Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 3 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 3. Cassian

—¿Y qué pasa contigo? —pregunté, separándome al cabo de un momento

—. ¿Eres… feliz?

Las sombras oscurecieron sus ojos de color avellana.

—Estoy llegando allí.

Una respuesta poco entusiasta.

También tendría que trabajar en eso. Tal vez habría hilos de los que había que tirar, para tejerlos.

Cassian señaló con el mentón hacia la puerta.

—Ponte en marcha, bastardo. Te veré en tres días.

Asentí, abriendo la puerta por fin. Pero hice una pausa en el umbral.

—Gracias, hermano.

La sonrisa torcida de Cassian era brillante, aun en esas sombras relumbraba en sus ojos.

—Es un honor, mi señor.

CAPÍTULO

3

Cassian

Cassian no estaba completamente seguro de que podría enfrentar a Devlon y a sus guerreros sin aniquilarlos. Al menos, no durante la hora siguiente o más o menos.

Y dado que eso no ayudaría a apaciguar las murmuraciones de descontento, Cassian esperó hasta que Rhys hubiera planeado afuera en la nieve y el viento antes de desaparecer él mismo. No planeando, aunque eso hubiera sido un arma endemoniada contra los enemigos en batalla. Había visto a Rhys hacerlo con resultados devastadores. También a Az… de esa extraña manera en la que Az podía moverse a través del mundo sin desaparecer en el viento técnicamente.

Nunca se lo había preguntado. Y Azriel por cierto nunca lo había explicado.

Pero a Cassian no le importaba su propio método de moverse: volar, que sin duda le había sido muy útil en combate.

Al trasponer la puerta del frente de la antigua casa de madera para que Devlon y los otros idiotas de los ruedos de entrenamiento lo vieran, Cassian hizo un buen espectáculo. Primero estiró sus brazos, listos y deseosos de aporrear algunos rostros ilirios. Después extendió sus alas, más grandes y anchas que las de ellos. Eso siempre los había resentido, tal vez más que todo lo demás.

Las extendió hasta que la tensión en sus poderosos músculos y tendones se convirtió en un agradable ardor, y sus alas lanzaron largas sombras sobre la nieve. Y batiéndolas de manera poderosa, se disparó hacia el cielo gris.

El viento era un rugido a su alrededor, la temperatura era suficientemente fría para que sus ojos lagrimearan. Vigorizante… liberadora. Aleteó más alto, después viró a la izquierda, dirigiéndose a los picos detrás del paso del campamento. Ninguna necesidad de hacer una pasada de advertencia sobre Devlon y los ruedos de entrenamiento.

Ignorándolos, proyectando el mensaje de que no eran suficientemente importantes como para que se los considerara una amenaza. Esas eran

maneras muchos mejores de enfurecerlos. Rhys se lo había enseñado mucho tiempo atrás.

Siguiendo una ráfaga ascendente que lo elevó sobre los picos más próximos, y después en el interminable laberinto de montañas cubiertas de nieve que formaban su tierra natal, Cassian respiró profundamente.

Su traje de cuero y sus guantes para volar lo mantenían caliente, pero sus alas quedaban expuestas al viento helado… y el frío era cortante como un cuchillo.

Podía protegerse con sus Sifones, lo había hecho en el pasado. Pero hoy, esta mañana, quería ese frío mordiente. Especialmente por lo que estaba por hacer. El lugar adonde iba.

Hubiera reconocido el camino con los ojos vendados, simplemente con escuchar el viento a través de las montañas, inhalando el olor de los picos cubiertos de pinos más abajo, los yermos campos de rocas.

Era raro que hiciera la travesía. Usualmente solo la hacía cuando era probable que su temperamento le jugara una mala pasada, y tenía suficiente control para saber que necesitaba estar afuera por unas pocas horas. Hoy no era la excepción.

A la distancia, pequeñas formas oscuras atravesaban el cielo. Guerreros patrullando. O tal vez escoltas armados conduciendo familias a sus reuniones del Solsticio.

La mayoría de los Altos Fae creían que los ilirios eran la mayor amenaza en las montañas.

No se daban cuenta de que había cosas mucho peores que acechaban entre las cumbres. Algunas cazando en los vientos, otras saliendo de las profundas cavernas excavadas en la roca misma.

Feyre se había atrevido a enfrentar algunas de esas cosas en los bosques de pinos de las Estepas.

Para salvar a Rhys. Cassian se preguntó si su hermano alguna vez le había dicho que era lo que moraba en estas montañas. Casi todos habían sido aniquilados por los ilirios, o los habían expulsado a esas Estepas. Pero los más arteros, los más viejos… habían encontrado maneras de ocultarse. Para emerger en noches sin luna para comer.

Ni siquiera cinco siglos de entrenamiento podían detener el estremecimiento que bajó por su espalda mientras Cassian contemplaba las montañas vacías y silenciosas a sus pies y se preguntaba qué dormía bajo la nieve.

Viró hacia el norte, vaciando su mente de esa idea. En el horizonte, se dibujó una forma familiar, que se hacía más grande con cada batir de alas.

Ramiel. La montaña sagrada.

El corazón no solo de iliria, sino de toda la Corte de la Noche.

A nadie se le permitía entrar en sus áridas laderas rocosas… salvo a los ilirios, y eso una sola vez al año. Durante el Rito de Sangre.

Cassian se elevó hacia ella, incapaz de resistir el antiguo llamado de Ramiel.

Diferente… la montaña era tan diferente de la yerma presencia terrible de la cumbre solitaria del centro de Prythian. Ramiel siempre había parecido viva, de alguna manera. Despierta y vigilante.

Él solo había puesto un pie allí una vez, en ese día final del Rito. Cuando él y sus hermanos, ensangrentados y golpeados, habían escalado su ladera para llegar al monolito de ónix de la cumbre.

Todavía podía sentir la roca que se desarmaba bajo sus botas, podía escuchar su áspera respiración mientras cargaba a medias a Rhys ladera arriba, mientras Azriel los cubría desde atrás. Como uno solo, los tres habían tocado la piedra… los primeros que habían alcanzado la cumbre al final de esa semana brutal. Los ganadores indiscutibles.

El Rito no había cambiado en los siglos transcurridos desde entonces. A principios de cada primavera, todavía proseguía, cientos de guerreros novicios depositados en las montañas y los bosques que rodeaban la cumbre, el territorio prohibido durante el resto del año, para impedir que alguno de

ellos pudiera explorar y hallar las mejores rutas y poner trampas. Había diversas maneras de calificar durante el año para probar la capacidad de un novicio, cada uno un poco diferente según el campamento. Pero las reglas eran las mismas.

Todos los novicios competían con las alas atadas, sin Sifones —un hechizo impedía toda magia— y sin equipo salvo la ropa que llevaba en la espalda.

La meta: llegar a la cumbre de esa montaña para fin de esa semana y tocar la piedra. Los obstáculos: la distancia, las trampas naturales y cada uno de los otros. Las viejas disputas desaparecían; nacían otras nuevas. Se saldaban las cuentas.

Una semana de insensato derramamiento de sangre , insistía Az.

Rhys con frecuencia coincidía, aunque con frecuencia también coincidía con la idea de Cassian: el Rito de Sangre ofrecía una válvula de escape para peligrosas tensiones dentro de la comunidad iliria. Mejor zanjarlas durante el Rito que arriesgarse a una guerra civil.

Los ilirios eran fuertes, orgullosos, indómitos. Pero no eran pacifistas.

Tal vez tuviera suerte. Tal vez esta primavera el Rito aliviaría algo del descontento. Demonios, se ofrecería a participar él mismo , si eso sirviera para aquietar la inquietud.

Apenas habían sobrevivido a esta guerra. No necesitaban otra. No con tantos desconocidos agrupándose en sus límites.

Ramiel se erguía aún más alta, una esquirla de piedra que perforaba el cielo gris. Bella y solitaria. Eterna e intemporal.

No era raro que el primer gobernante de la Corte de la Noche hubiera hecho de ella su insignia.

Junto con las tres estrellas que solo aparecían durante un breve lapso cada año, enmarcando la cumbre más alta de Ramiel como una corona. Era durante ese lapso que ocurría el Rito. ¿Qué había venido primero? ¿La insignia o el rito? Cassian no lo sabía. En realidad, nunca le había interesado averiguarlo.

Los bosques de coníferas y las quebradas que puntuaban el paisaje, fluyendo hacia el pie de Ramiel, centelleaban bajo la nieve fresca. Vacíos y limpios.

Ni un signo del derramamiento de sangre que ocurriría en cuanto empezara la primavera.

La montaña se acercaba, poderosa e interminable, tan ancha que él podría haber sido no más que una mosca en el viento. Cassian se elevó hacia la cara sur de Ramiel, subiendo lo suficiente para echar un vistazo a la reluciente piedra negra que sobresalía de la cumbre.

Tampoco sabía quién había puesto esa piedra sobre la cumbre. La leyenda decía que había existido antes de que se formara la Corte de la Noche, antes de que los ilirios migraran de los Mirmidones, antes incluso de que los humanos hubieran caminado sobre la tierra. Ni siquiera con la nieve fresca cubriendo a Ramiel, nada de ella había rozado la columna de piedra.

Un estremecimiento helado, pero no desagradable, inundó sus venas.

Era raro que alguien del Rito de Sangre llegara hasta el monolito. Desde que él y sus hermanos lo habían hecho cinco siglos atrás, Cassian podía recordar solamente a una docena más o menos, que no solo habían llegado a la montaña, sino que también habían sobrevivido la escalada. Al cabo de una semana de lucha, de correr, de tener que encontrar y hacer las propias armas y la comida, esa escalada era peor que cualquier horror que la antecediera.

Era la verdadera prueba de voluntad, de coraje. Escalar cuando no te quedaba nada; escalar cuando tu cuerpo te rogaba que te detuvieras…

era entonces cuando llegaba el fin.

Pero cuando uno había tocado el monolito de ónix, cuando había sentido esa antigua fuerza cantar en su sangre, en los latidos, antes de que lo llevara de regreso a la seguridad del campamento de Devlon… había valido la pena.

Sentir eso.

Con una solemne inclinación de cabeza hacia Ramiel y la piedra viva de su cumbre, Cassian atrapó otra rápida corriente de aire y se elevó hacia el sur.

Una hora de vuelo lo llevó a acercarse a otro pico familiar.

Uno al que nadie, salvo él y sus hermanos, se molestaba en acercarse. Eso que tanto necesitaba ver, sentir, hoy.

Una vez había sido un campamento tan atareado como el de Devlon.

Una vez. Antes de que un bastardo naciera en una congelada y solitaria tienda de los suburbios de la aldea. Antes de que arrojaran a la nieve a una joven madre soltera apenas días después de dar a luz, con el bebé en sus brazos. Y después habían llevado al niño años más tarde, arrojándolo en el lodo del campamento de Devlon.

Cassian aterrizó en el chato tramo del paso de montaña, las ráfagas de nieve más altas que en Refugio del Viento. Ocultando cualquier rastro de la aldea que había existido allí.

De todas maneras, solo quedaban cenizas y escombros.

Él mismo se había asegurado de que fuera así.

Cuando los que habían sido responsables del sufrimiento y el tormento de la joven hubieron recibido su merecido, nadie había querido quedarse allí un momento más. No con los huesos quebrados y la sangre que revestía todas las superficies, manchando cada campo y cada ruedo de entrenamiento. Así que emigraron, algunos uniéndose a otros campamentos, otros haciendo su vida en otras partes. Nadie había regresado nunca.

Siglos más tarde, él no lo lamentaba.

De pie en la nieve y el viento, contemplando el vacío donde había nacido, Cassian no lo lamentó ni por un latido de su corazón.

Su madre había sufrido cada momento de su vida demasiado corta. Solo había empeorado después de haberle dado a luz. Especialmente durante los años que lo habían llevado lejos.

Y cuando él había sido suficientemente fuerte y grande para volver a buscarla, ella había desaparecido.

Se negaron a decirle dónde estaba sepultada. Si es que le habían concedido ese honor, o si habían arrojado su cuerpo a un abismo helado para que se pudriera.

Aún no lo sabía. Incluso con su aliento final, aquellos que se habían asegurado de que ella nunca conociera la felicidad, se habían negado a decírselo. Lo habían escupido en la cara, y le habían dicho cada cosa terrible que le habían hecho a la mujer.

Él había querido sepultarla en Velaris. En alguna parte llena de luz y calor, llena de gente amable, muy lejos de estas montañas.

Cassian observó el paso cubierto de nieve. Sus recuerdos de aquí eran turbios: lodo y frío y hogueras demasiado pequeñas. Pero podía recordar una voz rítmica, suave, y manos delgadas y suaves.

Era todo lo que tenía de ella.

Cassian se pasó las manos por el cabello, sus dedos enredados en los mechones enmarañados por el viento.

Sabía por qué había ido allí, por qué siempre iba allí. Pese a que Amren se burlaba, diciéndole que era un bruto ilirio, él conocía mejor su propia mente, su propio corazón.

Devlon era un jefe de campamento mucho más justo que la mayoría. Pero para las mujeres menos afortunadas, que eran apresadas o echadas, había poca compasión.

Así que entrenar a estas mujeres, darles los recursos y la confianza para resistir, para mirar más allá de las hogueras de sus campamentos… eso era para ella. Para la madre sepultada aquí, tal vez nunca sepultada. Así que eso podría no volver a ocurrir. Entonces su gente, a la que aún amaba pese a sus defectos, algún día podría convertirse en algo más . Algo mejor.

La tumba desconocida, sin marca en este paso, era su recordatorio.

Cassian permaneció en silencio durante largos minutos, antes de volver su mirada hacia el oeste. Como si pudiera ver todo el camino hasta Velaris.