Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 7 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 7. Rhysand

Di algo. Piensa en algo para decir. Algo para convertirlo en nada .

Pero Rhys consideró que ya habían terminado, entrelazó su brazo con el de Feyre y los guio a todos, mientras la montaña temblaba bajo sus pasos. Lo que le había dicho a Eris, Mor no tenía idea.

Patético. Cobarde y patético .

La verdad es tu don. La verdad es tu maldición .

Di algo .

Pero las palabras para golpear a su padre no vinieron.

Con su vestido rojo flotando detrás, Mor le volvió la espalda al satisfecho heredero del Otoño, y siguió a su Alta lord y Señora a través de la oscuridad, de regreso a la luz.

CAPÍTULO

7

Rhysand

—De veras que sabes dar regalos de Solsticio, Az.

Me alejé de la pared de ventanas de mi estudio privado de la Casa del Viento mientras Velaris se teñía con los matices de la mañana temprana.

Mi jefe de espías y hermano estaba al otro lado del enorme escritorio de roble, cuya superficie se encontraba cubierta por mapas y documentos que había presentado. Su expresión podría haber sido de piedra. Había sido así desde el momento que había golpeado las puertas dobles del estudio, justo después del alba. Como si hubiera sabido que el sueño había sido fútil para mí después de la advertencia poco sutil de Eris sobre Tamlin y sus fronteras.

Feyre no lo había mencionado cuando volvimos a casa. No parecía dispuesto a discutirlo: cómo manejar al Alta lord de la Primavera. Ella se había quedado dormida rápidamente, dejándome cavilar frente al fuego, en la sala.

No era raro que hubiera venido aquí antes del amanecer, ansioso porque el frío mordiente despejara el peso de la noche sin dormir que había pasado.

Mis alas todavía estaban ateridas en algunos sitios después del vuelo.

—Querías información —dijo suavemente Az. A su lado, la empuñadura de obsidiana del Que Dice la Verdad parecía absorber los primeros rayos del sol.

Miré hacia arriba, recostándome contra el escritorio y haciendo un gesto hacia el material que él había compilado.

—¿No podías haber esperado hasta después del Solsticio para traerme esta gema en particular?

—Miré el ilegible rostro de Azriel y agregué—: Ni te molestes en responder eso.

Una comisura de la boca de Azriel se plegó hacia arriba, las sombras a su alrededor se deslizaban sobre su cuello como tatuajes vivos, mellizos a los ilirios marcados debajo de sus cueros.

Sombras diferentes de todo lo que mis poderes podían convocar, podían hablar. Nacidas en una prisión sin luz y sin aire con el propósito de quebrarlo.

En cambio, él había aprendido su lenguaje.

Aunque los Sifones cobalto eran prueba de que su herencia iliria era cierta, ni siquiera la sabiduría de ese pueblo guerrero, mi pueblo guerrero, tenía una explicación acerca de la procedencia de los dones de cantasombras. Esos dones, por cierto, no estaban relacionados con los Sifones, con el descarnado poder de matar que casi todos los ilirios poseían y canalizaban a través de las piedras para evitar que destruyeran todo lo que estuviera en su camino.

Incluyendo al portador.

Quitando los ojos de las piedras que él tenía en las manos, fruncí el ceño ante la pila de papeles que Az había presentado momentos atrás.

—¿Le has dicho a Cassian?

—Vine derecho hacia aquí —dijo Azriel—. De todos modos, llegará muy pronto.

Me mordí el labio mientras estudiaba el mapa del territorio de iliria.

—Hay más clanes de los que esperaba —admití, y envié una manada de sombras a través de la habitación para calmar el poder que ahora se agitaba, inquieto, en mis venas—. Incluso en mis peores cálculos.

—No son todos los miembros de estos clanes —dijo Az, el rostro sombrío en un intento de suavizar el golpe—. Este número general solo refleja los lugares en los que se está difundiendo el descontento, no donde están las mayorías. —Señaló con un dedo lleno de cicatrices uno de los campamentos

—. Hay solo dos mujeres aquí que parecen estar lanzando veneno sobre la guerra. Una es una viuda, y la otra es la madre de un soldado.

—Donde hay humo, hay fuego —respondí.

Azriel estudió el mapa durante un largo minuto. Le permití el silencio, sabiendo que solo hablaría cuando estuviera completamente listo. Cuando éramos niños, Cassian y yo habíamos dedicado horas a darle una paliza a Az, tratando de hacerlo hablar. Nunca se rindió.

—Los ilirios son una verdadera mierda —dijo con demasiada tranquilidad.

Abrí la boca y la cerré.

Las sombras se juntaron en torno de sus alas, saliendo de él y cayendo sobre la gruesa alfombra roja.

—¿Se entrenan y entrenan como guerreros, y cuando no vuelven a casa sus familias nos convierten a nosotros en villanos por mandarlos a la guerra?

—Sus familias perdieron algo irremplazable —dije cuidadosamente.

Azriel agitó una mano llena de cicatrices, su Sifón cobalto centelleaba con el movimiento mientras sus dedos cortaban el aire.

—Son hipócritas.

—¿Y qué querrías que hiciera, entonces? ¿Desbandar el mayor ejército de Prythian?

Az no respondió.

No obstante, le sostuve la mirada. Le sostuve esa mirada fría como el hielo que aún a veces me hacía morir de miedo. Había visto lo que les había hecho a sus medio hermanos siglos atrás. Todavía soñaba con eso. El acto mismo no era lo que persistía. Cada parte de él había sido merecida. Cada condenada parte.

Pero era el helado precipicio en el que Az había caído el que a veces se alzaba del pozo de mi memoria.

El principio de esa escarcha crujió sobre sus ojos ahora. Entonces dije con calma, aunque dejando poco lugar a la argumentación.

—No voy a desbandar a los ilirios. De todos modos, no tienen dónde ir. Y si intentamos sacarlos de esas montañas, podrían lanzar precisamente el mismo ataque que intentamos desactivar.

Az no dijo nada.

—Pero tal vez es más urgente —continué, golpeando con un dedo el extenso continente—, el hecho de que las reinas humanas no hayan regresado a sus propios territorios. Se demoran en ese palacio conjuntos. Más allá, el

populacho de Hybern no está demasiado encantado de haber perdido esta guerra. Y, con el muro ha desaparecido, ¿quién sabe qué otros territorios Fae pueden intentar tomar tierras humanas? —Mi mandíbula se tensó con esa última pregunta—. Esta paz es tenue.

—Lo sé —dijo Az, finalmente.

—Así que podríamos volver a necesitar a los ilirios antes de que se termine.

Necesitarlos dispuestos a derramar sangre.

Feyre sabía. Yo la había estado informando de cada reporte y reunión. Pero este último…

—Mantendremos vigilados a los disidentes —finalicé, permitiendo que Az sintiera un rumor del poder que rondaba en mi interior, dejando que sintiera que yo decía en serio cada palabra—. Cassian sabe que está creciendo en los campamentos y está dispuesto a hacer lo necesario para arreglarlo.

—No sabe cuántos son.

—Y tal vez debamos esperar para decirle. Hasta después de las fiestas. —Az parpadeó. Le expliqué tranquilamente—. Tendrá mucho que enfrentar.

Dejémoslo disfrutar el feriado mientras pueda.

Az y yo nos ocupamos de no mencionar a Nesta. No entre ambos, y por cierto no delante de Cassian. Yo ni siquiera me permitía contemplarlo.

Tampoco Mor, dado su inusual silencio sobre el asunto desde que la guerra había terminado.

—Se enojará con nosotros por ocultárselo.

—Ya sospecha mucho, así que en este punto no es más que una confirmación.

Az pasó un dedo por la empuñadura negra del que Dice la Verdad, las runas plateadas sobre la oscura vaina centelleban bajo la luz.

—¿Y qué pasa con las reinas humanas?

—Las seguimos vigilando. Tú las sigues vigilando.

—Vassa y Jurian todavía están con Graysen. ¿Las incluimos?

Una extraña reunión, allá en las tierras humanas. Con ninguna reina que hubiera sido designada para la franja de territorio de la base de Prythian.

Solo un concejo de ricos señores y mercaderes, y Jurian de alguna manera había irrumpido para conducir. Usando la propiedad familiar de Graysen como sede de comando.

Y Vassa… ella había permanecido. Su guardián le había concedido una prórroga de su maldición… el hechizo que la convertía en pájaro de fuego durante el día y mujer por la noche. Y que la ataba a su lago en lo profundo del continente.

Nunca había visto un hechizo así. Le había enviado mi poder, también Helion, buscando cualquier vía posible para desatarlo. No había sido posible.

Era como si la maldición estuviera tejida en su propia sangre.

Pero la libertad de Vassa terminaría. Lucien lo había dicho muchos meses atrás, y aún la visitaba con suficiente frecuencia, pero yo no sabía que algo hubiera mejorado en ese aspecto. Ella debía volver al lago, al señor hechicero que la mantenía prisionera, vendida a él por las mismas reinas que otra vez se habían reunido en su castillo conjunto. Antes era también el castillo de Vassa.

—Vassa sabe que las Reinas del Reino serán una amenaza hasta que se las enfrente —dije, finalmente. Otro bocadillo especial que Lucien nos había dicho. Bien, al menos a Az y a mí—. Pero a menos que las reinas traspasen los límites, no nos corresponde enfrentarlas. Si interferimos, aunque sea para impedirles que desaten otra guerra, seremos vistos como conquistadores, no como héroes.

Necesitamos que los humanos de otros territorios confíen en nosotros, si es que tenemos la esperanza de lograr una paz duradera.

—Entonces tal vez Jurian y Vassa deban enfrentarlas. Mientras Vassa sea libre de hacerlo.

Lo pensé. Feyre y yo lo habíamos discutido casi toda la noche. Varias veces.

—Hay que dar a los humanos una alternativa de gobernarse. Decidir por ellos. Incluso a nuestros aliados.

—Envía a Lucien, entonces. Como nuestro emisario humano.

Estudié la tensión en los hombros de Azriel, las sombras velando la mitad de él de la luz del sol.

—Lucien no está en este momento.

Az enarcó las cejas.

—¿Dónde está?

Le hice un guiño.

—Eres mi jefe de espías, ¿no deberías saberlo?

Az cruzó los brazos, su rostro tan elegante y frío como la legendaria daga que estaba a su lado.

—No me ocupo de vigilar sus movimientos.

—¿Por qué?

Ni un gramo de emoción.

—Es la pareja de Elain.

Esperé.

—Seguirlo sería una invasión de la intimidad de ella.

Saber cuándo Lucien la buscaba, si la buscaba. Qué hacían juntos.

—¿Estás seguro de eso? —le pregunté suavemente.

Los Sifones de Azriel parpadearon, las piedras se hicieron tan oscuras y premonitorias como el más profundo mar.

—¿Dónde fue Lucien?

Me incorporé ante las palabras. Pero dije, arrastrando la voz:

—Fue a la Corte de la Primavera. Estará allí para el Solsticio.

—Tamlin lo echó la última vez.

—Lo hizo. Pero lo invitó para esta fiesta. —Probablemente porque Tamlin se dio cuenta que pasaría la fiesta solo en esa casa solariega. O en lo que quedara de ella.

No sentía lástima al respecto.

No cuando aún podía sentir el absoluto terror de Feyre cuando Tamlin irrumpió en el estudio.

Cuando la encerró en esa casa.

También Lucien le había permitido hacerlo. Pero yo había hecho la paz con él. O había tratado de hacerla.

Con Tamlin, las cosas eran más complicadas. Más complicadas de lo que yo mismo usualmente me permitía.

Él todavía estaba enamorado de Feyre. No podía culparlo de eso. Aun cuando me hiciera desear desgarrarle la garganta.

Dejé de lado la idea.

—Hablaré de Vassa y Julian con Lucien cuando él vuelva. Veré si está dispuesto a otra visita —

torcí la cabeza—. ¿Crees que puede manejar estar cerca de Graysen?

El rostro sin expresión de Az era precisamente la razón por la que nunca perdía cuando jugábamos a las cartas.

—¿Por qué debería ser yo el juez de eso?

—¿Quieres decir que no estabas mintiendo cuando dijiste que no vigilabas cada movimiento de Lucien?

Nada. Absolutamente nada en ese rostro, en su olor. Las sombras, estuvieran donde estuvieran, lo ocultaban demasiado bien. Demasiado. Azriel solo dijo fríamente:

—Si Lucien mata a Graysen, que le vaya bien.

Yo tendía a estar de acuerdo. Igual que Feyre… y Nesta.

—Estoy tentado a darle a Nesta derechos de cacería para el Solsticio.

—¿Lo piensas como un regalo?

No. Algo así.

—Pensé que costear su departamento y la bebida era suficiente regalo.

Az se pasó una mano por el pelo oscuro.

—¿Se supone que…? —Era inusual para él vacilar con las palabras—. ¿Se supone que les daremos regalos a las hermanas?

—No —dije, y era en serio. Az pareció exhalar un suspiro de alivio. Pareció, ya que ni una ráfaga de aire pasó entre sus labios—. No creo que a Nesta le importe, y no creo que Elain espere recibir nada de nosotros. Dejaré que las hermanas intercambien presentes entre ellas.

Az asintió de manera distante.

Hice tamborilear los dedos sobre el mapa, justo encima de la Corte de la Primavera.

—Puedo decírselo a Lucien yo mismo, en uno o dos días. Sobre ir a la casa solariega de Graysen.

Azriel arqueó una ceja.

—¿Te refieres a visitar la Corte del Verano?

Me hubiera gustado poder decir otra cosa. Pero en cambio le dije lo que Eris había sugerido: que a Tamlin tal vez no le importara reforzar sus límites con el reino humano o que tal vez quisiera

permitir que cualquiera los traspusiera. Dudaba que pudiera tener una noche de descanso decente hasta que no lo descubriera por mí mismo.

Cuando terminé, Az quitó una invisible mota de polvo de las escamas de cuero de su manopla. El único signo de su molestia.

—Puedo ir contigo.

Yo meneé la cabeza.

—Es mejor que lo haga yo solo.

—¿Hablas de ver a Lucien o a Tamlin?

—A los dos.

A Lucien podía soportarlo. A Tamlin… tal vez no quería ningún testigo de lo que podía decirse. O

hacerse.

—¿Le pedirás a Feyre que te acompañe? —Una mirada a los ojos de color avellana de Azriel me hizo saber que él era consciente de mis motivos para ir solo.

—Le preguntaré en unas pocas horas —dije—, pero dudo de que ella quiera venir. Y dudo de que intente todo lo posible para convencerla de que cambie de opinión.

Paz. Teníamos la paz a nuestro alcance. Y, sin embargo, había deudas sin pagar que yo no podía dejar así.

Az asintió. Siempre era el que mejor me entendía… más que los demás.

Salvo mi pareja. Si era porque sus dones le permitían hacerlo, o tan solo por el hecho de que él y yo éramos más semejantes de lo que todos suponían, nunca lo supe.

Pero Azriel sabía una o dos cosas acerca de las viejas cuentas por saldar.

Desequilibrios que debían resolverse.

Lo mismo ocurría con casi todos los de mi círculo íntimo, supuse.

—Ni una palabra sobre Bryaxis, supongo. —Miré el mármol bajo mis botas, como si pudiera ver todo el camino hasta la biblioteca bajo esta montaña y los ahora vacíos niveles inferiores que antes habían estado ocupados.

Az también estudió el suelo.

—Ni un susurro. O un grito, da lo mismo.

Me reí. Mi hermano tenía un sentido del humor sutil y malicioso. Había planeado rastrear a Bryaxis durante meses… permitir que Feyre rastreara la entidad que, por falta de una mejor explicación, parecía ser el miedo mismo.

Pero, como ocurría con muchos de mis planes para mi pareja, regir esta corte e imaginar el mundo que estaba más allá había interferido.

—¿Quieres que yo lo busque? —una pregunta sencilla, directa.

Hice un gesto con la mano, mi banda de pareja brilló bajo la luz matinal.

Que no haya oído nada de Feyre me decía que aún dormía. Y, por tentador que fuera despertarla solo para oír el sonido de su voz, sentía poco deseo de que me clavara las bolas contra la pared por perturbar su sueño.

—Deja que Bryaxis también disfrute el Solsticio —dije.

Una extraña sonrisa torció la boca de Az.

—Generoso de tu parte.