Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 10 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 10. Feyre

Entibiándola de regreso a la vida.

Después fui a buscar un taburete.

CAPÍTULO

10

Feyre

Pinté y pinté y pinté.

Mi corazón retumbó todo el tiempo, constante como un tambor de guerra.

Pinté hasta que la espalda se me acalambró y el estómago gruñó con pedidos de cocoa caliente y postre.

Había sabido qué debía salir de mí en el momento en que me trepé al ruinoso taburete que había traído del depósito después de desempolvarlo.

Apenas había podido mantener el pincel suficientemente firme para hacer los primeros trazos.

De miedo, sí. Era suficientemente honesta conmigo misma como para admitirlo.

Pero también al desatarla, como si yo fuera un caballo de carrera liberado de mi corral, la imagen de mi mente era el estallido de una visión a la que me costó seguirle el paso.

Pero empezó a emerger. Empezó a cobrar forma.

Y después, la siguió una suerte de quietud, como si fuera una capa de nieve cubriendo la tierra.

Disipando lo que había debajo.

Más limpia, más calma que cualquiera de las horas que había pasado reconstruyendo esta ciudad. Igualmente satisfactoria, sí, pero la pintura, la liberación y poder enfrentarla, fue un alivio. El primer punto que cerraba una herida.

Las campanas de las torres de Velaris cantaron doce antes de que me detuviera. Antes de que bajara el pincel y mirara lo que había creado. Que mirara fijo a lo que me devolvía la mirada. Yo.

O cómo había sido en el Ouroboros, esa bestia de escamas y garras y oscuridad; furia y alegría y frío. Todo yo. Lo que acechaba debajo de mi piel.

No había huido de eso. Y no huía ahora.

Sí… el primer punto que cerraba una herida. Así se sentía.

Con el pincel colgando entre mis rodillas, con esa bestia para siempre sobre la tela, mi cuerpo quedó un poco flojo. Sin huesos.

Observé la galería, la calle detrás de las ventanas tapiadas. Nadie había venido a preguntar por las luces en las horas en que yo había estado aquí.

Finalmente, me puse de pie, gruñendo mientras me estiraba. No podía llevármela conmigo. La pintura debía secarse, y el húmedo aire nocturno del río y del distante mar sería terrible para ella.

Por cierto, no pensaba llevármela a la casa de la ciudad para que alguien la viera. Ni siquiera Rhys.

Pero aquí… nadie sabría, si es que alguien entraba, quién la había pintado.

No la había firmado.