Una corte de hielo y estrellas

Sarah J Maas · Capítulo 15 de 28

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Una corte de hielo y estrellas

Capítulo 15. Feyre

Ella hizo silencio una vez más. Juntos observamos los témpanos de hielo por el Sidra, que se dirigían hacia el mar distante y salvaje.

—¿Él gana si voy?

Una pregunta tranquila, tentativa.

—Tendrás que decidirlo por ti misma.

Mor se volvió hacia la casa ruinosa y hacia los jardines que estaban a nuestras espaldas. Pero no los miró, me di cuenta, sino que miró hacia el este. Hacia el continente y los territorios que estaban en él. Como si se preguntara qué podría estar esperando allí.

CAPÍTULO

15

Feyre

Todavía tenía que elegir o aunque sea concebir una vaga idea del regalo de Rhysand para el Solsticio.

Por suerte, Elain se aproximó silenciosamente a mí en el desayuno. Cassian todavía estaba inconsciente en el diván de la sala al otro lado del vestíbulo y al igual que Azriel, que había caído dormido sobre el diván frente a Cassian, los dos demasiado perezosos —y tal vez un poco borrachos, después de todo el vino que habíamos ingerido anoche— para recorrer el

camino hasta el diminuto dormitorio libre que ambos habían estado compartiendo durante el Solsticio. Mor había tomado mi viejo dormitorio, sin que le importara el desorden que yo había agregado, y Amren había regresado a su propio departamento cuando finalmente nos habíamos separado para dormir en las primeras horas de la mañana. Tanto mi pareja como Mor todavía estaban durmiendo, y me hubiera gustado que siguieran así durante un rato. Se habían ganado el descanso. Todos lo habíamos ganado.

Pero Elain estaba tan insomne como yo, especialmente después de mi punzante charla con Nesta, que ni siquiera el vino que había bebido al regresar a casa podía borrar, y quería ver si me anotaba para una caminata por la ciudad, dándome la perfecta excusa para dedicarme a hacer más compras.

Decadente… parecía decadente y egoísta salir de compras, aun cuando fuera para gente que yo amaba. Había tantos en esta ciudad y más allá de ella que no tenían casi nada, y cada momento adicional, innecesario, que me pasaba mirando las vidrieras y pasando los dedos sobre diversos artículos me alteraba los nervios.

—Sé que no es fácil para ti —observó Elain mientras recorríamos la tienda de una tejedora, admirando los finos tapices, alfombras y mantas que había convertido en imágenes de diversas escenas de la Corte de la Noche: Velaris bajo el brillo de la Caída de las Estrellas; las rocosas, salvajes costas de las islas del norte; las estelas de los templos de Cesere; la insignia de esta corte, las tres estrellas que coronaban una cumbre montañosa.

—¿Qué es lo que no es fácil?

Mantuvimos nuestras voces casi en un murmullo en el espacio cálido y silencioso, más por respeto a los demás clientes que admiraban las obras.

Los ojos pardos de Elain vagaron sobre la insignia de la Corte de la Noche.

—Comprar cosas sin la absoluta necesidad de hacerlo.

En la trastienda del comercio abovedado y cubierto con paneles de madera, un telar resonaba y chasqueaba mientras la artista de pelo oscuro que hacía las piezas proseguía con su trabajo, deteniéndose tan solo para responder preguntas de los clientes.

Tan diferente. Este espacio era tan diferente de la cabaña de los horrores que había pertenecido al Tejedor del Bosque. Stryga.

—Tenemos todo lo que necesitamos —le admití a Elain—. Comprar regalos parece excesivo.

—No obstante, es su tradición —replicó Elain, su rostro estaba aún sonrojado por el frío—. Una tradición que lucharon y murieron para proteger en la guerra. Tal vez esa es la mejor manera de pensarlo, en vez de sentirse culpables. Recordar que este día significa algo para ellos. Todos ellos, independientemente de quién tiene más, quién tiene menos, y para celebrar las tradiciones, incluso por medio de los regalos, honramos a los que lucharon por su propia existencia, por la paz que ahora tiene esta ciudad.

Por un momento solo miré a mi hermana, la sabiduría con la que había hablado. No un susurro de esa capacidad oracular. Sus ojos eran claros y tenía una expresión abierta.

—Tienes razón —dije, tomando la insignia que se alzaba ante mí.

El tapiz había sido tejido de un material tan negro que parecía devorar la luz, tan negro que casi hería el ojo. La insignia, sin embargo, había sido hecha con hilo plateado… no, no de plata. Una suerte de hilo iridiscente que cambiaba con reflejos de color. Como luz estelar tejida.

—¿Estás pensando en comprarlo? —preguntó Elain. Ella no había comprado nada en la hora que habíamos pasado afuera, pero se había detenido con frecuencia para contemplar. Un regalo para Nesta, había dicho. Estaba buscando un regalo para nuestra hermana, independientemente de que Nesta se dignara a reunirse con nosotras mañana.

Pero Elain había parecido más que contenta simplemente con observar la ciudad vibrante, con ver las brillantes facetas de luz hada colgadas entre los edificios y sobre las plazas, con probar cualquier bocado de comida ofrecida por un vendedor ansioso, con escuchar a los trovadores que hacían música junto a las fuentes ahora silenciosas.

Como si mi hermana también hubiera estado meramente buscando una excusa para salir de la casa hoy.

—No sé para quién lo compraría —admití, extendiendo un dedo hacia la negra tela del tapiz. En el momento en que mi uña tocó la superficie suave como terciopelo, pareció desvanecerse. Como si el material verdaderamente engullera todo color, toda luz—. Pero… —Miré hacia la tejedora en el otro extremo de la tienda, otra pieza formada a medias en su telar. Dejando mi pensamiento sin terminar, caminé hacia ella.

La tejedora era Alta Fae, de figura llena y piel pálida. Una sábana de pelo negro había sido tejida dejándole el rostro libre, el largo de la trenza caía sobre el hombro de su grueso suéter rojo.

Prácticos pantalones marrones y botas forradas de lana de oveja completaban su atuendo. Ropas simples, confortables. Algo que yo podría usar para pintar. O para hacer cualquier cosa.

Lo que estaba usando debajo de mi pesado abrigo azul, para ser honesta.

La tejedora detuvo su trabajo y alzó la cabeza.

—¿Cómo puedo ayudarte?

Pese a su bonita sonrisa, sus ojos grises eran… quietos. No había manera de explicarlo. Quietos y un poco distantes. La sonrisa trataba de compensarlos, pero fallaba para enmascarar la pesadez que se encontraba adentro.

—Me gustaría saber sobre el tapiz con la insignia —dije—. La tela negra…

¿qué es?

—Me han preguntado eso al menos una vez por hora —dijo la tejedora, mientras su sonrisa permanecía aunque el humor no iluminaba sus ojos.

Me arrepentí un poco.

—Lamento agregar otra pregunta.

Elain vino a mi lado, tenía una peluda manta rosada en una mano, y una violeta en la otra.

La tejedora desestimó mi disculpa.

—Es una tela inusual. No es raro que cause preguntas. —Pasó una mano sobre el marco de madera de su telar—. La llamo Vacío. Absorbe la luz.

Crea una completa falta de color.

—¿Tú la hiciste? —preguntó Elain, mirando ahora sobre su hombro hacia el tapiz.

La tejedora asintió con solemne gesto.

—Mi nuevo experimento. Ver cómo puede hacerse la oscuridad, cómo puede tejerse. Ver si puedo llevarla más lejos, más profundo que cualquier otra tejedora antes.

Por haber estado en el vacío yo misma, la tela que había tejido se le acercaba demasiado.

—¿Por qué?

Sus ojos grises volvieron a fijarse en mí.

—Mi esposo no regresó de la guerra.

Las palabras francas, abiertas, resonaron en mí.

Fue un esfuerzo sostenerle la mirada mientras proseguía.

—Empecé a tratar de crear el Vacío el día después de que me enteré de que él había caído.

Rhys no le había pedido a nadie de esta ciudad que se uniera a sus ejércitos, sin embargo.

Deliberadamente había dejado que fuera una elección. Ante la confusión en mi cara, la tejedora agregó suavemente:

—Pensó que estaba bien. Ayudar en el combate. Se marchó con otros que sentían lo mismo, y se unieron a una legión de la Corte del Verano que encontraron en su camino hacia el sur. Murió en la batalla de Adriata.

—Lo siento —dije suavemente. Elain repitió las palabras, con voz suave.

La tejedora solo miró hacia el tapiz.

—Creí que tendríamos mil años más juntos. —Puso nuevamente el telar en movimiento—. En los trescientos años que estuvimos casados, nunca tuvimos la oportunidad de tener hijos. —Sus dedos se movieron bellamente, hábiles y seguros pese a sus palabras—. Ni siquiera me quedó un pedazo de él de esa manera. Se fue, y yo no. El Vacío nació de ese sentimiento.

No supe qué decir cuando terminó de hablar.

Ella siguió trabajando.

Podría haber sido yo.

Podría haber sido Rhys.

Esa tela extraordinaria, creada y tejida en el dolor que yo había tocado brevemente y que nunca había deseado volver a conocer, contenía una pérdida que no podía imaginar.

—No dejo de tener la esperanza cada vez que alguien me pregunta sobre el Vacío, de que será más fácil —dijo la tejedora. Si la gente preguntaba con tanta frecuencia como me decía… yo no podría haberlo soportado.

—¿Por qué no quitarlo? —preguntó Elain, con la simpatía escrita en su rostro.

—Porque no quiero conservarlo. —La lanzadera corrió por el telar, volando con una vida propia.

Pese a su postura, su calma, yo casi pude sentir su agonía que irradiaba en la habitación. Unos pocos toques de mis dones daemati y podría apaciguar ese dolor, hacer que fuera menor. Nunca había hecho eso para nadie, pero…

Pero no podía. No quería. Hubiera sido una violación, aun cuando lo hubiera hecho con buenas intenciones.

Y su pérdida, su dolor sin fin… había creado algo de eso. Algo extraordinario. No podía quitárselo. Aun cuando me lo pidiera.

—La hebra de plata —dijo Elain—. ¿Cómo se llama?

La tejedora detuvo nuevamente el telar, mientras los hilos coloridos vibraban. Sostuvo la mirada de mi hermana. Esta vez no hubo ningún intento de sonrisa.

—Yo la llamo Esperanza.

Mi garganta se convirtió en un nudo insoportable, mis ojos ardieron tanto que tuve que darme vuelta, caminar de regreso hasta ese extraordinario tapiz.

La tejedora le explicó a mi hermana:

—Lo hice después de dominar el Vacío.

Miré y miré la tela negra que era como mirar en un foso del infierno. Y

después miré la hebra de plata, iridiscente y viva, que la cortaba, brillante pese a la oscuridad que devoraba toda la otra luz y el color.

Podría haber sido yo. Y Rhys. Casi había ocurrido así.

Pero él había vivido, y el esposo de la tejedora no. Nosotros sí habíamos vivido, y la historia de ellos había terminado. A ella no le había quedado ni un pedacito de él. Al menos no de la manera en que lo deseaba.

Era afortunada… tan tremendamente afortunada hasta de estar quejándome por comprarle algo a mi pareja. Aquel momento en que él había muerto había sido el peor de mi vida, probablemente seguiría siendo así, pero lo habíamos sobrevivido. Estos meses, el y si ocurría me había perseguido.

Todos los y si ocurría de los que habíamos escapado por un pelo.

Y la fiesta de mañana, esta posibilidad de celebrar estar juntos, vivos…

La imposible profundidad de negrura ante mí, el improbable desafío de la esperanza brillando a través de él, susurraba la verdad antes de que yo la supiera. Antes de que supiera qué era lo que quería regalarle a Rhys.

El esposo de la tejedora no había vuelto a casa. Pero el mío sí.

—¿Feyre?

Elain estaba otra vez junto a mí. No había escuchado sus pasos. No había escuchado ningún sonido durante unos momentos.

La galería se había vaciado, me di cuenta. Pero no me importaba, no cuando otra vez me acerqué a la tejedora, que una vez más se había detenido, ante la mención de mi nombre.

Los ojos de la tejedora estaban ligeramente abiertos mientras inclinaba la cabeza.

—Señora.

Ignoré las palabras.

—¿Cómo? —Hice un gesto indicando el telar, la pieza semiterminada que tomaba forma en el marco, el arte sobre las paredes—. ¿Cómo sigues creando a pesar de lo que perdiste?

Si escuchó el quiebre en mi voz, no lo dio a entender. La tejedora solo dijo, mientras su mirada triste y dolorosa se cruzaba con la mía.

—Tengo que hacerlo.

Las simples palabras me golpearon como un puñetazo.

La tejedora prosiguió.

— Tengo que crear. Porque si no todo fue para nada. Tengo que crear, o me desarmaré de desesperación y nunca saldré de mi cama. Tengo que crear porque no tengo otra manera de darle voz a esto.

Su mano descansó sobre su corazón, y mis ojos ardieron.

—Es difícil —dijo la tejedora, mientras su mirada no se apartaba de la mía

—, y duele, pero si fuera a detenerme, si fuera a dejar este telar y quedara en silencio… —Finalmente dejó mi mirada para mirar a su tapiz—.

Entonces no habría Esperanza brillando en el Vacío.

Mi boca tembló, y la tejedora extendió la mano para apretar la mía, sus dedos callosos, cálidos, contra los míos.

No tenía palabras para ofrecerle, nada que pudiera expresar lo que surgía en mi pecho. Nada más que:

—Me gustaría comprar ese tapiz.

El tapiz era un regalo solo para mí, y sería enviado a la casa de la ciudad más tarde ese mismo día.

Elain y yo miramos varias tiendas durante una hora más antes de que yo dejara a mi hermana haciendo sus propias compras en el Palacio de Hilos y Joyas.

Me desplacé directamente hasta el estudio abandonado del Arcoíris.

Necesitaba pintar. Necesitaba sacar lo que había visto, lo que había sentido en la galería de la tejedora.

Terminé por quedarme tres horas.

Algunas pinturas eran versiones rápidas, ágiles. Otras empecé a bosquejarlas con lápiz y papel, reflexionando en la tela lo que necesitaba, la pintura que me gustaría usar.

Pinté a través de la pena que se perfilaba en la historia de la tejedora, pinté por su pérdida. Pinté toda esa rosa dentro de mí, dejando que el pasado sangrara sobre la tela, un bendito alivio con cada trazo de mi pincel.

No me sorprendió que me atraparan.

Apenas si tuve tiempo de saltar de mi banco antes de que la puerta del frente se abriera y entrara Ressina, con un balde y un trapeador en sus manos verdes. Por cierto, no tuve suficiente tiempo para esconder todas las pinturas y herramientas.

Ressina, para su crédito, solo sonrió al detenerse en seco.

—Sospeché que habías estado aquí. Vi las luces la otra noche y pensé que podías ser tú.

Mi corazón latía fuerte en mi cuerpo, mi rostro tan cálido como una forja, pero logré ofrecerle una sonrisa con los labios cerrados.

—Lo siento.

El hada cruzó la habitación con gracia, aun con las herramientas de limpieza en la mano.

—No hace falta disculparse. Me encaminaba a limpiar un poco.

Dejó caer el cepillo y el balde contra una de las paredes blancas vacías, con un leve golpe.

—¿Por qué? —Dejé mi pincel sobre la paleta que había puesto en un banco junto a mí.

Ressina se puso las manos sobre sus estrechas caderas y observó el lugar.

Por alguna suerte o falta de interés, no miró demasiado a mis pinturas.

—La familia de Polina no ha decidido si van a vender, pero me imaginé que ella, al menos, no querría que el lugar se convirtiera en un desorden.

Me mordí el labio, asintiendo torpemente mientras paseaba por el desorden que yo había agregado.

—Lo lamento… no fui a tu estudio la otra noche.

Ressina se encogió de hombros.

—Una vez más: no hay necesidad de disculpas.

Era muy raro que alguien fuera del círculo íntimo me hablara con tanta despreocupación. Hasta la tejedora se había mostrado más formal después de que me ofrecí a comprar su tapiz.

—Me alegra que alguien esté usando este lugar. Que tú lo estés usando —

agregó Ressina—.

Creo que a Polina le hubieras gustado.

Se hizo el silencio cuando yo no respondí. Cuando empecé a guardar mis cosas.

—Me saldré de tu camino. —Me moví para poner una pintura aún mojada contra la pared. Un retrato sobre el que había estado pensando desde hacía un tiempo. Lo puse en un rincón entre reinos, junto con todos los demás en los que había estado trabajando.

Me agaché para levantar mi bolsa de herramientas.

—Podrías dejarlas.

Hice una pausa, con una mano enredada en la correa de cuero.

—No es mi espacio.

Ressina se inclinó contra la pared junto a su balde y cepillo.

—Tal vez podrías hablar de eso con la familia de Polina. Son vendedores entusiastas.

Me enderecé, levantando la bolsa de herramientas.

—Tal vez —me evadí, enviando el resto de herramientas y pinturas a ese reino oculto, sin importarme si se golpeaba mientras me encaminaba hacia la puerta.

—Viven en una granja en Dunmere, junto al mar. Por si alguna vez te interesa.

No era probable.

—Gracias.

Prácticamente pude escuchar su sonrisa cuando llegué a la puerta.

—Feliz Solsticio.

—Tú también —dije por encima del hombro, antes de desaparecer en la calle.

Y me di directamente en el duro y cálido pecho de mi pareja.

Reboté de Rhys con un insulto, frunciendo el ceño ante su risa mientras él me tomaba los brazos para enderezarme sobre la calle helada.

—¿Vas a alguna parte?

Lo miré furiosa, pero entrelacé mi brazo en el de él y me lancé a una enérgica caminata.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Por qué sales corriendo de una galería abandonada como si hubieras robado algo?

—No estaba corriendo . —Le pellizqué el brazo, ganándome otra carcajada, ronca y profunda.

—Caminando sospechosamente rápido, entonces.

No respondí hasta que llegamos a la avenida que bajaba hacia el río.

Delgadas cortezas de hielo derivaban por las aguas de color turquesa. Bajo ellas, pude sentir la corriente que seguía fluyendo…

no con tanta fuerza, sin embargo, como la sentía en los meses más cálidos.

Como si el Sidra hubiera caído en un letargo penumbroso durante el invierno.

—Allí es donde he estado pintando —dije al fin, mientras nos deteníamos en la pasarela con baranda junto al río. Un viento frío y húmedo soplaba, alborotándome el pelo. Rhys me enganchó un mechón detrás de la oreja—.

Hoy volví, y fui interrumpida por una artista, Ressina. Pero el estudio pertenecía a un hada que no sobrevivió al ataque esta primavera. Ressina estaba limpiando el espacio en nombre de ella. En nombre de Polina, en caso de que la familia de Polina quiera venderlo.

—Podemos comprarte un estudio si necesitas algún lugar donde pintar sola

—ofreció, el leve sol doraba su pelo. Ningún signo de sus alas.

—No… no, no es tanto estar sola como… el espacio adecuado para hacerlo.

La sensación adecuada —meneé la cabeza—. No lo sé. Pintar ayuda. Me ayuda a mí, quiero decir —exhalé un suspiro y lo miré, su cara era lo más querido para mí, más que cualquier cosa en el mundo, las palabras de la tejedora resonaron en mi interior.

Ella había perdido a su esposo, yo no. Y, sin embargo, ella aún tejía, todavía creaba. Cubrí la mejilla de Rhys, y él se apoyó en la caricia mientras yo le preguntaba en voz baja:

—¿Crees que es estúpido preguntarse si la pintura podría ayudar a otros también? No mi pintura, quiero decir. Sino enseñarles a otros a pintar.

Dejarlos pintar. Gente que podría luchar lo mismo que yo.

Sus ojos se suavizaron.

—No creo que eso sea para nada estúpido.

Con el pulgar seguí su pómulo, saboreando cada centímetro del contacto.

—Me hace sentir mejor… tal vez podría hacer lo mismo por otros.

Él permaneció en silencio, ofreciéndome ese compañerismo que nada pedía, nada exigía, mientras yo seguía acariciándole la cara. Éramos pareja desde hacía menos de un año. Si las cosas no hubieran andado bien durante esa batalla final, ¿cuánto arrepentimiento me hubiera consumido? Yo sabía…

sabía cuáles hubieran golpeado más fuerte, hubieran golpeado más profundamente. Sabía cuáles estaban en mi poder cambiar.

Finalmente bajé la mano de su cara.

—¿Piensas que alguien vendría si ese espacio o algo así estuviera disponible?

Rhys consideró, escrutando mis ojos antes de besarme la sien, su boca cálida contra mi rostro helado.

—Tendrás que ver, supongo.

Encontré a Amren en su loft una hora más tarde. Rhys tenía otra reunión que atender con Cassian y sus comandantes ilirios en el Campamento de Devlon, y me había acompañado hasta la puerta del edificio de ella antes de marcharse.

Se me frunció la nariz cuando entré en el departamento calentito de Amren.

—Huele… interesante aquí.

Amren, sentada ante la larga mesa de trabajo ubicada en el centro de su espacio, me obsequió una enorme mueca antes de hacer un gesto hacia la cama de cuatro postes.

Las sábanas arrugadas y las almohadas torcidas decían bastante acerca de los olores que yo detectaba.

—Podrías abrir una ventana —dije, indicando la pared del otro extremo del departamento.

—Está frío afuera —fue todo lo que dijo, volviendo a…

—¿Un rompecabezas?

Amren encajó una diminuta pieza en la sección en la que había estado trabajando.

—¿Se supone que debo hacer alguna otra cosa durante mi feriado de Solsticio?

No me atreví a responder, mientras me deshacía del abrigo y la bufanda.

Amren mantuvo el fuego en el hogar casi sofocante. Ya fuera por ella misma o por su compañero de la Corte de Verano, aunque no había ningún signo de él que pudiera detectar.

—¿Dónde está Varian?

—Afuera, comprando más regalos para mí.

—¿Más?

Una sonrisa más pequeña esta vez, su boca roja haciéndose a un lado mientras encajaba otra pieza en su rompecabezas.

—Decidió que los que había traído de la Corte de Verano no eran suficientes.

Yo tampoco quería involucrarme en ese comentario.

Me senté frente a ella ante la larga mesa de madera oscura, examinando el rompecabezas casi terminado de lo que parecía ser alguna clase de pastoral de otoño.

—¿Un nuevo pasatiempo?

—Con ese odioso Libro para descifrar, he descubierto que extraño estas cosas —otra pieza encajó en su sitio—. Este es el quinto que hago esta semana.

—La semana tiene tan solo tres días.

—No los hacen suficientemente difíciles para mí.

—¿Cuántas piezas tiene este?

—Cinco mil.

—Presumida.

Amren canturreó para sí, después se enderezó en la silla, frotándose la espalda y haciendo un gesto de dolor.

—Bueno para la mente, pero malo para la postura.

—Es bueno que tengas a Varian para ejercitarte.

Amren rio, con un sonido como el graznido de un cuervo.

—Es bueno, por cierto. —Me escrutaron esos ojos plateados, aún extraños, todavía imbuidos de algún rastro de poder—. No viniste aquí para hacerme compañía, supongo.

Me recosté en la destartalada silla vieja. Ninguna de las sillas combinaba con la mesa. De hecho, cada una parecía de una década diferente. O siglo.

—No, no vine para eso.

La segunda del Alta lord agitó una mano que terminaba en largas uñas rojas y volvió a agacharse sobre su rompecabezas.

—Adelante.

Suspiré hondo para calmarme.

—Es sobre Nesta.

—Lo sospechaba.

—¿Le has hablado?

—Viene aquí cada tanto.

—¿De veras?

Amren intentó y falló al encajar una pieza en su rompecabezas, mientras sus ojos volaban sobre las piezas divididas por colores que la rodeaban.

—¿Resulta tan difícil de creer?

—No viene a la Casa de la ciudad. O a la Casa del Viento.

—A nadie le gusta ir a la Casa del Viento.

Levanté una pieza y Amren chasqueó la lengua como advertencia. Volví a dejar la mano sobre mi regazo.

—Esperaba que tú tal vez supieras algo de aquello por lo que está pasando.

Amren no respondió, examinó en cambio las piezas extendidas. Estuve a punto de repetir lo dicho cuando ella dijo:

—Me gusta tu hermana.

Una de las pocas.

Amren alzó los ojos hacia mí, como si yo hubiera dicho las palabras en voz alta.

—Me gusta porque les gusta a tan pocos. Me gusta porque no es fácil que ande por ahí, o que la entiendan.

—¿Pero?

Pero nada dijo Amren y volvió al rompecabezas.

—Aunque me guste no tiendo a chismorrear sobre su estado actual.

—No es un chisme. Estoy preocupada —todos lo estábamos—. Está iniciando un camino que…

—No traicionaré su confianza.

—¿Te ha hablado? —Demasiadas emociones cayeron en cascada en mi interior. Alivio porque Nesta había hablado con alguien, confusión porque hubiera sido Amren , y tal vez incluso celos porque mi hermana no había recurrido a mí… o a Elain.

—No —dijo Amren—. Pero sé que no le gustaría que yo reflexionara sobre su camino con alguien. Contigo.

—Pero…

—Dale tiempo. Dale espacio. Dale la oportunidad de decidir esto ella sola.

—Han pasado meses.

—Es una inmortal. Los meses son intrascendentes.

Apreté los dientes.

—Se niega a venir a casa para el Solsticio. A Elain se le romperá el corazón si no lo hace…

—¿A Elain o a ti?

Esos ojos plateados me dejaron clavada en mi lugar.

—A las dos —dije, entre dientes.

Una vez más, Amren buscó entre sus piezas.