo que necesitaba saber mi opinión. Me dijo que sabía que te abres conmigo y que suponía que yo sabía todo lo que estaba pasando entre vosotros. Le dije que sí. L uego quiso saber mi opinión sobre si te parecía bien lo de no tener hijos.

Exhalé un suspiro de frustración.

—Ya he hablado de esto con él.

—Lo sé, pero sabe que te conozco mejor que nadie. Solo quería una segunda opinión para asegurarse de que no pensaba que te estabas engañando a ti misma.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que eres la persona más altruista que conozco, pero que t ambién sé que no harías ni dirías nada que no sintieras de verdad.

—Me dijo que después de que decidamos si se opera o no del corazón, se hará una vasectomía para que yo no tenga que estar tomándome la píldora siempre.

—Vaya, eso parece muy de nitivo.

—Lo sé.

—¿Tienes dudas? Me lo dirías, ¿verdad?

—Sí. Te lo juro. No voy a mentir y decir que no me entristece, porque lo hace, pero sé lo in exible que es al respecto. No puedo vivir sin él, así que tengo que vivir con su decisión.

—Vale.

C uando Jade me abrazó, se me humedecieron los ojos. Era la primera vez que lloraba de verdad al pensar en que no tendría hijos con Damien. Me juré que sería la última vez que lloraría por eso.

La puerta se abrió, y Damien entró con bolsas de papel con comida china en las manos. Me froté rápidamente los ojos, pero era demasiado t arde. Había visto las lágrimas.

—¿Todo bien? —preguntó, examinándome el rostro.

—Sí. Te lo prometo. Estábamos hablando y me he emocionado un poco.

Dudoso, miró a Jade y luego a mí.

—Vale.

 

Esa noche, Damien y yo estábamos caminando de la mano por el SoHo cuando me dijo:

—Te he estado ocultando algo.

—¿Alguna vez no? —bromeé.

—Esto es algo bueno, mi pequeña sabelotodo.

—¿Qué es?

—Un amigo mío, al que conocí a través de un foro de arte, abrió una galería aquí dedicada al arte de la pintura con espray. Por eso quería venir a este barrio antes de irnos.

—Qué guay. ¿Ahí es a donde estamos yendo?

—Sí, pero eso no es todo. Le regalé uno de mis cuadros.

—¿Está allí?

—Sí.

—¿Cuál es?

—Tendrás que esperar a verlo.

La galería era pequeña. En las paredes interiores de ladrillo había grandes lienzos pintados con espray. De fondo sonaba una tenue música de jazz.

—A ver si adivinas cuál es el mío.

Caminamos despacio por la galería, deteniéndonos ante cada obra de arte. Las imágenes iban desde personas a formas y colores abstractos.

—¿Qué es eso? —Me jé en el título de una obra en particular.

Le Nombril, de Damien Hennessey.

—Supongo que ya no tengo que adivinarlo. Es esta. —Incliné la cabeza—. ¿ Qué es?

—Fíjate bien. —Se puso detrás de mí, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla en mi cabeza—. Eres tú.

—¿Yo? Pero si parece un agujero grande con remolinos. —De repente sentí calor—. No será mi vagina, ¿verdad?

Su risa vibró contra mí.

—Ese agujero no, cielo, aunque podría rociártelo todo el día si quieres. De hecho, sería un placer. —Me apartó del lienzo—. Retrocede.

Por n, lo vi.

—Es mi ombligo. ¡Es verdad! Una vez mencionaste que lo habías pintado.

—Correcto. Es tu ombligo. Mi hermoso ombligo, también conocido como Le Nombril. Es el término francés.

—¿Cómo te las arreglaste para pintarlo?

—Bueno, hace mucho tiempo hice uno de memoria. Viniste a mi apartamento con una camiseta corta e hice una foto mental. Esta versión es la réplica de una foto real que te hice hace poco mientras dormías. Sé que lo más seguro es que no notes la diferencia, pero ¿ves todos esos surcos? Son una representación bastante exacta de los tuyos. Te sorprendería lo difícil que es captar los detalles de un ombligo. Una de las pinturas más difíciles que he hecho, pero es mi favorita.

—¿Está a la venta?

—No. Ni de broma voy a dársela a alguien. Es solo para exhibir.

—Bueno, creo que eres la única persona en el mundo que lo apreciaría.

—Amo cada centímetro de ti, en serio.

Lo miré a los ojos y supe que lo decía con todo su corazón y su alma. La Nochevieja en Times Square fue tan espectacular como me había imaginado toda mi vida. Nadando entre una multitud de gente, me acurruqué con Damien, que me envolvió en su abrigo forrado de piel de oveja mientras me abrazaba por detrás.

C uando cayó la bola, nos besamos con tanta intensidad que parecía que se me iban a caer los labios.

Damien me giró hacia él y volvió a colocarme el abrigo encima a modo de manta.

—Me parece increíble pensar que el año pasado, por estas fechas, estaba contemplando todo esto, viendo a Ryan Seacrest en la televisión y pensando que iba a ser otro año más de lo mismo. Había asumido automáticamente que me iba a quedar estancado en la misma rutina en la que me acostaba con mujeres que no me importaban y pintaba todo el día. No pensaba que fuera una mala vida, pero no conocía nada mejor. Pensaba que era bastante feliz. Resulta que no distinguía la felicidad de lo que no era felicidad.

Sonreí mientras continuaba.

—No tenía ni puta idea. No sabía que la verdadera felicidad solo vendría de una chica que todavía no conocía. Parece mentira que el año pasado por estas fechas ni siquiera supiera quién era Chelsea Jameson. Ahora, ni siquiera sé quién soy sin ti.

Sentí que el corazón me estallaba con una mezcla de amor y miedo. Había tantas cosas que quería decir, pero no me salían las palabras. Me resultaba muy difícil articular lo que sentía, así que simplemente enterré la cabeza sobre su corazón y dije:

—Va a ser un buen año, Damien. Lo sé.

Él tenía razón. El viaje a Nueva York había sido un cambio de aires muy necesario. Pasó demasiado rápido.

Al día siguiente, en el vuelo de vuelta a casa, Damien me agarró de la mano mientras el avión descendía lentamente, preparándose para aterrizar en San Francisco. El sol brillaba dentro del avión y le iluminaba los hermosos ojos mientras me miraba.

—Creo que voy a hacerlo —dijo.

Se me formó un nudo en el pecho. Sabía muy bien a lo que se refería, pero se lo pregunté de todas formas.

Me preparé.

—¿Hacer qué?

—La operación. Voy a hacerlo. Pediré cita cuando volvamos.

Apretándole la mano con más fuerza, puse cara de valiente y sonreí a pesar de estar llena de miedo.

—Vale.

De repente, deseé que nos hubiéramos quedado en el aire.

 

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